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Rómulo Gallegos

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La rebelión

Capítulo 2

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La otra Efigenia

Han transcurrido unos días. Un viajero que viene de Caracas se detiene en la casa de Efigenia y habla con ella.

-Bueno, comadre. Yo cumplí su encargo. Pero francamente le digo que me ha pesao, porque aquellas señoras tías suyas, en cuanto no más les dije a lo que iba me saltaron encima, como unas macaureles. Y usté perdone la comparación.

A Juan Lorenzo le hizo mucha gracia y estuvo riendo largo rato.

-¡Como unas macaureles! ¡Ja, ja, ja!...

El hombre sonreía mirándolo tan regocijado.

-¡Ríete! Que ya vas a sabé tú pa qué naciste.

Efigenia sonreía también; pero su sonrisa era algo muerto sobre su rostro alelado. Luego dijo, sin haber recogido todavía aquella sonrisa que se le había quedado olvidada en la faz triste:

-¿Quiere decir que no están dispuestas a recibirme?

-Tanto como dispuestas no creo yo que puea decí; pero después que me tupieron con sus desahogos contra usté y contra el difunto mi compae, que en paz descanse, me dijeron que podía decirle a usté que qué se iba a hacé; que por lo visto ellas no tenían más misión en el mundo que estala recogiendo a usté y a lo que usté quisiera llevarles pa su casa. Porque sin yo estásela preguntando me soltaron toa la historia suya: que si su padre de usté se enredó con una mujer que no era igual a él y la tuvo a usté por trascorrales: que si un día se presentó caje de ellas con usté chiquita, porque se le había muerto la mujé y que ellas, como al fin y al cabo eran las hermanas d'el y les dio lástima vela a uste desampará, la recibieron y la criaron como hija, pa que después usté y que les pagara too el cariño que le tuvieron saliéndose de la casa con el zambo Carlos Gerónimo. Asina mismo me lo dijeron.

Chupó el tabaco, haciéndolo girar entre los dedos y concluyó:

-Francamente, son bien espesas las señoritas esas.

A lo que respondió Efigenia:

-En el fondo no son malas.

-Ya ve, lo que es en eso ni quito ni pongo. Lo que hago es decile lo que me dijeron, sin ganale naa, pa que mañana no tenga usté que haceme cargos por no habele hablao con franqueza.

Guardó silencio. Efigenia lo miraba, con su mirada fija y distraída a la vez de persona ausente de la realidad exterior. Cohibido, el hombre bajó la suya y luego poniéndose de pies, dijo sin ver la cara a Efigenia con la áspera voz enternecida:

-¿Quiere decí que usté está dispuesta a dirse pa Caracas?

-¿Qué voy a hacer?

-Bueno. Que le resulte bien, comae. Yo sentiré mucho perderla de vista, porque la noche del velorio se lo juré al difunto que no la abandonaría a usté y al muchacho; pero no es de mi incumbencia atravesame en su voluntá. Y naa más tengo que decile, sino que si, en una comparación, alguna vez necesita usté de mí no tiene sino que llamame.

Y ya en la puerta despidiéndose:

-El mes que viene tengo viaje pa Caracas. Como usté y el chavalo no pueen hacé el viaje a caballo, si usté quiere dirse conmigo, yo le hago prepará una de las carretas pa que vaya más cómoda.

-Si usted quiere también hacerme ese favor.

-Es mi deber. Naa tiene que agradecerme.

Desde aquel día Juan Lorenzo, ajeno al sufrimiento  perennemente pintado en el rostro de la madre, no hace sino anhelar por el viaje a la capital y ríe sabrosamente cuando piensa que va a conocer a las macaureles, que sólo de este modo llamaba ya a las tías de su madre.

Por fin llegó el día de la partida. En una lluviosa madrugada salió de Villa de Cura el convoy de carretas de Ramón Fuentes, que hacían el tráfico entre los pueblos más próximos del llano y Caracas. Iban cargados de quesos y de cueros de ganado, menos una en la cual, bajo un toldo formado con el encerado y sobre colchones que amortiguaban los batacazos, se colocaron Efigenia y su hijo.

Estuvo lloviznando casi toda la mañana. La marcha era lenta y trabajosa. Los carreteros corrían continuamente a lo largo del convoy acudiendo a sacar las carretas de los atolladeros o a ayudar a las mulas a repechar las cuestas resbaladizas. El tintineo de los arneses, el traqueteo de las ruedas en los baches, el perenne caer de la llovizna lenta y menuda; el dejo melancólico de los cantos de la tierra, a ratos en boca de los carreteros, aumentaban la monotonía del camino. A mediodía levantó el tiempo y roto el brumoso velo de la llovizna lució el verde tierno de los sembrados y el suave azul de los montes lejanos. Luego comenzó a calentar el sol con lo cual se hizo más fuerte la pestilencia de los cueros que iban en las carretas.

Bajo el toldo de la última del convoy, caliente como un horno, Efigenia y Juan Lorenzo, molidos por el traqueteo de la marcha, entontecidos por la modorra, guardaban silencio. En pos de ellos iba Ramón Fuentes, en un macho rucio. Durante las primeras horas del viaje había ido hablando con Efigenia cosas de su negocio, cosas del camino; pero ahora callaba también, bajo el peso del mediodía. De pronto dijo, dando curso a sus pensamientos:

-Comadre. ¿Y cuando Julián Camejo llegó preguntando por el compadre, usté no cayó en malicia?

-No.

-¡Caramba! ¿Y usté no sabía que ellos tenían un pique Viejo?

-Yo nunca supe nada de las cosas de Carlos Gerónimo.

-Sí. Ellos tenían un pique desde cuando Mano Carlos fue Jefe Civil de la Villa. Parece que el Julián Camejo ese tenía una mujecita y el compadre se la enamoró.

Y después de una pausa:

-¡Caramba! Si usté cuando vio que Mano Carlos salió acomodándose el revólver, se le atraviesa y no lo deja salir quizá se evita la desgracia.

Efigenia lo miró largo espacio y al cabo murmuró:

-Ya no era tiempo.

Nuevo silencio. Ramón Fuentes no se explicaba cómo Efigenia podía hablar de aquello con tanta impasibilidad.

-¡Caramba! No me explico yo como un zoquete como Julián Camejo haya podido pegase al compadre. ¡Un hombre como Mano Carlos, tan defenso! ¡Ah, hombre macho y faculto que era el compadre! ¡Y pa que vea! Vino a pegáselo un zoquete que era la sopa de too el mundo en La Villa.

Efigenia oyó aquel bárbaro panegírico del marido como si se tratase de persona extraña. ¡Estaba tan distante de participar, ni aún de comprender aquella admiración del carretero!

Y sin embargo, aquel hombre de quien se trataba había sido su compañero durante seis años, y, lo que era todavía más absurdo: ¡había sido el amor de su corazón, la ilusión de su vida, durante algún tiempo! ¿Dónde había estado ella, la verdadera Efigenia, durante todo ese tiempo? ¿Quién había reemplazado a la ausente, a la verdadera Efigenia, a la que se crió en la casa de las tías Cedeño, en Caracas, que tocaba al piano, por fantasía, la Serenata de Schubert y cantaba con verdadero sentimiento romántico aquello de «Volverán las obscuras golondrinas», de Bécquer? ¿Cómo era posible que fuesen la misma persona aquella muchacha sentimental de antes y esta mujer embrutecida que venía ahora de La Villa, entre carreteros, en una carreta, con un hijo tenido de su unión con el zambo Carlos Gerónimo Figuera, hombre rudo y brutal a quien asesinaron de un lanzazo en la puerta de su casa por haberle quitado la mujerzuela a otro?

Entretanto Juan Lorenzo ha estado oyendo la conversación; pero aunque sabe perfectamente de qué se trata tampoco se da cuenta cabal de la situación. La muerte de su padre lo impresionó por su aparato trágico, pero luego se convirtió para él en un hecho tan sencillo o tan sorprendente como son para los niños todos los hechos. En realidad para él nada había cambiado en la vida: antes había en su casa un hombre que llenaba el ámbito con sus interjecciones groseras y en las horas de buen humor se las enseñaba a proferir a él; ahora ya no estaba, pero para él las cosas esenciales seguían como antes: su pensamiento incansable, el espectáculo del mundo siempre atrayente, su pequeño cuerpo ávido de correr, de saltar, su risa siempre dispuesta a derramarse en carcajadas... y allá, en el término de aquel viaje que por más aburrido que fuera nunca llegaría a fastidiarlo, una perspectiva nueva: Caracas, y en ella una cosa sumamente divertida: las tías Cedeño, ¡bravas como macaureles! ¡Ya tenía maquinadas una buena porción de travesuras para hacerlas rabiar!

Al atardecer el convoy se detuvo en una ranchería del camino. Ramón Fuentes se ocupó en preparar cómodo alojamiento para Efigenia; los carreteros despegaron las bestias y luego acudieron al trago en la pulpería dejando a la orilla del camino la hilera de carretas cargadas. Efigenia se embelesó en la contemplación del plácido crepúsculo que doraba la jugosa campiña aragüeña.

Entretanto Juan Lorenzo andaba por los corrales, conversando con unos arrieros que lo conocían. Cacareaban las gallinas subiéndose a las ramas de un totumo; un arreo de burros se abrevaba plácidamente en torno al estanque; las mulas de Ramón Fuentes se refocilaban en el revolcadero; el acre olor del estiércol saturaba el aire; cortando malojo en los pesebres unos arrieros cantaban un corrido aragüeño.

Tal espectáculo removía dentro del alma de Juan Lorenzo oscuras afinidades, burdos anhelos de la sangre plebeya. Para expresarlos fue en busca de Efigenia y le dijo:

-Mamá. Cuando yo esté grande voy a ser arriero. ¿Sabes?

-Véalo, pues -dijo Ramón Fuentes- cómo desde chiquito tiene inclinación al trabajo. ¡Eso está bueno!

Contemplando la estrella de la tarde Efigenia, la otra Efigenia, la que cantaba antes la Serenata de Schubert, le pidió a Dios que no se realizara el deseo del niño.

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1h 35m

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