Entre tanto, llegó de provincias un hombre sin talento, sin inteligencia, sin ninguna cualidad enérgica o seductora, pero dotado de gran candor y de una rectitud de sentimientos muy escasa en el mundo en el que me desenvolvía. Empecé a decirme que tenía que elegir a alguien, como decían mis compañeras. No podía casarme por ser madre y por carecer de confianza en la bondad de ningún hombre; no creía tener ese derecho. Por lo tanto, tenía que aceptar un amante para estar al nivel de la compañía en la que me habían arrojado. Me decidí por aquel provinciano, cuyo apellido y situación en el mundo me ofrecían una hermosa protección. Era el vizconde de Larrieux.
Él me amaba con la sinceridad de su alma. Pero ¿tenía alma? Era uno de esos hombres fríos y pragmáticos que ni siquiera poseen la elegancia del vicio y el espíritu de la mentira. Habitualmente me amaba como mi marido me había amado. Sólo estaba impresionado por mi belleza y no se molestaba en descubrir mi corazón. Lo que había en él no era desdén, era ineptitud. Si hubiera hallado en mí fuerza para amar, no habría sabido cómo corresponder a ella.
No creo que haya existido un hombre más materialista que aquel pobre Larrieux. Comía con voluptuosidad, se dormía en todos los sillones, y el resto del tiempo lo pasaba tomando tabaco rapé. Por lo que siempre se hallaba ocupado en satisfacer algún apetito físico. No creo que tuviera una idea por día.
Antes de hacerle entrar en mi intimidad, sentía amistad por él, porque si bien es cierto que no encontraba en él nada elevado, tampoco encontraba nada perverso; y sólo en eso radicaba su superioridad sobre lo que me rodeaba. Pensé pues, escuchando sus galanterías, que él me reconciliaría con la naturaleza humana y confié en su lealtad. Pero, apenas le hube dado sobre mí esos derechos que las mujeres débiles no recuperan jamás, me persiguió con un tipo de obsesión insoportable, y redujo todo su sistema afectivo a los únicos testimonios que él fuera capaz de apreciar.
Ya ve, amigo mío, que había pasado de Caribdis a Escila. Aquel hombre, que por su gran apetito y sus costumbres de siesta yo había considerado como de sangre tranquila, no tenía en sí ni siquiera el sentimiento de una fuerte amistad que yo esperaba encontrar. Decía riendo que le resultaba imposible sentir amistad por una bella mujer. ¡Y si supiera a qué llamaba él amor… !
No tengo en absoluto la pretensión de haber sido hecha de un barro distinto al de las demás criaturas humanas. Ahora que ya no soy de ningún sexo, pienso que entonces era tan mujer como cualquier otra, pero al desarrollo de mis facultades le faltó encontrar un hombre que yo hubiera podido amar lo suficiente como para arrojar algo de poesía sobre los hechos de la vida animal. Pero no era el caso, y usted mismo que es hombre y por consiguiente menos delicado sobre esta percepción de sentimiento, debe comprender el hastío que se adueña del corazón cuando uno se somete a las exigencias del amor sin haber comprendido las necesidades. En tres días, el vizconde de Larrieux se me hizo insoportable.
¡Y bien! amigo mío, ¡Jamás tuve energía para deshacerme de él! Durante sesenta años ha sido mi tormento y mi saciedad. Por complacencia, por debilidad o por aburrimiento lo he soportado. Siempre descontento de mis repugnancias, y siempre atraído por los obstáculos que yo ponía a su pasión, sintió por mí el amor más paciente, más animoso, más prolongado y más aburrido que un hombre haya tenido jamás por una mujer.
Es cierto que desde el momento en que yo lo había erigido en mi protector mi papel en sociedad fue infinitamente menos desagradable. Los hombres ya no se atrevían a buscarme porque el vizconde era un terrible espadachín y un celoso empedernido. Las mujeres, que habían predicho que yo sería incapaz de retener a un hombre, veían con despecho cómo el vizconde permanecía uncido a mi carro; y en mi paciencia para con él, tal vez hubiera algo de esa vanidad que no permite a una mujer parecer abandonada. No había mucho de qué presumir en la persona de aquel pobre Larrieux, pero era un hombre bastante apuesto, tenía corazón, sabía callarse a tiempo, llevaba un gran tren de vida, y tampoco carecía de esa fatuidad modesta que hace resaltar el mérito de una mujer. En fin, además de que las mujeres no desdeñaban en absoluto la fastidiosa belleza que a mí me parecía el principal defecto del vizconde, estaban sorprendidas de la devoción sincera que él me manifestaba, y lo proponían como modelo a sus amantes. Me encontraba pues en una situación envidiada; pero eso, se lo aseguro, sólo me resarcía a medias de los fastidios de la intimidad. Los soportaba no obstante con resignación y le guardaba a Larrieux una inviolable fidelidad. Vea, mi querido joven, si fui tan culpable para con él como usted cree.
-La he comprendido perfectamente -le contesté-, es decir que la compadezco y la estimo. Hizo un verdadero sacrificio a las costumbres de su tiempo y fue perseguida porque valía más que esas costumbres. Con un poco más de fuerza moral, habría encontrado usted en la virtud toda la felicidad que no encontró en la intriga. Pero permítame sorprenderme por un hecho: que no haya encontrado usted a lo largo de su vida un solo hombre capaz de comprenderla y digno de convertirla al verdadero amor. ¿Hay que concluir que los hombres de hoy valen más que los de antaño?
-Sería una gran fatuidad por su parte -me contestó riendo-. Tengo muy poco por lo que sentirme satisfecha de los hombres de mi tiempo y sin embargo dudo que hayan hecho ustedes muchos progresos; pero no moralicemos. Que sean lo que son; la culpa de mi infelicidad es sólo mía; no tenía inteligencia para juzgarlo. Con mi huraña altivez, habría tenido que ser una mujer superior y haber elegido, en una ojeada de águila, entre todos aquellos hombres tan vulgares, tal falsos y tan vacíos, a uno de esos seres verdaderos y nobles que son escasos y excepcionales en todos los tiempos. Yo era demasiado ignorante, demasiado limitada para eso. A fuerza de vivir, he adquirido más juicio: me di cuenta de que algunos de ellos que yo había confundido en mi pena, merecían otros sentimientos, pero entonces yo ya era vieja. Ya no era hora de atreverme.
-¿Y mientras fue usted joven -proseguí- no estuvo tentada ni una sola vez de hacer un nuevo intento? ¿Su arisca aversión no se suavizó jamás? Es extraño.