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Rómulo Gallegos

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La rebelión

Capítulo 6

7 Capítulos

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Mano Juan

El escultor invisible que tallaba en el alma del niño los duros rasgos paternos ha concluido ya su obra. Juan Lorenzo es ahora un muchacho fornido, malencarado, de trato áspero y violento. Las riñas callejeras le han endurecido hasta volverlo cruel; las costumbres plebeyas lo han convertido en una criatura desagradable ante quien su madre ha terminado por adoptar la misma actitud medrosa que observaba con el Comandante Figuera; le apuntaba el bozo, está mudando la voz y ya tiene en el gesto desfachatado y en las maliciosas miradas la marca ruin de los torpes apetitos, de los vicios precoces.

A pesar de las reprimendas de Antonia Cedeño -única que se atreve a encarársele-, ha adquirido una fiera independencia y se pasa todo el día en la calle. Ya no es útil para nada y sólo ocasiona disgustos y sobresaltos a la familia: varias veces ha estado en la policía y una noche se presentó con el paltó cortado por navajazos que le tirara un muchacho a quien poco antes había aporreado.

En la parroquia su nombre de guerra es una voz de alarma: -¡Que viene Mano Juan!- y ya las madres están llamando a sus hijos, temerosas de que se los maltrate por quítame allá esas pajas.

Entre la granujería camorrista de El Guarataro, La Cañada de Luzón, Palo Grande, El Calvario, su personalidad era discutida y convertida en bandera de discordias. -¡A que tú no te pegas con Mano Juan!- se le responde siempre a las bravatas de los fanfarrones. -¡Qué vas a agarrarte tú con Mano Juan! ¡Con ese sí que se acabó el carbón!

Y no pasa día sin que venga alguno a decirle:

-Por allá por donde yo vivo hay uno que dice que tú y que le tienes miedo.

Juan Lorenzo no respondía una palabra; pero ya era cosa sabida: no pasaría mucho tiempo sin que el que tal dijese tuviera la nariz rota o un ojo hinchado por los tremendos cabezazos que tan famoso lo habían hecho.

Ni era menester tampoco que viniesen a azuzarlo: bastaba con que descubriese que en alguna parte había un guapo, así fuera de la cuerda de otro barrio de la ciudad, para que él se encaminara en su busca, y en topándolo, se le encaraba y le decía, de buenas a primeras:

-¿Tú y que eres el más guapo de por aquí?

-¡Guá, chico! ¡Yo no sé le pero me escriben! A mí todavía nadie me ha pisao el petate.

-Pues mira que yo te lo puedo pisá. Soy Mano Juan. ¿No me has oído nombrá? ¿Quieres echate una agarraíta conmigo?

A veces se iban en seguida a las manos; pero generalmente se daban cita para un lugar solitario, fuera de poblado y en campo neutral, donde ni hubiese el peligro de la policía ni el singular combate degenerase en una riña de cayapas a causa de la intervención de las respectivas cuerdas. Pero cuando trascendía la noticia de estos desafíos los amigos de ambos contendores se trasladaban al sitio convenido para presenciar la pelea.

Juan Lorenzo solía presentarse vestido de limpio y con lo mejor de su indumentaria, como para darle al acontecimiento toda la importancia que para él tenía. Y como alguno de sus amigos le dijese:

-¡Vale! ¡Vienes como un papel de cogé moscas!

Él respondía, fanfarrón:

-¡Es que yo me enjoyo pa peleá!

Del sitio, casi siempre regresaba vencedor, seguido de la turba de sus admiradores que iban comentando a grandes voces su habilidad y destreza de gran tirador de cabezazos. Fiero y ceñudo, vibrantes los músculos de la cara por la contracción tetánica del maxilar, caminaba largos trechos todavía con los puños apretados y el pecho hirviente de cólera. Un día, después de una riña difícil y encarnizada que duró cerca de dos horas, cayó en medio de la calle presa de un ataque de epilepsia, a consecuencia del cual estuvo una semana en cama con un mareo constante y una absoluta pérdida de voluntad.

De este modo, Juan Lorenzo acabó con todos los prestigios parroquiales y llegó a ser, él solo, el guapo caraqueño, en torno de cuya fiera personalidad se formó muy pronto una pintoresca leyenda. Eco de ella se hacían especialmente los chicos que se iniciaban en la vida azarosa de las cuerdas; en el calor de sus ponderaciones Mano Juan aparecía con las características del bandido generoso: protector de los débiles, amparo de los pequeños, terror de los roncones, azote de las cayapas, pasmo de los policías, de cuyas manos -decíase-, había arrebatado muchas veces a los muchachos que llevaban arrestados, así fuesen enemigos suyos; hazañas éstas, que, principalmente, fueron las que más simpatías le conquistaron en el ánimo de la chiquillería sediciosa. En sus juegos todos querían ser manojuanes, y hubo muchos que, para conocerlo, se aventuraron a internarse en sus peligrosos dominios de la parroquia de San Juan.

Sólo de uno se sospechaba que podía rivalizar con él: Gregorio el Maneto, un zambo de más edad y cuerpo que Juan Lorenzo, muchacho de verdaderas averías, más malo que Guardajumo, capataz de una de las cuerdas de El Teque, nombre que se le daba a un barrio de la parroquia de Altagracia; donde tenían su feudo los más temidos fascinerosos de Caracas. Pero ambos habían hecho siempre buenas migas, porque el Maneto era hijo de una antigua lavandera de las Cedeño y desde chicos habían sido vales corridos, suerte de pacto de alianza contra el cual nada habían podido insidias de sus respectivos secuaces, por mucho que vinieran azuzándolos.

-Ése es vale corrido mío -respondían siempre-. Nosotros no nos tiramos.

Sin embargo, en el fondo de esta camaradería existía un mutuo recelo: ambos se temían y se vigilaban y ya esto era una semilla de odio que un día u otro habría de reventar.

El curso de los acontecimientos dio lugar a ello muy pronto. Un día fueron a decirle a Maneto:

-¿Tú sabes? Mano Juan como que se quiere volteá pa los patiquines. Hace noches que están yendo a la plaza de Capuchinos unos de la cuerda del Capitolio que le hacen muchas fiestas y él se las deja hacé.

Nombrarle al Maneto la cuerda del Capitolio era tocarlo en lo más vivo y vehemente de sus odios. Movido por los implacables instintos de su sangre mulata había jurado guerra sin tregua a los jovencitos de aquella cuerda aristocrática que se reunían en los alrededores del Capitolio, y casi todas las noches, a la cabeza de la horda de El Teque, los atacaba en sus dominios sin que todavía hubieran podido parársele una sola vez, tal era la violenta pedrea con que les caía encima por sorpresa. Ahora venían a decirle que Mano Juan, que al fin y al cabo era su rival, ¡hacía causa con sus enemigos naturales! Y el Maneto respondió con una sonrisa siniestra:

-¡Ah malaya sea verdá! Eso va a sé su perdición.

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