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E.T.A. Hoffmann

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El cascanueces y el rey de los ratones

Cap. 9 - Fin del cuento de la nuez dura

14 Capítulos

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Al atardecer del día siguiente nada más encenderse las luces llegó, efectivamente, el padrino Drosselmeier y continuó así: 

 Drosselmeier y el astrónomo de la corte llevaban ya quince años de camino sin haber encontrado señal alguna de la nuez Krakatuk. Estuvieron en tantos lugares y les ocurrieron tantas cosas extraordinarias, que podría estar cuatro semanas enteras contándooslo; pero no lo haré. Simplemente os diré que al final Drosselmeier, profundamente apesadumbrado, llegó a sentir una enorme añoranza de Nüremberg, su querida ciudad natal. Especialmente en cierta ocasión en que se encontraba con su amigo en un gran bosque de Asia, mientras se fumaba una pipa de tabaco. 

 —¡Oh, mi bella ciudad de Nüremberg, hermosa ciudad! Quien aún no te ha visto, por mucho que haya viajado a Londres, París y Peter Wardein, no sabe lo que es esponjarse el corazón, y te deseará eternamente a ti, a ti, oh Nüremberg, hermosa ciudad con sus hermosas casas con ventanas. 

 El astrónomo, al oír los tristes lamentos de Drosselmeier, sintió gran compasión y comenzó a llorar tan melancólicamente que pudo oírse en toda Asia. Pero luego se dominó y, secando las lágrimas de sus ojos, preguntó: 

 —Pero, estimado colega, ¿por qué estamos aquí llorando? ¿Por qué no vamos a Nüremberg? ¿Acaso no da absolutamente igual dónde y cómo busquemos a Krakatuk, la nuez fatal? 

 —Es cierto, respondió Drosselmeier, reconfortado.

 Ambos se levantaron de inmediato, tocaron sus flautas y se alejaron del bosque en medio de Asia rumbo a Nüremberg. Apenas llegaron, Drosselmeier corrió a ver a su primo, el tornero de muñecas, lacador y dorador Christoph Zacharias Drosselmeier, a quien no había visto en muchísimos años. El relojero le contó entonces toda la historia de la princesa Pirlipat, la señora Ratonilda y la nuez de Krakatuk, de modo que el hombre aplaudió repetidamente y exclamó asombrado: 

 —¡Ay primo, primo, qué cosas tan extraordinarias! 

 Drosselmeier continuó narrando las aventuras de su largo viaje: cómo había pasado dos años en el palacio del rey Dátil y cómo el príncipe Almendra le había rechazado con desdén; cómo había estado preguntando en vano en la Sociedad de Investigación de la Naturaleza de Villardilla; en pocas palabras, cómo le había sido imposible en todas partes encontrar el más mínimo rastro de la nuez Krakatuk. Mientras su primo llevaba a cabo su relato, Christoph Zacharias castañeteó varias veces los dedos, giró sobre un solo pie, chasqueó la lengua y gritó: «¡Hum!, ¡hum!, ¡ay!, ¡oh!, ¡sería el diablo!». 

 Al fin, lanzó la gorra y la peluca al aire, abrazó con fuerza a su primo y gritó: 

—¡Primo, primo! ¡Estáis salvados, salvados! ¡Os lo digo, estáis salvados, pues, o mucho me equivoco, o yo mismo estoy en posesión de la nuez Krakatuk! 

 Al momento sacó una caja de la que extrajo una nuez dorada de mediano tamaño. 

 —Mirad —dijo mientras mostraba la nuez a su primo—, con esta nuez ocurrió lo siguiente: hace muchos años llegó por Navidades un forastero con un saco de nueces, que puso a la venta. Tuvo una pelea con el vendedor de nueces del lugar, que le agredió por no poder soportar que el forastero vendiera nueces y, para defenderse mejor, dejó el saco justo delante de mi puesto de muñecas. En ese momento pasó por encima del saco un carricoche que llevaba una pesada carga; se rompieron todas las nueces menos una, y el desconocido, con una extraña sonrisa, me la ofreció a cambio de una brillante moneda de veinte del año 1720. Me pareció asombroso, pues precisamente encontré en mi bolsillo una de esas monedas y, como el desconocido la quería, compré la nuez y la bañé en oro, sin saber por qué había pagado tanto por ella y por qué le concedí después tanto valor. 

 Cualquier duda de que la nuez del primo fuera realmente la codiciada nuez de Krakatuk se disipó al instante cuando el astrónomo de la corte, al que se había convocado, raspó el oro y encontró la palabra Krakatuk grabada en la corteza con caracteres chinos. La alegría de los viajeros fue inmensa, y el primo el hombre más feliz del mundo, cuando Drosselmeier le aseguró que había hecho fortuna, ya que, además de una cuantiosa pensión, recibiría gratuitamente todo el oro que necesitara para dorar. 

Tanto el arcanista como el astrónomo ya se habían puesto sus gorros de dormir y estaban a punto de acostarse cuando este último, el astrónomo, comenzó así: 

Mi querido colega, la buena fortuna nunca viene sola. Créeme, no solo hemos encontrado la nuez de Krakatuk, ¡sino también al joven que la abrirá y le entregará a la princesa su hermosa nuez! ¡Me refiero nada menos que al hijo de tu primo! —No, no dormiré —continuó con entusiasmo—, ¡sino que leeré su horóscopo esta noche!. 

Dicho esto, se quitó el gorro de dormir y de inmediato comenzó a observar. 

El hijo del primo era, en efecto, un chico guapo y corpulento que jamás se había afeitado ni llevado botas. En su juventud, había sido todo un bufón durante algunas Navidades, pero nadie lo habría adivinado, tan bien educado por su padre. El día de Navidad, lucía un fino abrigo rojo con ribetes dorados, una espada, el sombrero bajo el brazo y un excelente peinado con una bolsita de pelo. Así pues, se situaba muy alegre en la casa de su padre y, con su innata galantería, cascaba las nueces para las niñas, por lo que también le llamaban le llamaban Pequeño Cascanueces. 

 A la mañana siguiente el astrónomo se arrojó entusiasmado al cuello del arcanista y exclamó: 

 —¡Es él! ¡Lo tenemos! ¡Lo hemos encontrado! Pero hay dos cosas, querido colega, que no podemos olvidar. En primer lugar, es necesario que usted haga una robusta trenza de madera para su excelente sobrino, colocada de forma que con ella se pueda tirar con gran fuerza de la mandíbula inferior; y después, cuando lleguemos a la residencia real, hemos de mantener en absoluto secreto que hemos hallado también al joven que abrirá la nuez. Es mucho mejor que se presente después de nosotros. He leído en el horóscopo que, si hay primero unos cuantos que se rompan los dientes sin obtener ningún éxito, el rey concederá la mano de la princesa y la sucesión en el trono al que abra la nuez y devuelva a su hija la belleza perdida. 

 Al artesano de muñecas le satisfacía extraordinariamente que su hijito se casara con la princesa y se convirtiera en príncipe y rey, y por ello lo dejó enteramente en manos de los enviados. 

La trenza que Drosselmeier colocó al esperanzado sobrino resultó excelente y con ella consiguió magníficos resultados al abrir los más duros huesos de melocotón. 

 Drosselmeier y el astrónomo informaron de inmediato a palacio del hallazgo de la nuez Krakatuk, de modo que al punto se dieron las órdenes necesarias. Cuando los viajeros llegaron con el remedio para la belleza de la princesa, ya se había reunido allí gran cantidad de hermosos personajes, entre los que había incluso algunos príncipes, que, confiando en su sana dentadura, querían intentar romper el encantamiento. 

El asombro de los enviados al volver a ver a la princesa fue enorme. Su cuerpo, pequeñísimo, con las diminutas manitas y piececillos, parecía incapaz de soportar su deforme cabeza. La fealdad de su rostro aumentaba por la presencia de una barba blanca de algodón que le había crecido alrededor de la boca y la barbilla. 

Todo sucedió tal y como el astrónomo de la corte había leído en el horóscopo. Un barbilampiño tras otro, en zapatos, intentaron abrir la nuez Krakatuk, rompiéndose los dientes y la mandíbula sin ayudar lo más mínimo a la princesa. Y todos exclamaban desfallecidos, al ser retirados por los dentistas a tal fin llamados:

—¡Ésa sí que es una nuez dura!

Y cuando el rey, con el corazón angustiado, prometió al que acabara con el encantamiento concederle la mano de su hija y su reino, se presentó el dulce y delicado joven Drosselmeier pidiendo permiso para intentarlo. 

Ninguno le había gustado a la princesa Pirlipat tanto como el joven Drosselmeier. Llevándose las manos al corazón, suspiró ardientemente:

—¡Ojalá fuera él quien abriese la nuez Krakatuk, convirtiéndose en mi esposo!

El joven Drosselmeier saludó cortésmente al rey y a la reina y luego a la princesa Pirlipat. Recibió de manos del maestro de ceremonias la nuez Krakatuk; sin más, se la colocó entre los dientes, tiró con fuerza de la trenza y, ¡crac-crac!, la cáscara se rompió en mil pedazos. Con gran habilidad limpió el fruto de las fibras que quedaron pegadas y con una humilde reverencia se lo ofreció a la princesa, tras lo cual cerró los ojos y comenzó a caminar hacia atrás. La princesa tragó de inmediato el fruto y, ¡oh, maravilla!, desapareció su figura deforme y en su lugar apareció una angelical figura femenina de ojos azules, con un rostro de seda blanco como los lirios y rojo como las rosas, y unos hermosos rizos ensortijados como hilos de oro. 

Tambores y trompetas se unieron al alborozado júbilo del pueblo. El rey y toda la corte bailaban sobre una pierna, igual que el día del nacimiento de Pirlipat, y la reina se desmayó de alegría y gozo, de modo que tuvieron que atenderla con Eau de Cologne. 

Todo este tumulto desconcertó sobremanera al joven Drosselmeier, quien aún tenía que acabar de dar sus siete pasos; sin embargo, logró dominarse. Estaba estirando el pie derecho para completar el séptimo paso, cuando de repente, con un desagradable chillido, surgió del suelo doña Ratonilda; al apoyar el joven Drosselmeier el pie en el suelo, la pisó y se tambaleó de tal forma que estuvo a punto de caer. ¡Oh, infortunio! Al momento el joven adquirió la misma deformidad que antes tuviera la princesa Pirlipat. Se le había encogido todo el cuerpo y apenas podía soportar la enorme e informe cabeza con sus ojos grandes y saltones y la gigantesca boca, que bostezaba de forma horrible. Por la espalda, en lugar de la trenza, le caía un estrecho abrigo de madera con el que accionaba la mandíbula inferior. 

El relojero y el astrónomo, enloquecidos de horror, vieron cómo doña Ratonilda se retorcía sangrando en el suelo. Su maldad no había quedado sin venganza, pues el joven Drosselmeier la había pisado con la punta del tacón en el cuello con tanta fuerza que la herida resultó mortal. En su agonía Ratonilda chillaba lastimera: 

¡Oh Krakatuk, oh nuez dura, por la cual he de morir! Tú también morirás pronto, Cascanueces infeliz. Mi hijo, el de siete coronas, pum, tocad, campanitas, tocad, ¡pronto estará perdido! de ratones adalid, le dará su merecido al Cascanueces, ¡hi, hi!, y vengará, Cascanueces pequeño, mi muerte en ti. ¡Oh vida joven y bella, ya me despido de ti! ¡Ay muerte, hi, hi, hi, hi! 

Con este último grito murió doña Ratonilda y al punto la retiraron los caldereros reales. 

Nadie se había preocupado por el joven Drosselmeier, más la princesa recordó al rey su promesa y ordenó al punto que trajeran al joven héroe. Mas cuando se presentó el desgraciado con su deformidad, la princesa se tapó la cara con ambas manos y gritó:

—¡Fuera, llevaos a ese repugnante Cascanueces!

Al momento, el mariscal de la corte lo cogió por los hombros y lo echó fuera de allí. 

El rey, furioso porque habían querido forzarle a aceptar un Cascanueces como yerno, achacó toda la culpa a la torpeza del relojero y del astrónomo y expulsó a ambos por toda la eternidad de la corte. Pero, como nada de esto había aparecido en el horóscopo que estableciera el astrónomo en Nüremberg, él no dejó de hacer nuevas observaciones y afirmó que leía en las estrellas que el joven Drosselmeier estaría tan bien en su nueva situación que, a pesar de su deformidad, sería príncipe y rey. Pero su deformidad sólo desaparecería después de matar con sus propias manos al hijo con siete cabezas que doña Ratonilda había tenido tras la muerte de sus siete hijos, quien se habría convertido en rey de los ratones. Afirmó que una dama le amaba a pesar de su deformidad. Y dicen que, en verdad, el joven Drosselmeier ha sido visto en Navidades en Nüremberg, en la tienda de su padre. ¡Como Cascanueces, es cierto, pero también como príncipe!

Y éste es, niños, el cuento de la nuez dura y ahora ya sabéis por qué la gente dice a menudo: «Ésa sí que es una nuez dura» y también a qué se debe que los cascanueces sean tan feos.

Así acabó la narración del consejero jurídico superior. Marie opinó que la princesa Pirlipat era una muchacha abominable e ingrata. Por el contrario, Fritz aseguró que si el Cascanueces quería convertirse en un bravo muchacho no debería tener tantas contemplaciones con el rey de los ratones y que pronto recuperaría su bella estampa anterior.

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