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Eduardo Zamacois en AlbaLearning

Eduardo Zamacois

"Boda eterna"
(La Nochebuena de Don Juan)

Biografía de Eduardo Zamacois en Wikipedia

 
 
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Música: Liadov - Op.15 - Two Mazurkas - 1: Mazurka in A major
 
Boda eterna
(La Nochebuena de Don Juan)
OBRAS DEL AUTOR
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Eduardo Zamacois
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Jesús Castellanos
Juan Clemente Zenea
Manuel de la Cruz y Fernández
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Aquella noche D. Juan estaba dispuesto a echar sus penas por la ventana y a ser feliz, completamente feliz....

Había cerrado las puertas de su casa y después de cenar se sentó en un amplio butacón de cuero, junto a la chimenea encendida, teniendo a su izquierda un velador con varias copas y algunas botellas de Jerez: estaba en un comedor espacioso, decorado con grandes cortinones de terciopelo color rojo obscuro, y muebles de nogal tallado estilo Renacimiento; del techo pendía luna lámpara que derramaba una suave claridad lechosa sobre los cuadros, armas y objetos de acero repujado que adornaban las paredes: el piso se hallaba cubierto por una rica alfombra silenciosa y aterciopelada como una recia colcha de musgo; esa capa verde con que la humedad encubre pudorosamente la escueta desnudez de los peñones solitarios. Hasta aquel comedor no llegaba el menor ruido profano; diríase que las puertas estaban cerradas a piedra y lodo, O que los balcones se abrían sobre la vertiginosa inmensidad del no ser, y que las horas se habían dormido allí, acurrucadas en los ángulos mal alumbrados, ocultas en la penumbra que envolvía los muebles en una leve gasa nimbada...

Don Juan quería ser feliz, cOn ese contento irreflexivo y turbulento de los veinte años, y bebía, siguiendo los consejos de Hoffman, para procurarse una alegría contrahecha que remediase el incurable desencanto y valetudinarios apocamientos de su ajetreada senectud: quería ser feliz algunas horas, una noche no más.... y morirse después

¿Es el regocijo un estado transitorio del espíritu, o una capacidad innata, o algo excelente que palpita en la esencia del mosto como germen bendito de la locura y del olvido?...

Don Juan bebió una copa, luego otra y en seguida dos más...., y el vino inundaba su estómago, mezclándose con la sangre, y después ascendía como una oleada delirante de fuego, abrasando sus mejillas, encendiendo ante sus ojos una multitud mareante de puntitos luminosos, semejantes a botones de fuego, que cabrilleaban en la sombra, golpeteando en sus sienes con un eco sordo que aturdía su cerebro, cual si allí fuesen a repercutir los ecos de las inacabables contracciones del corazón, ese misterioso batán de la vida.... Y concluyó por quedarse inmóvil, con la boca entreabierta y el labio inferior caído, como un colgajo inútil que expresaba sed.

A pesar de los años era hermoso aún: con su frente ancha, surcada por el pliegue amenazador de su entrecejo; la nariz dominadora, el mentón saliente, la tez bronceada, el busto amplio y fuerte y su orgullosa apostura de gallo viejo: en su mocedad había reunido la valentía, el apasionamiento y las gentilezas varoniles de un Alcibíades; y todavía se conservaba fuerte, luciendo su porte altanero de dios pagano encanecido.

La borrachera había exaltado la acuidad de sus sentidos dándole la capacidad de recibir impresiones de infinitesimal pequeñez y sus oídos percibían esos ecos, pulsaciones extrañas de la noche; crujidos de tablas, murmullos lejanos, rumores sordos de algo moribundo que se arrastra; y sus pupilas, dilatadas como las de los enfermos que han absorbido belladona, miraban atentamente el fuego que ardía en la chimenea, pareciéndole que en aquellas lengüecillas flamígeras que corrían a lo largo de los troncos retorciéndose en caprichosas espirales y ofreciendo las coloraciones más diversas, había salamandras y gnomos incombustibles, y semblantes diabólicos enrojecidos por el calor, que se recataban tras los cortinajes de llamas o aparecían de súbito, riendo unas veces sardónicamente, mortificándole otras con el insolente mirar de sus inyectados ojuelos de rubíes...

Después D. Juan desentumeció la pereza de su lengua con otra copa de Jerez y empezó a hablar, quejándose de encontrarse tan solo, tan viejo. ¿Dónde estaban sus queridas pretéritas que no le acudían; dónde sus antiguos amigos; a qué lamentable extremo había quedado reducido la vertiginosa bacanal de su existencia aventurera?...

El desvalido galán se quejaba en voz alta y sus palabras resonaban tristemente, como los acordes de una caja de música que ejecutase una melodía en el frío misterio de un viejo caserón abandonado....

—Yo quiero ser feliz sólo un momento, y morirme después....—repetía D. Juan compendiando en aquellas palabras la muletilla suprema de su obsesión:—¡y morirme después!

¿Por qué no serían ciertas las apariciones referidas en los cuentos de brujas para pasmo de materialistas incrédulos?....¿O era que en el otro mundo, como en este, todos le habían olvidado?.... Levantose bruscamente, acercó a la chimenea un sillón, el destinado a recibir al visitante extraordinario y tornó a sentarse: con una pierna sobre la otra y los brazos cruzados, contemplando aquellos rostros diabólicos que le guiñaban maliciosamente desde el fuego con sus ojos centelleantes de rubíes,... Y las horas pasaban y nadie acudía a sentarse en aquel cómodo sillón de cuero que parecía esperar con los brazos abiertos....

Entonces, D. Juan, comenzó a evocar las dulces remembranzas del tiempo viejo, y aquella serie de nombres de mujeres que fueron recamando de alegres episodios los capítulos de su vida; unas morenas y ardientes; otras rubias, blanquísimas, marmóreas; éstas livianas y tornadizas como él, que aparecían riendo, cual girones placenteros de festines olvidados; aquéllas castas y fieles, que pasaban llorando por él, empecatado sacrificador de virtudes crédulas....

Pero D. Juan sólo pensaba en una; se despidió de ella la víspera de emprender un largo viaje y no había vuelto a verla; pero aún se le representaba con su falda azul, su chaquetita grana, su abundosa cabellera negra coquetamente recogida sobre la nuca; y siempre la veía de espaldas, alejándose de él, después de darle el último adiós; todavía sus pupilas conservaban la imagen de aquel cuerpo querido, y sus oídos el eco de aquellas pisadas inolvidables, y su olfato el perfume de aquellos vestidos. Ella había muerto, y siempre, al recordarla, la veía así, de espaldas, saludándole con la mano, caminando inconscientemente hacia lo infinito. Luego soñó muchas veces con ella, ¡muchas!.... y otras tantas el cuerpo de la muerta durmió con él: mas nunca aquellos desposorios fantásticos fueron agradables; siempre se la representaba fría, amortajada, con las manecitas cruzadas sobre el pecho, en la rígida actitud de las estatuas yacentes que adornan los monumentos sepulcrales. Aquella noche D. Juan quería verla; nunca se había encontrado tan triste, tan solo, ni tan viejo como entonces... y necesitaba
hablar con ella mediante un milagro inaudito, aunque la eternidad volviera a abrirse entre ambos.

—Yo quiero ser feliz sólo un momento, y morirme después....—repetía D. Juan con el testarudo ahínco del borracho.

Su embriaguez crecía; las salamandras y los gnomos diabólicos danzaban en el hogar cogidos de las manos, bailando alrededor del fuego un aquelarre disparatado; el piso del comedor y las severas colgaduras de las ventanas se movían gravemente, y D. Juan, asustado, se oprimía las sienes, como queriendo atajar con sus manos el delirante hervor de su cerebro. Cuando algo más sereno se resolvió a entreabrir los ojos, vió a la fría desposada de tantas noches de amor, sentada delante de él, en aquel amplio sillón de cuero que parecía haberla estado esperando con los brazos abiertos. Estaba vestida de blanco, envuelta en una
gasa sutil semejante a los peplos vaporosos con que cubrían sus virginales desnudeces las sacerdotisas romanas, y a través de la cual se veían las costillas de su esqueleto y las negras oquedades del cráneo.

—Soy yo, D. Juan—dijo—que acudo a tu llamamiento exponiéndome a la cruel probabilidad de no gustarte....

El la miraba atónito de tenerla tan cerca de sí, hablando con su pastosa voz de antaño, intangible y frágil como un retazo de neblina. ¡Oh!.... ¿Qué había sido de aquel cuerpo tan amado? ¿Dónde fueron aquellos pechos turgentes de virgen salvaje que ha crecido desnuda, y aquel talle esbelto, y aquellas caderas y aquellas piernas de líneas impecables? ¿Qué se hicieron de aquellas manos juguetonas y soboncitas, de aquellos brazos que tantas veces se enlazaron amorosamente a su cuello, de aquellas carnes tibias, bañadas con el lujuriante mador de la juventud?... ¿Quién devoró sus undosos cabellos, sus ojos rasgados de morena sensual que se dormía mirándole, y sus risoteros labios de niña feliz?.... Y D. Juan sufría una irrefrenable conmoción de pavor viendo aquel esqueleto inmóvil y aquella calavera que parecía burlarse de sus preguntas con la risa interminable de sus mandíbulas descarnadas....

—¿No me quieres, D. Juan?—murmuró ella.

—Sí, mucho—repuso él echando la cabeza hacia atrás con ademán desesperado:—quiero volver a ti y que tornes a ser mía.... ¡He soñado contigo tantas veces!.... y ya que el Destino me condena a ello, amaré tus huesos, esos huesos que vistieron antaño aquellas carnes incomparables que yo adoré.... Dime, dime si yo también te agrado; dime si los muertos se acuerdan de los vivos y explícame esa existencia que disimula el misterio impenetrable de las losas sepulcrales; dime si también el sueño de la muerte tiene pesadillas....

Pero ella repuso con acento de femenil zalamería:

—Ven, D. Juan, que aún guardo caricias para ti, y aún arden en los tuétanos de mis pobres huesos los represados ardores de mi juventud malograda; ven, que todos ellos serán para ti... Ven, D. Juan, a reposar junto a mí tu vejez fatigada, ven a renovar entre mis brazos nuestras horas de amor; ven, ven.
Y D. Juan se sentó sobre las rodillas de su amiga sin que sus carnes sintiesen las duras angulosidades de sus fémures escuetos, que crujían con el ruido desapacible de las cañas viejas que se quiebran, y se estrechó afanoso contra la armazón ósea del tronco, buscando un residuo de calor y de pasión que la muerte se hubiese olvidado de extinguir; y mientras ella le enlazaba sus brazos al cuello, D. Juan colocó su mano febril sobre el occipital mondo y limado del esqueleto cuya calavera brillaba con los marfileños reflejos de
una bola de billar, atrayéndola hacia sí; restregando contra sus pómulos ásperos sus mejillas ardorosas, aplicando sus labios sobre aquellas mandíbulas aristofanescas que reían siempre, buscando un rayo de luz en el fondo de aquellas obscuras cuencas orbitarias.

Pero de aquel sueño no despertó; fue el último, el que se duerme en la noche sin amanecer de la nada; se había acostado con la Muerte y celebrado con ella el desposorio eterno.... ¡Esa boda trágica en que no se conoce el adulterio!...

Publicado en "Vida galante", Barcelona, el 25 de Diciembre de 1898

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