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Khalil Gibran

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El profeta

De las dádivas

28 Capítulos

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Entonces un hombre rico dijo: «Háblanos de las dádivas». Y él respondió: «Dais muy poco cuando lo que dais es de vuestro patrimonio. Sólo dais realmente cuando dais algo de vosotros mismos. ¿Qué son vuestras posesiones sino cosas que atesoráis por temor a necesitarlas mañana? Y mañana, ¿qué traerá el mañana al perro previsor que entierra huesos en la arena no tocada mientras sigue a los peregrinos hacia la ciudad santa? 

Y ¿qué es el temor a la necesidad sino la necesidad misma? 

Cuando el pozo está lleno, ¿no es realmente el miedo a la sed una sed insaciable? Algunos dan un poco de lo mucho que tienen, y lo dan buscando el agradecimiento: ese deseo oculto convierte sus dádivas en algo sin valor. 

Algunos tienen poco, y lo dan todo. 

Éstos son los que creen en la vida y en la generosidad de la vida: su cofre nunca está vacío. Algunos dan con placer, y ese placer es su recompensa. 

Algunos dan con dolor, y ese dolor es su bautismo. Algunos dan y no conocen el dolor de dar, ni buscan el placer de dar, ni lo dan conscientes de la virtud de dar. 

Dan como el mirto en el valle que ofrece su fragancia al aire. 

Por las manos de los que son como esos seres habla Dios, y desde el fondo de sus ojos Dios sonríe sobre el mundo. 

Bueno es dar cuando os piden, pero mejor es dar antes, movidos del propio corazón. 

Y para el hombre de puño abierto, la búsqueda del menesteroso es mayor placer aún que el dar. 

¿Y hay algo vuestro que pueda guardarse? 

Todo cuanto tenéis será dado algún día. 

Dad pues ahora, para que la estación de las dádivas sea vuestra y no de vuestros herederos. 

»A menudo decís: Yo daría, pero sólo a quien lo merezca. 

Los árboles de vuestro huerto no hablan así, ni los rebaños de vuestros campos. 

Dan para poder vivir, porque guardar es morir. 

Porque quien es digno de recibir sus días y sus noches merece recibir de vosotros todo lo demás. 

Y quien mereció beber el océano de la vida, merece llenar su copa en vuestro arroyuelo. 

¿Hay merecimiento mayor que el de quién da el valor y la confianza —no la caridad— de recibir? 

¿Y quién sois vosotros para que los hombres os muestren su seno y os descubran su soberanía, quién sois para atreveros a ver al desnudo sus méritos y su dignidad? 

Mirad primero si merecéis ser donadores y los instrumentos de la dádiva. 

Porque en verdad, es la vida la que da a la vida, mientras que vosotros que os creéis dadores no sois más que testigos. 

»Y vosotros los que recibís —todos sois receptores— no asumáis sobre vosotros el peso de la gratitud, para no uncir con un mismo yugo a vosotros y a quien os da. 

Alzaos junto con el donante cuando da por encima de sus dádivas como sobre alas. 

Porque exagerar vuestra gratitud es dudar de su generosidad, que tiene por madre a la tierra de corazón abierto y a Dios por padre». 

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