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Rómulo Gallegos

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La rebelión

Capítulo 7

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La rebelión

Era cierto. Y no sólo que Juan Lorenzo recibía con agrado las visitas de aquellos parlamentarios que le enviaba la cuerda del Capitolio para ganárselo a partido, sino también que hubo noches que faltó al corrillo de la plaza de Capuchinos para asistir a la del Capitolio.

Entre éstos había muchos jóvenes que conocían por propia experiencia lo tremendo de los cabezazos de Mano Juan, no obstante lo cual lo recibieron con grandes agasajos. Él se dejó seducir y le cogió el gusto a las tertulias de aquella granujería más refinada y hasta más audaz que tenía el campo de sus fechorías en el corazón de la ciudad y era el azote de los transeúntes y el brete de la policía.

Frecuentándolo sufrió la influencia del grupo que a la larga lo descentraría de su medio natural, que era el pueblo, y adquirió compromisos que modificaron su conducta. Las Cedeño se sorprendieron gratamente un domingo como lo viesen muy empeñado en sacarle lustre a los zapatos y dispuesto a ponerse el flux de casinete que ellas le habían regalado el día de su santo y todavía no había querido estrenarse, receloso de que lo llamasen patiquín de orilla sus desarrapados amigos.

Éstos, cuando lo vieron con aquel flamante traje ominoso, decidieron separarse de su amistad y camaradería, y en efecto, cuando Juan Lorenzo, en la noche, pasó por la plaza de Capuchinos, los que allí estaban se dispersaron al verlo, con lo cual él comprendió que ya no eran amigos suyos. Por su parte el Maneto, sintiéndose fieramente dueño absoluto de todas las voluntades agresivas de su cuerda, planea el golpe definitivo y acecha la ocasión. Un día se le vio acompañado de su estado mayor, recorriendo el campo que ya habían escogido para el avance de piedras decisivo al cual desafiaría a la cuerda enemiga, sitio que era la Sabana del Blanco. Tomaba posiciones, trazaba el plan del asalto, y en lugares disimulados por mogotes hacía esconder buenas provisiones de guarataras. Su mesnada lo obedece sin discutir sus órdenes, entusiasmada, fanatizada por el rencoroso ardor en que hierve el caudillo.

No así Juan Lorenzo. En aquel grupo de jovencitos de familias distinguidas y adineradas hay dos que son los que verdaderamente ejercen el mando de la cuerda: los Arizaleta. Ellos son los que dan la orden de salir a batir esta o aquella parroquia, y en las noches de paz ellos son quienes ponen los juegos y dirigen el tema de la conversación. Por tradición de familia los Arizaleta estaban acostumbrados a dominar en las agrupaciones de que formaban parte. En la cuerda del Capitolio se les calificaba de recalcitrantes.

Como todos los demás de aquel grupo Juan Lorenzo se sometió al dominio tácito de los Arizaleta y aunque no se le escapaba que él era allí una fuerza efectiva, especie de brazo armado que la cuerda tenía dispuesto a esgrimir contra el enemigo natural que era el Maneto, cosa que le ponía en verdaderos compromisos, pues no quería verse en el caso de pelear con aquel compañero de la infancia, aceptaba que lo postergaran y hasta prescindiesen de él cuando no se trataba de repartir cabezazos o entendérselas con agentes de policía.

Sin embargo, a veces se le encrespa la índole levantisca y dominadora e intenta imponer su voluntad; pero se discuten sus ideas, se rebaten sus argumentos, se le acorrala con razones más elocuentes, se le aturde haciéndole notar los disparates que sostiene, y entonces, reconociendo su inferioridad, abochornado de la pobreza de su inteligencia, calla y se plega a la voluntad autoritaria de los Arizaleta.

En esos momentos experimenta la nostalgia de su antiguo señorío de la plaza de Capuchinos, donde no había quien le chistara y echa de menos la reunión de la plebe zafia y brutal, como un váquiro enjaulado la compañía de la manada cerril; pero no es capaz de las resoluciones enérgicas: ni imponerse, ni liberarse. Algo le han echado allí dentro del alma que lo está transformando y produciéndole sentimientos que él no podría discernir, pero que le dejan en el ánimo un fondo turbio de inquietudes sin nombre, de anhelos sin forma de aspiraciones concretas, de áspera taciturnidad, de tristeza de sí mismo.

Una noche dice uno de los Arizaleta, contemplando la fachada de la Universidad.

-Dentro de dos meses estaremos nosotros ahí, estudiando derecho.

Juan Lorenzo no sabe lo que es eso de estudiar derecho y lo pregunta ingenuamente.

-¡Guá, chico! Lo que se estudia para ser abogado. Para defender pleitos, ¿no sabes? Con esa profesión se gana mucha plata. Si no que se lo pregunten al viejo de nosotros que con tres pleitos que defendió en Barlovento se puso en las tres mejores haciendas de cacao de por allí. ¡A hacienda por pleito!

La marejada de la ambición comienza a subir en el corazón de Juan Lorenzo. Después de los Arizaleta, todos los de la cuerda han ido exponiendo sus aspiraciones para el porvenir: uno va a trabajar en la casa de comercio de su padre, que es de las más fuertes de Caracas; otro se propone hacer un viaje a Europa; otro tira hacia la política y asegura  que llegaría a Ministro, por lo menos, como su tío... Juan Lorenzo se pregunta interiormente: «¿Y yo qué seré?». Pero no halla qué responderse, y la marejada de la ambición sin propósitos concretos se le encrespa y le pone el humor áspero y sombrío.

Otra noche faltan a la tertulia los Arizaleta porque hay baile en su casa. Casi todos los compañeros han sido invitados. Juan Lorenzo va a verlo por la barra.

El lujo de la casa lo deslumbra, el espectáculo de las mujeres lujosamente aderezadas lo turba, la animación de sus postizos compañeros que están en el baile le produce envidias que lo deprimen; pero todo se lo hacen olvidar las miradas dulces y las ingenuas sonrisas que le dirige Mary, la hermanita menor de los Arizaleta, que está sentada, junto a otra niñita, en la ventana donde él forma barra.

La había conocido una de aquellas tardes. Iba él con Manuel Arizaleta y entró a su casa a dejar los libros. Mary se asomó al portón. Era una chiquilla encantadora, de ocho o nueve años a lo más. Rubios crespos le bailaban en torno al gracioso cuello; llevaba un traje color crema, con una faldita muy corta con muchos pliegues y faralaes, que hizo pensar a Juan Lorenzo que se parecía a un pollito. Mary, que ya sabía por su hermano quién era él, le preguntó candorosa e ingenua:

-¿Tú eres Mano Juan?

Juan Lorenzo le había respondido, todo cortado:

-Así me llaman.

Y ella:

-A mí me dicen Mary; pero mi nombre es María Margarita.

Aquella tarde a Juan Lorenzo le había acontecido algo muy singular: se había quedado viendo el crepúsculo que tenía unos colores muy tiernos, de oros pálidos, rosas suaves y dulcísimos azules, y no sabía por qué, pero le recordaron a Mary.

10.36Ahora ella le dice a su amiguita, en secreteos que Juan Lorenzo oye claramente:

-Mira. Ése es Mano Juan -y sonríe viéndolo con inocente picardía.

Cuando ella se quita de la ventana Juan Lorenzo abandona la barra. Calle abajo se va cavilando, cosas gratas, cosas desapacibles, que le forman en el alma una sola masa turbia de sentimientos melancólicos. A intervalos experimenta oleadas de ternura hacia la niñita que lo admira y le sonríe cariñosa; luego le pasan por el ánimo tufaradas de amargura, de tristeza de sí mismo, de rabia insensata que él no sabe contra quienes la siente.

De pronto, al doblar una esquina, se encuentra con el Maneto que viene con unos de su cuerda, seguramente de alguna fechoría.

-¡Guá, Mano Juan! ¡Qué caro te vendes ahora!

-¡Chico! Me vendo por el mismo precio.

-¡Jummm! ¿No me estarás queriendo ganá mucho? -Y lo mira de pies a cabeza con aire insolente.

-¿Qué me quieres decí con eso?

-Que como tú ahora andas reuniéndote con la crema, se me figura que debes creé que estás montao al aire.

-¿Y a ti qué te importa?

-No es que me importe; es que me da risa.

Pero como advirtiese que Juan Lorenzo, movido por un reflejo maquinal, con un golpe eficaz y rápido del índice se había echado hacia atrás el sombrero, lo que anunciaba que estaba presto a disparar el célebre cabezazo volado con que se abría siempre en pelea, agregó tratando de recoger algo del veneno de sus insidias:

-Yo no comprendo, valecito, cómo un muchacho tan completo y tan macho como tú se pué encurruná con esos patiquines que no paran ni papelón.

Juan Lorenzo se ablandó al halago y el turbio despecho de sí mismo que ya lo traía propenso estuvo a punto de  salírsele en una explicación de la conducta que le vituperaba el Maneto y que en aquel momento valía por un arrepentimiento de haberse alejado de su medio natural que era el pueblo; pero su interlocutor, que ya se había preparado y cambiado con los suyos una mirada inteligente, volvió al terreno de las provocaciones:

-¡Busca tu cuerda, chico! Cá uno debe andá con los suyos y no está echándosela de que pué mirá más arriba de sus ojos. Esos patiquines te quedan grandes. Sapo no vuela ni que gavilán lo eleve.

La injuria era de las que debe despachurrar sobre la boca del que las profiere; pero Juan Lorenzo vaciló y perdió tiempo, por primera vez en su vida.

Viéndolo tan indeciso y turbado el Maneto lo atribuyó a miedo, y cargó resuelto:

-Acuérdate del dicho: cuando un blanco se encuentra de un negro en la compañía...

-Eso es contigo.

-¡Y contigo, valecito! ¿Qué te estás pensando tú? ¿Tú crees que todos no sabemos quién eres tú?

Juan Lorenzo tuvo una nueva debilidad:

-¿Quién soy yo? ¿Qué saben ustedes?

Y el otro, manoteándole en la cara:

-En tu casa hacen dulces, como en la mía, y tú los sacabas a vendé a la calle, como yo. Bastantes quesadillas te compré. Y últimamente: tu familia no es mejor que la mía.

-No te metas con mi familia, porque no te lo aguanto.

-¡Que no me lo aguantas! ¿Tú quieres que te hable más claro? Tu taita no era sino un cantador de canciones de El Empedrado.

Juan Lorenzo sintió en el rostro como si lo picasen avispas. Su historia estaba en boca de aquellos muchachos de la calle, rodando por la calle, y algo que no era miedo, pero que era más poderoso y abrumador que el miedo, detuvo el impulso que iba a lanzarlo contra el Maneto.

Éste seguía diciendo, envalentonado y con la mala sangre hirviente de odio:

-¿Qué vas a hacé? Zúmbame pa que te saques tu lotería. Si hace días que yo andaba buscándote para decite too esto. Y más te digo: tu mamá...

Pero no concluyó la frase, porque Juan Lorenzo se le arrojó encima, lívido de cólera y de dolor, y sujetándolo por las muñecas le descargó dos tremendos cabezazos que le imposibilitaron para defenderse.

Aturdido, gemía cobarde el zambo:

-¡No me tires más, valecito!

Juan Lorenzo lo soltó con un gesto de asco. Y encarándose con los compañeros del Maneto:

-¡Sálganme ahora ustedes uno a uno!

-No, Mano Juan. Nosotros no nos metemos contigo.

Viéndoles las caras lívidas de miedo, Juan Lorenzo les volvió la espalda diciéndoles:

-Eso es lo que son ustedes. ¡Cobardes! ¡Faramalleros!

Y fue así como Juan Lorenzo Figuera, el hijo de Mano Carlos que era un hombre de la plebe, rompiendo con el Maneto, se rebeló contra su casta.

Caracas, 1922

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