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Ciro B. Ceballos

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Monografía

Sección 3

4 Capítulos

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Ruidosa vocinglería estalló en la pieza contigua, e incontinenti apareció miss Jenny con el sombrero de fieltro colocado al revés y las ropas manchadas de lodo; tras ella, un pobre hombre con la cara ensangrentada, y después dos gendarmes de aspecto imbécil y lamentables uniformes.

Interrogó mi padre:

—¿Qué ocurre?

Todos hablaban a la vez. Los guardianes, con voz aguardentosa e insolentes ademanes se decían representantes de la ley; el herido pedía un médico y la señorita Collins se indignaba:

—¡Este país… no civilizado!...

Y contemplando su máquina rota, una bicicleta neoyorquina, de blandísimas llantas y niqueladas ruedas, aumentaba su cólera que, como la de Hércules, amenazaba no acabarse nunca. ¿La amagaban con cárcel y multas a ella?... ¡A una profesora con títulos de Londres, Cambridge y Boston…!

Se quejaría a su cónsul, el gobierno de su Graciosa Majestad reclamaría enérgicamente, y si sus notas no eran atendidas con prontitud, la primera escuadra del mundo, que se ha paseado en todos los mares para inmiscuirse en lo que no le importa, amenazaría los puertos mexicanos con las bocas de sus cañones… ¡y lloverían torpedos!

Las dificultades se arreglaron fácilmente. Mi papá encontró una buena oportunidad para ser magnánimo, y lo fue como un Gómez de Silva. El mal ferido se marchó a su casa con un buen rollo de billetes, la dómina londinense se calmó al serle ofrecida una bicicleta de triple valor que la inutilizada, y los repugnantes municipales se largaron también en vista de la pacífica resolución de aquel conflicto, que amenazaba ser internacional.

Cuando la calma se hizo, colgándome al brazo del banquero, díjele:

—Papaíto, decididamente me reconcilio con la diplomacia.

Volviose, admirado:

—¿Aceptas a Honorato?

—¡Qué ocurrencia!... a quien yo amo es a ti… a ti… diplomático insigne… con mi mamá fuiste de hierro como el príncipe Bismarck… con miss Jenny… de hule… como el santo padre.

—¡Bravo!

Bajamos lentamente la escalera: llegamos a una puerta con cristales esmerilados, sobre los que en letras negras estaban anunciadas las horas de despacho y los días de pago: estalló un beso en mi frente, y después, levantando mi falda en la parte delantera, torné a subir de nuevo por los marmóreos escalones…

Mi madre bajaba afianzándose al barandal. 

Le ofrecí mi brazo y fui ásperamente rechazada:

—¡Ya verás...!

—¡Mamá…!

—¡Voy a ver al padre Alatriste!

Luego, oí los herrados cascos de los caballos golpetear impacientemente las baldosas, la portezuela que se cerraba, el brinco del lacayo, el fuetazo del cochero y el resoplido de las bestias que con ruido de cadenas tiraban del carruaje y se lanzaban triunfantes y piafadoras a la calle.

Corrí al balcón.

El coche desaparecía en la esquina, y por la ventanilla no asomó, como de costumbre, la diestra de la anciana que agitaba su pañuelo blanco.

Quedé inmóvil, atónita, apesadumbrada…

Tuve miedo, pensé en el fraile que había oído mi confesión de niña, en el que por primera vez puso en mi boca el pan eucarístico, en el que me amenazó con el infierno y sus horrores, en el que me dijo que el mundo es malo, que la paz verdadera y definitiva sólo existe en el claustro y que el único amor indeficiente es el que sienten las monjas por el crucifijo de marfil, ¡por ese mártir ebúrneo que enclavado al madero deja correr la sangre de su costado para con ella lavar los pecados de las criaturas…!

Acostumbraba pasear todos los días por el bosque acompañada de miss Jenny, y después que caminábamos una hora, que se medía con el exactísimo cronómetro de la inglesa, descansábamos en un banco de los más solitarios.

Junto a nosotros estaba siempre un joven que leía.

Debía padecer terriblemente. Así lo revelaba su abatido aspecto, la sombra violácea que rodeaba sus negros ojos, la palidez anémica del rostro, el discreto descuido del tocado, y la sonrisa, aquel gesto infinitamente triste en el que leí después un poema doloroso.

Confieso que la primera vez que contemplé al misterioso desconocido me formé de él un juicio que en nada le favorecía, y dije a mi erudita compañera:

—Un estudiante que mira tanto las nubes estará mejor para aeronauta que para abogado, ingeniero o veterinario…

La ciclista me vio con sus límpidas pupilas, y después de una pausa prolongada respondió severamente:

—No lo crea usted, señorita, no todos los que ven las nubes sirven para aeronautas, ni todos los que leen estudian para veterinarios… señal de mala crianza es juzgar satíricamente a los que no conocemos bien.

—¡Es verdad!

Andábamos muy despacio, sin hablar, pensativas las dos, contemplando distraídamente las hojas que crujían bajo nuestra planta.

Cohibida mi censora por el mutismo mío y acaso por la inusitada acritud de su reprensión, reanudó la plática con infantil timidez.

—¿Se ha enfadado usted?

—¿Yo?... no, señora… no hay razón.

La sajona suspiró profundamente.

No sé por qué desde aquel día imaginé que el pasado de mi dama de compañía envolvía una elegiaca historia de amor, una novela sin ímpetus ni histerismos meridionales, un poema lánguido y lleno de rayos de luna como las baladas escandinavas, uno de esos episodios desabridos y grises que leen con romántico interés las ladies pudibundas y las quintañonas de perdurable y empedernida doncellez.

Desde entonces comencé a fijar mi atención en aquel mancebo: el primer día noté que tenía muy bellos ojos, al segundo admiré su rebelde cabellera, el tercero estudié sus facciones y después descubrí en sus modales una elegancia que contrastaba notablemente con su modesta indumentaria: se parecía a Beethoven.

Poco a poco se introdujo en mi corazón por no sé qué caminos misteriosos; hízome experimentar muchas sensaciones singulares; engendró ideas raras en mi mente; cuando lo veía sentía que algo parecido a una invasión de luz inundaba toda mi alma… lo amé castamente y con una ternura muy poética.

Me propuse hacer su retrato. Como todas las mujeres desocupadas, sabía bosquejar acuarelas, de esas que tienen en primer término una casita de pajiza techumbre y humeante chimeneílla; en segundo, una arboleda imaginaria y hacia el fondo un sol calumniado que pugna por ahogarse en un crepúsculo sangriento.

Dibujaba aceptablemente, y los colores aceitados eran menos rebeldes en mi imperita mano que los en agua diluidos.

La homonimia de Beethoven y mi hombre era tan completa, que me serví de un busto del eximio músico para obtener la copia que deseaba. Principié mi trabajo furtivamente, ocultándolo a todas las miradas y poniéndolo a salvo de todas las inquisiciones.

Desperdicié muchos lienzos, rompí colérica no sé cuántos bastidores, eché a perder botecillos de pintura, inutilicé paletas, espátulas y pinceles, ¡y hasta el caballete fue coceado en las crisis nerviosas que me acometían…!

Quería producir una concepción artística, y el convencimiento de mi impotencia me exasperaba.

Al fin, después de muchos infructuosos ensayos y prolijas enmendaduras, llegó a su término mi fatigosa tarea. No estaba del todo mal. El dibujo no carecía de belleza y fidelidad, honraba a mi maestro: la posición del retrato era elegante y natural, simpática la perspectiva, bien sombreada la lejanía, harmónicas las medidas… pero el color estaba muy lejos de satisfacerme, tenía suciedades cenagosas y tonos parecidos a los que adquieren las aguas estadizas en el periodo de su corrupción; en partes era muy vivo, en partes excesivamente descolorido; el contraste estaba rebuscado y hacía el efecto con una infelicidad tal, que a primera vista aquella testa parecía copiada de un cromo barato.

Aplicaba los últimos toques al embadurnado trapo cuando llegó mi padre al estudio.

—¿Qué piensas, mi Benedictina?

—¿De qué, papacillo?

—Vino el cura Alatriste, se apersonó conmigo, me espetó un patético sermón, habló de los deberes sociales, de mis herejías, de la humillación sufrida por tu mamá… ¡también de tu dicha futura… y tu porvenir!

—¿Y tú, qué le dijiste?

—Lo envié al demonio.

—Muy bien… ¿Qué te parece mi última obra?

Mi padre se preciaba de conocer pinturas e incunables.

Se aproximó al caballete y observó lo que había en él con esa meticulosa atención de las personas miopes.

—No está del todo mal… muchachita… pero… me parece que has retratado a una persona sin vida… es una cabeza trágica… patibularia…

Después de un minuto de meditar:

—¡Qué niña esta!... ¿Dónde has visto ese modelo?

Extendí mi brazo hacia el busto de Beethoven.

—Pues… se parece… y no… dijérase que has pintado el espectro de ese músico presuntuoso… y le has puesto bigotes… más color, niña, más color… cuando termines buscaremos un marco veneciano… Pellandini los tiene muy elegantes… hará buen efecto en mi galería de pinturas…

Un siniestro temblor sacudió todos mis miembros.

—¿Hablas seriamente, papá?

—¡Ya lo creo!

—¡Es decir que yo he pintado a ese hombre... muerto…!

—Así me parece a mí.

—No me lo digas…

Y sin poderme contener caí en sus brazos llorando amargamente.

Él me besaba en la frente, repitiendo:

—¡Presuntuosilla…!

Y para aplacar lo que creía mi enojo se remontó a las más elevadas esferas de la hipérbole:

—Lo colocaremos entre la Virgen de la silla que es admirable y la copia de la creación de Burne-Jones…13 Si no te gusta allí… lo colgaremos… frente al original de Denner que poseo…14 ¡Treinta mil francos, criatura!... y lo compré barato porque el vendedor era un imbécil… ¡Qué admirable trabajador era ese artista!... ¡Nada se escapaba a su observación!... Tu obra está hecha con talento, pero no es perfecta ni podría serlo, pues a un ensayo sólo puede exigírsele el diletantismo bien comprendido; sin embargo, me gusta, me gusta… esa faz lívida que parece brotar de los negros… hace buen efecto… así es el procedimiento de Carrière… los retratos de Paul Verlaine, Edmond de Goncourt y Alphonse Daudet, hechos por él, son muy hermosos.

Prometí a mi papá otra cosa mejor, y abusando de su cariño contrarié su propósito llevando a mi alcoba el objeto disputado.

¡Dios mío! ¡Cuántas veces lo besé! ¡Qué impúdicas revelaciones eróticas le hice en voz muy baja! En las noches, al correr los pabellones del lecho, acometíanme pudores de recién casada, parecía que las pupilas del retrato observaban con pecaminosa insistencia mis movimientos y cuando el sueño llovía mi pensamiento con sus partículas de oro, sentía junto a mi rostro un aliento ardoroso y escuchaba ternezas a la vez que unos labios se tendían hacia mi anhelante boca para desflorar allí sus besos… sentía su bigote, su bigote negro, posarse en mi belfo como las alas tendidas de una mariposa negra que se prendiera en el cáliz de una flor de granado…

Al despertar hallaba el tálamo en desorden, y a él, mi bien amado, lo veía lejos, a millones de leguas, como los mundos que brillan en el cielo…

Entonces mi alma se llenaba de noche: apuñaleábala el sufrimiento con implacable rabia y me llegaba el cansancio de la vida, ese amargo desamor que engendra el hastío y sigue siempre a los hondos padeceres.

Y se amontonaban en mi cerebro, como alados fantasmas, las conjeturas:

¿Qué dirá de mí?... ¿Le parezco bella?... ¿elegante?… ¿distinguida?... ¿Creerá que tengo talento?... ¿Le inspiro interés?... ¿curiosidad estúpida?... ¿amor profundo?... ¡No me quiere…! Si así fuese adivinaría lo que dicen mis miradas… seguiría mis pasos, ¡comprendiendo que le estoy predestinada…! ¿Y por qué he de creer que es malo cuando acaso sufre más que yo?... Además, parece pobre… y... naturalmente… ¡mi lujo y mis coches lo intimidan!... ¡Qué desgracia ser rica!... ¡Si yo fuese una humilde muchacha sería fácilmente dichosa!

Creo que mis facultades mentales padecían.

Sentíame débil: perdí el apetito, y la histeria se declaró muy luego por medio de obsesiones y melancolías. Los médicos hablaron de baños termales y pobreza en los glóbulos sanguíneos, pretendiendo curar mi mal con frascos de emulsiones, vinos ferruginosos y duchas de alta presión. Ignoraban que había bebido un filtro mágico, ¡y mi hechizo únicamente podrían curarlo las caricias de aquel que no llegaba!...

Un día cualquiera en el momento de salir, fui a buscar a mi costurera para que arreglase un pliegue de mi enagua, y encontré que había sido separada de la casa.

Esa noticia me agradó mucho: la mujerona que a mi servicio estaba era bachillera, viciosa, ladrona y murmuradora.

Después hallé en el costurero a la sustituta: una muchacha vestida pobremente; que escuchó con los ojos bajos las instrucciones que respecto a sus cotidianas labores le di:

—Aquí tiene usted mis llaves: la de metal sirve para las chapas de los guardarropas; la grande corresponde a la cerradura de la alcobita; esa niquelada y plana que tiene unos piquitos en la punta, es la del tocador, ya sabe, la pieza del espejo grande; tendrá que ver diariamente mi ropa para que esté siempre en buen estado; los sombreros serán guardados en sus cajas, los guantes se limpian muy bien... la señorita Jenny le enseñará el procedimiento… los zapatos se colocan en la cómoda de cajones… deben conservarse perfectamente aviados… cuando haya desperfecto en ellos hay que avisar al almacén para que provean de nuevo… allí tienen mi forma… este llavín de plata es el del alhajero… lo conocerá sin gran trabajo… una caja de palo negro con incrustaciones… las perlas y los diamantes se lavan con amoniaco… lo de oro con agua y unos polvos especiales que hallará en la casa de Wiener… creo que eso es todo por ahora… ¡ah!... le recomiendo que todas las mañanas mande comprar rosas blancas, y cuando no haya rosas, violetas… se ponen en el mueble de peinar… ya sabe.

—Muy bien.

—Ningún criado tiene que ver con usted… ¡Está exclusivamente a mis órdenes… cuidará mucho al gato!...

—Sí, señorita.

Como estaba enamorada, me hallaba en el periodo más optimista de la vida, en ese ciclo psicológico en que todo lo bueno que hay en el humano ser se desborda en corrientes de altruismo y no queremos que haya pesadumbres en torno nuestro, porque tenemos una moneda de valor para el mendigo, un consuelo para el afligido, una lágrima para el huerfanillo y una tolerancia inagotable para todas las miserias…

Sentía hacia la joven muy vivas simpatías.

Favorecila en cuanto pude. Me infundían religioso respeto la austera sencillez de sus costumbres y su modestia tan sincera, aquella humildad de mujer resignada a todo, que la elevaba a tan gran altura sobre mí; hablaba poco, nada más lo indispensable para contestar a las interrogaciones que se le hacían, su voz tenía sonoras modulaciones, creeríase arpa eolia pulsada por los dedos de un poeta, sonreía tristemente y siempre ocultaba los ojos tras el fleco sedeño de sus arremangadas pestañas.

Confieso que la blancura de su piel, su vestidillo de poco costo, el pañolón de burda lana que cubría sus hombros, la encarnada mascadilla que ataba a su cuello, hacían de ella un tipo interesante.

Adiviné muy pronto su pobreza, una indigencia sobrellevada sin desesperación ni desalientos; en su impasible calma comprendí un corazón enérgico y casi varonil, que luchaba por la piltrafa con la augusta perseverancia de las almas superiores, y muchas ocasiones, al comparar mis rubios cabellos con los negrísimos de Evangelina, sentí en mi pecho el áspid de la envidia, esa culebra ponzoñosa que nos impide admirar las cualidades que otros tienen.

Un día le pregunté la causa de esa morriña que la consumía, y contestó, clavando en los míos sus grandes y flamescentes ojos:

—No me entristece la miseria, me aflige la soledad.

—¿No tiene usted padres, parientes, amigos, novio?

—Nada.

—¿Ningún afecto?... ¡Es increíble!

—¿Verdad que es muy triste vivir entre muchas gentes y no estar ligada a ninguna por vínculos de ternura?

—Ciertamente. Pero usted es joven… podría, sin trabajo, encontrar un buen marido.

—¿Casarme?... eso no… ¿para qué?... los hombres son malos.

—No lo crea usted, el mundo no es tan perverso como lo imaginan los que se sienten abrumados por el peso de un padecimiento: habrá muchas espinas en la estepa de la vida, la ingratitud nos hará desfallecer en muchos instantes crueles, los odios gratuitos nos atacarán rudamente en las encrucijadas; pero siempre pasarán a nuestro lado gentes buenas, gentes piadosas que nos tenderán la mano para impedir que maldigamos al destino, que es el dedo de la fuerza universal y nos impulsa a un fin que nuestra inteligencia no podrá abarcar por mucho que especule…

—¿Será cierto?...

Otras veces hablábamos familiarmente, como dos hermanas que hubiesen vivido un luengo lapso de tiempo separadas:

—Verá usted, señorita, las tagarninas son de muy difícil manufactura, el uso de las tijeras lastima los metacarpos, el cuchillo hiere las puntas de los dedos, la espalda se encorva y los dolores de nuca son terribles… luego el hedor del tabaco… un minuto es agradable, a la hora, repugna, a los quince días, enerva, al año, comienza a matar: también fui pitillera; la uña de lata estropea la piel y en el invierno salen sabañones… y después la compañía… gentecilla de barrio bajo, de malas costumbres y aficionada a mortificar a las decentes… porque yo no soy una cualquiera… mi madre fue dama de honor de doña Carlota… y mi padre tenía un gran empleo en palacio... chambelán… figúrese usted.

Un domingo fue Evangelina a mi alcoba por algún objeto, y al ver el retrato que yo había hecho, interrogome con angustia:

—¿Quién es?

—No lo sé… esta pintura me la obsequió mi papá… ¿por qué me hace usted esa pregunta...?

Guardó silencio largo tiempo y habló después, recalcando sus palabras:

—¿Da usted importancia a ese retrato?

—Ninguna absolutamente.

—Entonces… démelo… ¡para mí es la dicha!

No supe qué responder, y ella, aprovechando mi atrojamiento, gritó rabiosamente:

—Pues si no me lo da, lo tomo.

Descolgó el objeto de la disputa, y salió de allí dejándome admirada.

Instantes después llegó miss Collins hecha un brazo de mar.

—¡Oh! Querida amiga, he tropezado en la escalera con esa pobre muchacha, y me ha lastimado su dolor… mientras más estudio a usted más me convenzo de que carece de sensibilidad y no tiene interés por los pobres… le voy a traer algunos libros buenos para que modifique un poco sus ideas… es necesario saber que la vida no es amable para todos.

Cuando volví a ver a mi desconocido, dominando mi emoción le sonreí cariñosamente: quedose alelado ante mi atrevimiento, y observando yo que no seguía mis pasos, descalceme un guante y al disimulo le llamé: estaba decidida a todo, hasta a defraudarme en el concepto que de mi recato se formase.

El homenaje de aquel hombre era necesario para mi tranquilidad, me apoderaba de él ejerciendo mi derecho de hembra; si la costumbre, la conveniencia o la ley me condenaban, la naturaleza me absolvía… era mío… y nadie debía perturbar las concomitancias que hermanaban nuestros corazones.

Lo demás fue fácil. La primera carta y también la respuesta consiguiente, ese prólogo perennemente vulgar que se repite en casi todos los dramas sentimentales; después un noviazgo epistolar con sus puntas de romanticismo, los temores a la materna policía, flores con el perfume de su amor en mis cabellos, un canje de fotografías, y tantas y tantas bagatelas de esas que a pesar de su trivialidad pueden eslabonar dos almas para amalgamarlas luego perdurablemente.

Recuerdo las escenas que con rapidez de melodrama se fueron sucediendo.

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2 horas 7 minutos

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