Y un viejo sacerdote dijo: «Háblanos de la religión». Y él respondió: «¿Acaso hablé hoy de otra cosa? ¿No son religión acaso los actos y todos los pensamientos? ¿E incluso lo que no es ni acto ni pensamiento, sino un milagro y una sorpresa brotando siempre en el alma, hasta cuando las manos tallan la piedra o atienden el telar? ¿Puede alguien separar su fe de sus obras o sus creencias de sus trabajos? ¿Quién es capaz de extender sus horas ante sí mismo y decir: “Esta para Dios y esta para mí, esta para mi espíritu y esta para mi cuerpo?”. Nuestras horas todas son alas que baten de ser a ser en el espacio.
A quien usa su moral como su mejor vestido, mejor le fuera andar desnudo. Ni el viento ni el sol agrietarán su piel. Y quien define su conducta con normas, enjaula a su pájaro cantor. El canto más libre no viene de las rejas ni del interior de las jaulas. Y aquél para quien la adoración es una ventaja tanto para abrir como para cerrar, no conoce todavía la morada del espíritu, cuyas ventanas abiertas permanecen de aurora a aurora.
»Vuestra vida cotidiana es vuestro templo y vuestra religión.
Siempre que entráis en él, lleváis encima cuanto os pertenece.
Lleváis el arado y la fragua, el martillo y el laúd y cuanto habéis hecho por necesidad o por capricho.
Porque en vuestros sueños no podéis alzaros por encima de vuestros triunfos ni caer más abajo de vuestros fracasos.
Y lleváis con vosotros a todos los hombres. Porque en la adoración no podéis volar más alto que sus esperanzas, ni humillaros por debajo de su desesperación.
»Y si conocierais a Dios no tendríais enigmas que descifrar.
Mirad mejor en torno vuestro, y lo veréis jugando con vuestros hijos.
Y contemplad el espacio: lo veréis caminando por las nubes, desplegando sus brazos en el relámpago y descendiendo en la lluvia.
Lo veréis sonriendo en las flores y levantándose luego para agitar sus manos en los árboles».