Por mayo, cuando la Cruz del Sur se endereza en los cielos y con las primeras lluvias comienza a llenarse el antiguo cauce del río y los cerros carbonizados por el fuego de las rosas a revestirse del verde tierno de los maizales, Pegujal sacude la murria que pesa sobre él durante todo el año, como la pátina de polvo sobre las techumbres hasta que llega el invierno y las lava.
Las campanas repican alborozadas y de los contornos acuden romerías jubilosas. Es la fiesta del Santo Patrono. Fiesta religiosa y pagana a la vez, que enfervoriza los ánimos taciturnos, provocando inquietantes explosiones de alegría. En la iglesia el mujerío atento al sermón o al gangoso canturreo de la misa; en la calle la fiebre del regocijo, amenazando a cada momento convertirse en tragedia: gritos de borrachera, zumbido del populacho en los garitos improvisados por dondequiera, en torno a las ruletas y montes de dado, la algarabía de las galleras en las mañanas, la embriaguez de la coleadora de toros en las tardes, el estruendo de los fuegos que se queman por las noches en el altozano de la iglesia, dentro de un círculo de palurdos que contemplan embobados la elevación de las bombas cuyas candilejas les llenan de lívidos reflejos los rostros de pómulos filosos, el rumor de las parrandas que recorren las calles al son de cuatros y maracas, hasta el filo de medianoche.
Una vez llegó a Pegujal una cuadrilla de toreros trashumantes de esos que van de pueblo en pueblo, poniendo el miedo al servicio del hambre. Eran matarifes desarraigados a quienes la casualidad de un lance feliz que nunca pudieron repetir, sacó de sus mataderos. Entre ellos iba un español que hacía el Tancredo.
Era un hombre bonito y presumido que gastaba perfumes, hablaba con voz cantarína y tenía ambiguos modales afeminados. Por otra parte, era lo que en Pegujal se llamaba un pretencioso: se desdeñaba codearse con el populacho y hacía ascos a las groseras bebidas que le ofrecían, jactándose de no tomar sino brandy Biscuit. A causa de esto le cambiaron el alias torero que usaba, por el mote despectivo de El Biscuí.
Y comenzaron a odiarlo con la vehemencia de sus pasiones violentas, que eran como el fuego sobre las sabanas tostadas por el verano rápido: rápidas, arrolladoras, fugaces.
Tenían los pegujaleros un rudo concepto de la hombría y jamás se había dado allí el caso de un varón que no lo fuese plenamente, con toda la aspereza de los machos bravíos y por lo tanto no podían soportar los ambiguos modales del Biscuí; pero menos que todo podían perdonarle la desdeñosa petulancia que usaba para con ellos, porque allí todo el mundo tenía una exagerada noción de sí mismo y una idea brutal de la dignidad. Así, pues, cuando supieron que el españolito haría al día siguiente la suerte del Tancredo, suerte que, por lo demás, ellos no conocían y por lo tanto no les parecía que valiese la pena, decidieron jugarle una broma pesada para ponerlo en ridículo, que le sirviese de escarmiento para toda la vida, “porque a los hombres no se les injuria así”.
Poniendo manos a la obra, una vez enterados del truco de la suerte, fuéronse al corral donde estaba el ganado que los toreros habían de lidiar al día siguiente, provistos del Judas de trapo que, según costumbre tradicional, se quemaba en el pueblo para fin de las fiestas patronales, y escogiendo el toro más bravo, que era el que le iban a soltar al Biscuí, pusiéronse a amaestrarlo a fin de que embistiera al bulto inmóvil y blanco que le inspiraba instintivo recelo.
La lumbre espectral de la luna bañaba él corral, en cuyo recinto el toro embravecido derrotaba al espantajo, sostenido en el medio por una cuerda amarrada en los tranqueros, sobre los cuales estaban los iniciadores de la broma, restregándose las manos, satisfechos de su ingenio, experimentando por adelantado la bestial voluptuosidad de la escena que al día siguiente habrían de presenciar todos.