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Khalil Gibran

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El profeta

Del crimen y del castigo

28 Capítulos

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Y uno de los jueces de la ciudad, adelantándose, dijo: «Háblanos del crimen y del castigo». 

Y él respondió: 

«Cuando vuestro espíritu vaga en el viento, entonces, solos y desprevenidos, cometéis una falta con los demás, y por lo tanto con vosotros mismos. 

Y por ese error cometido, debéis llamar a la puerta del bienaventurado, y esperar un instante. 

»Como el inmenso mar es el dios de vuestro yo; siempre se mantiene libre de mancha. 

Y como el éter, sólo eleva a lo que tiene alas. Como el sol es el dios de vuestro yo: no conoce las galerías del topo ni los agujeros donde se guarece la serpiente. 

Pero el dios de vuestro yo no habita sólo en vuestro ser. 

En vosotros todavía hay mucho que es hombre, y mucho que todavía no lo es, una forma grotesca que camina dormida entre la niebla en busca de su propio despertar. 

Y del hombre que hay en vosotros quisiera hablar ahora. 

Porque es él, y no el dios de vuestro yo ni la forma grotesca que camina entre la niebla, la que conoce el crimen y el castigo del crimen. 

»A menudo os he oído decir del hombre que comete un delito, como si él no fuera uno de vosotros sino un extraño y un intruso en vuestro mundo. 

Mas yo os digo que, de igual forma que el más santo y el más justo no puede elevarse por encima de lo más sublime que existe en cada uno de vosotros, tampoco el débil y el malvado pueden caer más abajo de lo más bajo que existe en cada uno de vosotros. 

Y de igual forma que ni una sola hoja se torna amarilla sin el silente conocimiento del árbol todo, tampoco el malvado puede hacer el mal sin la oculta voluntad de todos vosotros. 

Como en peregrinación, camináis todos juntos hacia el dios de vuestro yo. 

Vosotros sois el camino y el caminante. 

¡Ay! Y cae por quienes le precedieron, por aquellos que más ágiles y seguros en su paso no apartaron sin embargo el obstáculo del camino. 

»Y sabed esto también, aunque mis palabras hieran con fuerza vuestros corazones. 

El asesinado es también responsable de su propio asesinato. 

Y el robado es también responsable de su propio robo. 

Y el justo no es inocente de los actos del malvado. 

Y el puro no es ajeno a los actos del felón. 

Sí, porque muchas veces el condenado es víctima del ofendido. Y con más frecuencia aún, el reo carga con la culpa del inocente y del puro. 

No podéis separar al justo del injusto, ni al bueno del malvado. 

Porque juntos están frente al rostro del sol, de igual forma que el hilo blanco y el hilo negro están juntos en la trama del tejido. 

Y cuando el hilo negro se rompe, el tejedor revisa la tela entera, y también el telar. 

Si alguien de vosotros llevara a juicio a la mujer infiel, poned también en la balanza el corazón de su marido, y pesad también en la balanza la verdad de su alma. 

Y haced que quien quiera castigar al ofensor escudriñe bien antes el espíritu del ofendido. 

Y si alguno de vosotros quisiera castigar en nombre de la justicia, y descargar el hacha contra el tronco malo, haced que mire bien sus propias raíces. 

Y en verdad os digo que encontrará las raíces del bien y del mal, de lo 

fructífero y de lo estéril juntas y entretejidas en el silente corazón de la tierra. 

Y vosotros, jueces, que pretendéis ser justos. 

¿Qué sentencia pronunciareis contra quien, aunque honesto según la carne, es ladrón en espíritu? 

¿Qué condena impondréis a quien asesina según la carne cuando él mismo ha sido muerto en el espíritu? 

»Y ¿cómo juzgaréis a quien en sus acciones es impostor y tirano, si a su vez también es ofendido y humillado? 

Y ¿cómo castigaríais a aquéllos cuyo remordimiento es mayor ya que su delito? 

¿No es remordimiento la justicia administrada según la ley misma que deseáis servir? 

Y sin embargo, no podréis imponer el remordimiento en el corazón del inocente, ni hacerlo desaparecer del corazón del culpable. 

Vendrá en la noche, espontáneamente y sin ser invitado, para que los hombres despierten y escruten su propio corazón. 

Y vosotros, los que os pretendéis llamados a entender de lo justo y de lo injusto, ¿cómo podríais hacerlo si no miráis todos los hechos a plena luz del día? 

Sólo así podríais saber que tanto el que está en pie como el caído no son sino un solo y mismo hombre, de pie en el crepúsculo, entre la noche de su yo grotesco y el día del dios de su yo. 

Y que la piedra angular del tiempo no es superior a la piedra más hundida que hay en sus cimientos». 

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