Quesadillas de las Cedeño
Ha pasado esa hora viva y profunda en la cual toda alma da la suma entera de su bondad esencial en una acción, en una palabra, en un gesto. Las Cedeño vivieron esa hora cuando se arrojaron en los brazos de la infeliz Efigenia olvidando lo pasado y poniendo por encima de los prejuicios que les endurecían los corazones un noble y generoso sentimiento humano. Ahora rueda la turbia corriente de las horas muertas, en las cuales el alma yace sepultada bajo esa corteza que forma la vida y que se llama el carácter.
Pasaron los días de llantos y ternuras. Efigenia ha contado parte de sus tristezas, pero se adivina que no ha querido volcar completamente todo su doloroso secreto conyugal y por más que las tías la han acosado con sus preguntas, todavía lo guarda, con un noble pudor, en el fondo del hermético corazón dolorido.
Esto aviva la curiosidad de las Cedeño. A menudo se las hubiera podido oír, cuchicheando entre sí acerca de lo que ellas se imaginaban que haría con Efigenia aquel bárbaro Comandante Figuera, siendo tan firme la convicción que fundaban en sus gratuitas hipótesis, que cuando a una se le ocurría decir:
-A mí nadie me quita de la cabeza que cuando el demonio ese salía a sus fechorías en la calle le metía a Efigenia el moño entre las hojas del escaparate y se llevaba la llave, para que no pudiera moverse mientras él estuviera afuera.
La otra comentaba, como de cosa perfectamente averiguada:
-¿De veras, niña? ¡Lo mismo que el viejo Guzmán!
Y cuando hubieron inventado una buena porción de estas especies quedáronse satisfechas como si ya conocieran el íntimo secreto de Efigenia.
Por su parte, las Cedeño, tampoco han referido a la sobrina muchas novedades.
-Nosotras, lo mismo que siempre. Llevando nuestra vida que es muy tranquila, y, a Dios gracias, no tiene capítulos feos.
Y Antonia Cedeño, revistiéndose de fiera majestad, reforzaba el pensamiento insidioso de Mercedes:
-Eso sí, tendremos que agradecerle siempre a la Divina Providencia: nos moriremos sin dejar una historia.
Y miraba de soslayo a Efigenia para cerciorarse del efecto que le produjeran sus palabras.
Pero Efigenia no se daba por aludida y permanecía en su actitud enigmática, mirándolas serenamente, con aquellos ojos que habían presenciado el horror indecible.
Sin embargo, las Cedeño tenían también su misterio: un misterio de orden económico que administraba Antonia. Sin haber abundancia de nada, en aquella casa de mujeres solas no se sufrían privaciones mayores. El diario amanecía todos los días en poder de Antonia; pero no se veía por dónde entraba a la casa aquel dinero tan oportuno, que nunca faltaba ni sobraba. Si alguien hubiese intentado averiguarlo, Antonia Cedeño habría respondido, echando a andar, como para evitar preguntas indiscretas:
-Ésos son unos realitos que me quedaban por ahí.
Y siempre le quedaban precisamente los del día siguiente.
Había de ser Juan Lorenzo quien descubriera que con este misterio administrativo tenían relación las visitas que, entre semanas, hacía aquel señor Noguera que, siempre cerrado de negro, de paltó-levita y pumpá, se presentaba con pasos menuditos y en llegando al corredor, de ordinario solo, tocaba con el bastón en la mesa y decía:
-Por aquí estoy yo, doña Antonia.
Antonia -nunca era Mercedes quien lo recibía- dejaba lo que estuviera haciendo, se alisaba el pelo, cambiaba los espejuelos de diario que tenían aros de alambre, por los que lo tenían de oro, y hacía pasar al señor Noguera a la sala. Allí estaban largo rato hablando paso de manera que ni detrás de la puerta se podía descubrir lo que se decían, al cabo de lo cual salía el señor Noguera diciendo, invariablemente:
-Despídame de Mercedita y de la muchacha.
Al oírlo por primera vez después de su regreso a la casa, Efigenia pensó que durante seis años el señor Noguera había tenido que suprimir en su despedida aquellas palabras que se referían a ella: y la muchacha. ¡Y esto le pareció tan doloroso! No por ella, sino por el señor Noguera, a quien tal cambio debió hacerlo sufrir mucho, pues era una de esas personas inmutables a quienes no se puede concebir sino como son y repitiendo toda la vida unas mismas palabras y unos mismos gestos.
Ahora el señor Noguera se había visto obligado a agregar unas palabras más en su despedida; pero para no modificar su costumbre las añadía cuando ya estaba en la puerta, poniéndose el pumpá:
-¿Y el trivilín? ¿Muy travieso?
-¡Insoportable!
Acto seguido aparecía Mercedes, porque se trataba de Juan Lorenzo y éste era su debilidad:
-¡De comérselo crudo! ¿Sabe usted lo que se le ocurrió ayer a esa criatura? -Y contaba la última travesura del muchacho.
El señor Noguera se desmigajaba suavemente de risa.
-¡Ji, ji, ji! Vaya, pues, ya tienen ustedes con qué divertirse. Dénmele un coscorroncito de mi parte.
Y el señor Noguera se iba.
Pero llegó un sábado -era su día habitual- y el señor Noguera no apareció en la casa de las Cedeño. Tres días después Juan Lorenzo vio que las tías se vestían de negro para salir y notó que Antonia tenía los ojos encarnizados.
Cuando ellas salieron preguntó a la madre:
-¿Para dónde van?
-¿No sabes? El señor Noguera se murió. Van para el entierro.
Juan Lorenzo permaneció un momento reflexionando y al cabo dijo:
-¿Y ahora quién va a traer los churupos?
-¿Qué es eso? ¿Qué estás diciendo?
-¡Guá! ¿Tú no sabes? Los churupos de la comida. El señor Noguera era el que los traía.
-Qué sabes tú. No hables tantos disparates.
-¿Que no? Yo lo vi un día. Me asomé por el agujerito de la llave y vi que él le daba a mi tía Antonia un paquetico de riales.
En los días siguientes flotó en el aire de la casa de las Cedeño una sombra de singular tristeza. Parecía que faltaba algo esencial, sin lo cual no era posible la existencia, como si el señor Noguera hubiera pasado allí todos los días de la suya, ocupando un amplio espacio, desempeñando una importante función.
A menudo decía Antonia, enjugándose una lágrima tenaz:
-¡Dónde volveré a encontrar otro señor Noguera!
Y Mercedes se entregaba a una inquietante actividad que tenía interesado a Juan Lorenzo. Abría baúles que siempre estuvieron cerrados, sacaba objetos nunca vistos por él: cucharillas de plata, pertenecientes a una fantástica vajilla que, según ella contaba, figuró en el banquete que un vago antepasado de ella dio en obsequio del General Boves, el año catorce, un cofrecito lleno de corales y azabaches, trozos de prendas viejas, hasta un pañolón de seda negra con grandes y descoloridas ramazones bordadas, que era precisamente el mismo que lucía en los hombros la abuela materna de las Cedeño, en el retrato que estaba en la sala.
Exhumando aquellos objetos que tenían historias, Mercedes hacía largas incursiones por el pasado brillante de las Cedeño para que Juan Lorenzo fuera conociendo los anales de la familia, que un tiempo fuera de las más mantuanas de Caracas.
Juan Lorenzo, con ambas manitas entrelazadas y metidas entre las rodillas, la escuchaba embobado, mientras la traviesa imaginación se le iba tras las sombras de los fantásticos abuelos de los cuentos de Mercedes, que tenían sangre azul en las venas, cosa que le parecía sumamente divertida, y dejaron enterradas botijuelas repletas de onzas de oro, cosa que lo hacía olvidarse de que la tía Mercedes era muy embustera.
Por su parte Efigenia, dándose cuenta de que aquel continuo rebuscar de Mercedes en los baúles objetos de algún valor era el anuncio de malos tiempos que habían de venir, se entregó también a la misma inquietante actividad. Una vez se presentó en el cuarto donde estaba la tía Antonia revolviendo un fajo de papeles, y le dijo mostrándole un collar de oro, grueso y pesado, que era el único regalo que le había hecho el Comandante Figuera:
-Madrina, aquí tengo yo esto que debe valer algo y no me sirve a mí para nada. Disponga de él.
-No, hija. Guarda tus cositas. Todavía no hay gran necesidad; por ahí me quedan unos realitos. Aquí estoy jurungando estos papeles a ver qué es lo que se puede cobrar. Yo tenía unos centavitos de mis ahorros y el señor Noguera me aconsejó que los pusiera a premio. Él mismo hacía las evoluciones y con el producto de eso es que hemos ido viviendo hasta ahora. ¡Imagínate la falta que nos irá a hacer el señor Noguera!
Efigenia tuvo una idea:
-Y por qué no buscamos, madrina, algún trabajo que podamos hacer en la casa. Yo sé coser de sastre y eso lo pagan bien.
-No, hijita. ¡Trabajar tú! ¡Y con lo delicada que andas siempre!
Mercedes acudió providencial. Las quesadillas que ella hacía cuando necesitaba dar una cuelga tenían fama de ser las mejores de Caracas. Ya una amiga del vecindario le había insinuado la idea de hacerlas para la venta.
Antonia rechazó orgullosa. ¡Las Cedeño haciendo quesadillas! ¡Ella sabía ser pobre sin perder la dignidad!
-¡Cuándo! ¡Ni por un pienso!
Mercedes dijo que ella conocía muchas familias muy decentes y de lo principal que vivían de hacer hallacas para la venta y afirmó que no encontraba diferencia entre una hallaca y una quesadilla; pero todo fue inútil: Antonia no convenía en que anduviera rodando por las calles su apellido, que era de los pocos apellidos respetables que quedaban en Caracas.
-¡Imagínense! ¡Que vayan a saber las Perales, esa gentuza de aquí al lado que nosotras estamos haciendo granjerías! ¡Cómo se reirían de nosotras que no hemos querido hacerles la visita de vecinas, para no enguachafitarnos! ¡No, no! ¡Déjense de eso!
Pero transcurrieron unos días, se fueron mermando los realitos que le quedaban por ahí y la perspectiva de amanecer un día sin el diario le quebrantó el orgullo. No obstante, como ella no daba nunca el brazo a torcer, esperó a que Mercedes insistiese en lo de las quesadillas, dispuesta -¡qué iba a hacer!- a dejarse convencer de que no era deshonroso aquel trabajo.
Insistió Mercedes. Antonia se defendió débilmente. Efigenia adujo razones muy sensatas y el punto previo quedó resuelto: Nada de particular tenía que se ganaran la vida haciendo granjerías.
-¿Y ustedes creen que eso dé para vivir?
-Por lo menos para ayudarnos.
-Pero ¿quién las saca a vender?
-Juan Lorenzo.
-¡Pobrecito! -dijo Antonia pasando la mano por los cabellos del niño-. Quién iba a decirte que la muerte del señor Noguera...
Pero se enterneció hasta el extremo de no poder continuar la frase.
Mercedes completó el pensamiento trunco:
-Ahora va a ser él el hombre de la casa.
Y quedó decidido que desde el día siguiente comenzarían a hacer quesadillas que Juan Lorenzo sacaría a la venta.
Éste acogió el proyecto con muestras de entusiasmo y prometió que iba a vender una cantidad fabulosa de quesadillas. En la noche, al dormirse, soñó que iba por unas calles nunca vistas, muy largas y muy anchas, gritando su mercancía, con un canto muy bonito, parecido al que entonaba aquel muchacho que pasaba al oscurecer por la calle de San Juan pregonando pandehorno, abizcochado, caliente. Un canto de notas largas y melancólicas que le recordaba también el cantar de los llaneros que pasaban por La Villa con puntas de ganado.
Al día siguiente, después del almuerzo, le puso Mercedes en las manos un platón colmado de doradas y olorosas quesadillas.
-Ya sabes -le dijo mientras le abrochaba el saco para que no se pareciera a los muchachos del pueblo y establecer con la compostura del traje la conveniente distinción de rango social-. Ya sabes. No te vayas muy lejos. Coges por la acera de enfrente y caminas hasta la esquina de Los Angelitos; de allí te devuelves por esta acera. No se te ocurra cruzar en las esquinas porque te pierdes.
Y Efigenia:
-Mucho fundamento, Juan Lorenzo. Ten cuidado con el platón, no lo vayas a tumbar.
Y Antonia:
-Oye una cosa. No entres a las casas de esta cuadra, porque en todas te conocen y van a descubrir que son de aquí las quesadillas. Ya lo sabes. Y cuidado como se te ocurre decir en alguna parte que las hacemos nosotras.
Juan Lorenzo sentía palpitar con violencia su pequeño corazón. Era un momento decisivo de su vida y él lo vivía con la honda emoción de su trascendencia.
Todavía Antonia lo amonestaba, a punto de arrepentirse de haber convenido en aquella vergüenza:
-Óyeme bien. Casa de las Perales, aquí al lado, no entres ni que te llamen.
-¡Sí, hombre! ¡Yo sé! ¡Hasta cuándo!
Por fin se vio libre del asedio de las mujeres y salió a la calle. Todo cuanto le habían recomendado se le olvidó. Tomó una dirección que no era la que le había dado la tía Mercedes y en el primer portón que encontró, -¡en el de las Perales!- pegó un grito:
-¡Quesadillas de las Cedeño!
Las Cedeños lo oyeron claramente y les pareció que el mundo se les venía encima.