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Carmen Naranjo

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En dos

Capítulo 2

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La normalidad y el buen humor reinaban por aquellos días. Surgió como un pacto familiar para facilitar la vida. Los niños estaban dispuestos a ayudar, el marido también. No había quejas, ni regaños, menos voces reclamantes. Atrás quedaron los rencores, las riñas por nada, las cóleras internas, las rabias de por qué yo y no ése, las estrategias de las peleas como juegos para combatir el aburrimiento. Pero el pacto de reconciliación había traído cierto signo muy marcado de indiferencia, de apatía, de cierta resignación a no ser como se era. Entonces casi no se veían y se hablaban apenas lo necesario y si no era indispensable hacían los signos de sí y de qué vamos a hacer. El lenguaje se empobreció, cada uno se metió dentro de su silencio a pedalear su ánimo, a medir incansablemente su sacrificio. 

 Por esos días comenzó a llover constantemente y la lluvia caía  azul azuleando los árboles, los pájaros, las flores, sus manos y hasta sus almas. Fue entonces que la otra tocó la puerta y se las agenció para entrar en la casa con una urgencia imperativa como de vida o muerte. Llevaba una encuesta en la mano y debía ver enseguida a la señora de la casa. La pasó solemne y desconfiada a la sala. Siempre desconfió de los extraños y de no haber sido sorprendida, le hubiera negado la entrada. 

 La otra habló sin parar acerca de la democracia, derechos humanos, la situación de los países vecinos y la suerte de estar en un territorio de libres elecciones y de respeto a las decisiones mayoritarias. Gracias a Dios, pensó ella, no vende nada y sólo quiere que le responda a unas cuantas preguntas. 

 La primera fue, ¿es usted feliz? Pero, ¡qué rabia!, ¡qué inmensa rabia! Desechó las ganas de ponerla de puntitas en la calle. Era educada y siempre existe la alternativa de responder mentiras. Su enorme timidez se concentró en bajar la cara, especialmente los ojos, y hablar con una voz automática y apagada. 

 ¿Siente que la ama su esposo? Me quiere y me estima. Pero, ¿amar? No entiendo la diferencia. Ajá, esto pinta mal. ¿Cuántas veces le hace el amor en la semana? No sé, con frecuencia confundo una semana con otra. 

 La rabia le iba creciendo y su única defensa era bajar más la cabeza y evitar, como si estuviera construyendo una muralla, encontrarse con los ojos de la interrogadora. 

 ¿Le da placer hacer el amor? No, prefiero dormir tranquilamente. ¿Por qué? A veces siento la necesidad de encontrar esa inocencia que abundaba en mi infancia y juventud. ¿Qué le da placer? Quedarme quieta hasta que una luz azul me ilumine por dentro. ¿Qué le da displacer? Preguntas como las que me hace usted. 

 Hubo una pausa y se oyó la lluvia agobiante. La otra se avergonzó y quiso disculparse. Mire, no la quise hacer sufrir, es sólo una encuesta anónima al azar, su nombre nunca se sabrá. Además, le juro que habría contestado lo mismo que usted, la historia personal de las mujeres es siempre triste, las mujeres sólo servimos para sufrir. 

 Ya no puedo más, la rabia la hacía temblar. Levantó la cara decidida y sus ojos transparentaban la furia. Se encontró que había perdido su seguridad de mujer toca puertas y entra casas. Lágrimas corrían por sus mejillas y estaba también temblando de congoja. ¡Váyase, por favor, con la intimidad no se juega! La otra se levantó torpe y derrotada. Nunca busqué angustiarla, perdone, perdone. 

 Ella sólo encontró la salida y cerró la puerta tan levemente que pareció haberse quedado adentro. 

 La otra se levantó de su asiento, buscó su viejo chal, la lluvia había enfriado el ambiente y se sentó en su silla preferida para caer en una profunda vejez de tantos y tantos años acumulando sólo desperdicios. Recordaría siempre a la otra entrando intempestivamente, bochornando su intimidad, quitándole tanto velo de manera muy dolorosa e impactante. Llegó a pensar en ella sin pena alguna y se convenció de que si volviera a entrar la abrazaría muy fuerte y se pondría a llorar en su hombro las lágrimas azules que había escondido desde mucho tiempo atrás. 

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