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Ciro B. Ceballos

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Monografía

Sección 4

4 Capítulos

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Mis padres se enteraron de nuestro comercio y hubo en casa peloteras y disputas: que yo era una descarada y carecía de recato y educación porque había degradado mi clase hasta abajarme al nivel de un pobre hombre; mi progenitora se avergonzaba de haberme parido, y su maldición, el iracundo anatema, era lo que irremisiblemente me esperaba si persistía en tan depravadas inclinaciones.

Yo, encaprichada, respondía con imperturbable calma a todas las indirectas y a todas las argumentaciones:

—¡Lo quiero!

Me sentía feliz padeciendo por él. Fueron impotentes, amagos de castigos inquisitoriales, preparativos de un viaje, amenazas de abandonarme y la perspectiva de un porvenir que, según la irascible señora, estaba lleno de indigencias y arrepentimientos. Las argucias más hábiles se estrellaron ante el paladión de mi voluntad: intervino el juez, fui alojada en casa extraña mientras se tramitaban las fórmulas de ley, y a pesar de todos los obstáculos, y a pesar de todas las contrariedades… ¡me casé!

Realicé todas mis ambiciones: era rica, joven, hermosa, tiernamente amada… y… sin embargo… ¡la dicha, la mosca de oro que persiguen en su fiebre de egoísmo las almas que no se difunden, no aleaba aún por los tiestos de mi ventana…!

Mi padre no pudo resistir al dolor que mi elección 

le causó.

Jamás dejó de manifestar afecto a mi marido, nunca permitió que en su presencia mi madre se desmandara en sus estropicios, y como lo acostumbraba, me prodigó caricias y me regaló presentes lo mismo que en mis tiempos de muchacha soboncilla.

Pero de grueso que era se trocó en escuálido, de atlético y viril, en desmadejado y canijoso, de alegre y epigramático, en taciturno y solitario, de entusiasta y bravo, en indiferente y apocado…

Su cerebro se descompuso, perdiendo la habilidad y el atinado golpe de vista que tan notable lo hacían en los negocios: se metió en mil empresas descabelladas, y la megalomanía financiera que le dominaba fue causa de muchos y sucesivos descalabros, que, como era de esperarse, mermaron prontamente su capital: primero una compañía colonizadora, luego un yacimiento carbonífero, después no sé qué manantiales de aguas sulfurosas, y por último, minas de oro, monopolios de trigo, plantaciones de hule… bonos de la deuda… terrenos baldíos... ¡la ruina!

¡Pobre hombre! Después de sufrir un desastre buscaba consuelo en sus cuadros y en sus libros empolvados, olvidando por unas cuantas horas que la bancarrota llegaba destructora como un incendio y terrible como un mar que se desbordaba.

La fuga de un granuja que huyó, llevándose consigo una buena suma de dinero y documentos importantísimos, dio al traste con su cordura, y los primeros síntomas de la enajenación mental comenzaron a hacerse manifiestos.

Pretendía hacer un catálogo bibliográfico, y para procurarse datos gastaba en volúmenes todo el dinero que por sus manos pasaba: los bibliómanos, los bibliógrafos y los libreros lo robaron descaradamente. En un espacio de varios meses nuestro hogar se vio invadido por los especuladores y comerciantes de lance, ¡y ese inicuo vandalismo no acabó hasta que el anciano salió de la casa rumbo al manicomio!

Innúmeras ocasiones procuré contener su inaudita manía.

—No compres ya tantos libros, papacito, todos esos pillos que traen infolios te roban y explotan tu candidez… estás siendo víctima de un abuso repugnante…

—Déjame, chula, yo sé lo que hago.

—Mira que te engañan como a un niño…

—No lo creas.

—Si lo estoy palpando… has pagado ochenta duros 

por ese tomo inútil… ¿es justo?

—¡Un Ovidio, monina, un Ovidio!... y aquel con pasta de pergamino, que ves junto al tintero, es la historia de los incendiarios de bibliotecas, fueron… muchos… Omar… Amurates IV… Tito… León el Isáurico… Nerón… es una obra muy curiosa y me propongo comentarla…

Temiendo la inminente aproximación de un desastre económico, que necesariamente acabaría con las reducidas rentas que me quedaban, pedí consejo a miss Collins, pues mi madre no salía de la iglesia, y mi marido, por una delicadeza mal entendida, me había prohibido terminantemente que le hablase de los negocios atañederos a mi fortuna particular.

Mi desconsuelo fue muy grande. Parecía que todos los habitadores de aquella morada habían perdido los bártulos. La inglesa se negó a escuchar mi consulta. Andaba muy preocupada por no sé qué misteriosos asuntos. A la de alba se desencamaba: después de rapidísimo aseo tomaba asiento junto a su mesa de lecturas y escribía larguísimas cartas, pliegos alargados a manera de minutas de notario, cuadernos como folletos, notas copiadas de libros, cálculos algebraicos, figuras geométricas… ¡Qué sé yo! A las tres de la tarde tomaba un ligero alimento y se echaba a la calle, rumbo al correo, para enviar documentos y recabar su correspondencia, que cada día era más voluminosa. Aunque yo estaba muy acostumbrada a las extravagancias de la prójima, sus manías, cada vez más singulares, y la vida misteriosa y funambúlica a que se había dado, principiaron a preocuparme: temí que la ilustre dama se hallase en connivencia con gentes tenebrosas… anarquistas, conspiradores o fabricantes de moneda falsa… era capaz de eso y mucho más… Una tarde, aprovechando su ausencia, entré a su aposento, y sobre el famoso pupitre vi muchas cartas con los sobres dirigidos a… madame Jane Dieulafoy… miss Maud Gonne… comtesse de Mirabeau… madame Marguerite Poradowska… madame Alfred Vallette… mademoiselle Louise Michel… madame Mary Summer… El feminismo había acaparado todos los alientos de la señora… ¡menos mal!  Edmundo estaba siempre triste. Padecía una enfermedad sin nombre y su salud se arruinaba violentamente. Era un melancólico incurable. A mi lado siempre se mostraba huraño y tímido; mis más apasionadas carantoñas le hacían sonreír tristemente, y a mis preguntas de mujer enamorada sólo tenía contestaciones vagas.

—¿Por qué estás tan torvo, maridito?

—No tengo nada.

—Yo quisiera verte riente y endiablado como un chiquitín… pareces viejo.

—Es mi carácter.

—¿Vamos esta tarde al teatro?... Maggi no es un genio, pero tiene discreción… dan un drama de Henrik Ibsen… ha hecho furor en París… creo que te distraerás un poco… ¿mando comprar los billetes…?

—Si tú quieres.

—¿Digo que enganchen?... iremos al bosque… por el Parque de los Venados… donde nos conocimos… ¿Te acuerdas?...

—Donde gustes, menos allí.

—¡Dios mío!

—¿De qué te quejas Benedicta…?

—¡Yo… de nada!

Le adoraba, veíale siempre generoso y bueno, cada día engrandecerse y elevarse más a mis ojos… y alejarse… huir de mí. Cuando íbamos al panteón a depositar coronas sobre la lápida que en memoria de su madre se había erigido allí, lloraba mucho, y era tan grave la depresión moral consiguiente a esos accesos de sensibilidad, que frecuentemente después de visitar la ciudad de las tumbas, caía en cama.

Si dejaba de rociar con sus lágrimas las magnolias que florecían en aquel pedazo de tierra abandonada por el cadáver venerado, volvíase más pensativo y huraño, le acometían ataques epilépticos con aterradora intermitencia, y yo, acobardada, lo conducía de nuevo a esa huesa que me daba celos…

Su salud, cada día más quebrantada, hizo que trasladásemos nuestra residencia a una finca rural.

Cuando paseábamos por los campos, los arrendatarios nos saludaban con respeto y lástima a la vez; a fe que esa compasión tenía razón de ser: éramos dos juventudes aniquiladas por el sufrimiento y las enfermedades, una pareja desventurada, dos amantes desahuciados del placer, que veíamos a lo lejos abrirse una sepultura que, en nombre de no sé qué fuerza incógnita, pedía para la tierra el tributo de una vida.

Yo no era aquella mujer tan bella y celebrada que respondía con hechicera sonrisa a los intencionados piropos de sus devotos. Había sido radical la metamorfosis. Mis formas se exangüecían rápidamente, estaba mi rostro anguloso, ictérica mi piel, ásperos mis cabellos y mortecinas mis miradas. Las modistas no descansaban en la tarea de angostar mis vestidos; en mis sienes blanqueaban hilos de plata… y… arrugas… sí... arrugas tempraneras extendían muy hondos surcos por mi frente y por mis sienes… ¡Estaba vieja!

Una noche, Edmundo, que adormecía su calenturienta cabeza en mi regazo, levantose fieramente y habló como un sonámbulo:

—Comprendo que eres muy desgraciada, mi buena Benedicta, y el sufrimiento tuyo aumenta cada día el peso de la carga que me abruma… he sido malo… te arranqué de una vida de placeres para darte otra de lágrimas… no he logrado que seas feliz a pesar de haberte amado tanto… también hay otra mujer con la que yo fui verdaderamente infame… una huérfana que desde que éramos pequeños cifró en mí todas sus ambiciones juveniles… es Evangelina… la conoces tú… escucha, Benedicta mía… cuando yo muera… será pronto… buscarás a esa muchacha… la protegerás… la amarás, porque tienes con ella un débito de cariño… ¿Me lo prometes?

—Sí…

—¡Oh!... dilo muchas veces, repítelo a cada momento; que haga desaparecer la música de tu voz el ruido que me atormenta desde el día en que nos casamos… es así como si se me hubiese introducido un moscardón en cada oreja… tú eres una santa y no podrás nunca saber cuán severa e implacable es la conciencia… no me ha dejado dormir tranquilamente… ni una noche… ni una sola.

Llegó el doctor minutos después que le mandé llamar.

Observó a Edmundo con prolija atención, hizo preguntas lacónicas luego escribió nerviosamente una fórmula y salió de la habitación muy preocupado.

Había sido condiscípulo de mi esposo.

Al despedirse de mí noté que su mano temblaba ligeramente. Condújelo al salón principal, y ya convencida de que nadie nos oía:

—Dígame usted la verdad… se lo suplico.

—Ánimo, señora.

—¿Qué tiene…?

—Se está muriendo.

Quedé atónita. Las ideas se me escaparon. Suponía que el galeno me engañaba. No quería ver de cerca esa desgracia que se aproximaba, evocando con su aparición las injusticias que iba a imponerme la suerte, arrebatándome al hombre a quien con toda mi alma amé en la vida.

Conservo en la memoria, fotografiado con opacos colores, el lúgubre cuadro de aquella noche.

Una lamparita iluminando con mortecina claridad la alcoba. El silencio interrumpido sólo por los alaridos de los perros de las vecinas granjas. Un olor de farmacia difundido en la atmósfera viciada de la alcoba: el regimiento de redomas con diversas medicinas, alineado en batalla sobre el mármol de algún mueble… y la muerte, como verdugo que espera a un condenado… ¡haciendo guardia con su guadaña al hombro!

De repente, agitose el enfermo entre los cojines.

Desplomose entre las almohadas… y me abracé a un cadáver.

Pensé en Evangelina… ¿qué sería de ella?... había quedado abandonada; sin duda buscó trabajo, y no logrando obtenerlo, realizó el modesto mobiliario… acaso el lecho en que dormía… tal vez las ropas que cubrían su cuerpo macilento… luego… crecieron las mareas, llegó el instante de las luchas desesperadas, y aquella mujer indiferente a todo porque en su alma no quedaban ya ni momias de esperanzas, ante el espectáculo de su ruina y de sus creencias, desesperada de tantas bregas sin victoria y no teniendo ya objeto alguno que cambiar por dinero, diría como Fantine:

—¡Vendamos lo que hay!

Como al evocamiento de un conjuro, vi a mi lado a la infeliz en quien pensaba.

No era sueño.

Miss Jenny Collins la llevaba de la mano.

—Señorita Benedicta, ¡sé que ha muerto Edmundo y vengo a suplicar a usted que me permita besar su frente… amortajarlo... acompañarlo al camposanto…!

—¡Todo, amiga mía!

Nos abrazamos. La señorita Collins interrumpió nuestra expansión con brusquedad:

—Traigo noticias importantes.

—¿Qué ha ocurrido…?

—Su padre de usted ha muerto de parálisis ascendente en el hospital de San Hipólito, y en cuanto a su mamá, me encarga notificarle que ayer ha marchado para Italia en compañía del canónigo Alatriste para formar parte de una peregrinación que va a visitar al papa…

—Muy bien… Evangelina… ya estoy sola… usted será mi hermana… vivirá siempre a mi lado… ¿No es verdad?

—Sí…

—¿Y yo?...

—A Manchester… con sus bicicletas… sus biblias… sus libros… sus impertinencias… y sus majaderías… ¡Me tiene frita la sangre!...

—No me voy.

—Pretende una indemnización pecuniaria… bien… le doy todo lo que tengo.

—¡No!

—¿Entonces…?

—Quiero que me siga usted, que se asocie a la empresa que me preocupa y una sus energías a las mías para hacer el bien hasta donde nuestras fuerzas morales y nuestros materiales elementos lo consientan…

—No entiendo…

—Nosotras tres debemos fundar una colonia…

—¡Una colonia…!

Y se disparó con un discurso:

—Huyamos de las ciudades que corrompen, ya que vegetando en ellas no podemos hacer nada en pro de los desheredados; alejémonos de las metrópolis tremolando como lábaro redentorista, una bandera inmensa, lo suficientemente grande, para poder cobijar todos los padecimientos; lo suficientemente augusta, para poder enjugar todas las lágrimas; ¡lo suficientemente hermosa para poder sublimar todas las almas! Cultivemos la tierra que es proficua; hagamos vida primitiva y laboriosa, protestando de ese modo contra los errores y los crímenes de una civilización degradada por las más irremediables decrepitudes; dejemos de ser escarabajos de la montaña de estiércol, siquiera en nombre de millones de tejedores, cuyas madres, cuyas esposas, cuyos hijos perecen de frío en los suburbios; siquiera en nombre de los millones de mineros que mata la hulla; siquiera en nombre de los millones de tahoneros cuyas familias diezma el hambre; siquiera en nombre del proletariado, ¡en nombre del derecho al bienestar que desconocen los acaparadores que inicuamente explotan al trabajo!

Evangelina aplaudió jubilosamente:

—¡Tiene razón la señora!

Protesté con timidez:

—Esas ideas son bellas, sugestivas… ¡pero impracticables!

La evangelista respondió transfigurada:

—Cualquiera utopía, cuando entraña algún altruismo, no es locura.

—Usted propone la disgregación social, el repudiamiento de las leyes que rigen y unifican todas las agrupaciones de gentes, un desastre indescriptible y horrendo… ¡el caos, en fin!

—¡De la nada surgieron los mundos!

Y tornó a vociferar arrebatada por su demoledora elocuencia.

Accionaba exactamente como un leader en un meeting de antiesclavistas o demagogos, de esos que sudan sangre.

Algunas horas después, cuando la dama jadeante y medio muerta se dejó caer en los brazos de Evangelina, como abrumada por su elocuencia, yo ya estaba tan convencida como ella y la que después de haberme odiado, fue mi amiga más amada.

Al albear se levantó la arengadora, y señalando el horizonte, alumbrado tenuemente por el primer albor solar, se dirigió a la puerta:

“En marcha”.

Las tres, tomadas de las manos, echamos a caminar sin rumbo ni derrota, porque íbamos hacia el porvenir, a un mundo nuevo y preñado de esperanzas, para predicar el verbo futuro, y si preciso fuese, si las persecuciones y las injusticias nos orillaban a ello, a azuzar a la gleba a una lucha formidable, a una pelea rabiosa, que alumbrarían siniestramente las explosiones de las bombas que, acompañadas de las blasfemias de los dinamiteros, se elevarían como un gran grito estertoroso y trágico, sobre los escombros de una sociedad destruida por los furores del oprimido.

Entiendo que la historia de Benedicta no debe, propiamente, terminar aquí.

Creo que la novela interesante de ese espíritu tan sensitivo y superior, comienza a iniciarse en el punto en que fina la relación que he publicado.

Pero, por una deplorable desgracia, la curiosidad de los lectores no podrá quedar hoy satisfecha, pues el virtuoso varón que me facilitó los papeles, que indiscretamente lancé a la publicidad, abandonó no ha muchos días la vida terrena, quedando sus infolios y valiosos manuscritos en manos de cleriguillos simoniacos e incapaces de preocuparse por crónicas mundanas.

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2 horas 7 minutos

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