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E.T.A. Hoffmann

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El cascanueces y el rey de los ratones

Cap. 13 - La capital

14 Capítulos

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El pequeño Cascanueces dio un par de palmadas con sus pequeñas manos. Creció el murmullo de las aguas del Lago de Rosas, las olas aumentaron y Marie vio acercarse desde la lejanía, tirado por dos delfines con escamas de oro, un carro de conchas formado por multitud de piedras preciosas, de mil colores y brillantes como el sol. Doce pequeños y encantadores negritos con gorritas y delantalillos tejidos con brillantes plumas de colibrí saltaron a la orilla y, deslizándose con suavidad sobre las olas, llevaron primero a Marie y luego al Cascanueces hasta el carro de conchas, que al punto comenzó a cruzar el lago. ¡Ay! ¡Cómo disfrutó Marie de lo hermoso que resultaba deslizarse en el carro de conchas, rodeada del perfume y las olas rosas! Los dos delfines de escamas doradas levantaban sus naricillas y disparaban rayos de cristal hacia el cielo y, cuando caían en brillantes arcos de chispas, parecía como si dos dulces y delicadas vocecitas de plata cantasen:

—¿Quién nada en el Lago de Rosas? —¡El hada! ¡Mosquitos! —¡Bim, bim, pececillos, ssh, ssh, cisnes! ¡Suá, suá, pájaros de oro! ¡Trara, corrientes de olas, moveos, tocad, cantad, soplad, vigilad, viene la pequeña hada, olas de rosa, agitaos, refrescad, salpicad, moveos hacia adelante, adelante!

Pero dio la impresión de que a los doce negritos, que habían saltado a la parte de atrás del carro de conchas, les molestaba realmente el canto de los rayos de agua, pues comenzaron a agitar sus sombrillas de tal forma, que las hojas de dátiles de que estaban hechas comenzaron a crepitar y chisporrotear, y al mismo tiempo taconeaban un extrañísimo compás y cantaban: 

—Klap y klip, klip klap, arriba y abajo, el corro de los negros no puede callar, moveos, peces, moveos, cisnes, retumba, carro de conchas, retumba, klap y klip, klip y klap, arriba y abajo.

—Los negros son gente divertida —comentó el Cascanueces algo confuso —, pero van a hacer que se me rebele todo el lago.

Y en efecto, se levantó un enloquecedor alboroto de voces maravillosas, voces que parecían nadar en el lago y en el aire. Pero Marie no les hacía ningún caso, sino que observaba las aromáticas olas rosas, desde cada una de las cuales le sonreía un gracioso rostro de muchacha.

—¡Ay! —exclamó alegre, dando una palmada—. ¡Mire usted, querido señor Drosselmeier! ¡Ahí abajo está la princesa Pirlipat, me está sonriendo con tanta dulzura…! ¡Ay, venga, mire usted, querido señor Drosselmeier!

Pero el Cascanueces suspiró, casi lamentándose, y dijo:

—¡Oh, excelente demoiselle Stahlbaum, ésa no es la princesa Pirlipat! Sois vos, sólo vos. ¡Es sólo vuestro propio y dulce rostro el que sonríe con tanta dulzura desde cada ola rosada!

Al oír esto Marie se retiró con rapidez y cerró con fuerza los ojos, avergonzada. En ese mismo momento la agarraron los doce negritos y, sacándola del carro de conchas, la llevaron a tierra. Se encontraba en una pequeña floresta casi más bonita aún que el Bosque de Navidad, pues todo brillaba y relucía en ella. Pero lo más extraordinario eran los admirables y extraños frutos que colgaban de los árboles y que no sólo tenían raros colores, sino que despedían un aroma maravilloso.

—Nos encontramos en el Bosque de las Confituras —dijo el Cascanueces —. Allí está la capital.

¿Y qué es lo que vio entonces Marie? ¡Ay, niños! ¡Cómo podré explicaros la maravillosa belleza que se extendía ante sus ojos sobre un rico y amplio prado lleno de flores! No era sólo que los muros y las torres resplandecían con los más maravillosos colores, sino que, además, hasta en la misma forma de los edificios era imposible encontrar nada semejante en el mundo entero. Pues, en lugar de tejados, las casas estaban cubiertas con coronas de delicado trenzado y las torres coronadas con la más bella y colorida hojarasca que se pueda hallar. Cuando cruzaron la puerta de la ciudad, que parecía estar hecha de almendrados y frutas confitadas, unos soldados plateados presentaron armas, y un hombrecillo, vestido con una camisa de dormir de brocados, se echó al cuello del Cascanueces diciendo:

—¡Bienvenido, príncipe, bienvenido al Burgo del Confite!

Grande fue el asombro de Marie al notar que un hombre tan distinguido recibía al joven Drosselmeier como príncipe. Pero en aquel momento comenzó a oír tantas y tan finas voces entremezcladas, tal barullo y tales carcajadas, tales juegos y canciones, que no pudo pensar en ninguna otra cosa y al momento preguntó al pequeño Cascanueces qué significaba aquello.

—Oh, excelente demoiselle Stahlbaum —respondió el Cascanueces—, no es nada especial. Lo que ocurre es que el Burgo del Confite es una ciudad populosa y alegre y en ella son todos los días así. Pero venid, sigamos adelante.

Apenas hubieron dado unos pasos, llegaron a la gran plaza del mercado, que ofrecía una hermosísima vista. Todas las casas que la circundaban eran de azúcar horadado, una alegría sobre otra. En el centro se levantaba, a manera de obelisco, un pastel-árbol grosella, limonada y otras deliciosas bebidas dulces; y en la pila se acumulaba gran cantidad de crema tan apetitosa, que daban ganas de comenzar a comerla a cucharadas. Pero lo más bonito eran las maravillosas gentecillas que se amontonaban a miles, codo con codo, y cantaban, bromeaban y reían jubilosas, levantando así el alegre vocerío que Marie había percibido ya desde la lejanía. Había señores y damas con muy hermosos atavíos, armenios y soldados, predicadores, pastores y bufones, en pocas palabras, todos los tipos que se pueden encontrar en el mundo. En una de las esquinas aumentó el tumulto; el pueblo abrió paso, pues justo entonces pasaba por allí, conducido en un palanquín, el Gran Mogol acompañado por noventa y tres grandes del reino y setecientos esclavos. Pero ocurrió que en el otro extremo emprendía su procesión la cofradía de pescadores, compuesta por unas quinientas personas. Y lo peor fue que al gran jefe turco se le ocurrió dar un paseo a caballo por el mercado acompañado de tres mil jenízaros, a los que se añadió la gran procesión de la Fiesta del sacrificio ininterrumpida, que avanzaba directamente hacia el pastel-árbol con sonoras músicas y cantos:

—Adelante, dad gracias al poderoso sol. ¡Qué tumulto, qué empujones, qué jaleo, qué griterío!

Y pronto empezaron también los lamentos, pues en el barullo un pescador había arrancado a un brahmán la cabeza de un golpe y a punto estuvo un moharrache de atropellar al Gran Mogol. El alboroto se hacía cada vez más frenético. Todos empezaban ya a darse empujones y golpes, cuando el hombre vestido con la camisa de dormir de brocado que había recibido al Cascanueces a la entrada llamándole príncipe trepó al pastel-árbol y, después de tocar tres veces una campanilla muy aguda, gritó tres veces en voz muy alta:

—¡Pastelero! ¡Pastelero! ¡Pastelero!

Al momento se acalló el tumulto y cada uno trató de arreglárselas como pudo y, una vez que se hubieron recompuesto las distintas procesiones, se hubo cepillado al embadurnado Gran Mogol y colocado de nuevo la cabeza al brahmán, comenzó de nuevo el mismo alegre alboroto inicial.

—¿Qué significa eso de «Pastelero», buen señor Drosselmeier? —preguntó Marie.

—¡Ay, excelente demoiselle Stahlbaum! —respondió el Cascanueces—. Aquí se llama Pastelero a un poder desconocido pero temible que, según se cree, puede hacer de los hombres lo que quiera. Es el hado que reina sobre este diminuto y feliz pueblo, y lo temen de tal forma que el solo hecho de pronunciar su nombre acalla el mayor de los tumultos, tal y como nos acaba de demostrar el señor burgomaestre. Todos dejan entonces de pensar en lo terrenal, en golpes en las costillas o chichones en la cabeza, para concentrarse en sí mismos y decir: «¿Qué es el hombre y qué va a ser de él?».

Marie no pudo evitar emitir un grito de admiración, incluso de asombro, al encontrarse ante un castillo de un reluciente brillo rosado con quinientas airosas torres. De vez en cuando, diseminados por los muros, había ricos ramos de violetas, narcisos, tulipanes y alhelíes, cuyos oscuros y ardientes colores no hacían sino aumentar la blancura al teñir el fondo de rosa. La gran cúpula del edificio central, así como los tejados piramidales de las torres estaban sembrados de mil pequeñas y brillantes estrellas de oro y plata.

—Nos hallamos ante el Castillo de Mazapán —dijo el Cascanueces.

Marie estaba totalmente absorta en la admiración del maravilloso palacio y, sin embargo, no se le escapó que a una de las torres grandes le faltaba por completo el tejado y que unos hombrecillos, subidos en un andamio hecho de canela en rama, parecían querer reconstruirlo. Pero antes de que preguntara al respecto, el Cascanueces continuó:

—Hace muy poco tiempo este castillo estaba amenazado de gran desolación, incluso de destrucción total. El gigante Goloso llegó por el camino, se comió de un mordisco el tejado de aquella torre y, cuando ya comenzaba a mordisquear la gran cúpula, los habitantes de Confite le trajeron como tributo todo un suburbio, así como una gran parte del Bosque de las Confituras. Tras comérselo, continuó su camino.

En aquel momento se oyó una música muy suave y agradable, se abrieron las puertas del castillo y por ellas salieron doce pequeños pajes que llevaban en sus diminutas manos, a manera de antorchas, tallos de clavo aromático encendidos. Sus cabezas eran una perla, sus cuerpos rubíes y esmeraldas, y caminaban sobre unos piececillos elaborados de oro preciosamente trabajado. Los seguían cuatro damas, casi tan grandes como Clärchen, pero con unos vestidos tan extraordinariamente bellos que a Marie no le cupo duda de que eran princesas de nacimiento. Abrazaron muy cariñosamente al Cascanueces y exclamaron alegres y emocionadas:

—¡Oh, príncipe mío…, mi buen príncipe…, hermano mío!

El Cascanueces parecía muy emocionado. Se secó sus abundantes lágrimas, cogió luego a Marie de la mano y pronunció en un tono patético:

—Ésta es la demoiselle Marie Stahlbaum, la hija de un honorable consejero médico y mi salvadora. Si ella no hubiera arrojado la zapatilla en el momento oportuno, si no me hubiera procurado el sable del coronel retirado, yacería en la tumba, desgarrado por el maldito rey de los ratones. ¡Oh! Quizá comparéis a esta demoiselle Stahlbaum con Pirlipat, a pesar de que ésta es princesa de nacimiento, en belleza, bondad y virtud. ¡Pues no, yo os digo que no!

Todas las damas exclamaron:

—¡No! —arrojándose al cuello de Marie y exclamando entre sollozos—¡Oh, noble salvadora de nuestro querido hermano el príncipe…, excelsa demoiselle Stahlbaum!

Las damas condujeron a Marie y al Cascanueces al interior del castillo, a una sala cuyas paredes estaban hechas de brillantes cristales de mil colores.

Pero lo que más gustó a Marie fueron las maravillosas sillitas, mesitas, cómodas, escritorios, etc., que había por todas partes, hechas todas de madera de cedro o de palo de Brasil y adornadas con flores doradas diseminadas sobre los pequeños muebles. Las princesas obligaron a sentarse a Marie y al Cascanueces y dijeron que ellas mismas prepararían al instante un banquete. Sacaron gran cantidad de cucharas, cuencos y fuentes de la más delicada porcelana japonesa, cucharas, tenedores y cuchillos, ralladores, cacerolas y otros pertrechos de cocina, todos de oro y plata. Y luego llevaron las más maravillosas frutas y pasteles que Marie jamás hubiera visto, y comenzaron, con sus pequeñas manitas blancas como la nieve, a exprimir las frutas, añadir las especias, rallar las almendras, en pocas palabras, a trabajar de tal forma que Marie pudo darse cuenta de lo bien que las princesas conocían la cocina y, por ende, el delicioso banquete que resultaría. Y al tener la viva sensación de dominar también esos asuntos deseaba, sin manifestarlo, poder tomar parte activa en la labor de las princesas. 

La más hermosa de las hermanas del Cascanueces, como si hubiera adivinado el secreto deseo de Marie, le entregó un pequeño mortero de oro diciendo:

—¡Oh dulce amiga, cara salvadora de mi hermano, tritura tú también alguno de estos dulces!

Y cuando Marie se encontraba golpeando con buen ánimo el mortero, que sonaba alegre y dulce como una buena cancioncilla, el Cascanueces comenzó a relatar con todo detalle lo sucedido durante la terrorífica batalla entre su ejército y el del rey de los ratones: cómo a causa de la cobardía de sus tropas había sido derrotado y cómo el repugnante rey de los ratones había estado a punto de destrozarlo a mordiscos, por lo que Marie había tenido que sacrificar varios de sus subordinados, que se habían puesto a su servicio, etc., etc. Durante este relato Marie tuvo la impresión de que sus palabras e incluso sus propios golpes de mortero sonaban cada vez más débiles y lejanos. Pronto vio unos velos de plata que ascendían como finos cúmulos de niebla en los que nadaban las princesas, los pajes, el Cascanueces e incluso ella misma. Se oyeron unos extraños cantares, siseos y zumbidos, cuyo eco se perdía en la lejanía; entonces Marie se elevó, como sobre olas ascendentes, cada vez más y más alto, más y más alto, más y más alto…

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