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Ryunosuke Akutagawa

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Los engranajes

III. Noche

6 Capítulos

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En uno de los anaqueles de la planta alta de Maruzen encontré Cuento de Strindberg, y leí unas páginas mientras me encontraba allí. Describe experiencias semejantes a las mías. Y tenía cubierta amarilla. Volví a dejarlo y recogí un libro grueso que se había caído por casualidad. ¡Y que veo en él sino una ilustración de engranajes con ojos y narices como si fueran seres humanos! Era una compilación de dibujos hechos por internados en asilos mentales, reunidos por algún alemán. Aun en medio de mi depresión, pude sentir que mi espíritu se alzaba en rebelión y con la desesperación de un adicto al juego seguía abriendo un libro tras otro. Por extraño que resulte, casi todos los libros tenían un algún aguijón oculto en sus letras o en sus ilustraciones. ¿Todos los libros? Hasta en Madame Bovary, que había leído muchas veces antes, sentí que al final yo era el burgués monsieur Bovary.

En la planta alta de Maruzen, casi al anochecer, parecía no haber otro cliente más que yo. Eché un vistazo a un anaquel que tenía el cartel de Religión y extraje un libro de cubierta verde. En el índice, un capítulo estaba titulado: “Los cuatro enemigos mortales: la sospecha, el miedo, la vanidad y la sensualidad”. Con esas palabras, de inmediato mí espíritu volvió a rebelarse. Esos enemigos eran solo otros nombres de la sensibilidad y la inteligencia. Era insoportable sentir que lo tradicional era tan deprimente como lo moderno. El libro que tenía en mis manos me hizo recordar el seudónimo que había usado alguna vez, Juryo Yoshi. Era el nombre del joven de Chuang-tsé que había olvidado el muchacho de Juryo que había intentado imitar el paso de uno de Kantan y que terminó arrastrándose para llegar a su casa. Ahora debo de ser Juryo Yoshi para todo el mundo. Y, cuando todavía no había sido relegado al infierno, había usado ese nombre… Yo, con un anaquel entero de libros a mi espalda, traté de despojarme de todo engreimiento y me dirigí hacia una muestra de pósters que había a un costado. Allí, en uno de los pósters, un caballero que parecía ser san Jorge daba muerte con su lanza a un dragón alado. En la parte superior de la escena, el rostro ceñudo del caballero, a medias oculto por el casco, se parecía a uno de mis enemigos. También recordé las pinturas de Toryu en el Kanbishi y, sin recorrer la muestra, bajé por la ancha escalera.

Caminando por Nihonbashi, en la oscuridad, seguí pensando en la palabra toryu. También era el nombre de mi pincel, estoy seguro. El hombre que me lo había dado era cierto empresario. Había fracasado en una variedad de negocios y finalmente acabó en la ruina. Me encontré mirando el cielo y pensando qué pequeña es la Tierra entre todas las estrellas… y cuánto más pequeño era yo. Pero el cielo, que había estado despejado todo el día, se había encapotado sin que yo lo advirtiera. De inmediato sentí que las cosas habían tomado un giro hostil contra mí y decidí buscar asilo en un café.

“Asilo” es precisamente el término adecuado para describirlo. De alguna manera sentí algo tranquilizador en el matiz rosado de las paredes y me relajé en una mesa. Afortunadamente solo había unos pocos clientes. Bebí una taza de cocoa y me dispuse a fumar un cigarrillo, como siempre. El humo ascendió en un delgado hilo azul contra la pared rosada. La armoniosa mezcla de los colores suaves me resultó agradable. Pero al cabo de un rato descubrí un retrato de Napoleón en la pared de la izquierda y volví a inquietarme. Cuando Napoleón era solo un estudiante, había escrito en la última página de su cuaderno de geografía: “Santa Elena, una pequeña isla”. Podría haber sido, como se dice, solamente una coincidencia. Pero era algo que más tarde debe de haberle producido a Napoleón un escalofrío…

Observando a Napoleón, pensé en mi propia obra. E irrumpieron en mi mente ciertas frases de Vida de un loco. (Especialmente las palabras “La vida es más infernal que el infierno mismo”.) Y también el destino del héroe de El biombo del infierno… un pintor llamado Yoshihide. Después… fumando miré alrededor, tratando de escapar de esos recuerdos. Me había refugiado allí hacía apenas cinco minutos. El lugar ya había experimentado un cambio radical. Lo que me resultaba más incómodo era que las sillas y las mesas de imitación caoba no armonizaban con las paredes rosadas. Temiendo caer en una agonía imperceptible para los demás, traté de salir del café arrojando rápidamente una moneda plateada.

—Señor, son cinco centavos…

Había dejado cinco en vez de veinte.

Mientras caminaba solo por la calle, sintiéndome humillado, recordé de pronto mi casa en el pinar remoto. No era la casa de mis padres adoptivos, situada en los suburbios, sino una casa que yo mismo había alquilado para mi familia, en la que yo era amo y señor unos diez años antes. Pero por alguna razón, sin pensarlo, había vuelto a acordarme de ellos. En el mismo momento empecé a convertirme en un esclavo, un tirano, un egoísta impotente…

Cuando llegué otra vez al hotel, eran casi las diez. Había estado caminando tanto tiempo que no tuve fuerza de ir a mi habitación y en cambio me senté en una silla frente a la chimenea donde ardía un enorme leño. Empecé a pensar en la obra de largo aliento que había estado planeando. Era un largo relato en el que los héroes serían personas comunes desde la era Meiji hasta la Suiko, en una secuencia de más de treinta cuentos cronológicos. Volaron algunas chispas, y recordé la estatua de bronce que estaba delante del Palacio Imperial. La estatua tenía casco y armadura, y estaba montada en un corcel, como si fuera la Lealtad misma pero su enemigo era…

—¡Una mentira!

Una vez más volví instantáneamente del pasado remoto al presente inmediato. Afortunadamente, el hombre que se me acercó era un escultor de cierta edad. Llevaba un abrigo de terciopelo y lucía una barba corta. Me incorporé y estreché la mano que me ofrecía. (No era un hábito en mí. Simplemente imité su costumbre, porque él había pasado la mitad de su vida en París y Berlín.) Sin embargo, curiosamente, su mano era tan viscosa como la piel de un reptil.

—¿Se aloja aquí?

—Sí…

—¿Para trabajar?

—Sí, también estoy trabajando.

Me miró directamente. Sentí que me examinaba con ojos de detective.

—¿Qué le parece si viene a mi habitación a conversar un poco?

Hablé agresivamente. (Uno de mis malos hábitos era asumir de inmediato una actitud desafiante, aunque en realidad no tenía coraje.) Él sonrió y me respondió preguntando:

—¿Dónde está su habitación?

Caminando lado a lado a través de extranjeros que hablaban suavemente, como si fuéramos buenos amigos, nos dirigimos a mi habitación. Allí él se sentó con el espejo a sus espaldas. Y empezó a hablar de muchas cosas. ¿Muchas cosas? En realidad, casi todas eran historias de mujeres. Sin duda, yo era uno de los condenados al infierno por los pecados que había cometido. Así que las historias viciosas me angustiaban aún más. Por un momento me sentí como un puritano y empecé a despreciar a esas mujeres.

—Mire por ejemplo los labios de S-ko-san. Por haber besado a tantos hombres, ella…

Cerré la boca de repente y miré su espalda en el espejo. Tenía una venda amarilla pegada justo debajo de la oreja.

—¿Por haber besado a tantos hombres?

—Parece ser una de ésas.

Sonrió y asintió. Sentí que estaba todo el tiempo dedicado al intento de espiar y revelar mi secreto. Pero nuestra conversación todavía siguió girando en torno de las mujeres. Me sentí más incómodo por mi falta de valor que por odiarlo, y solo pude deprimirme aún más.

Cuando finalmente se fue, me eché y empecé a leer Anya-Koro. Cada una de las luchas espirituales a las que está sometido su héroe me resultaba conmovedora. Sentí que era un estúpido comparado con él, y me puse a llorar sin darme cuenta. Al mismo tiempo, las lágrimas me calmaron. Pero no por mucho tiempo. Mi ojo derecho empezó a ver otra vez esos engranajes semitransparentes. El número de los engranajes, que no dejaban de girar sin pausa, fue aumentando gradualmente. Temiendo una jaqueca, dejé el libro en la almohada, ingerí ocho miligramos de Veronal y decidí que intentaría descansar bien esa noche, fuera como fuese.

Pero en mi sueño, estaba mirando una piscina. Muchos niños y niñas nadaban en ella, o se zambullían. Me interné en el pinar, dejando atrás la piscina. Entonces alguien me habló a mis espaldas: “Padre”. Me volví por un momento y vi a mi esposa de pie junto a la piscina. Y sentí un intenso pesar.

—Padre, ¿una toalla?

—No la necesito. Vigila a los niños.

Seguí caminando. Pero el suelo por el que caminaba se había convertido en un andén sin que lo advirtiera. Parecía una estación rural, el andén estaba rodeado por un largo seto. Un estudiante de la universidad, llamado H., y una anciana, también estaban allí. Me vieron y se dirigieron a mí por turno.

—Un enorme incendio, ¿verdad?

—Yo también logré escapar.

Me pareció que había visto antes a la anciana. Y sentí júbilo al hablar con ella. Entonces llegó silenciosamente un tren, soltando bocanadas de humo. Subí solo al tren y caminé en medio de camas separadas por colgaduras de tela blanca. Vi una mujer desnuda muy semejante a un cadáver que yacía en una cama frente a mí. Debe de haber sido el cadáver de la hija de algún loco… «el dios de mi venganza»…

En cuanto me desperté salté de la cama, a pesar mío. La luz eléctrica inundaba la habitación de una luz tan brillante como antes. Pero de alguna parte venían sonidos de aleteos, de ratas que roían. Abrí la puerta, salí al pasillo y rápidamente me dirigí hacia la chimenea. Me senté y clavé la vista en el débil resplandor de las ascuas. Un muchacho de uniforme blanco vino a atizar el fuego.

—¿Qué hora es?

—Alrededor de las tres y media, señor.

En un extremo del vestíbulo una mujer, que parecía norteamericana, estaba entretenida leyendo un libro, sola. Incluso desde la distancia a la que me encontraba era claro que llevaba puesto un vestido verde. De alguna manera eso me hizo sentir alivio y decidí esperar tranquilamente que amaneciera. Como un anciano que espera con calma la muerte después del largo sufrimiento de una enfermedad…

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1h 57m

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