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Ciro B. Ceballos

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Monografía

Sección 2

4 Capítulos

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Terminado el superficial aprendizaje que mis maestras llamaron con singular enfatismo, brillante educación, iniciose en mi ser una violenta metamorfosis. Padecí insomnios, y cualquier niñería excitaba mis nervios provocándome intempestivas explosiones de lágrimas o de risa: afinose mi sensibilidad haciendo vibrar mi organismo a la más leve conmoción: el espejo me causó pavuras, despertó en mí a otra mujer que dormía soñando en no sé qué diabólicas epifanías, me hizo amar los crepúsculos encandecidos, las notas tremulantes de mi piano, los versos elegiacos, los niños rubios, las tardes grises… y también las novelas… ¡Los libros que leí arrancaron un acorde estridente a mi espíritu trastornado!, cristalizaron un idealismo inefable, robando a mi corazón esa nota sentimental y tierna que se pierde siempre en lo vago con el primer suspiro, que al exhalarse evoca el recuerdo de un varón; el hombre brotó en mi mente íntegro y triunfal, dueño y poseedor de todos los sortilegios de Satán, fue el fantasma obsesor de mis anémicas divagaciones, el objeto de mis pensamientos, la causa directa de mis goces y mis torturas, mi confidente, mi enemigo y atormentador…

Me absorbía y me mistificaba: su voz vibraba en mis oídos invitándome a pecar; lo olfateaba, presa mi alma de una dolorosa y punzante voluptuosidad, hería de continuo mis sentidos para elevarlos y quintaesenciarlos hasta la última potencia, estaba en el cielo, en la tierra y en todo lugar. Cuando en casa, alguna señora mayor pronunciaba palabras que yo no entendiese, o bien que entendiese demasiado, sentía el rubor quemar mi rostro y cometía las más imperdonables incorrecciones. Al suponer que un individuo del sexo contrario pudiese ver el nacimiento de mi cuello, la punta de mis choclos o el arranque de mi brazo emergiendo entre la espuma de los encajes, temblaba, acometida por una turbación que no he podido saber aún si era producida por la cólera, el miedo o la alegría.

Fui a los teatros y tuve éxito.

Al aparecer contra las exigencias del recato, y en obediencia a las de la moda, con los brazos y el seno desnudos, en el palco que por derecho de abono pertenecía a mi familia, notaba que, incontinenti, una batería de gemelos me asestaba fuego graneado de miradas.

Tras de aquellas máquinas agresoras veía cráneos de todas clases y conformaciones: desde el de mono cinocéfalo, hasta el ejemplar más perfecto de la raza caucásica: ¡caprichosos peinados, cabelleras encrespadas, inicuas calvicies, rizadas pelucas, orejas pollinezcas y occipucios amarfilados y limpios como bolas de billar…!

Al principio aquella curiosidad me mortificó, después fueme indiferente, y por último, llegó a complacerme tanto, hasta recibir la observación de esos impertinentes que me desnudaban mentalmente, con la cínica imperturbabilidad de las beldades que están seguras de exhibir un pecho auténtico y de morbideces esculturales.

Con irritante frecuencia llegaban a nuestro lado caballeritos cursimente acicalados, que de todo hablaban, expectoraban más patochadas que un cura de aldea, y contra todas las conveniencias, pretendían elogiar mi hermosura usando símiles e hipérboles pedestres. Ese lado tonto y desabrido de la vida social, me atormentaba, llegó a serme odioso sobre toda ponderación, y nunca en los lugares públicos hice esfuerzo alguno para disimular el hastío que me causaba. Los espectáculos jamás llegaron a entretenerme: las malas óperas me ponían muy nerviosa, los dramas adulterinos me producían dolores de cabeza y las zarzuelas pornográficas me daban asco.

Infinitas veces, al subir al cabriolé, dijo mi madre muy colérica:

“Estás insoportable; dijérase que eres una pequeña salvaje o has nacido en Java… decididamente te empeñas en mortificar a todos y en poner a tus padres en ridículo”.

Al llegar al hogar, pretextando fatiga, me encerraba en la alcoba y gemía mucho. Entonces, el augusto silencio de la noche era rasguñado por la voz agria de miss Collins que, caladas las gafas, leía al poeta de Putney Hill.

Mis tristezas se desvanecían como por encanto al escuchar a la buena inglesa en cuya alma simple no se efectuaron nunca las tormentas que en tantas vigilias torturaron la mía.

Varios idilios de amor que vi en los melodramas y operetas a que tan de mala gana concurría me hicieron pensar muy seriamente en el ceguezuelo: las ideas que por aquella época me sugirió el ocioso querubín fueron incoloras, abstractas y anodinas casi, carecían de una determinación positiva y real, fueron algo semejante a nebulosas y fantasmagóricas clarividencias…

En un invierno se anunció rumbosamente cierto gran sarao que en obsequio a sus amigos iban a dar los esposos Valdivieso con motivo de su retorno al país después de una excursión de placer por casi toda Europa.

Cuando en México, en esa feria de lo cursi que los cronistas domingueros han dado en la flor de llamar sociedad de gran tono, es anunciada una reunión de tal naturaleza, pierde su tranquilidad de boa repleta toda esa burguesía que a sí propia, y sólo porque ha acumulado unas cuantas talegas, se intitula pomposamente aristocracia.

Y por cierto que es muy cómica la minúscula agrupación que aspira a conservar intactos los ideales y preceptos nobiliarios que tan por abajo andan en esta tierra: las poquísimas familias que ostentan títulos y de nobles hacen blasón y alarde, han permitido de buena voluntad y sin manifestar rebelión alguna, que sean injuriados sus gules y motes por las botas ensangrentadas de los bandidos de la República.

El señor Valdivieso era respetado por todos: alternaba con personas de viso, debido únicamente a los millones que había amontonado en el comercio de animales inmundos, a sus concesiones ferrocarrileras y a sus minas de cinabrio.

Confieso que al notificarme mi mamá que había sido particularmente invitada a la fiesta, no me hizo la nueva ni tantita gracia. En mi sentir, el baile es sólo un pretexto para que los hombres falten al respeto debido a las señoras: al compás de la música debemos consentir que el compañero zarandee a su antojo nuestro cuerpo, enseñar de él más de lo permitido por la decencia, dejarnos estrechar el talle y la mano, exhibir nuestras carnes con natural o aparente coquetería, enlazarnos en libidinoso abrazo para beber el aliento del valsador, que muchas veces no es agradable; tolerar que aproxime su rostro al nuestro hasta molestarlo con la barba, y por último, escuchar los consabidos juramentos de un galanteador grosero; porque todas esas homilías que cantan los hombres entre los brincos del vals, son la directa e inminente consecuencia del coñac libado o el fruto de alguna excitación bestial.

El baile ha degenerado tanto y se ha prostituido de tal modo, que hoy, como en los tiempos de Mesalina, se hace necesario un Claudio que mande degollar a los bailantes.

Yo creo firmemente que toda hembra a quien deleita esa farsa, en la que resulta defraudado nuestro sexo, se estima en muy poco, o es muy fea, o muy tonta, o muy coqueta. Mi traje fue confeccionado con sobriedad y elegancia: formábalo vaporosa falda de crespón blanco adornada con punto de Aleçon, y un corpiño muy corto guarnecido de encajes: la peinadora me presentó varios modelos, más o menos complicados y vistosos: yo preferí a todos el prerrafaelista:10 no consentí en que colocasen adornos en mis brazos, y por complacencia, y sólo a las tenaces instancias de miss Jenny, llevé un hilo de perlas brunas, ajustado cuidadosamente al cuello. Mi madre declaró que el tocado era elegantísimo, y mi buen papá, después de prender una crisantema en mi seno, pescó al vuelo una de mis manos, exclamando entusiasmado:

“¡Estás muy linda!”.

Después de cubrirnos cuidadosamente con los abrigos subimos al carruaje, que echó a correr rumbo a la morada de los Valdivieso.

Yo iba triste, profundamente triste, como si me condujeran al patíbulo; repantigada en un rincón veía las calles embargada por una sabrosa taciturnidad; todo me conmovía: los goterones que caían sobre el piso artificial, manchándolo, los transeúntes que desfilaban a paso tardo o veloz, el haraposo voceador de periódicos, la muchacha prostituida, el castañero que arrebujado en su manta pregonaba con cavernosa voz la mercancía, el disco de luz verde esmeralda o de un rojo brutal que reverberaba en los escaparates de la farmacia, la mano gigantesca que salía de la puerta del guantero, proyectando su sombra colosal sobre el asfalto, las letras doradas de una tienda de lencería o las vitrinas de colores de la cantina yankee…

La avenida del barrio nuevo donde habitaban nuestros invitadores, se hallaba totalmente ocupada por coches y curiosos.

Como la noche era oscura, las siluetas negras e informes de los vehículos simulaban compacto ejército de cocuyos, visto a través de una lente de mil diámetros, pues los encendidos faroles imitaban perfectamente las fosforescentes pupilas de esos animales...

En los salones causó mi presencia un movimiento de asombro.

Un joven de aspecto enfermizo y con fisonomía de caballo corredor, que hablaba con un vejete amojamado y cubierto de condecoraciones, al verme, dijo a su amigo con entusiasmo:

“¡Qué bonita es!”.

Aquel madrigal tan simple y tan ingenuo me produjo una impresión muy fuerte.

Había selecta concurrencia.

Diplomáticos que paseaban sus fracs bordados de laureles; mujeres de todas las edades, de todas las reputaciones y de todos los volúmenes; pisaverdes que a cada momento recomponían sus casacas confeccionadas por Cheuvreuil o Duvernard; militares sin cruces y generalotes abrumados por ellas; viejos negociantes y políticos hipócritas; banqueros alemanes, contratistas ingleses, poetas, novelistas, tribunos, gomosos… ¡y académicos!

Decididamente los señores Valdivieso sabían hacer las cosas bien.

Allí se encontraban amalgamados y sin que resultara de mal tono la mezcolanza, los elementos más disímbolos: el pensante, el holgante, el especulante y el peleante.

¡Me mareaba tanta gente!

Separose mi padre de nuestro lado y fuese a compartir, discutiendo el tipo de cambio o las políticas de la Sublime Puerta, con unos ancianos de barbas proféticas, modales teatrales y testas emplastecidas por tinturas y tricóferos.

Mi madre me condujo al lado de la dueña de la casa, haciendo mi presentación con solemnes mímicas y exageradas cortesanías.

—Mi hija Benedicta.

—¡Adorable criatura!

Y sus brazos, secos y enguantados, estrecharon afectuosamente mi busto.

—¿Qué edad tiene usted, señorita?

—Dieciocho años...

—Honorato tiene veinte.

Era la de Valdivieso una viejecita de verba encantadora: tenía pupilas negras aún no amortecidas por esa opacidad que la vejez, como anuncio de la muerte, pone en los ojos de los viejos; sus facciones, acentuadas por la demacración, habían adquirido una severidad imponente; vestía con lujo severo y era una de esas damas que en sociedad se hacen perdonar los achaques de la senectud porque poseen la gracia del talento, esa hermosura que avasalla siempre y no envejece nunca.

Se habló mucho de nada: los sombreros llegados de París, las telas acumuladas en los anaqueles de Bayonne, el reciente atentado anarquista o el suicidio de un joven romántico... que abundan todavía.

En menos de cinco minutos nos vimos rodeadas por un enjambre de caballeretes, que haciendo caravanas solicitaban mi etiqueta para apuntar su nombre allí.

Aquellos efebos, entre los cuales descollaba uno que parecía beduino, me fastidiaron tanto, que por no verme al lado de ellos declaré rotundamente mi propósito de no bailar, aunque procediendo de ese modo faltase a las más rudimentarias fórmulas de la buena crianza.

Preludiaban los filarmónicos el primer rigodón, cuando el señor Valdivieso, precediendo a un caballero, se aproximó a nosotras y después de las fórmulas que son moneda corriente en los salones, me presentó a su hijo en la persona del que le acompañaba.

Era éste un joven de agradable figura: usaba ligero bigote, erizado en las puntas, sus cabellos oscuros estaban prolijamente alisados por el cepillo y brillaban en la luz con reflejos charolados; tenía los ojos verdes y altivos, fuertes las manos y el cutis pronunciadamente meridional.

Después de prodigarme frases de aquellas que por su inofensiva galantería pueden decirse en todas partes y a cualquier mujer, propuso que bailásemos.

Yo acepté, temblando de vergüenza.

Durante la fiesta no se separó un momento de mí, ni se ocupó de otra mujer que yo no fuese: díjome todas las palabras amables que puede decir un hombre de talento a una dama elegante y culta; simpatizome tanto, que cuando yo no oía o mal entendía sus conceptos, le suplicaba que los repitiese, aunque sintiera afluir la sangre a mi rostro…

Aquella noche velé pensando en él.

Nuestras relaciones con los esposos Valdivieso, enfriadas por no sé qué desavenencias financieras entre mi padre y el de Honorato, tornaron a reanudarse con mayor intimidad que nunca.

Menudearon por ambas partes obsequios y visitas; en las últimas siempre se apersonaba conmigo el heredero de nuestros amigos, y derechamente y sin disimulos de ninguna especie procuraba distinguirme con sus más delicadas atenciones: me hacía solemnemente la corte. Como de mío soy arisca y testaruda, al frecuentar su trato procuré conocerle bien, entre otras muchas razones, porque comprendí que estaba a punto de prendarme de él.

Era un caballero, poseía sólida y vasta instrucción: había leído mucho, adquiriendo por medio de las lecturas un gusto artístico, refinado hasta lo increíble; era bueno, no por virtud, sino porque juzgaba el vicio feo; entendía la música y la pintura, hablaba idiomas, traducía a Horacio y a Baudelaire, jugaba al billar con admirable elegancia, era capaz de escupir a un prócer y dejarse abofetear por un mendigo; ante los débiles, era débil, ante los orgullosos, era un monstruo: lo vi muchas veces usar de la ironía como de un látigo y con ella castigar en la faz a los soberbios; ningún pretendiente como él tan digno de ser amado, ninguno como él capaz de amar… sin embargo… era de hielo.

Me cortejaba con exquisito tacto: sus pláticas eran pirotecnias en mi honor; para las demás hembras guardaba las galanterías como Harpagon sus tesoros, y ante mí derrochaba la gracia y el ingenio cual Buckingham sus perlas;11 nunca abusó de mi rubor ni se me echó encima con esas manifestaciones perrunamente fogosas, que ponen en caricatura al enamorado, y aunque no lo sea, hacen tonta a la mujer.

Y… a medida que le trataba y crecía mi devoción por sus cualidades, más lejos sentía del suyo mi corazón. Comprendí que sus madrigales envolvían siempre algún sarcasmo, no de otra suerte que entre corolas de velumbios puede un escorpión hallarse oculto: en su vida yo no significaba nada; me había elegido entre las demás por parecerle más bella y menos insustancial, mas no obedeciendo al instintivo y tierno impulso del que busca en la novia el objeto de un cariño sereno y perdurable. No me amaba, y me atrevo a asegurar que nunca había querido a nadie, porque pertenecía a esos terribles hombres del siglo que por el análisis lo han eliminado todo; además, desde muy pequeño viajó encomendado a la tutela de poco escrupulosos tutores, para educarse, y también para perder el amor a los suyos: Múnich con sus edificios de fachadas escalonadas y cubiertas de pinturas; Roma con su historia, su pontífice blanco y sus museos; París con sus lujos y sus libertinajes; España con sus corridas de toros, su linajuda nobleza y sus chisperos; Grecia con sus ruinas; Inglaterra con sus escuadras, y Nueva York con sus prodigios de electricidad, desarrollaron en su inteligencia el amor al cosmopolitismo, ampliándolo hasta el extremo de hacerle romper las fronteras de todo, hasta obligarle a desconocer los derechos del alma, los de la religión, los de la patria y los del egoísmo…

Profesaba un severo culto a la verdad, y siempre la imponía sobre todas las argumentaciones, con un desprecio inaudito al idealismo, con una impasibilidad marmórea, con una punzante y venenosa ironía; había en sus ideas horrorosos ateísmos, y al exponerlas usaba símiles y paradojas que acobardaban al más valiente por sus amarguísimas y lógicas conclusiones.

Su presencia llegó a producirme pavores; me veía tan pequeñita y tan insignificante a su lado, que pensar en quererle me parecía una insensatez...

Cierta mañana, al dirigirme a mi alcoba, mis papás siguieron mis pasos; y mi mamá, al llegar yo al aposento, dejándose caer sobre un mueble, habló:

—Benedicta: tienes diecinueve años y es necesario que pienses muy seriamente en el matrimonio, pues no has de quedar soltera toda la vida; tu educación y la fortuna que aportarás al que sea tu esposo, te dan derecho a aspirar a un hombre digno; hoy, creo que ha llegado el momento en que una determinación tuya sea la decisión de tu suerte en toda la vida: los señores Valdivieso han venido a pedirnos tu mano para su hijo: inútil creemos hacer resaltar a tus ojos las prendas que adornan al que consideramos como tu prometido…

Mi padre, un tanto embarazado, pues nunca fue una potencia en eso de los discursos, frotando la cadenilla del reloj y afirmando sus gruesos espejuelos en la ternilla, interrumpió a su consorte:

—Veinticinco años, poco más o menos, hermosa presencia y admirable cultura, inteligencia clara y perfectamente cultivada, agregado a una legación, un joven, en fin, de brillantísimo porvenir; sigue la carrera diplomática y seguramente en la edad madura le veremos representar a su país ante una potencia europea: hija mía, creo que muy difícilmente logrará nuestra familia contraer una alianza más ventajosa…

Admirado de su elocuencia, sintiéndose con bríos para continuar, carraspeaba, arrugando el níveo y resplandeciente chaleco entre las manos.

—¿Quieren ustedes que me case?

—Naturalmente —respondió mi madre.

—Entonces… obedeceré.

Mi papaíto tornó a tomar la palabra y haciendo gesticulaciones y movimientos de orador sagrado:

—Hija mía, mi buena Benedicta, nosotros sólo deseamos tu felicidad; si ella estriba en el proyectado casamiento, nos complaceremos; pero si el pretendiente no es de tu gusto o tienes otro cariño… entonces no hemos dicho nada.

Arrojeme a los brazos del buen viejo:

—No me quiero casar, me carga la diplomacia y los que representan a su patria en China o en Babilonia…

El aguerrido negociante se emocionó: su mano regordeta acarició mi cabeza con amor, sus ojos se empaparon en lágrimas, y al buscar mi frente con su boca afeitada y limpia, repetía:

—Lo que tú quieras, niña.

Mi mamá se levantó con aspecto de pantera; fue a la puerta que se hallaba abierta, cerrola dando una vuelta al picaporte, luego echó a rodar el primer mueble que hubo a mano y volviendo hacia nosotros:

—¡Ya estamos solos!... ahora tú, masón, liberalote, me vas a oír, y tú, mosca muerta, hipocritona, también me vas a oír y me vas a obedecer, comprendes, ¡me vas a obedecer, a obedecer… a obedecer…!

—¡Pero mujer…! ¡No te conozco!

—¡Ya lo creo que no me conoces!

—Cálmate, estás vociferando mucho… se enterarán 

los criados… es penoso.

—¡Que se enteren!... de que aquí sólo yo mando, de que no hay más voluntad que la mía, de que Benedicta es una muchacha voluntariosa, ¡y tú… tú!…

Buscaba el vocablo más injuriante para herir con él la faz de su marido.

—Querida, estás muy excitada… que preparen una taza de tila…

—Eres un ladrón… por ti expulsaron a las monjitas… expropiaste un terreno que pertenecía al curato del padre Alatriste… calumniaste al señor Arzobispo en esos periódicos herejes que serán quemados el día del juicio… ¡tú!… ¡tú!...

—¡Pero mamá!

Virando hacia mí:

—El mes que entra te casarás con Honorato, señorita melindres, sin chistar, obedientita como una hija bien nacida, porque si no… ¡si no…!

Caí al suelo.

Una bofetada certeramente aplicada por la irascible señora, inflamaba una de mis pupilas, provocando a la vez abundante hemorragia de sangre por mis fosas nasales.

Entonces ocurrió algo extraordinario.

Mi papá, aquel hombre excesivamente tolerante, ese señor perennemente bondadoso, en cuyos amorosos labios había siempre una sonrisa benévola y acogedora, se levantó soberbio, como gladiador que se siente herido por un mal golpe, tomó de las manos a la que lo insultaba, con hercúlea fuerza arrastrola hacia la puerta, y ya en el dintel la arrojó lejos de sí, diciendo al mismo tiempo con voz serena:

—Aquí sólo yo puedo.

Volvió a mi lado:

—¡Te ha pegado… pobrecita!

Doblegó su gran cabeza y escondiéndola en las blondas que cubrían mi seno, gimió como un niño en el regazo de su madre:

—¡Si no fue nada!

—¡Te ha pegado… pobrecita!

¡Con qué suavidad besaba los rizos de mi nuca!

¡Con qué ternura limpiaba sus ojos en mi pañuelo ensangrentado!

Yo me eché a reír alegremente.

—¿Te burlas?

—Si no me burlo, pero estás muy gracioso… te has ensuciado la fisonomía… con esa cara no podrá nadie tomarte a lo serio… hoy no haces buenos negocios… lo aseguro.

Busqué un espejo y lo coloqué ante su faz.

Se contempló atentamente en el cristal y después me devolvió el objeto, radiante de gozo.

—¡Es tu sangre!


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2 horas 7 minutos

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