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Ciro B. Ceballos

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Monografía

Sección 1

4 Capítulos

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A Rafael Delgado

Mi amigo, monseñor Hermógenes Arcipreste y Tendilla, insigne orador sagrado y desde lontana época obispo de V…, persona honorabilísima por sus teologías, por su amplio conocimiento de la vida, por sus virtudes preclaras y por sus muchos años, garantizándome ser auténtico, puso en mis manos el cuaderno que con meticulosa puntualidad transcribo.

Conforme a mi sentir, no osaría suponer y mucho menos afirmar que las impresiones consignadas en el escrito hayan sido apuntadas por una persona del sexo femenino.

En ese supuesto, no me hago en manera alguna responsable de la verosimilitud que pueda atribuirse al mamotreto.

Lo que sí creo y propalo es que el dignísimo prelado, en cuyo poder se hallaban los papeles, es una persona incapaz de mistificar a nadie.

He aquí ese curioso caso psicológico:

Ocúrreseme escribir un cuadernillo de recuerdos, eso es costumbre hoy día, y moda, y hasta esnobismo de buen efecto: mi nombre es Benedicta; y mi edad, la de una bella, dieciocho años; mi cultura mediana; por lo que a mi físico se refiere, aseguran muchos que soy hermosísima, aunque como garantía a esa afirmación sólo poseo una dote capaz de enamorar al caballero Brummel que, según sus admiradoras cuentan, fue la flor y espejo del dandismo.

Es mi dama de compañía una miss espigada y reseca como un bacalao de Noruega, con límpidas pupilas, pies de andarín y cabellos como hebras de ámbar; se llama Jenny Collins y fue traída del ahumado Manchester a esta tierra de cielo hermoso para ser mi preceptora o mi goberness, como ella dice frunciendo graciosamente su coralina boca.

Aunque posee conocimientos de sabio y no es poca la experiencia que tiene, frecuentemente rebosan sus conceptos una candidez sajona que nunca ha podido empalmarse con mis malicias de mujer latina y marisabidilla por lo tanto. En sus modales es recatada hasta lo ridículo; a todas sus palabras les da un barniz de pulcritud que la hace caer en amaneramientos estrafalarios; profesa religión protestante (metodista), bebe whisky como un contramaestre, usa sombreros iguales a esquilas, viste trajes de grueso paño y corte varonil; en sus ocios, lee a Dickens, a Swinburne, al brutal Walt Whitman y al idílico Longfellow. Todas las noches recita los versículos de la Biblia, en su alcoba, que es un amplio salón atestado de librotes, maletones, muebles monumentales y periódicos extranjeros; su padre es pastor de almas en no sé qué aldeílla de Edimburgo y mantiene activísima correspondencia con la ilustre y morigerada mentora.

Mi buen papá es, según su propio dicho, un hijo del acaso; hace contratas, especula en la banca con audacia increíble y obsequia con babilónicos banquetes a ministros parásitos, periodiqueros chantajistas y políticos envilecidos.

En su vida privada es muy bueno; siente por mí un cariño que llega hasta la adoración, obedece sonriendo a mi madre y su figura exactamente igual a la de un bedel o a la de Sir John Falstaff hace huir, como parvada de gorriones, a los pretendientes que me asedian.

Doña Eulogia (así la que me llevó en su vientre se llama) es una matrona caritativa, biliosa, amiga de la clerigalla y muy aficionada a bachillear por confesionarios, sacristías y lugares peores. Pertenece a muchas cofradías y sociedades de esa índole. Aborrece a su esposo porque en su opinión es un hereje; yo le importo un poco menos que sus bigotes (los gasta de buen tamaño), adora con todas las telas de su corazón a un perro pitañoso y protege al sacristán de la vecina parroquia, que es ratero y borrachón.

Probablemente a muchas personas que esto leyeran podría parecerles irrespetuoso el concepto que emito a propósito de los autores de mi existencia.

No me disculpo. Esa apreciación entraña toda la sinceridad de mi criterio, y miss Collins me ha repetido muchas veces que si la verdad es horrible, lo es más la mentira, por mucho que la embellezcan y disfracen los hipócritas; además, esa libertad de pensamientos de que abuso a menudo se debe en buena parte a la briosidad innata de mi carácter y a las disolventes peroraciones de mi profesora, que es socia corresponsal de no sé cuál congreso feminista y está bien versada en letras profanas, en artes liberales y en filosofías positivistas.

Esta endiablada señorita Collins sería muy capaz de sostener una tesis diaria en la Sorbona, de empuñar la tizona y pelear con las bravuras de Juana de Arco, de mutilarse la lengua como Leena, y en cuanto a eso de la honra, a su lado, ¡Lucrecia queda en pañales!

Mis costumbres son idénticas a las de todas las niñas burguesas que tienen dinero bien o mal habido y ganas de verlo gastado por algún majadero de los que, famélicos y muertos de hambre, pululan por estrados y paseos.

Dejo el lecho a las nueve de la mañana; después voy al baño, luego al tocador, y allí, cierro cuidadosamente las vidrierillas: si alguna vez es leído este cuadernito seguramente no sabrá el curioso en cuyas manos caiga lo que hago yo en aquel retrete; podremos las mujeres en momentos anormales y arrebatadas por las sinceridades peligrosas de la pasión hacer confesiones indiscretas y hasta caer en debilidades irremediables; pero siempre guardamos en cofre de veinte llaves algún secreto improfanable, porque somos hipócritas, y lo que de nosotras subyuga más a los varones, es lo que menos estimamos en lo íntimo. En toda hembra hay algo de las fealdades y los misterios de la Esfinge: yo desafío a los exhumadores del pasado (esas hienas de las crónicas muertas y los ideales hechos polvo), a que adivinen las leyendas que guarda el coloso de granito ante cuya impasibilidad idólica se trocaron en cenizas las epopeyas de mil siglos y cien razas.

No puedo entender por qué me inspiran desprecio esos presuntuosos que pretenden conocer a Eva, sólo porque pervirtieron a la inocencia, arrugando corpiños con brutalidad cabría, o espantando al ángel de la guarda del tálamo virgíneo de una niña para poner en su lugar la efigie bifronte del pecado…

Después voy a mi alcoba.

Imaginaos un aposento de regulares dimensiones, con góticos frisos en el techo, representando alegorías estrambóticas, dignas de los retiros de aquellas castellanas del tiempo en que los hombres eran bravos y las mujeres bonitas…

Del centro del historiado plafond pende una lámpara de bronce que en las noches, al encenderla, trae a mi recuerdo no sé por qué singular asociación de ideas, la que alumbraba la estancia mortuoria de esa beldad trágica y lunar que Edgar Poe llamó lady Tremanion de Tremaine.

Mi tálamo es amplio y regio; frontero a él se halla un lujoso mueble, obsequio de un anciano pariente mío, tío en segundo grado, galanteador manido, libidinoso por oficio y hábitos, que me acaricia como a una niña porque sabe que soy mujer, se pinta el pelo, desafía las neumonías trasnochando por los barrios de Afrodita; es amigo de las bailarinas del teatro y también de cenas orgiásticas, pendencias, barajas y botellas de la viuda de Clicquot.

En los tapices que visten las paredes hay dos cuadros con pinturas de mérito: uno firmado por el colorista Delacroix y el otro de Jordaens. 

Contemplando el del último pintor, pienso inmediatamente en Amberes y Brujas, en trashumantes tabernas, frecuentadas por hermosos ebrios de musculación grosera y mofletudas fisonomías bermellonadas por la mostaza, los jamones ahumados y esas salchichas de Fráncfort capaces de hacer vomitar las pajarillas a un tiburón; pienso también, en grandes emparrados de lúpulo, en rollizas mocetonas de albeante delantal y doradas trenzas, que mueven parsimoniosas las espitas de panzudos tonelones para llenar de burbujeante malta los jarros de greda curiosamente trabajados. Por largas horas emigra mi fantasía a esas tierras húmedas, se pasea por limpias calles contemplando los molinos de viento, las casas de argamasa con sus oblicuas techumbres de teja, las atrevidas chimeneas de las fábricas, que parecen retemblar en sus cimientos de ladrillo cuando chillan los silbatos de las calderas llamando a los trabajadores… y aquellos hombrotes que con la pipa en la boca y las velludas manazas metidas en los bolsillos del pantalón recorren la ciudad ostentando su talante satisfecho, ni más ni menos que figuras de Hogarth que adquiriesen vida…

Tengo un ajuarillo estilo Luis XV, biombos asiáticos en cuyos flancos hay lienzos con pájaros exóticos y niponas quimeras de seda, columnillas de forma salomónica, estatuitas, porcelanas, terracotas, cacharrillos y muñecos.

Junto al balcón está una pequeña mecedora, al lado una mesa de laca, sobre ella el último libro de París, y a mis pies, en un cojín de plumas, ronroneando siempre el gato.

Es mi silla favorita. Desde allí veo desfilar a los que pasan como a través de los vidrios de un cinematógrafo. Hago en la imaginación un romance de cada uno: éste me es simpático, aquél me es odioso, el otro me inspira compasión, quien desprecio, tal risa o cual miedo…

Quiero mucho al viejecito que pasa por la mañana remolcando un racimo de niños en cada mano; sin duda, la mamita quedó en casa preparando la colación o aplanando la ropa de los pequeños. Me choca la afectada ufanía de la colegiala: estudiante tronera que te pereces por esa superficial normalista, deja de hacer malos versos y divagar a lo Musset frente a la copa de ajenjo, eres pobre, los lirismos de tu romancesca juvenilia no podrán nunca interesar el corazón de esa bachillera que se da a leer a los de la cáscara amarga; ve al hospital, allí te esperan las planchas, los cuchillos y el cadáver; ve a la tribuna del pasante, allí está la elocuencia, el pugilato de la palabra… ¡la gloria acaso! Ese individuo de hirsuto pelambre y lamentable vestimenta, con aspecto hastiado y pesimista, será un infeliz, sin duda el Edipo de alguna de esas tragedias de la vida privada donde no corre la sangre ni espejean puñales: le engañará su esposa; imagino el caso: él, un tímido indolente; ella, una graciosa casquivana a quien el lujo causa vértigos… Aquel patán de grasiento chambergo que gesticula como payaso y advierte a los papanatas, será un jugador, un dipsómano… un lunático… ¿Por qué cayó tan bajo?... ¡Quién sabe!... Acaso es desdichado y pretende ahogar sus lágrimas en vino… ¡Y los borrachos!... ¿Habeislos visto bien?... Son formidables. Pasan en comparsas, tambaleantes, puercos, torvos, siniestra la mirada y belicoso el ademán; el aguardiente es bueno para los que sufren mucho; al inflamarse en la mente enciende las cincuenta mil lámparas del cerebro convirtiéndolo en un castillo de fuegos artificiales: yo quiero y respeto a los bebedores, son los rebeldes, los sensitivos, los soñadores; consultad las estadísticas y observaréis que su número aumenta a medida que las razas degeneran y los ideales se acaban y los dioses se mueren…

El rostro es comúnmente el retrato más sincero de las almas. Estudiad una faz triste y notaréis que pertenece a algún sufriente, ved al mendigo que interrumpe vuestro paso, es horrible y asqueroso porque lleva adentro un drama: la miseria. Cada biografía es una novela porque todos los humanos hemos vertido lágrimas y padecido amarguras y experimentado pasiones. ¡Ay de los seres tranquilos! ¡Ay de aquellos que nunca gimieron ni emborracharon su espíritu con el perfume de ese asfódelo lívido y siniestro que se llama fiebre…!

Yo también tengo mi historia. Espero al pálido navegante del buque de velamen color de sangre y mástil negro, soy la meditabunda Senta, que hilando capullos de algodón piensa al monótono ron-ron de su rueca en el incógnito marino del navío fantasma.8 Mi hombre, el imaginado, el bienvenido, es de carne y hueso, no usa armadura de caballero andante ni lleva al dorso el mandolín de los otros trovadores medioevales, viste levita a la moderna, no inventa rondeles decadentes ni le desvela el engrandecimiento de la patria o la dicha de la humanidad, es normal, robusto, ágil, amable; lo aguardo noches y días con una impaciencia creciente porque tengo miedo de que llegue tarde… Cuando las flores de mi juventud se hayan secado… ¡sería muy triste!

No ha muchos años, cuando asistía al colegio del Sagrado Corazón, noté que muchos jovencitos me observaban con miradas insolentes, y una vez, el más osado de la tropa arrojó a mi balcón una misiva garrapateada con la incorrección propia de los escolares que al escribir se manchan los dedos con tinta y empuercan el papel.

Recuerdo que en aquella epístola decía, entre peores cosas, que yo era una necesidad para él, que de mi antojo dependían su felicidad o su desventura en toda la vida, que lo amara un poco y él viviría a mis pies adorándome como a la Virgen de los devotos, y todas las manoseadas figurillas retóricas y amatorias zarandajas de que abundan en su pecaminoso comercio los enamorados cursis y los muchachos currutacos.

Confieso que en muchas noches turbó mi sueño la serafinesca imagen de aquel rapazuelo: tomelo a lo serio, inconscientemente y sin comprender su ridiculez; creí, en mi simplicidad, que los amoríos eran bello entretenimiento, y como las mujeres somos de nuestro frívolas y experimentamos siempre un vivo e irresistible interés por todo aquello que halaga nuestros caprichos y vanidades, decidime, después de muchos temores e infinitos melindres, a creer que amaba al chiquitín. Prodiguele sonrisas picarescas cuando él hacía lo propio, hícele cabalísticas señales, correspondiendo a las suyas, por más que de buena fe ignorase lo que ellas pudieran significar, condecoré mi pecho con una flor estúpida que él me ofreció a hurtadillas y respondí a su plieguecillo con otro plagado de disparates, lunares negros y faltas de ortografía. Suponed una alondra borrachita de rocío y tendréis una completa idea de mi estado de ánimo en aquellos días. Tenía catorce años y, aunque parezca estupendo, es la verdad monda y lironda que conservaba invicta mi pureza. No tuve amigas íntimas en la escuela ni me persiguieron los erotismos y crueles curiosidades que acompañan siempre a la crisis sexual de la edad púber. Tal vez por eso mis coquetismos con el amador fueron sanos e inocentes, y sin rubores junté mi boca con la suya, y sin malicias permití que su mano precozmente libertina profanara mi cuerpo en momentos de infantil lujuria. ¡Era un pillo aquel fantoche! Mi noviazgo escandalizó a las profesoras, excitó envidias y rencores en mis condiscípulas, y entre la garzonía del plantel de varones más cercano, condensó una nube de odios que se resolvió muy pronto en iracunda tempestad de puñetazos que sólo pudo aplacar un concepto denigrante para mí.

“¡Es coqueta!”

Enterada mi madre, afianzome de una oreja y haciendo avinagradas gesticulaciones, preguntó:

—¿Eso aprendes en el colegio?

—No, mamá.

—¿Entonces por qué lo haces… desvergonzada… me has visto a mí en esas cosas?... ¿Te he dado mal ejemplo?

—No, mamá.

—¡Qué vergüenza!... una hija mía metida en tales escándalos… exponiéndose a que todos la señalen con el dedo… nunca lo hubiera yo creído… las monjas están apenadísimas… y tu papá… ¿Imagínate qué pensará si llega a saber lo que has hecho…?

—¿Es acaso un crimen?

—¡Silencio! ¡Cuando yo te haga un extrañamiento debes callarte y no replicar ni una palabra…! ¿Entiendes…? ¡Ni una palabra…!

Y se me echaba encima, levantando el índice de su derecha mano como si pugnase por meterlo en las fosas de mi nariz.

—Mañana mismo te confiesas… esta tarde, después del sermón, hablaré con el padre Alatriste. ¡Y verás cómo las gasta!

Pedí perdón, y convencida por entonces de que el tan cacareado amor era una mala cosa, me propuse no querer a nadie nunca.

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2 horas 7 minutos

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