Llegado a su casa se sorprendió de encontrar el portón abierto a tales horas. Un súbito terror, completamente inconsciente, lo hizo detenerse en la acera. Espió ruidos interiores. ¡Nada! En la sala, que estaba iluminada, no se oían voces. Luego no había visitas. El corazón se le encogió, sin que él supiese por qué. Buscó qué pensar, pues aquella ausencia de ideas le producía una angustia mortal. Comprendió que tenía miedo de sus pensamientos. Por fin, una idea:
—¿Será que le ha dado otra vez el síncope al viejo?
La sospecha no tenía nada de tranquilizadora y, sin embargo, se sintió aliviado cuando la formuló. Al cabo se resolvió a entrar.
En el corredor estaban las dos hermanas mayores. Con las mejillas en las manos, doblaban las cabezas abrumadas, manteniendo fijas en el suelo las miradas que no veían. Se sentía en torno de ellas un hálito siniestro: algo estaba pasando sobre aquellas frentes abatidas: el vuelo invisible de la vida trazaba allí agoreros círculos de fatalidad.
Martín se detuvo en el umbral de la antepuerta, sin atreverse a trasponerlo, presa de un súbito temblor de todo el cuerpo. Era un frío mortal, convulsivo, que le estremecía los miembros y le clavaba en la garganta una garra dolorosa.
Una de las hermanas salió a su encuentro, como si tuviera algo que decirle; pero no hizo sino quedárselo viendo a los ojos, con una expresión animal, indescriptible. Martín hizo un esfuerzo enorme para preguntarle:
—¿Qué pasa aquí?
Y la hermana respondió con voz velada, como un tambor funeral, a la sordina:
—Que Clarita salió después de la comida, diciendo que iba ahí mismo, casa de las Orozco, y no ha vuelto.
—¿Y por qué no la han mandado a buscar? Ya son más de las doce.
Replicó Martín sin saber lo que decía, pero movido por una secreta necesidad de creer que su hermana estaba todavía en casa de las Orozco, a pesar de que acababa de ver que la casa de éstas, situada frente a la suya, estaba cerrada.
La hermana estalló sollozante:
—¡Clarita se fue, Martín!
Martín permaneció clavado en el sitio, con la boca entreabierta, como si las inútiles palabras que iba a decir se le hubiesen helado en los labios. Ya no sabía para qué engañarse con pensamientos tranquilizadores; la verdad estaba dicha. El vago presentimiento que lo asaltara al llegar a la casa, se acababa de confirmar plenamente. Tuvo una idea absurda: preguntar con quién se había ido la hermanita; pero se arrepintió cuando ya iba a formularla. ¡Bien sabía él con quién se había ido! ¡Ese canalla de Arizaleta!
Vaciló un momento, todavía en la entrepuerta; luego echó a andar, como un autómata hacia su cuarto. No se atrevía a arrostrar la presencia de sus padres; tenía una vaga noción de la culpabilidad que le pertenecía en lo que acababa de sucederles a todos. Al cabo de un rato oyó la voz paterna que decía:
—Bien. Cierren el portón.
Un sentimiento filial le llenó de lágrimas los ojos. Rauda y eficaz como una centella, había pasado por su mente la comprensión de la horrible significación de aquella frase de su padre: ¡Ya pueden cerrar la puerta! Es decir: ¡Ya no hay nada que esperar; ya está consumada la desgracia irremediable!
Sintió un impulso generoso: acercarse a los padres, echarse en sus brazos, llorar con ellos el infortunio de todos. Pero algo más recóndito, más firmemente afincado en su ser se lo impedía. No quería pensar por qué, pero se reconocía culpable.
Fumó copiosamente, sentado en la orilla de la cama, todavía con el sombrero puesto. Su pensamiento era una rueda movida por una fuerza loca. A ratos giraba frenéticamente, abriendo en su alma vértices de locura; a ratos se detenía de súbito y era entonces como si toda su vida se hundiese definitivamente en vorágines de absoluta indiferencia, de total abyección... ¡La honra! La reparación del agravio sufrido, la infamia lavada con sangre, con la sangre del traidor Arizaleta, con quien había parrandeado tanto. Ya una vez, completamente borrachos ambos, se lo había dejado entender aquel canalla.
—No, valecito. Yo no me caso ni a tiros. La vida es para gozarla y las mujeres son una parte de la vida.
—¿Todas, Arizaleta?
—Todas, todas. Uno propone y la que acepta es porque quiere. Y la que no acepta lo agradece.
¡Qué vergüenza! ¡Qué ignominia! Cómo no le dio entonces una bofetada a aquel depravado que, sabiendo por quién se lo preguntaba, le había respondido: ¡Todas...! Su deshonra, la de él, estaba consumada desde entonces... Esto era evidente. No era ahora cuando venía a comprenderlo; él lo había sentido con toda la fuerza de una convicción; pero no había querido nunca proceder en consecuencia. ¡Qué miserable era!
Y entonces Martín Garcés, por primera vez en la vida, sintió que del fondo de su alma envilecida por los hábitos licenciosos surgía, como aguas claras de un pozo obscuro, un deseo de purificación espiritual.
Pero no fue sino un deseo fugaz. Inmediatamente se desvistió y se metió en la cama.