Y fue como lo habían previsto. Todo el pueblo se apiñaba sobre las empalizadas coreando los lances de los toreros, celebrando con frenéticas griterías las intenciones asesinas del toro que buscaba el cuerpo del lidiador tras el engaño de la capa, insultando al que huía ante las astas mortales, como si experimentasen la necesidad del espectáculo de la sangre saltando en chorros hasta salpicarles las caras.
Por fin tocó el turno al Biscuí. Apareció envuelto en un capote de seda roja recamado de oro que lanzó, a la usanza toreril, a una ventana colmada de mujeres bonitas, quedando en un traje de malla todo blanco que le ceñía el cuerpo gallardo y bien formado.
De las empalizadas salió una lluvia de silbidos y de invectivas procaces; pero el Biscuí no se inmutó y con una desdeñosa sonrisa en los labios fue a subir en un escabel de madera también blanca que había hecho colocar en mitad de la calle, frente a la puerta del toril.
Hubo un momento de expectativa; palpitaban los recios corazones de los pegujaleros apercibidos para la emoción desconocida. De pronto un estruendo de maderas que ceden a un empuje formidable: ha salido el toro.
Un toro lebruno, de enhiesto testuz coronado de astas agudas como puñales. Se detiene un momento como si buscara al adversario, le vibra el cuello en una crispación de los nervios tensos, le salta en los ojos la lumbre de la fiereza; pasea las miradas por el gentío encaramado en las talanqueras y las fija por fin en la estatua inmóvil que se levanta en mitad de la calle. Es el adversario, lo reconoce: el mismo que excitó su furor en el claro de luna del corral. Rápido se lanza sobre él, al acercarse vacila un momento, gazapea, parece que va a huir, pero de súbito engrifa el pescuezo, se recoge sobre sí mismo con los cuernos a ras del suelo, se dispara sobre el bulto inmóvil y lo lanza por el aire...
Una gritería de espanto..., otros gritos que no se oyen..., la mueca de la risa estereotipada en un gesto de horror..., un tropel de gente que se desgaja de las talanqueras...
Unos, los que prepararon la broma, bracean y gritan al toro que acude a recoger al Biscuí. El toro se detiene para encarárseles y los derrota contra la empalizada; saltan los hombres atemorizados.
Fue cosa de segundos, pero bastaron para que los compañeros del Biscuí le recogiesen del suelo y se lo llevasen al burladero manando sangre.
La noche. Se comenta el suceso. Uno pregunta:
—¿Tú lo viste?
—Sí. Está destrozado. No amanece.
Y otro, el que dio la idea de adiestrar el toro:
—Es que con los toros de aquí no se pueen hacé morisquetas. Ese toro lebruno es una fiera.
Y los que sostuvieron la cuerda de donde pendía el Judas:
—Y diga usté que si no es por nosotros que le llamamos la atención al toro, lo suelta frío ahí mismo.
Caracas, abril de 1919.