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Rómulo Gallegos

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Una resolución enérgica

Capítulo 3

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Al día siguiente, bastante avanzada la mañana, despertó de un sueño lleno de terribles pesadillas, muchas de las cuales eran de la cerveza que había ingerido en la noche. Se lavó, se empapó la cabeza con agua de colonia, experimentando la deliciosa sensación del desembargamiento del cerebro y comenzó a afeitarse. De pronto se dió cuenta de la situación. ¿Para qué se afeitaba si no iba a salir a la calle?

Y fue entonces cuando el verdadero Martín, el Martín Garcés de todos los días, apreció la magnitud de la desgracia que había caído sobre ellos. ¡No salir a la calle! Privarse de la exhibición dominical de su persona, en la Plaza Bolívar en la mañana, en la vespertina del cinematógrafo o en el paseo por el Paraíso en un automóvil, en la retreta de la noche; renunciar, quién sabe por cuánto tiempo, a la compañía de sus amigos, enterrarse en vida, anularse tal vez para siempre... ¡Qué lata!

La entrada de la madre interrumpió su soliloquio. La atribulada mujer, con los ojos encarnizados por el llanto y por el insomnio, se echó en sus brazos, deshecha en lágrimas.

Entonces, como si en el tibio contacto del pecho materno el dolorido corazón de ella hubiese transfundido en el del hijo la sangre generosa, Martín exclamó:

—¡Mataré a ese canalla!

—No, hijo, por Dios. Ni lo pienses. Dios te libre de hacerlo.

—¿Y la deshonra, mamá? ¿Crees que yo podré soportarla?

—¡Ay hijo! No harás sino añadir una sobre otra. Y me matarías. Me acabarías de matar. No se te ocurra tal cosa.

—Eso es. ¡Que no se me ocurra! ¡Que se ría de nosotros el muy canalla! No, mamá: me pides un imposible. Mi dignidad se rebela. ¡Se rebela!

3.05Y, repitiéndolo, Martín acabó por creer que era verdad. Luego, con reminiscencias de sus escasísimas lecturas, comenzó a declamar: “¡La vida rota! ¡La vida rota!”, mientras se paseaba por el cuarto, como un actor por la escena para oir mejor al apuntador.

Pero como los hombres no son de una sola pieza, ni para el bien ni para el mal, Martín tuvo de pronto un acceso laudable: ¡pegarse un tiro!

Saltó la madre al oírselo decir y echándose encima empezó a suplicarle:

—Martín, ¡por Dios! Evítame este sufrimiento más. Mira que ya tenemos bastante con lo que nos ha sucedido. Piensa en tu pobre, padre, que está enfermo. Le darías una puñalada.

—No me queda otro camino, mamá. Piensa tú lo que será la vida para mí, de ahora en adelante. Yo no puedo dejarme ver con nadie. Yo no puedo vivir más aquí.

—Te irás, Martín. Te irás de Caracas.

—¿Y para dónde voy a irme? ¿A meterme en un pueblo de esos? No. Prefiero pegarme un tiro.

—Te irás al extranjero, a Europa. Anoche hemos estado hablando de eso tu padre y yo. Comprendíamos que para ti iba a ser muy duro quedarte en Caracas. El hará un sacrificio; te dará lo necesario para el viaje. Aunque nos lo quitemos de la boca. Yo sé cómo eres tú, y si te encuentras con ese bandido, ¡quién sabe qué desgracia va a suceder! Ya sabes, hijo, no te opongas; lo hacemos por tu bien. Te suplico que no te opongas.

¡Irse a Europa! ¡A Europa! ¡Su sueño dorado! ¡Cuántas veces suspiró por aquello, cuando la vida anodina, aburridora, vulgarísima, de Caracas, pesó sobre su espíritu como duras prisiones! Precisamente la noche anterior, en la Cervecería, había estado hablando de eso con sus amigos. Quién le iba a decir que horas más tarde se decidiría contra su voluntad.

Frunció el ceño, adoptó una actitud desolada y exclamó:

—¡Mamá!

Y le salió como un balido, triste, quejumbroso.

—Sí, hijo. Tu padre , lo ha resuelto, después, de haberlo pensado mucho. Fue la Virgen quien se lo inspiró.

Martín pareció reflexionar. Al cabo, dijo:

—Está bien, mamá. Me iré.

Y continuó afeitándose...

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