Hasta que se oyó: «¡Prrr…, pfaff!».
Marie cayó desde una altura inconmensurable. ¡Eso sí que fue un golpe! Pero al momento abrió los ojos y se encontró en su camita. Era ya bien entrado el día y su madre se encontraba ante ella, diciendo:
—¿Pero cómo se puede dormir hasta tan tarde? ¡Hace ya rato que está preparado el desayuno!
Ya te habrás dado cuenta, mi muy estimado público aquí reunido, que Marie, completamente aturdida por las maravillas que acababa de ver, se había quedado al fin dormida en la sala del Burgo del Confite y que los negritos o los pajes, o quizá incluso las mismas princesas, la habían llevado a casa y metido en la cama.
—¡Oh, mamá, mamá querida, a cuántos sitios me ha llevado esta noche el joven señor Drosselmeier y qué infinidad de cosas bellas he visto!
Y entonces comenzó a contarlo todo, casi con la misma exactitud con la que yo lo acabo de hacer, mientras su madre la observaba maravillada.
Cuando Marie acabó, su madre dijo:
—Has tenido un largo y muy hermoso sueño, querida Marie, pero ahora olvídate de todo eso.
Marie insistió con terquedad en que no había sido un sueño, sino que lo había visto todo con sus propios ojos. Entonces su madre la condujo hasta el armario de cristal, sacó el Cascanueces, que, como siempre, se encontraba en el primer estante, y dijo:
—¡Pero qué niña más boba! ¿Cómo puedes creer que este muñeco de Nüremberg, hecho de madera, pueda tener vida y movimiento?
—Mamaíta —la interrumpió Marie—, yo sé muy bien que el pequeño Cascanueces es el joven señor Drosselmeier de Nüremberg, el sobrino del padrino Drosselmeier.
Entonces ambos, el consejero médico y su esposa, se echaron a reír a carcajadas.
—¡Ay! —continuó Marie, casi llorando—. Y ahora tú, papaíto, te burlas de mi Cascanueces, con lo bien que habló de ti. Cuando llegamos al Burgo del Confite y me presentó a las princesas, sus hermanas, dijo que tú eras un consejero médico muy digno.
Las carcajadas se hicieron aún más fuertes, y Luise, e incluso Fritz, se unieron a ellas.
Marie salió corriendo a la habitación contigua; sacó de su pequeña cajita las siete coronas del rey de los ratones y las llevó a su habitación. Al entregárselas a su madre, dijo:
—Mira, mamita, éstas son las siete coronas del rey de los ratones, que me entregó la noche pasada el joven señor Drosselmeier en señal de victoria.
El consejero médico contempló con asombro las pequeñas coronas, elaboradas con tanta perfección de un metal desconocido pero brillante, como si manos humanas jamás hubieran podido lograr tales hazañas. El consejero médico también quedó cautivado por las coronas, y tanto su padre como su madre presionaron a Marie con mucha vehemencia para que confesara dónde las había obtenido. Pero ella solo pudo mantener su postura, y cuando su padre la presionó con dureza, llegando incluso a llamarla mentirosa, rompió a llorar amargamente y se lamentó:
—¡Ay, pobre de mí! ¡Pobre de mí! ¿Qué he de decir?
En ese momento se abrió la puerta. Entró el consejero jurídico y exclamó:
—¿Qué pasa aquí? ¿Mi ahijada Marie llorando y sollozando? ¿Qué es lo que ocurre?
El consejero médico le informó de todo lo que había sucedido, al tiempo que le mostraba las coronas. Pero, apenas las hubo visto, el consejero jurídico se echó a reír, diciendo:
—¡Pero qué disparate! ¡Qué disparate! Ésas son las coronitas que hace unos años llevaba yo en la cadena del reloj y que le regalé a Marie en uno de sus cumpleaños, cuando cumplió dos o tres años, ¿no os acordáis?
Ni el consejero médico ni su esposa lo recordaban, pero, al darse cuenta Marie de que las caras de sus padres recuperaban su gesto amable, de un salto abrazó al padrino diciendo:
—¡Ay, tú lo sabes todo, padrino Drosselmeier! Diles que mi Cascanueces es tu sobrino, el joven señor Drosselmeier de Nüremberg, y que ha sido él quien me ha regalado las coronas.
Pero el consejero médico puso una cara muy seria y murmuró:
—¡Eso no son más que tonterías absurdas! Y cogió a Marie, la colocó delante de sí y dijo con toda seriedad:
—Escucha, Marie: olvida ya esos sueños y esos cuentos. Y si vuelves a decir que ese simple y deforme Cascanueces es el sobrino del consejero jurídico superior, no sólo voy a tirar por la ventana el Cascanueces, sino todos los muñecos, incluida la señorita Clärchen.
Así pues, Marie no podía hablar más de lo que llenaba su alma, pues bien, os podéis imaginar que cosas tan hermosas y maravillosas como las que le habían ocurrido no se pueden olvidar. Incluso, mi muy estimado lector u oyente Fritz, tu camarada Fritz Stahlbaum volvía la espalda a su hermana cuando ésta iba a contarle cosas del mundo tan maravilloso en el que fue tan feliz. Dicen que en alguna ocasión llegó a susurrar entre dientes: —¡Qué niña más boba! Pero esto es algo que, dado su probado buen carácter, no llego a creer. Lo cierto es, sin embargo, que, como ya no creía nada de lo que Marie le contaba, pidió formalmente perdón a los húsares en una parada de gala, por la injusticia cometida con ellos, y en lugar del estandarte perdido les colocó unos penachos de plumas de ganso más altos y más bonitos y les permitió volver a tocar la marcha de guardia. ¡Bueno, nosotros sabemos lo que había ocurrido con el valor de los húsares cuando las horribles balas les hicieron las manchas rojas en sus jubones!
Marie no podía hablar de su aventura, pero las imágenes de aquel maravilloso reino de hadas la envolvían en dulces susurros y amables notas. En cuanto centraba su atención en ello, volvía a verlo todo otra vez. El resultado fue que Marie, en lugar de jugar como antes, podía pasarse el tiempo sentada, inmóvil y en silencio, ensimismada, lo que hizo que todos la llamaran la pequeña soñadora.
Cierto día el consejero jurídico se encontraba en casa del consejero médico arreglando un reloj. Marie, sentada junto al armario de cristal, miraba, inmersa en sus ensoñaciones, al Cascanueces y entonces involuntariamente dijo:
—¡Ay, querido señor Drosselmeier, si viviera usted de verdad, yo no haría lo mismo que la princesa Pirlipat, yo no le despreciaría por haber dejado de ser, por culpa mía, un guapo joven!
En aquel momento exclamó el consejero jurídico:
—¡Vaya, vaya…, qué tonterías!
Pero se oyó un golpe y una sacudida tan fuertes, que Marie, desmayada, se cayó de la silla. Cuando volvió en sí, su madre, que estaba a su lado, dijo:
—¿Pero cómo has podido caerte de la silla? ¡Acaba de llegar de Nüremberg el sobrino del señor consejero jurídico, así que pórtate bien!
Marie levantó la vista. El consejero jurídico se había puesto de nuevo su peluca de cristal y su chaqueta amarilla y sonreía plenamente satisfecho, pero de su mano llevaba a un joven pequeño, aunque muy agraciado. Su carita era como de leche y sangre. Llevaba una preciosa chaqueta roja con sobredorados, medias y zapatos de seda blanca, un maravilloso ramito de flores en la solapa y estaba perfectamente peinado y empolvado; por la espalda le caía una soberbia trenza. La pequeña espada que colgaba a un lado parecía confeccionada con piedras preciosas, tal era su fulgor, y el sombrerito que llevaba bajo el brazo parecía tejido con copos de seda. El joven mostró desde el primer momento su buena educación, al entregar a Marie cantidad de juegos preciosos y sobre todo un excelente mazapán y las mismas figuritas que el rey de los ratones le había roído y a Fritz un preciosísimo sable que le había traído. Durante la comida el educado muchacho cascó las nueces de todos los comensales; ni la más dura se le resistía: se la metía en la boca con la mano derecha, con la izquierda tiraba de la trenza y —crac— ¡la nuez caía hecha pedazos!
Marie se había puesto colorada al ver al joven, y su rubor aumentó aún más cuando, después de comer, el joven Drosselmeier la invitó a que le acompañara al cuarto de estar, al armario de cristal.
—Jugad juntos, niños. Ahora que todos mis relojes van bien no tengo nada en contra —dijo el consejero jurídico superior.
Y el joven Drosselmeier, apenas se encontró a solas con Marie, se dejó caer de rodillas y habló así:
—¡Oh, mi excelentísima demoiselle Stahlbaum, ved aquí a vuestros pies al feliz Drosselmeier, al que vos salvasteis la vida en este mismo lugar! Vos expresasteis con toda generosidad que no me despreciaríais, como la abominable princesa Pirlipat, si por vos hubiera aumentado mi fealdad. Y al momento dejé de ser un despreciable Cascanueces y recuperé mi figura anterior, que no era desagradable. ¡Oh excelente demoiselle Stahlbaum, hacedme feliz concediéndome vuestra valiosa mano, compartid conmigo el reino y la corona, gobernad conmigo en el Burgo del Confite pues ahora soy rey de allí!
Marie ayudó a incorporarse al joven y dijo con suavidad:
—Querido señor Drosselmeier, usted es una persona buena y amable y, ya que además gobierna en un ameno país con una gente hermosa y divertida, le acepto a usted como prometido.
Marie se convirtió inmediatamente en la prometida de Drosselmeier. Un año más tarde la recogió, como suele decirse, en una carroza dorada tirada por caballos plateados. Veintidós mil figuras, las más brillantes, adornadas con perlas y diamantes, bailaron en su boda, y se dice que Marie sigue siendo reina de un país en el que, por todas partes, pueden hallarse luminosos bosques de Navidad y transparentes castillos de mazapán; en una palabra, las cosas más magníficas y maravillosas si se tienen ojos para ello.