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Khalil Gibran

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El profeta

De las leyes

28 Capítulos

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Entonces un jurista preguntó: «Maestro, ¿qué nos decís de nuestras leyes?». 

Y él respondió: 

«Os deleitáis haciendo leyes. 

Y os deleitáis más aún quebrantándolas. Como esos niños que jugando junto al mar levantan con paciencia castillos de arena, que luego destruyen entre risas. 

Sin embargo, mientras levantáis vuestros castillos de arena, la mar trae más arena a la playa. 

Y cuando los destruís, el mar se ríe con vosotros. 

En verdad os digo que el mar ríe siempre con el inocente. 

»Mas ¿qué sucede con aquéllos para quiénes la vida no es un mar, ni las leyes de los hombres son castillos de arena; con aquéllos para quiénes la vida es una roca, y la ley un cincel con el que pueden grabar su propia figura en la roca? 

¿Qué sucede con el paralítico que odia a los danzantes? 

¿Qué sucede con el buey que ama su yugo y juzga al alce y al ciervo de las selvas vagabundos sin ley? 

¿Qué sucede con la vieja serpiente que no puede mudar piel y llama desnudas y desvergonzadas a las otras? 

¿Qué sucede con quién llega temprano a la fiesta de bodas, y una vez que se cansó y hartó de comer, se marcha diciendo que todas las fiestas son violaciones, y que los invitados son violadores de la ley? 

¿Qué puedo decir de ellos, salvo que reciben como todos la luz del sol, pero de espaldas? 

Sólo ven sus sombras, y sus sombras son sus leyes. 

¿Qué es para ellos el sol sino crisol de sombras? 

¿Y qué es acatar las leyes, sino encorvarse para rastrear las sombras sobre la tierra? 

Mas, a vosotros que camináis de cara al sol, ¿qué sombras dibujadas en el suelo pueden deteneros? 

A vosotros que viajáis con el viento, ¿qué veleta os marcará vuestro camino? 

¿Qué ley humana será capaz de ataros si rompéis vuestro yugo, mas no contra la puerta de las prisiones levantadas por los hombres? 

¿Qué ley habéis de temer si al danzar no tropezáis con las cadenas de hierro de los hombres? 

Y ¿quién os llevará ante los jueces si desgarráis vuestras vestiduras pero no las abandonáis en el campo de hombre alguno? 

Pueblo de Orfalís: Podéis cubrir el tambor, podéis aflojar las cuerdas de la lira; mas ¿quién impedirá a la alondra del cielo cantar?». 

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