Pegujal es un poblacho triste y pobre, lleno de polvo y de moscas, lleno de silencio y de modorra, lleno de infinitas amarguras grandes y pequeñas. Lo rodean unos cerros tiñosos, de tierra empedernida y rojiza que van morir allí en la entrada de los llanos, lo atraviesa un camino por donde se siente pasar la taciturnidad de las pampas desiertas y antaño estuvo sentado en las márgenes de un río que arrastraba un limpio caudal de mansas y abundosas aguas.
En los cerros, mientras dura la estación de las lluvias, verdean y se doran precarios maizales; por el camino transitan, de cuando en cuando, quejumbrosos convoyes de polvorientas carretas, tardos arreos de burros cansinos que marchan dejando en el aire un son de cencerros llenos de melancolía o morosas puntas de ganado, con el cantar de cuyos pastores pasa por el pueblo el alma doliente de las llanuras; del río, que buscó otro cauce por tierras más generosas y se fue por él, sin que de la negligencia de los pegujaleros pudiese salir un pequeño esfuerzo para retenerlo, poniendo una mala estacada en la orilla que las aguas desbordadas lamieron y desmoronaron durante años y años, del río que espejeó la riente verdura de la tierra feraz y por cuyas ondas se deslizaron las canoas colmadas como cuernos de abundancia, sólo queda el lecho enjunto y fangoso que las avenidas del invierno anegan de mortíferos cilancos.
La gente de Pegujal es gente hosca, pachorrenta, roída por minúsculos rencores de una hoguera de odios ancestrales en cuyo rescoldo escarban los espectros de las razas irreductibles, minada por un pesimismo hecho de indolencia y misantropía, propensa a las marejadas de las pasiones violentas y fugaces, trágica hasta en la alegría.
La vida de Pegujal es como un mollejón donde se amellan los filos mejor templados del espíritu. Dentro de las casas: la muda tragedia de las mujeres marchitas que tienen el aire triste de los animales amansados y sufren, sin darse cuenta, la nostalgia de la ternura que no conocen; fuera de las casas, la taciturnidad de los hombres royendo el hueso del trabajo sin fruto; un perezoso golpe de azadón, de rato en rato, allá en el soleado silencio del conuco; un sofocante trajinar por la encendida soledad de las sabanas apacentando el rebaño famélico, a lo largo de los polvorientos caminos conduciendo el arreo; un caviloso sinquehacer detrás del mostrador de la pulpería por cuyas desiertas armaduras corren en paz los ratones.
Un día:
Honda modorra bajo la cruda luz canicular: la hoja está inmóvil en la rama del árbol, se hace visible la reverberación de la tierra pedriscosa, se siente cómo se va cerrando en torno al poblado el anillo de silencio de los desiertos circundantes. Adormecen los perezosos ruidos que ahondan la quietud aldeana: el mozo del talabartero; el canto del martillo sobre el yunque del herrador; una conversación soporosa, que no se sabe de dónde sale y parece llenar todo el pueblo, confundida con el bordoneo de las moscas en el bochorno del resol; el monótono tictaqueo del telégrafo denunciando el paso de mensajes que nunca se detienen allí, porque Pegujal está olvidado del resto del mundo; el soñoliento tintinear de los cencerros de las recuas que van levantando el polvo del camino; la honda melancolía del cantar de los llaneros que vienen del llano adentro conduciendo la vaca cansina:
¡despídete de tu comederooooo!
que te llevan pa Caracas a cambíate por dineroooo...
Y así todos los días.
Una noche.
Es la noche de las tierras misteriosas bajo cuyo feérico esplendor duerme la pampa solitaria y resuena la salvaje melodía de las selvas vírgenes, la inquietante noche de las tierrasmalditas en cuyo alto silencio se oye el gañido de la fiera en la espelunca, el grito de la víctima que cayó en la emboscada, el anheloso reclamo de la lujuria infecunda y en cuya negrura fosforecen los espantosos dientes de la sayona que aguarda al nocharniego a la orilla del camino y lo invita a seguirla.
Los hombres forman corrillos en los corredores de las pulperías. Se cuentan sus trabajos: el arriero habla de los que pasó en los barrizales donde se le atascaron los burros; el ganadero de las reses que se desgaritaron en la sabana y de las que dejó despeadas a lo largo de su viaje de días y días desde el hato remoto; el conuquero, de la candelilla que le destruyó las siembras o del maizal que no cuajó las mazorcas porque no llovió o porque llovió demasiado.
Y así todas las noches. Y cuando se recogen a sus casas, por el camino que blanquea a la luz de las estrellas, alguno va diciendo:
—Pues sí, cámara, las mujeres son malas. Yo a la mía la quiero, pero le ando adelante pa que no se me enrisque. Porque a las mujeres haceles sentí la condición del hombre. ¡Ah, sí! Esa que le digo me tenía miedo: la condená cargaba amarrá en la pretina una cabulla de mi tamaño, pa que no me le juera. ¡No me venga! Le saqué la zurda y toavía se está sobando la jeta. Las mujeres son malas.
Así se ama en Pegujal.
Otras veces es una escena de sangre:
—Pues el hombre llegó y dijo: ¿Por aquí y que anda un tal Gregorio Pinto, a quien no hay quién se le pare? ¡Ja, caramba! ¡Más vale que no lo hubiera dicho! El indio Gregorio se le encimó y le dijo: Ese tal Gregorio Pinto es éste. Y diciéndolo le zumbó el puñal por aquí, Dios me salve el lugar. No dijo ni ñé... Pero digo yo: ¿qué necesidá tiene nadie de injuriá a los hombres?
Así se odia en Pegujal.
Otras veces, camino del velorio del amigo que ha muerto:
—Eso fue daño que le echaron. Dicen que fue el brujo de “Los Lechozos”.
Así piensan en Pegujal.