Entonces un anciano posadero dijo: «Háblanos de la comida y la bebida». Y él respondió: «Ojalá pudierais vivir de la fragancia de la tierra, y ser como las plantas aéreas sustentadas por la luz.
Pero ya que debéis matar para comer, y robar al recién nacido la leche materna para saciar vuestra sed, haced que estos sean actos de adoración.
Y haced que vuestra mesa sea un altar donde se sacrifiquen los puros y los inocentes del bosque y la pradera en aras de lo que todavía hay de más puro e inocente en el hombre.
Cuando matéis un animal, decidle en vuestro corazón: Por el mismo poder que se sacrifica, también yo seré sacrificado e igualmente consumido.
La misma ley que te ha puesto en mis manos me dejará a mí en manos más poderosas.
Tu sangre y la mía no son sino la savia que alimenta el árbol del cielo».
Y cuando mordáis una manzana, decidle en vuestro corazón:
«Tus semillas habitarán en mi cuerpo.
Y las yemas de tu mañana florecerán en mi corazón.
Y tu fragancia será mi aliento.
Y juntos gozaremos en las estaciones de la eternidad».
Y en el otoño, cuando cosechéis las uvas de vuestras viñas para guardarlas en el lagar, decidles en vuestro corazón:
«También yo soy una viña, y mi fruto será llevado al lagar.
Y como vino nuevo seré guardado en odres eternos.
Y en invierno, cuando apuréis el vino, haced que en vuestro corazón haya siempre un canto para cada copa. Y dejad que en ese canto vibre un momento el recuerdo de los días otoñales, un recuerdo de la viña y del lagar».