Titulo - Autor
00:00 00:00

Tamaño de Fuente
Tipografía
Alineación

Velocidad de Reproducción
Reproducir siguiente automáticamente
Modo Noche
Volumen
Compartir
Favorito

22097

9959

5098

Rómulo Gallegos

Autor.aspx?id=539

La rebelión

Capítulo 5

7 Capítulos

ObraVersion.aspx?id=5098

9958

9960

El escultor invisible

-¡Pónganle preparo a su muchachito!

Era la queja perenne en la puerta de las Cedeño, en la boca de todos los chicos que para vengarse de las maldades que les hacía Juan Lorenzo corrían detrás de él, y cuando no lograban alcanzarlo, porque se metía veloz en la casa, pegaban en la puerta aquel grito para que la familia lo castigase.

-Juan Lorenzo. Vente para acá. ¿No te he dicho que no te metas con los muchachos de la calle?

-Esos son embustes, mamá. Yo estoy aquí muy tranquilo.

Efectivamente, cuando lo decía estaba muy quieto y fundamentoso, haciendo como si leyera en un libro que encontrara en la mesa del corredor, o como si contemplara las matas de novia de la tía Mercedes.

Ésta, riéndole la travesura, acudía siempre en su defensa:

-Es verdad, niña. Él está aquí muy tranquilito.

Y luego a Juan Lorenzo, bajando la voz:

-¿Qué le hiciste, mandinga?

-Que le metí una zancadilla, porque me estaba trabajando y lo tumbé patas arriba.

-¡Ah, diablito!

Pero cuando no estaba Mercedes por allí y era Antonia la que intervenía, el diablillo las pasaba amargas.

-¡Sí! ¡Muy tranquilo que estás, grandísimo hipócrita! Siéntate aquí en mi cuarto y ponte a leer.

Y lo hacía sentarse al lado suyo, en el dormitorio donde ella pasaba horas enteras, revisando una y mil veces los vales y pagarés que le otorgaron las personas a quienes, ahora ella prestaba dinero directamente y con mayores ganancias que las que obtenía cuando era el señor Noguera el intermediario.

Entretanto Juan Lorenzo, sometido a la tortura del Mantilla, bostezaba y desperezábase, sintiendo picazones en todo el cuerpo desde las primeras líneas. Para vengarse de la tía interrumpía a menudo la lectura verdadera y comenzaba a silabear, como si le costase trabajo leer la palabra que no estaba en el libro:

-U-na ma-cau-rel. ¡Una macaurel!

-¿Dónde dice eso? -inquiría Antonia severamente, intrigada ya por aquellas macaureles que a cada página estaba viendo Juan Lorenzo; en tanto que Efigenia, que estaba en el secreto de la ocurrencia, soltaba la risa tapándose la boca para que no la oyese la tía y cayese en la bellaquería del muchacho.

Éste leía unas líneas más y de repente preguntaba, invariablemente:

-¿Y hoy no voy a sacar las quesadillas?

-¡Eso sí te gusta a ti, vagabundito! Para estar en la calle reunido con todos los percucios, aprendiendo picardías.

En efecto, Juan Lorenzo había hecho rápidos progresos en la materia. Conocía ya todos los juegos plebeyos, de lo cual daban fe metras, chapas, botones y barajitas de cigarrillos que llenaban sus faltriqueras. Y había adquirido un extenso y procaz repertorio de refranes y calembures, que escandalizaban a las mujeres de su casa, especialmente a Efigenia, que veía con horror casi supersticioso, cómo estaban apareciendo en su hijo, bajo la acción del ejemplo callejero, los mismos modales groseros del padre.

Un día llegó a la puerta un muchacho preguntando por Juan Lorenzo:

-¿Qué está Mano Juan?

En la conciencia de Efigenia se produjo una aberración inquietante. Aquel momento presente había sido vivido por ella hacía mucho tiempo. Y hasta las mismas palabras con que respondió: -«No, él salió desde esta mañana»- aunque eran sencillas y apropiadas a las circunstancias actuales le parecieron que estaban ya pronunciadas en su vida.

En efecto, era el pasado que volvía. Al día siguiente de haberse instalado en La Villa, en la casa del Comandante Carlos Gerónimo Figuera, su marido, había llegado Ramón Fuentes preguntando:

-¿Aquí está Mano Carlos?

Y ella había respondido: -No. Él salió desde esta mañana.

La coincidencia no tenía nada de misteriosa, salvo el que los amiguitos de Juan Lorenzo, casi todos de la granujería de la Cañada de Luzón, por llamarlo hermano le dijesen Mano Juan: como al Comandante Figuera decían Mano Carlos los suyos; pero sí era extraño que fuese ahora cuando ella venía a darse cuenta cabal de lo que pasó por su espíritu cuando oyó llamar de ese modo a su marido.

En realidad, desde aquel momento comenzó a comprender qué clase de hombre era aquel a quien ella se había entregado; pero entonces estaba bajo la misteriosa acción de aquella fuerza que le enajenara totalmente la voluntad desde el día en que, estando ella de visita en casa de unas amigas de El Empedrado, le acompañó en la guitarra una canción a Carlos Gerónimo Figuera que se hallaba también allí.

Ahora recomenzaba la historia. ¡Ya su hijo era también Mano Juan! ¡Y cómo iban apareciendo, día a día, en la faz del niño, los rasgos paternos, reveladores del alma burda y brutal! ¡Ya ella había experimentado vagas zozobras desde que empezó a darse cuenta de que, sobre el rostro del niño estaba trabajando un escultor invisible para reconstruir la obra destruida por el puñal de Julián Camejo!

La noche de aquel día, cuando desnudaba a Juan Lorenzo para que se acostara, le preguntó tímidamente:

-¿Por qué dejas que te llamen Mano Juan?

-¡Guá! Me dicen así por cariño.

-¿Y es que te quieren mucho esos muchachos?

-Sí. Pero es porque yo les tengo a monte a todos.

-¿Qué quieres decir con eso? Tienes unas maneras de hablar que no me gustan.

-¡Guá! Eso quiere decir que les mando grueso. ¿Tú crees que si yo no fuera así con ellos, me querrían? Harían su sopa conmigo.

-¿Y por qué no buscas otros amiguitos? Hay por aquí muchos niñitos decentes que te querrían sin que tuvieras necesidad de ser malo con ellos.

-¿Los patiquines? ¡Hum! Ésos no sirven pa ná.

Efigenia pensó con dolor: «¡Lo mismo que su padre!».

Y le pareció que era inútil insistir en arrancarle aquellos sentimientos plebeyos que estaban ya tan profundamente arraigados. Por otra parte, no se atrevía tampoco a hacerlo, asaltado de pronto su ánimo por el temor supersticioso a la presencia invisible del Comandante Figuera, redivivo en las palabras del hijo.

Y mientras éste dormía, siguió cavilando ella: nada de su ser había puesto para formar el del hijo. Sólo la sangre paterna estaba ejecutando la obra.

Y no podía ser de otro modo -pensaba- si cuando ella lo llevaba en sus entrañas no era propiamente una persona, sino un cuerpo vacío en el cual el alma -totalmente abolida la voluntad- era tan inútil como una luz que se queda olvidada en una sala cerrada y sola. ¿No había renunciado ella a sus derechos más legítimos sobre el hijo que iba a nacerle, puesto que había aceptado, sin protestar, que fuese su marido quien dispusiese de él, como si fuera suyo solamente, para escoger el nombre que había de llevar, la educación que se le daría y hasta el oficio a que se dedicaría? ¡Natural era pues que Juan Lorenzo no tuviese nada de ella, ni un rasgo en la fisonomía, ni un sentimiento delicado en el alma!

Y pensando así Efigenia tuvo, por la primera vez en su vida, la clara noción de su responsabilidad respecto al destino del hijo.

Mercedes Cedeño se acercó a ella y púsose a contemplar la cara de Juan Lorenzo.

-¡Qué cosa más rara! -dijo-. ¿Tú no te has fijado en que este niño tiene dos caras? Una cuando está despierto: cara de malo; otra cuando está dormido. Entonces se parece mucho a ti. Fíjate. Es tu vivo retrato cuando estabas pequeña.

Una amplia ola de ternura maternal llenó el corazón de Efigenia. Agradeció las palabras de la tía que tan sabroso y oportuno consuelo habían venido a darle y bendijo los ojos que habían sabido verla a ella en la faz dulce y plácida del niño dormido.

Audio.aspx?id=9959&c=FD41202FD97AE769CC6645607970E6EC0CCFC579&f=101055

755

1h 35m

12

0