Reminiscencias
Poco después, un día de verano, la mimada hermana de Guillermo, coquetamente vestida, como quien desea deslumbrar, abordaba en una góndola el vapor de Panamá.
No bien atracada aún la embarcación al costado del vapor, la graciosa limeña subía con pie seguro la resbaladiza escalera, húmeda con la niebla de la mañana, y se arrojaba en los brazos de su hermano, apartándose luego del fraternal abrazo para estrechar en su pecho, con arrebatos de pasión, a una bella joven, morena y pálida, pero que le era parecida con pasmosa semejanza.
La extranjera se entregaba a sus caricias con tierno abandono; mas ¿por qué a veces parecía distraída? ¿Por qué sus ojos, desviándose de la florida ribera, iban a buscar a lo lejos las azules siluetas de la cordillera?
— ¡Guillermo! —dijo al fin, cuando desembarcaban—. Yo he visto estas montañas. ¿Dónde? No lo sé.
—Sin duda fueron los Alpes —se adelantó a decir Matilde.
No, no son tan puros sus perfiles.
—Pues entonces serían los Pirineos —replicó la petulante niña, empeñada en lucir su geografía de colegio.
—Mucho menos. Sin embargo, mis pies han caminado por senderos agrestes como esos que serpentean en aquellas fragosas vertientes.
—Las has soñado, Amelia mía —le dijo Guillermo—, las has soñado en tu ardiente anhelo por América.
— ¡Soñar con cerros! —exclamó la aturdida muchacha con una mueca graciosa que hizo sonreír a Amelia—. Soñar con cerros, estando ahí nuestro hermoso Rímac, sus frescas alamedas, sus perfumados jardines... El mío es delicioso. Cubierto está de rosales, jazmines, chirimoyos, suches, aromos, y a su sombra encontrarás abiertas todas las flores de Europa, que yo misma he sembrado para ti... Dame la mano, Amelia, voy a hacerte los honores de nuestro suelo, y no quiero que te disloques un pie en las carcomidas gradas de nuestro embarcadero.
La bella forastera apenas la escuchaba. Abstraída por una extraña preocupación, ni siquiera se apercibió del rápido movimiento que la conducía, y los áridos campos y las frondosas arboledas pasaron ante sus ojos como los vapores fantásticos de un sueño.
En la estación de Lima los esperaba el coronel; y Guillermo puso a su esposa entre los brazos de su padre.
El coronel amaba apasionadamente a sus hijos y Amelia fue acogida con extrema ternura. Mas ¿por qué se estremeció al sentir aquel bigote cano tocar su frente? ¡Misterio!
Muy luego, riendo de su miedo pueril, respondía con un hermoso beso filial a las caricias del coronel, y apoyaba confiada la cabeza en su pecho cargado de cruces.
Y los días corrieron para Amelia bellos como los celajes de la aurora. Espíritu de percepción exquisita, nadie como ella saboreó las delicias de esta mágica vida de Lima, en que todo halaga al alma y los sentidos; en que todo, desde el cielo hasta el suelo, es aroma, luz y armonía.
Muchas veces corriendo con su hermana bajo la fronda de los jardines, se detenía de repente para beber en dobles aspiraciones el aura suave de nuestra atmósfera; aura deliciosa y letal que anima y agosta las más hermosas flores.
Llegó un día en que Amelia, pálida y enflaquecida, pedía en vano a la brisa el aire que le faltaba a su pecho, y en que los rayos ardientes del sol de enero no pudieron ya calentar su aniquilado cuerpo.
Entonces, los graves doctores, reunidos en torno al lecho de Amelia, acordaron, y esta vez profundamente consternados:
—Que lleven esta niña a la sierra; que haga una vida de completo reposo, que tome leche de cabras, que se distraiga, ¡y Dios dispondrá lo que sea de su agrado!
Y a la mañana siguiente, Amelia, acompañada de su esposo y de su suegro, marchaba a Jauja.
Seguíanlos Matilde y una numerosa comitiva de amigos que se agrupaban en torno suyo, con esa solicitud de la despedida que nos causa un placer tan doloroso.
Todos guardaban silencio, el silencio con que se acompaña a los que van a buscar la salud por el fatídico camino de Maravillas, que tantos suben y que tan pocos vuelven a bajar.
Al llegar a las colinas que empiezan a hacer incómoda la ruta, el coronel detuvo el caballo de su hija, y dijo saludando a sus amigos:
—Caballeros, el día declina y estamos ya lejos. ¡Hasta la vista! —Y luego añadió señalando a Matilde, y como para alegrar la triste solemnidad de la despedida—: He ahí esa dama que os confío. Requerid vuestras espadas para defenderla de los ladrones que infectan estas breñas.
Al oír aquellas palabras, Amelia se estremeció. En su mente surgió de súbito un extraño miraje, esa serie misteriosa de imágenes que, cual reflejos de la eternidad, aparecen de repente al espíritu, y brillan y se apagan con la luz y la rapidez del relámpago.
Matilde, al separarse de sus brazos, dijo llorando a los que la acompañaban: — ¡Amelia no volverá más! Amelia va a morir. Hay en su mirada una expresión extraña que nunca vi en ella.
En efecto, desde ese momento comenzó para Amelia una cadena interminable de alucinaciones.
Por momentos, allá en el horizonte de sus recuerdos, veía alzarse un mundo fantástico, imposible; y al fijarse en él su mirada, desaparecía para mostrarse de nuevo.
Otras veces eran extrañas intuiciones que le hacían decirse: "Detrás de aquella colina hay un gran caserío entre dos establos". Y subía la colina con el corazón palpitante, y al llegar a su cima, quedábase yerta de asombro, encontrando el caserío y los establos, tales como los había soñado su imaginación. Y entonces esforzábase en persuadirse de que todo lo que pasaba en ella desde que salió de Lima era solo una prolongada pesadilla; porque tenía miedo, miedo de que fuera el delirio mortal de la locura.
Hubo un momento en que, pálida y con el pecho oprimido de extraña congoja, pensó:
Allí, a la vuelta de un recodo, se abre una quebrada profunda. Fórmanla dos elevadas montañas que, alzándose perpendiculares, roban la vista del cielo. En su fondo mugen las aguas espumosas de una cascada. Y ahí, al torcer el recodo, apareció la sombría quebrada en cuyo fondo rueda el Rímac sus aguas, blancas aún con la espuma de la caída.
Y Amelia, presa de un terror indecible, paseaba en torno ansiosas miradas, buscando entre los trozos de roca diseminados en los bordes del camino algún objeto que desmintiera su fantasía.
De repente, pálida y temblorosa, se dijo:
"He allí la planta de doradas flores. Una niña las cogía y después lloraba, debatiéndose contra... ¿contra qué?... ¡Dios mío! ¡Hazme acordar de lo que era ese algo que causa el llanto de la niña!". Y sin saberlo, Amelia sollozaba amargamente. Su esposo y su padre la rodearon solícitos.
En ese momento, una figura extraña, una mujer envuelta en una manta negra, pálida como espectro, se alzó detrás de un peñasco gritando con lúgubre acento:
— ¿Quién llora aquí? Nadie ha llorado desde aquel día... —Y mirando de repente al coronel, exclamó arrojándose a él, y asiéndose a la brida de su caballo — : ¡Por fin te encuentro! Ladrón de honras, ladrón de niños, en vano te ocultas; en vano, para disfrazarte, has puesto nieve en tus cabellos; ¡te reconozco! Salteador galoneado, ¿qué hicisteis de mi hija?
—Es la ovejera loca de Huairos —gritaron los arrieros a tiempo que el coronel, dando espuelas a su caballo, se libertaba de aquel brusco ataque.
Pero la extraña aparición los siguió a lo lejos; y al trasponer las alturas, Amelia la veía siempre a la misma distancia, caminando en pos suyo con paso lento, pero continuo.
Mas cuando llegaban al tambo, en vano la buscaron sus ojos: había desaparecido.
Aquella noche Amelia, desvelada, como todos los enfermos del pecho, había dejado su cama, y se paseaba meditabunda a la luz del fuego, en la triste sala del tumbo. Guillermo y el coronel la acompañaban, y le preguntaban inquietos el motivo de su preocupación.
La pobre joven no podía decirlo; sin embargo, estaba poseída de espanto. Sentía moverse y como despertar en ella un nuevo ser, un ser medio borrado que se identificaba con su espíritu y palpitaba en su corazón.
Y entonces, palpábase con angustia, preguntándose si era quizá un alma en pena, que se acordaba de su pasada existencia.
La rojiza llama del hogar arrojaba sobre las desnudas paredes resplandores fantásticos que añadían nuevos grados a su exaltación.
De repente una mano cautelosa abrió lentamente la puerta, y un bulto negro se deslizó en el cuarto.
Era la aparición de la quebrada.
La loca paseó en torno su vaga mirada, cual si buscase a alguien; y luego avanzó hasta el hogar, silenciosa, rígida y solemne como una estatua; cogió un tizón ardiendo, y sirviéndose de él como de una antorcha, se puso a buscar por todos los rincones de la sala.
Entonces, Amelia y sus compañeros vieron a una mujer joven aún, pero horriblemente aniquilada. Hondas arrugas surcaban su rostro marchito, y sus ojos tenían esa mirada fija, y por decirlo así, aérea de los cadáveres.
A su vista, Amelia olvidó su preocupación, y conmovida hasta lo íntimo de su alma, se acercó a la demente, y le dijo con dulzura:
—¿Qué buscas ahí, pobrecita? Ven a reposar, te ruego, que es ya tarde y hace mucho frío.
—Busco al hombre galoneado —respondió ella sin mirar a Amelia, y siguió impasible su camino.
Pero Amelia cogió sus manos con cariñoso afán, atrájola en pos de sí, y la hizo sentar al lado del fuego.