Titulo - Autor
00:00 00:00

Tamaño de Fuente
Tipografía
Alineación

Velocidad de Reproducción
Reproducir siguiente automáticamente
Modo Noche
Volumen
Compartir
Favorito

21914

10080

5239

Ryunosuke Akutagawa

Autor.aspx?id=561

Los engranajes

VI. Avión

6 Capítulos

ObraVersion.aspx?id=5239

10079

Tomé un auto desde una estación de la línea Tokaido hasta un balneario veraniego situado a cierta distancia. Por alguna razón, a pesar del tiempo helado, el chofer llevaba puesto un impermeable. Sintiendo que había algo muy extraño en esa coincidencia, traté, dentro de lo posible, de mirar todo el tiempo por la ventanilla para no verlo. Un poco más allá del lugar donde crecían unos pinos pequeños, probablemente por un antiguo sendero, vi que avanzaba una procesión fúnebre. En la procesión no parecía haber faroles blancos ni de santuario. Pero delante y detrás del ataúd se mecían silenciosamente flores artificiales plateadas y doradas…

Cuando por fin llegué a casa, pasé algunos días muy tranquilos, gracias a mi esposa e hijos y a los opiáceos. La planta alta ofrecía una modesta vista del mar más allá de los pinares. En la mesa de la planta alta, escuchando el arrullo de las palomas, decidí trabajar solamente durante las mañanas. Además de las palomas y los cuervos, los gorriones también se posaban en la galería. Era una alegría para mí. “Una urraca entra en la sala”… pluma en mano, cada vez que venían los pájaros, también venían a mí las palabras.

Una tarde cálida y nublada fui a comprar tinta. La única tinta que les quedaba era sepia. La tinta sepia me resultaba más desagradable que cualquier otra. Tuve que salir del negocio y caminé, solo, por la concurrida calle. Un extranjero corto de vista, de unos cuarenta años, se paseaba muy ufano. Era sueco y sufría de paranoia y vivía en las cercanías. Y se llamaba Strindberg. Cuando pasé a su lado, la proximidad me pesó físicamente.

La calle solo tenía unas pocas cuadras de largo. Pero al recorrerla un perro, negro de un lado, pasó junto a mí cuatro veces. Doblando en una esquina, recordé el whisky Black & White. Y recordé también que el pañuelo de Strindberg era blanco y negro. No podía ser una coincidencia. Y si no lo era… Me sentí como si solo mi cabeza hubiera estado caminando, y me detuve un momento. Detrás de una cerca de alambre, junto a la calle, habían arrojado un cuenco de vidrio con todos los colores del arco iris. En la base había un dibujo, como un ala estampada. Muchos gorriones volaron desde la copa de los pinos. Pero cuando se acercaron al cuenco, cada uno de ellos, como de común acuerdo, volvió a elevarse a los cielos con el resto…

Fui a la casa de los padres de mi esposa y me senté en el jardín en una silla de ratán. En un gallinero cercado con alambre, en un rincón del jardín, daban vueltas numerosas Leghorn blancas, en silencio. A mis pies estaba echado un perro negro. Tratando de responder una pregunta que nadie podía captar, yo parecía conversar tranquilamente con la madre y el hermano menor de mi esposa.

—Muy tranquilo aquí.

—En cualquier caso, mucho más tranquilo que Tokio.

—¿A veces también hay agitación aquí?

—Como sabes, esto también es parte del mundo.

Y al decir esas palabras, la madre de mi esposa se rió. Verdad, ese balneario veraniego era parte del mundo. Durante el año anterior yo había llegado a enterarme de la cantidad de crímenes y tragedias que tenían lugar. Un médico que había tratado de matar lentamente a un paciente con veneno, una anciana que incendió la casa de una pareja adoptiva, un abogado que trató de despojar a su hermana menor de la herencia… mirar sus casas era para mí ver el infierno de la vida.

—Hay un loco en esta ciudad, ¿no es cierto?

—Tal vez te refieres a H. No es loco. Se ha convertido en un idiota.

—Lo que llaman demencia precoz. Siempre me hace sentir extraño. No sé por qué estaba arrodillado ante la imagen de Kannon con cabeza de caballo.

—Te hace sentir extraño… Deberías ser más fuerte…

—Tú eres más fuerte que yo, sin embargo…

El hermano menor de mi esposa, sin afeitarse, porque acababa de levantarse de la cama después de una enfermedad, hizo esta acotación, indeciso como siempre.

—Soy débil, pero fuerte en cierto modo…

—Bien, lo lamento.

Mirando a esa suegra mía, no pude evitar esbozar una amarga sonrisa. El hermano de mi esposa, sonriendo también mientras miraba los pinares que se extendían más allá de la cerca, siguió parloteando distraídamente. (El joven hermano convaleciente me parecía a veces un espíritu que había escapado de su cuerpo.)

—Soy tan poco mundano y sin embargo al mismo tiempo anhelo tanto el contacto humano…

—A veces eres un buen hombre, a veces uno malo.

—No, es algo muy diferente de lo bueno o lo malo.

—Como un niño que vive dentro de un adulto.

—No exactamente. No puedo expresarlo con claridad… Tal vez algo más semejante a los dos polos de la electricidad. En cualquier caso, me ocurren al mismo tiempo dos cosas diferentes.

Lo que me sobresaltó fue el rugido de un avión. A pesar mío, alcé la vista para encontrar un avión que parecía que volaba tan bajo, como para rozar las copas de los pinos. Era un monoplano inusual con las alas pintadas de amarillo. También los pollos y el perro se sobresaltaron y se lanzaron a correr en todas direcciones. El perro se ocultó bajo el porche, ladrando.

—¿No se caerá ese avión?

—Jamás… ¿Sabes de alguna enfermedad de los aviones?

Encendiendo un cigarro meneé la cabeza en vez de decir “no”.

—Como la gente que anda en esos aviones respira todo el tiempo el aire de la atmósfera superior, se dice que gradualmente se vuelve incapaz de vivir en el aire de aquí abajo…

Caminando entre los pinos cuyas ramas no se movieron ni una sola vez después de que me fui de la casa de la madre de mi esposa, descubrí lentamente que estaba deprimido. ¿Por qué ese avión siguió ese trayecto, justo por encima de mi cabeza, y no cualquier otro? ¿Por qué solo tenían cigarrillos Airship en aquel hotel? Me debatí con esas diversas preguntas y caminé por calles que elegí porque no había en ellas ningún signo de vida.

El mar estaba gris y encapotado más allá de una duna baja. En la costa arenosa se erguía el armazón de un columpio sin columpio. Al verlo inmediatamente recordaba una horca. Y algunos cuervos se posaron en él. Todos me miraron, pero no amagaron siquiera con lanzarse a volar. Y un cuervo, en el centro, alzó su pico al cielo y graznó cuatro veces.

Avanzando a lo largo del borde de la playa, con su hierba marchita, decidí seguir por un camino junto al que se erguían muchas casas de campo. Se suponía que a la derecha se encontraba una casa de madera de dos plantas, de estilo occidental, construida entre altos pinos. (Un buen amigo mío la llamaba “La morada de la primavera”.) Pero al pasar por el lugar vi tan solo una bañera sobre una base de cemento. Un incendio, se me ocurrió de inmediato mientras seguía adelante rápidamente, tratando de no mirar. Un hombre en bicicleta se acercaba derecho hacia mí. Llevaba una gorra de caza marrón oscuro, la mirada extrañamente fija y estaba agachado sobre el manubrio. Inesperadamente vi en su cara la cara del esposo de mi hermana mayor y decidí alejarme del camino antes de que llegara hasta mí. Pero en el medio del sendero yacía, de espaldas, el cadáver de un topo.

Que algo estuviera dirigido a mí empezó a hacerme sentir más inquieto con cada paso. Gradualmente, los engranajes semitransparentes bloquearon mi visión. Temiendo que estuviera próximo mi momento final, seguí caminando, manteniendo rígido el cuello. A medida que el número de engranajes crecía, también empezaron a girar. Al mismo tiempo, el pinar que estaba a mi derecha empezó a verse como a través de vidrio astillado, con ramas silenciosamente entrelazadas. Sentí que mi corazón latía con violencia y traté muchas veces de detener mi avance por la senda. Pero ni siquiera resultaba sencillo detenerse, como si alguien me empujara desde atrás…

Al cabo de unos treinta minutos estaba en la planta alta de mi casa, descansando la espalda y padeciendo una aguda jaqueca, con los ojos fuertemente cerrados. Entonces empezó a aparecer detrás de mis párpados un ala de plumas plateadas superpuestas como escamas. Se reflejaba claramente en mi retina. Abriendo los ojos, miré el techo y, tras confirmar que no había allí nada semejante, decidí volver a cerrar los ojos. Pero el ala plateada por cierto regresó en esa oscuridad, tal como antes. Entonces recordé que también había un ala en la tapa del radiador del taxi que había tomado el otro día…

Alguien subió la escalera con rapidez y después bajó apresuradamente, con mucho estrépito. Alarmado al advertir que sería mi esposa, me incorporé de inmediato y bajé a la sala oscura en la que desembocaba la escalera. Mi esposa, que parecía sin aliento, estaba temblando visiblemente.

—¿Qué ocurre?

—No, nada…

Finalmente levantó el rostro y esbozó una sonrisa forzada mientras hablaba.

—Nada… simplemente se me ocurrió, padre, que estabas por morir…

Fue la experiencia más aterradora de mi vida… ya no tengo fuerzas para seguir escribiendo. Es inexpresablemente doloroso vivir en este estado mental. ¿No hay nadie que venga y me estrangule en silencio mientas duermo?

1927

Audio.aspx?id=10080&c=8E5EC44822A639AA725EBFE0FAC4A119D747924B&f=111029

1026

1h 57m

13

0