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E.T.A. Hoffmann

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El cascanueces y el rey de los ratones

Cap. 6 - La enfermedad

14 Capítulos

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 Cuando Marie despertó de su letargo, yacía en su camita, y el sol entraba, chispeante y alegre, en la habitación a través de los cristales cubiertos de hielo. A su lado estaba sentado un hombre desconocido, al que pronto reconoció como el cirujano Wendelstern. Éste dijo en voz baja: 

 —¡Por fin ha despertado! 

 Su madre le dirigió una mirada inquisitorial y preocupada y se acercó a ella. 

 —Ay, mamá querida, susurró la pequeña Marie, ¿se han ido por fin todos esos horribles ratones, se ha salvado el buen Cascanueces? 

 —No digas más tonterías, Marie —respondió la madre—. ¿Qué tienen que ver los ratones con el Cascanueces? Pero por tu culpa, niña mala, hemos estado muy preocupados. Y todo porque los niños son cabezotas y no obedecen a sus padres. Ayer noche estuviste hasta muy tarde jugando con tus muñecas. Estabas medio dormida y es posible que un ratoncito (aunque aquí normalmente no los hay) saliera y te asustara. Bueno, lo cierto es que rompiste con el brazo uno de los cristales del armario y te hiciste un corte tan profundo, que el señor Wendelstern, que acaba de sacarte hace un momento los cristales que aún tenías en las heridas, opina que si el cristal te hubiese cortado una vena podrías haber quedado con un brazo inmóvil e incluso podrías haberte desangrado. Gracias a Dios, desperté a medianoche y te eché en falta, así que me levanté y fui al cuarto de estar. Allí te encontré, tendida en el suelo junto al armario de cristal, sin sentido y sangrando sin cesar. Estuve a punto de desmayarme yo misma del susto. Estabas allí caída, y a tu alrededor, diseminados, los soldaditos de plomo de Fritz y otros muñecos, estandartes rotos, hombrecitos de bizcocho; pero en tu brazo herido sostenías al Cascanueces, y no lejos de ti, tu zapato izquierdo. 

 —Ay, mamaíta, mamaíta —la interrumpió Marie—. ¿Ves? Ésas eran las huellas de la batalla entre los muñecos y los ratones y, al ver que los ratones iban a coger preso al pobre Cascanueces, que era quien dirigía al ejército de muñecos, me asusté mucho. Entonces arrojé mi zapato sobre los ratones y ya no sé lo que pasó. 

 El cirujano Wendelstern hizo un gesto con los ojos a la madre y ésta dijo a Marie con gran dulzura: 

 —Bueno, olvídalo y tranquilízate. Ya han desaparecido todos los ratones y el Cascanueces está sano y feliz en el armario de cristal. 

 Entonces entró el consejero médico en la habitación y mantuvo una larga conversación con el cirujano Wendelstern. Después tomó el pulso a Marie. Ella oyó que hablaban de una fiebre producida por la herida. Tenía que quedarse en cama y tomar una medicina. Así transcurrieron unos cuantos días, aunque ella, excepto por algún dolor en el brazo, no se sentía enferma ni molesta. Sabía que el pequeño Cascanueces estaba sano y salvo tras la batalla y a veces le parecía que, como en sueños, le decía en un tono claramente perceptible, aunque ciertamente lastimero: 

 —Marie, estimadísima señora, sé que os debo mucho, ¡pero aún podéis hacer mucho más por mí! 

 Marie recapacitaba en vano pensando qué podría ser, pero no se le ocurría nada. 

 Marie no podía jugar a gusto a causa de su brazo herido y, cuando se ponía a leer o incluso a mirar los dibujos de los libros, se le nublaba la vista y tenía que dejarlo. Así pues, el tiempo se le hacía larguísimo y deseaba con todas sus fuerzas que llegara el atardecer, pues entonces su madre se sentaba a leerle y contaba muchas cosas bonitas. 

Acababa de terminar su madre la excelente historia del príncipe Fakardin, cuando se abrió la puerta y entró el padrino Drosselmeier diciendo: 

 —Ya es hora de que vea por mí mismo cómo está la enferma. 

 En cuanto Marie vio al padrino Drosselmeier con su chaquetita amarilla, se le vino a la mente con entera viveza la imagen de aquella noche en la que el Cascanueces perdió la batalla contra los ratones, y de forma totalmente involuntaria le gritó al consejero jurídico superior: 

 —¡Ay, padrino Drosselmeier, estuviste realmente horrible! ¡Te vi sentado encima del reloj cubriéndolo con tus alas para que no sonara muy fuerte, porque, si no, se habrían ahuyentado los ratones! ¡Yo oí perfectamente cómo llamabas al rey de los ratones! ¿Por qué no viniste en ayuda del Cascanueces, en mi ayuda, horrible padrino Drosselmeier? ¿No eres tú el único culpable de que esté herida y enferma en la cama? 

 La madre preguntó asustada: 

 —¿Qué te pasa, querida Marie? 

 Pero el padrino Drosselmeier hizo gestos muy extraños y comenzó a decir con monótona voz de grajo: 

¡Péndulo tenía que ronronear, picar, no quería portarse bien, relojes, relojes, péndulos de reloj tienen que ronronear, en silencio, ronronear, tocar las campanas fuertes, tilín, tilán, hink y honk, y honk y hank, niña de las muñecas, no tengas miedo, las campanillas tocan, ya es la hora, hay que echar al rey de los ratones, y viene el búho en rápido vuelo, pak y pik, y pik y puk, campanita, bim, bim, relojes, ron, ron, los péndulos tienen que ronronear, picar, no quería portarse bien, ran y run, pirr y purr! 

 Marie observó al padrino Drosselmeier inmóvil, con los ojos muy abiertos, porque su aspecto era muy distinto y aún mucho más desagradable de lo habitual, y estaba moviendo su brazo derecho hacia adelante y hacia atrás como una marioneta a la que tiran del hilo. El padrino podría haberle dado auténtico pavor de no haber estado su madre presente, y si Fritz, que entre tanto había entrado a hurtadillas en la habitación, no le hubiese interrumpido al fin con una gran carcajada: 

 —¡Ay, padrino Drosselmeier! —exclamó Fritz—. ¡Hoy estás muy divertido, te mueves como un bufón al que hace mucho tiré a la estufa! 

 La madre se quedó muy seria y dijo: 

 —Querido señor consejero jurídico superior, ¿qué broma tan extraña es ésa? ¿Qué quiere usted decir? 

 —¡Cielo santo! —respondió Drosselmeier riéndose—. ¿Acaso se ha olvidado usted de mi bella cancioncilla del relojero? Se la suelo cantar siempre a pacientes como Marie. 

 Y, diciendo esto, se sentó de inmediato muy cerca de la cama de Marie y dijo: 

 —Por lo que más quieras, no te enfades porque no sacara en el primer momento sus catorce ojos al rey de los ratones, pero no podía ser. En su lugar te voy a dar una enorme alegría. 

 Y mientras así hablaba, el consejero jurídico superior introdujo la mano en el bolsillo, y con mucha suavidad extrajo… el Cascanueces, al que con gran habilidad había colocado de nuevo los dientes caídos y fijado la mandíbula desencajada. 

Marie dio un grito de alegría y la madre dijo sonriendo: 

 —¿Ves? ¿Te das cuenta ahora de lo bien que se porta el padrino Drosselmeier con tu Cascanueces? 

 —Pero admitirás, Marie —interrumpió  el consejero jurídico a la señora del consejero médico—, admitirás que el Cascanueces no tiene buen aspecto y que su cara no es precisamente lo que se suele llamar hermosa. Si quieres oírlo, te puedo contar cómo tal fealdad entró en su familia y se transformó en hereditaria. ¿O por casualidad conoces ya la historia de la princesa Pirlipat, la bruja Ratonilda y el artístico relojero? 

 —Oye —interrumpió en ese momento Fritz, sin darse cuenta—, oye, padrino Drosselmeier, los dientes se los has puesto muy bien y la mandíbula ya no baila tanto. Pero ¿por qué le falta la espada? 

 —Ah —respondió el consejero jurídico superior de mal humor—, chico, siempre estás criticando y sacando faltas a todo. ¡Qué me importa a mí la espada del Cascanueces! Yo le he curado el cuerpo; que él mismo haga una espada como pueda. 

 —Eso es cierto —exclamó Fritz—; si es un tipo capaz, sabrá encontrar armas. 

 —Así pues, Marie —continuó el consejero jurídico superior—, dime si sabes la historia de la princesa Pirlipat. 

 —¡Ay, no! —respondió Marie—. ¡Cuéntamela, querido padrino Drosselmeier, cuéntamela! 

 —Confío —intervino la madre—, señor consejero jurídico superior, en que su historia no sea tan horrible como todo lo que usted suele contar. 

 —En absoluto, querida señora — respondió Drosselmeier. Al contrario, lo que tengo el honor de contar ahora es algo divertido. 

 —Cuenta, cuenta ya, querido padrino —exclamaron los niños. El consejero jurídico superior comenzó: 

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