Martín Garcés se separó de sus compañeros cerca de la medianoche. Como de costumbre, se había quedado hasta tales horas bebiendo bocks y refiriendo, entre bocanadas de “egipcios” sus aventuras amorosas, que eran muchas y diversas, pues él se jactaba de tener un gran partido entre, las mujeres y vivía para eso solamente.
Dos cocheros de esos coches que en el argot caraqueño se denominan “lechuzas” y que estaban apostados a la sombra de la Catedral, le ofrecieron sus servicios.
—¿Te llevamos, Martincico?
—Estoy a tu orden, Martín.
—Hum, valecitos—les respondió el elegante—. Lo que es a mí no me sacan esta noche ni agua.
—¿Estás limpio? Eso no importa.
—¡Guá, chico! Pagas después. Tú sabes que...
—No, no. Me voy en mi auto; de dos cilindros. ¡De lo más famoso!
Celebraron los cocheros el burdo gracejo en el cual el joven había agotado todo el ingenio de eso que llaman sprit caraqueño y uno le gritó:
—¡Cuidado como pierdes la dirección!
—Yo no la pierdo ni perdiéndola, vale. ¡Está siempre como un chey!
Y continuó pedestremente, calle abajo, muy orondo de su popularidad, como oyera a uno de los cocheros hacerle el elogio:
—¡Ah Martincico! ¡Es un tipazo! Y tan decente. No tiene nada suyo; cuando uno lo necesita siempre lo encuentra.
Una leve sonrisa dio a la faz barbilinda de Martín un aire de superioridad. Sus acompasados taconazos resonaban imperiosos en las aceras que el silencio nocturno hacía sonoras y, aunque no era capaz de sutilezas mentales, se complacía en oir el ruido que su marcha levantaba en la soledad de las calles. Esto le producía la vaga conciencia de una afirmación de su personalidad sobre el alma de la ciudad natal, cuyo carácter burlón y alegre, chispeante de ingenio y de mordacidad, se condensaba en el suyo.
Para Martín Garcés esto era uno de los más sabrosos fundamentos de su orgullo. Llenábase la boca con decir que él era un caraqueño neto, que no tomaba nada en serio y que vivía en una perenne “mamadera de gallo”, gastando la vida donosamente, en alegría y en francachela, tirando el dinero a manos llenas y captándose las simpatías de todo el mundo. Prueba de ello era aquella popularidad que tenía entre chóferes y botiquineros.
Hubiera podido agregar: tahúres y rufianes, pues si las palabras no acudieron a su mente en aquella revista que pasaba a las filas de su prestigio, sí se le ocurrieron las ideas; pero un imprevisto pudor, uno de esos chispazos del alma que atraviesan por momentos las vidas más obscuras y envilecidas que podía ser la instantánea rebelión de alguna ancestral nobleza, dormida en su sangre, lo hizo agregar, siempre para sus adentros y a manera de desagravio:
—Y entre la gente chic también tengo mi cuartel. Si no, que lo diga Luisa Teresa Avila, que es de lo mejor de Caracas, y está chinga porque yo le diga algo. Y Altagracia Arguíndegui, y la otra..., y la otra.
Efectivamente, era un predilecto. La correción en el vestir, la inmaculada pulcritud de su persona, la soberana elegancia de sus maneras, hacían de él una gentilísima figura que volvía en seso a las jovencitas que atraviesan esa edad pizpireta, en la cual se oyen los primeros galanteos y se paladean, a hurtadillas, los primeros amoríos; y como para complacer el gusto goloso de tales criaturas se requiere, precisamente, la almibarada insustancialidad de un bombón, nada, más natural que esta confitura fuese Martín Garcés, el peripuesto y amartelado Martincito, tan cuidadoso de su traje, en el cual nunca se podía encontrar ni una arruga ni una mota, que fumaba cigarrillos egipcios y olía a las propias rosas.
No obstante, Martín Garcés no iba aquella noche todo lo satisfecho que a tan privilegiado caraqueño convenía. Uno de sus amigos, Joaquín Arizaleta, su mejor compañero de parrandas, lo había dejado esperando. Díjole que pasaría por la cervecería a buscarlo, en su automóvil, entre las nueve y las diez de la noche, y no fue.
Esto lo contrariaba, no sólo por la frustrada noche de jolgorio, sino también porque ya él venía notando que, desde algunos días atrás, Arizaleta evitaba su compañía. Algo se le alcanzaba de la causa de esta conducta, tan extraña en el amigo; pero Martín hacía esfuerzos para no pensar en aquello.
Mas, como no hay peor manera de librarse de una idea que negarle acogida en la mente, el ingrato pensamiento que no quería pensar Martín, estaba allí dándole vueltas, acosándolo, metiéndosele de lleno y por sorpresa en la plena luz de la conciencia: Arizaleta evitaba su encuentro porque estaba enamorándole una hermana, Clarita, la menor de las Garcés.
Ante esta certidumbre—que adquiriera una noche sorprendiendo a Arizaleta parado en la ventana de su casa, conversando con Clarita—Martín no había sabido qué actitud adoptar. Hacer el hermano celoso era soberanamente ridículo—pensaba—en un hombre civilizado como él; continuar en la camaradería de antes era también hacer un papel desairado.
—¡Qué diablos! Después de todo a mí no me corresponde. Ahí está el viejo, que es el representante de las niñitas. Y el responsable.
—¿Y el responsable? ¿Por qué pronunció esta palabra? ¿Había acaso algo de qué responder? Arizaleta era un Caballe... ¡Hum! Arizaleta...
Y al cabo de un indescriptible vaivén de pensamientos, concluyó a media voz, tirando el cigarrillo y encogiendo los hombros, como para echar lejos de sí aquella inoportuna preocupación, incompatible cón la esencia caraqueña de su carácter:
—Lo dicho: ahí está el viejo... A mí no me corresponde meterme en estos líos. No tengo el derecho...
Como todo buen venezolano, confundía la noción del deber con la del derecho. Mejor dicho: no pensaba que tenía deberes, sino derechos.