Las macaureles
Las Cedeño estaban en la ventana de su casa de la calle de San Juan cuando vieron detenerse frente a la puerta el convoy de carretas de Ramón Fuentes, en la última de las cuales venía Efigenia, bajo el aparatoso toldo que llamó la atención del vecindario.
Reconocer a la sobrina y cerrar la ventana, con gran estrépito y demostración de desagrado, todo fue uno. Antonia, la mayor de las dos solteronas, con las venas del cuello ingurgitadas, decía ahogándose mientras se alisaba el cabello, que parecía que se lo hubiera despeinado el viento de la cólera que respiraba:
-¡Esto es el colmo! ¡Presentarse en una carreta, en una cuadra como ésta!
-¡Y a la hora en que todo el vecindario está en las ventanas! -agregó Mercedes, completando el pensamiento de la hermana, a tiempo que revisaba apresuradamente el orden y limpieza de la sala, como si preparase recibimiento a persona de categoría.
Entretanto Ramón Fuentes decíale a Juan Lorenzo al bajarlo de la carreta:
-Ahora es que te quiero, ahijado. Prepara las nalgas que ya vas a sabé lo que es bueno.
Cosa extraña, Juan Lorenzo se había puesto muy serio, tal vez a causa de lo mucho que le había recomendado la madre que no fuera a reírse de las tías, y parecía emocionado.
En cuanto a Efigenia, no podría asegurarse lo que pasaba en su alma, porque su rostro conservaba puesta aquella máscara de impasibilidad que le daba un aire de total embrutecimiento. Con la mayor naturalidad penetró en la casa, como si volviese a ella al cabo de una corta visita al vecindario.
Pero cuando vio el patio familiar, fresco y penumbroso, con los viejos granados floridos, los ladrillos cubiertos de musgo, y en los tiestos de barro esparcidos por el suelo las macetas de novios del humilde jardín de la tía Mercedes, todo tal como estaba cuando ella abandonó la casa, la madrugada de aquel funesto día remoto para irse con el Comandante Figuera, dilató los ojos dolorosamente, como si fuese a echarse a llorar, y cuando llegó al umbral de la entrepuerta su corazón palpitaba con violencia esperando el asalto de las tías.
Pero las Cedeño no estaban en el corredor. Dominado el golpe de emoción, Efigenia tocó la puerta como una extraña. Nadie le respondió. La casa parecía sola, las puertas de los dormitorios estaban cerradas y no se apercibía un rumor.
Ramón Fuentes acudió:
-A ver, comadre, déjeme tocá a mí, pa que vea si lo que hace falta en esta casa es mano de hombre.
Y golpeó tres veces la puerta con los recios nudillos de sus dedos de carretero. El silencio de la casa retumbó y oyose adentro la voz de Antonia Cedeño:
-Están tumbando la casa. ¡Que escándalo!
A tiempo que aparecía en el corredor, poniéndose los espejuelos para preguntar:
-¿Qué se les ofrece?
-Gente de paz -respondió Efigenia-. Soy yo.
Y Antonia, con un olímpico desdén:
-¡Ah! Eres tú. Pasa para adentro.
Detrás de Antonia acababa de aparecer Mercedes. Parecía muy ocupada en arreglarse una boa de plumas engrifadas que llevaba al cuello, aunque en realidad lo hacía para no ver a los recién llegados.
Juan Lorenzo, pegado a las faldas de la madre, pasaba y repasaba sus miradas de una a otra de las Cedeño. Y observó que Antonia tenía cara de pájaro picudo coronada de un copete de cabellos revueltos y mal teñidos, y que a Mercedes le acontecía más o menos lo mismo en cuanto al cabello, pero tenía más tersa y suave la piel de la cara y un aire más dulce en la fisonomía. Pero lo que estuvo a punto de desbordar su contenido deseo de reírse de las tías fue el haber descubierto la cantidad de venas que se marcaban, gordas y tensas en el pescuezo de Antonia. Seguramente era por aquello que su padrino decía que se parecían a unas macaureles, porque, en efecto, aquel pescuezo era un haz de culebritas paradas.
Mientras él estaba en esto, Mercedes había iniciado la conversación, preguntándole a Efigenia, por decir algo:
-¿Y tú viniste desde La Villa en esa carreta?
A lo que respondió Antonia, antes que lo hiciera la interpelada, con un tono sarcástico verdaderamente inaguantable:
-¡Guá! ¿Y por qué te extraña, niña? ¡Es una carreta muy bonita y muy limpia, con su toldo muy gracioso! ¿No te has fijado? Es un lujo. Hasta tiene unas ramas de sauce que la adornan mucho.
Ramón Fuentes intervino, porque ya no podía contenerse:
-De sauce no, señorita; de lecherito. Usté como que no conoce las matas.
-¡Ah! ¿Tú ves, Mercedes? De lecherito. Son de lecherito las ramas ésas.
Plantándose de un modo que parecía que ahora pesaban más sobre el suelo, con las piernas separadas y flexando las rodillas, Ramón Fuentes buscaba pelea, dispuesto a no quedarse con aquellas puyas:
-Sí, señor. De lecherito.
Efigenia oía el diálogo, inmóvil en medio del corredor y sin que un gesto se dibujase en su máscara trágica. Más que nunca parecía el cuerpo vacío de una persona ausente.
Mercedes Cedeño fingía estar muy interesada en quitarle algo que tuvieran las hojas de una mata de novios; pero se llevaba las manos a los ojos muy a menudo.
-Bueno, comadre -dijo por fin Ramón Fuentes-. Ya yo cumplí mi misión. Le digo adiós. Quizá no nos volvamos a vé más.
La abrazó campechano sin verla a la cara, dio unas palmadas en las mejillas de Juan Lorenzo, mientras sacaba de la faja del cinto unas monedas que puso en las manos del ahijado diciéndole:
-Tome pa que tenga pa sus dulces.
Y tomó la salida soltando a las Cedeño un áspero:
-Buenas tardes.
-Que lo pase usted bien -respondió Antonia con afectada cortesía.
Entretanto Efigenia le decía al hijo:
-Pídele la bendición a tu padrino.
-Que Dios lo bendiga -contestó Ramón Fuentes desde el zaguán.
Y ya en la calle:
-Y lo saque con bien.
Juan Lorenzo seguía observando a las tías y como reparase que a Antonia se le estaban poniendo más gordas y tensas las venas del cuello, se dijo mentalmente:
-¡Concho! ¡Mírale las culebritas!
Y estuvo a punto de soltar la carcajada.
Pero algo inesperado y sorprendente acababa de suceder. Las Cedeño rompieron a llorar simultáneamente y se precipitaron en los brazos de Efigenia que por fin lloraba también.
Luego sonándose, Antonia dijo, con una voz nueva en ella, mientras se llevaba a Efigenia hacia adentro, todavía abrazada:
-¡Muchacha! ¡Tú no sabes lo que nos has hecho sufrir!
Mercedes cargó con Juan Lorenzo y se lo llevó al comedor comiéndoselo a besos:
-¿Quieres comerte un bizcochito?
Juan Lorenzo se dejaba besuquear dócilmente. Aquello no era lo que él esperaba de las tías. ¿Por qué habría dicho su padrino que eran bravas como macaureles?