La luz del sol empezó a atormentarme. Como un topo, mantuve las cortinas corridas y, con la luz eléctrica encendida, seguí dándole duro a mi cuento. Después, agotado, abrí la Historia de la literatura inglesa de Taine y leí sobre la vida de los poetas. Todos habían sido desdichados. Hasta los gigantes de la época isabelina… hasta Ben Jonson, el más distinguido erudito de su tiempo, solía estar tan atormentado por la ansiedad que había empezado a ver ejércitos cartagineses y romanos enzarzados en combate sobre el dedo gordo de su pie. No pude evitar sentir placer, un placer algo maligno, al leer sobre esas desventuras.
A la noche, con un intenso viento del este (para mí de buen augurio), salí por el sótano a la calle y decidí visitar a un anciano que conocía. Trabajaba solo como cuidador en el ático de una empresa de biblias y dedicaba casi todo su tiempo a la lectura y la oración. Calentándonos las manos sobre un hibachi hablamos de temas diversos bajo un crucifijo que pendía de la pared. ¿Por qué mi madre se volvió loca? ¿Por qué mi padre fracasó en los negocios? ¿Por qué yo estaba siendo castigado? Él estaba familiarizado con esos temas misteriosos y con una extraña sonrisa solemne solía hablarme con facilidad y extensamente. Y a veces, en sus frases concisas, atrapaba la vida en toda su naturaleza caricaturesca. No podía evitar admirar al eremita en su ático. Pero al hablar con él descubrí que tenía ciertas propensiones…
—La hija del jardinero es adorable, de buen carácter, y tan tierna conmigo.
—¿Cuántos años tiene?
—Cumple dieciocho este año.
Es posible que fuera un sentimiento paternal. Pero no era difícil advertir cierta pasión en sus ojos. Y las manzanas que me ofreció sin advertirlo dejaban traslucir, en sus cáscaras amarillentas, unos unicornios. (Con frecuencia encontraba criaturas míticas en las vetas de la madera y en las rajaduras de las tazas de café.) Los unicornios eran, sin duda, Kylin (los unicornios chinos). Recordé que un crítico hostil me había calificado una vez de “prodigio (kirinji) de la década de 1910”, y de repente sentí que ese ático con su crucifijo tampoco era un lugar seguro.
—¿Cómo has estado últimamente?
—Tenso, como siempre.
—Las drogas no te curarán. ¿Por qué no te haces cristiano?
—Si hasta yo pudiera…
—No hay nada difícil en ello. Simplemente, si crees en Dios, en Cristo el Hijo de Dios, y en los milagros que hizo Cristo…
—Creo en los demonios…
—Entonces, ¿por qué no en Dios? Si crees en las sombras, no entiendo cómo haces para no creer también en la luz.
—Pero hay una oscuridad donde no llega ninguna luz.
—¿Sombras sin luz?
No pude responder nada. Él también caminaba en la oscuridad. Pero mientras hubiera sombras, él creía que también había luz. Ése era el único punto en el que teníamos una diferencia lógica. Pero para mí era un abismo infranqueable…
—Pero verdaderamente existe la luz. Tenemos milagros que lo prueban… Hasta en nuestros días se producen milagros.
—Los milagros son obra de los demonios…
—¿De dónde salen tus demonios? —Estuve tentado de contarle mis experiencias del último par de años. Sin embargo, temía que les contara a mi esposa y a mis hijos, y que volvieran a mandarme al manicomio como le había ocurrido a mi madre.
—¿Qué es eso que tienes allí?
El anciano regordete giró para ver los viejos anaqueles e hizo una mueca semejante a la de Pan.
—Es una colección de Dostoyevski. ¿Leíste Crimen y castigo?
Naturalmente yo había tenido predilección por Dostoyevski unos diez años atrás y había leído cuatro o cinco libros suyos. Pero conmovido porque él hubiera dicho casualmente Crimen y castigo, le pedí el libro prestado y decidí regresar al hotel. La calle, deslumbrante por la luz eléctrica y tan llena de gente, me resultó opresiva. En ese punto me habría resultado insoportable encontrarme con algún conocido. Traté de avanzar por las calles laterales más oscuras, sigiloso como un ladrón.
Al poco rato, sin embargo, empecé a sentir dolor de estómago. Solo un vaso de whisky podía curarme de ese mal. Encontré un bar y traté de abrirme paso para entrar. En el atestado bar había un humo denso, y algunos jóvenes, que parecían artistas, bebían sake juntos. En el medio de todo eso había también una muchacha que rasgueaba una mandolina con toda gravedad. De inmediato me sentí inseguro y retrocedí sin haber siquiera transpuesto la puerta. Descubrí que mi sombra oscilaba sin razón de derecha a izquierda. Y la luz que brillaba sobre mí, extrañamente, era roja. Me detuve. Pero mi sombra siguió oscilando de un lado a otro como antes. Me volví tímidamente y finalmente advertí un farol con vidrios de color que pendía del alero del bar. El farol se meneaba lentamente, movido por el fuerte viento…
A continuación entré en un restaurante instalado en un sótano. Me acerqué a la barra y pedí un whisky.
Vertí el whisky en un vaso de soda y lo sorbí en silencio. A mi lado había dos hombres de alrededor de treinta años, que parecían periodistas, hablando en voz baja. Hablaban en francés. Les di la espalda, pero sentí sus ojos sobre mí. De hecho, sus miradas me afectaron como una corriente eléctrica. Conocían mi nombre, era indudable, y estaban hablando de mí.
—Bien… très mauvais… pourquoi?
—Pourquoi?… le diable est mort!
—Oui, oui… d’enfer…
Arrojé una moneda plateada sobre el mostrador (el único dinero que me quedaba encima) y decidí salir de ese sótano.
En la calle, la brisa nocturna que soplaba fortaleció mi ánimo y el dolor de estómago cedió. Recordé a Raskolnikov y sentí el deseo de arrepentirme de todo. Pero no solo para mí, sino también para mi familia, eso habría significado una tragedia. Y era cuestionable si mi deseo era verdadero o no. Si por lo menos mis nervios fueran tan fuertes como los de los hombres comunes… pero necesitaba ir a alguna parte para que eso ocurriera. A Madrid, a Río o a Samarkanda…
Justo en ese momento un pequeño cartel blanco en el alero de un negocio me inquietó. Era el sello de una marca, unas alas pintadas sobre un neumático de auto. Me recordó a Ícaro con sus alas artificiales. Su intento de volar alto, sus alas derretidas por el calor del sol, su final, ahogado en el mar. A Madrid, a Río o a Samarkanda… ¿cómo podía evitar reírme de un sueño tan necio? Al mismo tiempo, no pude evitar pensar en Orestes, perseguido por los dioses de la venganza.
Caminé por una calle oscura, junto a un canal. Entonces recordé la casa de mis padres adoptivos, en los suburbios. Por supuesto, deben de estar esperando mi regreso. Probablemente mis hijos también… pero cuando regresara… no podía evitar temer que hubiera allí alguna fuerza que me retuviera, naturalmente. El chapoteo del agua del canal alzó un bote de juncos a mi lado. En el fondo del barquito brillaba una débil luz. También allí debe de haber una familia, hombres y mujeres viviendo juntos. Odiándose y sin embargo amándose lo suficiente… pero alenté a mi mente a continuar la lucha y decidí volver al hotel, sintiendo el whisky en mi interior.
De regreso ante la mesa, retomé la lectura de las Cartas de Mérimée. Silenciosamente eso empezó a revivirme. Pero cuando descubrí que en sus últimos años Mérimée se había convertido al protestantismo, de pronto sentí que se ocultaba tras una máscara. Él tanteaba en la oscuridad, igual que nosotros. ¿En la oscuridad?… Anya-Koro empezó a cobrar proporciones temibles para mí. Recurrí a los Diálogos de Anatole France para olvidar mi depresión. Pero este Pan de los tiempos modernos también cargaba una cruz…
Más o menos una hora más tarde el botones me trajo una tanda de cartas. Uno de ellas era de una librería de Leipzig que me pedía un ensayo sobre “Las mujeres modernas en Japón”. ¿Por qué me buscan a mí para ese artículo? Había un post scríptum (en inglés) manuscrito: “Junto con el artículo apreciaríamos recibir un retrato de mujer… pero en blanco y negro como en las pinturas japonesas”. Las palabras me recordaron el whisky Black & White, y rompí la carta en mil pedazos. Abrí otro sobre al azar, y examiné el papel de carta amarillo. Era de un joven, alguien a quien yo no conocía. Pero al cabo de unas pocas líneas, las palabras “Su Biombo del infierno…” me irritaron. La tercera que abrí era de mi sobrino. Después de una profunda inspiración, me zambullí en la lectura de problemas familiares, etc. Pero incluso esa carta me deprimió al llegar al final.
“Te envío un ejemplar de la segunda edición de la Antología de Shakko…”
¡Shakko! Sentía que alguien se estaba burlando de mí y busqué amparo fuera de la habitación. No había nadie en el pasillo. Apoyé una mano en la pared para sostenerme y recorrí el camino hasta el vestíbulo. Busqué una silla y decidí encender un cigarrillo. Por algún motivo, era un Airship. (Solo había fumado Star desde mi llegada al hotel.) Las alas artificiales volvieron a aparecer ante mis ojos. Decidí llamar otra vez al botones y pedirle que me comprara dos paquetes de Star. Pero, si era verdad lo que me dijo, desafortunadamente no les quedaban Star.
—Pero tenemos Airship, señor…
Meneé la cabeza y miré el gran vestíbulo que me rodeaba. En un extremo había algunos extranjeros charlando en una mesa. Uno de ellos, una mujer de vestido rojo, parecía mirarme mientras hablaba con los otros en un susurro.
—Señora Townshead…
Algo que trascendía mi poder de visión llegó hasta mí a pesar del susurro. El nombre de la señora Townshead, por supuesto, era desconocido para mí. Aun cuando fuera el nombre de la mujer que estaba allí… Me incorporé y, medio loco de miedo, decidí regresar a la habitación.
Cuando estuve allí pensé en llamar a cierto hospital psiquiátrico. Pero ir a ese lugar significaba la muerte para mí. Después de muchas vacilaciones me puse a leer Crimen y castigo para distraerme. Sin embargo, la página en la que abrí el libro era de Los hermanos Karamazov. Suponiendo que me había equivocado de volumen, miré la cubierta. Crimen y castigo… el libro debía ser Crimen y castigo. En el error de encuadernación, en el hecho de que había abierto el libro en esta página mal intercalada, sentí el accionar del dedo del destino y seguí leyendo con sentimiento de inevitabilidad. Pero antes de terminar siquiera la página advertí que todo mi cuerpo empezaba a temblar. Era un fragmento en el que Iván era atormentado por la inquisición del diablo. Iván, Strindberg, de Maupassant, yo mismo, en esa habitación.
Solo el sueño podía salvarme de ese estado. Sin que me hubiera dado cuenta, las drogas se me habían terminado. No podía soportar el tormento si no dormía. Con valor nacido de la desesperación, me hice traer una taza de café y decidí seguir escribiendo frenéticamente. Dos, cinco, siete, diez páginas… el manuscrito creció a toda velocidad. Llené el relato de criaturas sobrenaturales. Una de ellas me describía. Pero el agotamiento acabó por extenuar mi mente. Me aparté de la mesa y me tendí en la cama. Debo de haber dormido entre cuarenta y cincuenta minutos. Sentí que alguien susurraba en mi oído, despertándome y haciendo que me pusiera de pie, las palabras:
—Le diable est mort.
Del otro lado de la ventana de toba estaba a punto de romper el día. De pie junto a la puerta, miré la habitación vacía. En el cristal de la ventana advertí una pequeña escena del mar más allá de un pinar amarillento. Me acerqué a la ventana con cierta timidez, para advertir que la escena había sido evocada por el pasto marchito y la piscina del jardín. Pero la imagen había despertado en mi mente una especie de nostalgia de mi casa.
Decidí que me iría a casa después de haber llamado a una de las editoriales de revistas y haberme asegurado alguna fuente de ingresos, a las nueve de la mañana. Libros, papeles, objetos personales, volvieron a guardarse en la maleta, sobre la mesa.