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E.T.A. Hoffmann

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El cascanueces y el rey de los ratones

Cap. 11 - La victoria

14 Capítulos

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Poco más tarde, en una noche de luna clara, unos extraños golpes, que parecían provenir de un rincón de la habitación, despertaron a Marie. Parecía como si lanzaran piedrecitas de una pared a otra y, entre medias, se oían pitidos y chillidos repugnantes. Marie gritó asustada:

—¡Oh, los ratones, los ratones están viniendo otra vez! —gritó Marie alarmada, y quiso despertar a su madre. Pero el sonido se detuvo, y no pudo mover ni músculo cuando  vio al Rey Ratón abrirse paso a través de un agujero en la pared con ojos brillantes y coronas, y finalmente, después de vagar por la habitación, tomar impuso para saltar sobre la pequeña mesa que estaba cerca de la cama de Marie.

—Hi, hi, hi, tienes que darme tus caramelos, tus figuritas de mazapán, pequeñaja; si no, rompo a mordiscos a tu Cascanueces.

Así silbaba el rey de los ratones, haciendo chirriar los dientes de forma repelente. Dicho esto, de un gran salto volvió a desaparecer por el agujero de la pared. 

Marie, aterrorizada por la horrible aparición, amaneció a la mañana siguiente pálida y tan excitada, que apenas era capaz de pronunciar palabra. Cien veces pensó en contárselo a su madre o a Luise, o al menos a Fritz, pero se decía: «¿Habrá alguno que me crea? ¿No van a reírse de mí?».

Tenía claro, sin embargo, que para salvar a su Cascanueces no le quedaba otro remedio que entregar a cambio sus caramelos y sus figuritas de mazapán. La noche siguiente colocó todos los que tenía junto al listón del armario. 

A la mañana siguiente la consejera médica le dijo:

—¡No sé de dónde salen ahora tantos ratones en nuestro cuarto de estar! ¡Mira, pobre Marie! Se han comido todos tus dulces.

Y así era, en efecto. El voraz rey de los ratones no había encontrado de su gusto el mazapán relleno, pero lo había roído con sus afilados dientes de tal manera que hubo que tirarlo íntegramente. A Marie ya no le importaban nada sus golosinas, sino que, en su interior, estaba inmensamente alegre porque creía haber salvado así a su Cascanueces. ¡Cómo se sintió cuando en la noche siguiente oyó chillidos muy cerca de sus oídos! ¡Ay! El rey de los ratones estaba otra vez allí, y sus ojos chispeaban aún más repugnantemente y el silbido que escapaba por entre sus dientes era aún más repulsivo que la noche anterior.

—Pequeñaja, como no me des tus muñecos de azúcar y de gominolas, destruiré a tu Cascanueces, a tu Cascanueces. Y, diciendo esto, el repelente rey de los ratones desapareció de nuevo.

Marie estaba muy afligida. A la mañana siguiente se dirigió al armario y contempló con tristeza sus muñequitas de azúcar y de gominolas. Y su dolor era justo, mi atenta oyente Marie, pues no puedes imaginarte lo maravillosas que eran las figuritas de azúcar y de gominolas que Marie Stahlbaum poseía. Además de poseer un bello pastor con su pastora, que apacentaban todo un rebaño de blancas ovejas con un alegre perrito que por allí correteaba, había dos carteros con cartas en la mano y cuatro bellísimas parejas de muchachos bien vestidos, con chicas extraordinariamente lindas, que se mecían en un columpio ruso. Además de unos cuantos bailarines estaban también el hacendado Feldkümmel con la doncella de Orleáns, que no le importaban mucho a Marie, pero en el rincón había un niñito de rojos carrillos, su predilecto, y las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.

—¡Ay, querido señor Drosselmeier! —exclamó, dirigiéndose al Cascanueces—. No hay nada que deje de hacer por salvarle a usted. ¡Pero es muy duro! 

El gesto del Cascanueces era tan lastimero, que Marie, que además tuvo en aquel momento la visión de las siete fauces del rey de los ratones abiertas para devorar al infeliz joven, decidió sacrificarlo todo. Así pues, por la noche colocó todos sus muñequitos de caramelo junto al listón del armario. Besó al pastor, a la pastora, a las ovejitas y por último sacó también a su predilecto del rincón, el niñito de sonrosadas mejillas, pero lo colocó al final de todos. Al hacendado Feldkümmel y a la doncella de Orleáns les correspondió la primera fila.

—¡Esto es demasiado! —exclamó a la mañana siguiente la consejera médica—. Tiene que haber un enorme y poderoso ratón en el armario de cristal, pues todas las muñequitas de caramelo de Marie están mordidas y roídas.

Marie no pudo aguantar las lágrimas; mas, a pesar de ello, pronto recuperó la sonrisa, pues pensó: «¡Qué importa, si el Cascanueces está a salvo!».

Por la tarde la madre contó al consejero médico el desastre que el ratón estaba organizando en el armario de cristal de los niños y éste comentó:

—Es terrible que no podamos exterminar a ese funesto ratón que anda por el armario y que roe y destroza todas las confituras de Marie.

—¡Ajá! —interrumpió Fritz alegremente—. El panadero de abajo tiene un excelente consejero delegado de color gris; lo voy a subir. Acabará enseguida con la situación. Le cortará la cabeza, aunque sea la mismísima doña Ratonilda o su hijo, el rey de los ratones.

—Y, además —comentó entre risas la consejera médica—, saltará por todas las mesas y las sillas, tirando vasos y tazas y destrozando mil cosas más.

—¡Nada de eso! —respondió Fritz—. El consejero delegado del panadero es un tipo hábil; me gustaría poder caminar sobre la punta del tejado con tanta elegancia como él.

—Por lo que más queráis, no traigáis un gato por la noche —rogó Luise, que no podía soportarlos.

—En realidad —dijo el consejero médico—, Fritz tiene razón. También podemos colocar una ratonera. ¿No tenemos ninguna?

—A lo mejor nos la puede hacer el padrino; al fin y al cabo, él las ha inventado —gritó Fritz.

Todos se echaron a reír y, como la señora consejera médica asegurase que en casa no había ninguna, el consejero jurídico superior anunció que él tenía varias. En efecto, al momento hizo traer de su casa una ratonera excelente.

Fritz y Marie recordaron con toda vivacidad el cuento del padrino, el de la nuez dura. Y, mientras la cocinera freía el tocino, Marie empezó a temblar y tiritar. Dominada por el cuento y las maravillas que en él ocurrían, dijo a su querida Dore:

—Ay, reina y señora, cuídese usted de doña Ratonilda y de su familia. 

Fritz había desenvainado su sable y dijo:

—¡Sí, ésos son los que deberían presentarse ahora! ¡Ya les iba yo a dar para el pelo!

Pero tanto debajo como encima del fogón todo permaneció en silencio y nada se movió. Y cuando el consejero jurídico superior ató el tocino a un fino hilo y colocó con sumo cuidado la ratonera junto al armario de cristal, Fritz exclamó:

—¡Ten cuidado, padrino Drosselmeier, no te vaya a jugar una mala pasada el rey de los ratones!

¡Ay! ¡Qué noche pasó la pobre Marie! Algo frío como el hielo recorrió su brazo de un lado a otro, se colocó, áspero y repugnante, en su mejilla y comenzó a dar pequeños grititos y chillidos en su oído.

El repulsivo rey de los ratones estaba sobre sus hombros. Una espuma roja como la sangre brotaba de sus siete fauces abiertas. Haciendo chasquear y chirriar los dientes, comenzó a sisear en el oído de Marie, que se había quedado paralizada. Siseo, siseo, no entro en la casa, no voy al banquete, no me cazarán, siseo, dame tus libros de imágenes y todos tus vestidos, si no, no tendrás paz, perderás al pequeño Cascanueces, será roído, ¡hi hi, pi pi, quick quick!

Marie quedó angustiada y preocupada. A la mañana siguiente, cuando su madre entró, estaba pálida y descompuesta. Su madre dijo:

—Aún no ha caído ese malvado ratón en la trampa. Y, creyendo que Marie estaba triste por la pérdida de sus dulces y que además tenía miedo al ratón, añadió:

—Pero estate tranquila, querida niña, que vamos a deshacernos de ese horrible ratón. Si las trampas no sirven de nada, Fritz traerá su consejero delegado gris.

En cuanto Marie se quedó sola en el cuarto de estar, se acercó sollozando al armario de cristal y habló así al Cascanueces:

—¡Ay, mi querido y buen señor Drosselmeier! ¿Qué es lo que yo, pobre e infeliz niña, puedo hacer por usted? Aunque le entregara a ese repulsivo rey de los ratones todos mis libros, incluso el bonito vestido nuevo que me ha traído el Niño Jesús para que lo roa, ¿no seguirá siempre exigiendo cada vez más, hasta que al final ya no tenga nada que entregarle y quiera roerme a mí misma en su lugar?— Ay, pobre niña, ¿qué haré ahora? ¿Qué haré ahora?

Así se lamentaba y se dolía la pequeña Marie, cuando se dio cuenta de que el Cascanueces, desde aquella noche, tenía una gran mancha de sangre en el cuello. Desde el momento en que Marie supo que su Cascanueces era en realidad el joven señor Drosselmeier, sobrino del consejero jurídico superior, ya no le volvió a coger más en brazos, ni a besarlo o abrazarlo. Una cierta timidez le impedía incluso tener excesivo contacto con él. Mas ahora lo cogió con gran cuidado del estante y comenzó a limpiar con su pañuelo la sangre del cuello. Cuál no sería su asombro al notar que el pequeño Cascanueces entraba en calor y comenzaba a moverse en sus manos. Con gran rapidez volvió a colocarlo en su estante y vio que su pequeña boca comenzaba a moverse. Con gran esfuerzo susurró el pequeño Cascanueces:

—¡Ay, querida señorita Stahlbaum, excelente amiga, cuánto le debo! No, no debe sacrificar un libro ilustrado ni un vestido de Navidad por mí; solo haga una espada, una espada, y yo me encargo del resto, si así lo desea...  

En ese momento, el Cascanueces perdió la voz, y sus ojos, que acababan de llenarse de la más profunda melancolía, volvieron a quedar rígidos y sin vida. Marie no sintió horror alguno; al contrario, saltó de alegría, pues ahora sabía cómo salvar al Cascanueces sin más sacrificios dolorosos. Pero ¿dónde conseguiría una espada para el pequeño? 

Marie decidió consultar con Fritz, y esa noche, sentados solos en la sala junto a la vitrina después de que sus padres se hubieran ido, le contó todo lo que le había sucedido con el Cascanueces y el Rey Ratón, y lo que ahora era esencial para salvar al Cascanueces. Nada preocupaba más a Fritz que el hecho de que, según el informe de Marie, sus húsares supuestamente habían tenido un desempeño tan pobre en la batalla. Volvió a preguntar con mucha seriedad si era cierto, y después de que Marie le asegurara su palabra, Fritz se dirigió rápidamente a la vitrina, les dio a sus húsares un discurso patético y, como castigo por su egoísmo y cobardía, les cortó el estandarte de las gorras uno por uno y les prohibió tocar la Marcha de los Húsares de la Guardia durante un año. Tras cumplir su castigo, se volvió hacia Marie y le dijo: 

—Por lo que al sable se refiere, yo puedo ayudar al Cascanueces, pues ayer mismo pasé a la reserva a un anciano coronel de los coraceros, quien, consecuentemente, ya no necesita su hermoso y afilado sable.

El mencionado coronel disfrutaba de la pensión que Fritz le había concedido en el último rincón de la tercera balda. Lo sacaron de allí, le quitaron su sable de plata, que, en efecto, era hermosísimo, y se lo colocaron al Cascanueces.

A la noche siguiente, Marie no podía dormir de puro miedo. A medianoche le pareció oír en el cuarto de estar incesantes murmullos, tintineos y crujidos. Y de repente comenzó: «¡Quick!».

—¡El rey de los ratones! ¡El rey de los ratones! —gritó Marie. Llena de horror, se levantó de la cama de un salto. 

Todo estaba en silencio; pero pronto oyó unos suaves, muy suaves, golpes en la puerta y se oyó una fina voz:

—¡Excelentísima demoiselle Stahlbaum, abrid tranquila, traigo felices noticias!

Marie reconoció la voz del joven Drosselmeier, se echó la bata sobre los hombros y abrió volando la puerta. Fuera estaba el pequeño Cascanueces, con la espada ensangrentada en la mano derecha y una vela en la izquierda. En cuanto vio a Marie, se colocó rodilla en tierra y habló así:

—Vos, ¡oh señora!, habéis sido la única que fortaleció mi ánimo con valor caballeresco y dio fuerza a mi brazo para enfrentarme al insolente que se atrevió a ofenderos. ¡Herido de muerte yace el traidor rey de los ratones, revolcándose en su sangre! ¡Señora! ¡No rehuséis aceptar el signo de la victoria de manos de vuestro caballero, fiel y sometido a vos hasta la muerte!

El Cascanueces se quitó las siete coronas de oro del rey de los ratones que llevaba colocadas en el brazo izquierdo y se las entregó a Marie, quien, llena de alegría, las aceptó. El Cascanueces se levantó y continuó:

—¡Ay, mi excelsa demoiselle Stahlbaum! ¡Cuántas cosas maravillosas podría enseñaros en este momento, una vez vencido mi enemigo, si fuerais tan benevolente de seguirme sólo unos cuantos pasos! ¡Ah, hacedlo así, excelsa demoiselle!

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