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Estaba la A acostada en su cama, con sus patotas abiertas mirando el techo y las manos tras la nuca, pensando qué iba a hacer con su vida ahora que lo habían echado del trabajo.
¿Por qué lo echaron del trabajo?
B me lo dijo: por estar durmiendo con las patotas sobre el escritorio en horas de oficina y por roncar tan alto que llegó a despertar al jefe. El jefe se llama C, tiene la enorme boca siempre abierta y el vicio de dormir en horas de oficina.
B es una gorda chismosa, con una panzota de obispo y un pecho de cantante de ópera. Se entera de todo lo que pasa en la oficina, en su colonia y en el mundo. Es casi una sabia. Lo malo es que es insoportable.
D, su esposo, ha dicho de que está dispuesto a divorciarse si B no se pone a dieta y no se calla la boca. A la gorda B no le importa si su esposo se divorcia o no. La verdad es que nada la haría más feliz. Ella tiene un novio secreto que se llama F, un hombre que marcha siempre con los brazos adelante, como si fuera ciego. Sus amigos G y H suponen que no es ciego, pero la verdad es que sí es ciego. Pero un ciego muy hábil, que ya se memorizó el mundo y sabe dónde están la mesa, la silla, el banco, el dinero, las llaves. Cuando camina por las calles lo hace con las manos adelante y la gente cree que está bromeando porque siempre anda de buen humor y no avanza inseguro y tembloroso como los ciegos de verdad.
Ah, estaba hablando de la A. Decíamos que estaba despatarrado en su cama echadoooote acostado con su mejor amiga, la pereza, cuando llegó la “i”, una vecina muy curiosa y fiestera que se la pasa echando relajo.
-¿Qué te parece si vamos a un a fiesta en casa de J y…? –La A se despertó a medias y preguntó:
-¿Y qué?
-Y nos divertimos y…
-¿Y qué?
-Y nos divetimos y…
La “i” tenía el vicio de terminar todas sus frases diciendo “y”, lo que molestaba mucho a A. Además era una letra muy especial: no le gustaban las letras del sexo opuesto sino las de su propio sexo, es decir las letras hembras.
-Tal vez consigamos novios y…
-Pero si a ti no te gustan los novios sino las novias.
-¿Y?
-¡Ya deja de decir “y”! ¡Abuuurres!
-Tal vez encontremos en la fiesta a G. Ya sabes que a G también le gustan las letras hembras. Y…
-Tú no eres una letra mujer sino una letra, simplemente una letra. Las letras no tienen sexo.
-Pero las letras también tenemos corazón y nos enamoramos y…
-Deja de decir tonterías.
-¿Vas a la fiesta sí o no?
-Voy a la fiesta si prometes no decir “y”.
-De acuerdo y…
A se levantó por fin con tal de no seguir oyendo la cantaleta de “i”.
-¿Y en qué vamos a ir a la fiesta? –preguntó la A.
-¡Bravo! Dijiste “y”…
-¿Y?
-¡Volviste a decir “y”!
-Nalguita sea, ya me contagiaste.
-No se dice nalguita sea. Se dice “maldita sea” –dijo la “i”.
-A veces hay que decir malas palabras –respondió la A.
-¿Para qué?
-Para que las buenas palabras luzcan bien –dijo la A-. Bueno, entonces, ¿en qué nos vamos a la fiesta?
-En el coche de K.
-No sabía que K tuviera coche.
-Sí, lo acaba de comprar y…
-Otra vez “y”. Ya no te aguanto. Vamos a buscar a K pero te callas.
-Me callo, pero quiero pedirte un favor …
-¿Cuál?
-Que me dejes decir “y”.
-De acuerdo, dilo.
-YYYYY… – pronunció “i” sonriente, casi cantando, como si pronunciar esa palabra lo hiciera muy feliz.
Habiendo terminado la plática salieron, no sin que antes la A se bañara, se pusiera elegante como letra cursiva y unos zapatos que la hicieron parecer capitular.
Encontraron a K haciendo estiramientos de cuerpo. Bajaba los brazos –bueno, bajaba un brazo, porque le faltaba el otro- y tocaba sus piernas –su solitaria pierna, porque le faltaba la otra- y resoplaba mucho, como si estuviera muy cansada.
-Veníamos a ver si nos prestabas tu auto para ir a una fiesta.
-Sí se los prestaría si supieran manejar. ¿Saben manejar?
La A y la “i” respondieron al unísono que no.
-Entonces no se los puedo prestar.
-Tengo una idea. Te invitamos a la fiesta y tú manejas.
-Aceptaría la invitación si supiera manejar.
-¿No sabes?
-En teoría sí sé, pero en la práctica me es imposible.
-¿Por qué? Y…
-Muy simple: sólo tengo una pierna y una mano. No voy a poder manejar el acelerador, el freno y el cloch con una sola pata. Y tampoco voy a poder manejar el volante y los cambios con una sola mano.
La K reflexiónó y dijo:
-¡Eureka y recólcholis! Tengo una solución. Inviten a la L. Seguro que sabe manejar.
-¡Objeción! –dijo la A desilusionada-. La L sólo tiene una mano y una pierna.
-Ciertamente, y…
-¡Lo tengo!: inviten a la M, que es una chica bastante bonita, con tres pies y dos manos. Ella sí podrá llevarnos a la fiesta.
Por fin se pusieron de acuerdo y fueron a casa de M. M era una chica bonita y como casi todas las bonitas, vanidosa. Tardó como tres horas en bañarse, peinarse, vestirse y maquillarse. Sus tres ojos lucían espléndidos enmarcados por una especie de lluvia de estrellas sobre un campo de polvos de color celeste.
Cuando M bajó las escaleras parecía una princesa de cuento, con un par de detalles que molestaron a K, L, A, pero que agradaron a “i”: se había tatuado un angelito en una mejilla y un diablito en la otra. De modo que parecía a la distancia que tenía barba.
- Sí los llevo -dijo la M mirando sus tres brillantes zapatos de charol de tacón altísimo- pero no voy sola. Tiene que venir mi amiga O. Ella siempre cuida de que no beba mucho y aleja a los pretendientes feos y torpes que se me acercan como moscas.
-¿¡Quieres que llevemos a esa gorda gordísima!...? Se comerá todos los pasteles y estará bailando como loca y haciendo el ridículo –dijo la K, que ya estaba pensando en el atracón de fresas, bombones y ensaladas que se iba a dar.
-¿Y?
-Nos echarán de la fiesta.
-Que nos echen –dijo M-. No me importa. Quiero fiesta y fiesta voy a tener. Aunque sea una fiesta de cinco minutos. Quiero enamorarme, ponerme alegrita y…
-¿Y?
-Vamos.
Finalmente se pusieron de acuerdo. Encontraron a la O comiendo una pierna de cerdo entera que tenía bien agarrada del hueso, mientras tomaba de una garrafa de vino y eructaba con poca decencia. Todo lo hacía al mismo tiempo, atragantándose.
-Vamos a una fiesta –le dijeron al unísono.
-Esperen. ¿No ven que estoy muy ocupada? Cuando disfruto de la comida no puedo tomar decisiones. Siéntense a esperar en la sala. Termino en una hora.
A, K, L, M, O, también “i” esperaron que terminara de comer y beber.
O terminó su tremenda comilona, lanzó un monumental eructo y dijo:
-Ahora sí, pueden hablar y yo puedo tomar decisiones. ¿Qué quieren?
-Quieremos que manejes el coche de K y…
-No se dice “quieremos” sino queremos.
-Queremos que manejes el coche de K para que nos lleves a la fiesta de J.
-Está bien, pero les advierto que J está casada con N, un tipo muy especial: a todo dice “no”, “negativo”, “nunca”, “nada”. Ni siquiera los dejará entrar a la fiesta.
-Por eso no te preocupes -dijo S, que recién estaba llegando y había escuchado toda la plática-. Yo me encargo de que N nos permita entrar a la fiesta.
El caso es que S siempre lograba convencer a cualquier letra de cualquier cosa. A todo decía sí, siempre, ciertamente, de acuerdo, sin duda. Y nadie le podía llevar la contraria.
En eso estaba pasando P, una famosa cantante de ópera, frente a la casa. Puesto que era chismosa, como la “i” y como casi todas las cantantes de ópera, se asomó a la ventana. Vio a K, L, M, O, S, A y también a “i”, hablando en voz baja, lo que le llamó la atención.
-¿Qué hacen chicos?
-Nada –dijo la M moviendo apresuradamente sus tres manos-, nada-. Y en voz baja les susurró a sus amigos: Que no se entere de la fiesta, que no se entere. P es demasiado coqueta y va a querer acaparar a todas las letras macho…
-¿Y? –dijo la “i”, a la que no le interesaban las letras macho sino las letras hembra. Pensaba que si la P acaparaba a los machos, todas las hembras quedarían para él.
-Y… que no va a ser divertida una fiesta en la que sólo P va a brillar.
-Así es la vida, amigo. Una guerra de todos contra todos.
-¿Entonces llevamos a la P?
-De acuerdo –dijeron todos, menos la M, que dijo que si iba la P no iba ella.
A última hora la M decidió decirle que no al no y por lo tanto sí ir, aunque no estuviera de acuerdo con su propia decisión.
Cuando llegaron la A, la K, la L, la M, la O, la P, la S y también la “i” al coche, se dieron cuenta de algo muy inconveniente: el coche era tan chico que la O, que iba a ser la conductora, no cabía por la puerta. Entonces fue necesario buscar otro conductor.
-La Q sabe conducir muy bien –dijo la O-. Es la que maneja el camión de la basura y lo hace muy bien.
Fueron a buscar a la Q. La Q era una mujer grandota, ruda y con bigote. No olía muy bien, pero por lo menos era muy agradable. Inmediatamente la Q se puso contenta.
-Me encantan las fiestas.
Sólo para las fiestas se baña, dijo la P en voz baja.
-Hay un inconveniente –dijo la M, que buscaba obstáculos para todo, como sucede con todas las mujeres hermosas.
-¿Cuál inconveniente?
-¿Cuánto pesas?
-250 kilos –dijo la Q.
-50 más que yo -dijo la O, muy orgullosa-. Si quieres te dicto la receta de la luna.
-¿Y? Olvidémonos de las recetas. ¿Cuál es el inconveniente?
-Que si la O no cabe por la puerta del coche, menos va a caber la Q.
-Les aseguro que sí puedo entrar –dijo la Q-. Nada más me engraso el cuerpo y ustedes me empujan.
La Q se frotó las manos muy emocionada. Ya se veía comiendo hasta el cansancio y moviendo sus grasitas al ritmo de la música de la Orquesta de la W, compuesta sólo por minúsculas y dirigida por una imponente letra capitular cuyo nombre nadie sabía.
-¿Creen que la N me aceptará en la fiesta de J?–preguntó la Q emocionada.
-Claro que no te aceptará al principio, pero después sí. Ya sabes que cambia de opinión cada vez que decide tomar una decisión -dijo la S-. Además eres la gorda más simpática del mundo.
El grupo crecía y también el entusiasmo. La A, la “i”, la K, la L, la M, la O, la P y la Q y la S no estaban dispuestas a perderse la fiesta por nada del mundo.
-Ya sé –dijo la S, que siempre tenía solución para todo-. La T es muy buen conductor y también le gustan las fiestas.
-Pero tiene dos inconvenientes –dijo la M, buscando pretextos para echarlo todo a perder, como de costumbre-. La T es muy cabezón y su esposa no lo deja salir de noche.
-No importa –insistió la S-: la invitamos también a ella.
-¿Invitar a esa insolente? –gritó la A-. No la conocen: se la pasa regañando a todo el mundo. Nos echará a perder la fiesta.
-Mejor –dijo la A-, así regresamos temprano a casa a dormir.
-¿Y de qué te sirve dormir hoy si mañana no tienes nada que hacer? Recuerda que te echaron del trabajo por dormilón y perezoso -dijo la “i”.
-Sirve para despertarse, comer y volver a dormir.
-Y … ¡Córtenla! Tenemos que solucionar esto.
-¿Entonces no invitamos a la T y a la U?
-Claro que sí -dijo S-. También tienen derecho a divertirse.
¿Finalmente? Finalmente o casi finalmente fueron a buscar a la T y la U.
U, la muy terca esposa de T, dijo:
-Dejo ir a T sólo si voy con él. Es tan cabezón que va a querer amanecerse bebiendo y hablando mal de mí.
Pero T, que iba a ser el conductor designado del coche que llevaría a todas las letras a la fiesta de J, dijo que no quería manejar coches porque se sentía muy triste. Y cada vez que se sentía triste chocaba los coches, lo llevaban a la oficina de tránsito, le quitaban dinero y se ponía más triste.
De todos modos dijo que su vecina, la V, era excelente conductor y que sin duda le gustaría ir a la fiesta.
U, esposa de T, que estaba aburrida de ver a su marido triste, le dijo:
-Aunque no quieras manejar tienes que ir a la fiesta para que se te quite la tristeza.
-La tristeza no se quita yendo a fiestas –dijo la S.
-¿Entonces cómo se quita? –preguntó la K.
-Acostándose en el patio sobre la hierba y mirando las estrellas –dijo la P, que a pesar de ser hombreriega de letras a morir, era poética, muy poética y por eso se enamoraba de todos los letros.
-¿Y si llueve?
-Cuando las personas están tristes nunca llueve –dijo la P enfática.
En ese momento todas las letras presentes miraron a la P y la hallaron encantadora. Era la cantante de ópera menos antipática del mundo, sin duda alguna.
-Falso –dijo la K-: la lluvia es causada por la tristeza de mucha gente. La prueba es que donde hay sol mucha gente se ríe.
-Mucha cháchara -dijo la O, que ya tenía hambre-. Si tardamos se van a acabar los pasteles y nos tocará lavar los platos.
Finalmente… ya casi finalmente, fueron a buscar a la V. La V estaba haciendo lo que habitualmente le gusta hacer: mirar el cielo, como si siempre estuviera triste. Pero no estaba triste. Simplemente era su gusto mirar las estrellas en la noche y las nubes de día.
Las letras que la miraban día y noche acostada en el patio sobre la hierba decían que iba a ser poeta.
W, La madre de la V, salió a la puerta secándose las manos con un trapo. Vio a la multitud de letras: la A, la i, la K, la M, la O, la Q, la S, la P, la T y la U… y les preguntó que querían:
-Y…- dijo la “i”- invitar a V a una fiesta.
-Mi hija no tiene permiso de salir- dijo la señora W, que era una mujer cortante, muy trabajadora y estricta-. Todo el día se lo ha pasado mirando las nubes y toda la noche las estrellas y no ha hecho nada.
X, un hombre de casi dos metros, padre de la V, se asomó por la puerta del garaje, cubierto de grasa de pies a cabeza. Estaba arreglando su coche, dijo, y necesitaba la ayuda de su hija para que le lavara la ropa.
-¿O sea que no tiene permiso para ir?
-O sea que ya me entendieron. ¡Adiós!
-¿Y ahora qué hacemos? –preguntaron al unísono A, la “i”, la K, la M, la O, la P, la Q y la T, que no estaban dispuestas a perderse la fiesta por nada del mundo.
-Ya sé –dijo la P-. Conozco a una persona que consigue todo lo que quiere. Estoy seguro que puede convencer a los padres de V de que la dejen ir a la fiesta.
-No me digas que estás hablando de la Ñ.
-Claro que sí. La Ñ consigue lo que quiere.
-Pero es una letra ridícula, con ese sombrerote torcido.
-Y con ese acento francés tan insoportable.
-Además parece un garabato.
-Mira quien habla, S. Tú pareces una lombriz.
-Además la Ñ es poco original. Copia en todo a la N y para disimular su falta de imaginación se pone un sombrero de señora de alta sociedad o de mariachi.
-Ya párenle –dijo la S, que era capaz de arreglar cualquier problema o discusión con una sonrisa -. Todos somos raros de alguna manera. Si vivimos criticando a los demás nunca vamos a organizar la fiesta. La vida sería un eterno velorio si nos la pasáramos criticando a los demás.
La Ñ estuvo encantada con la invitación. Mostró su licencia de conducir. Todas las letras reunidas lanzaron un grito de júbilo y gastaron los signos de exclamación que había en los alrededores.
La A, la K, la “i”, la M, la N, la O, la P, la Q, la S, la T, la U, la V, la W y la X corrieron al coche y quisieron montarse a la vez. Descubrieron lo que era evidente. No cabían todos.
-¿Y ahora qué hacemos? –gritaron desconsolados, los unos llorando, los otros enojados, algunos tristes, otros resignados.
-Siempre hay una solución –dijo la S.
-¿Cuál? –gritaron a coro, como si se hubieran puesto de acuerdo.
-Sencillo: llamemos a la J y digámosle que vamos a trasladar la fiesta de sitio. ¡Hagamos la fiesta en casa de A!
-Me parece perfecto –dijo la Ñ-. Yo voy en el coche a casa de J, lo invito y traigo a los músicos. Si la N no quiere venir, mejor. Con sus no, nunca y jamás, echaría a perder la fiesta.
-¿Y los pasteles? –preguntó la O.
-Y y Z son los mejores pasteleros del mundo. Hay que invitarlos.
-¿Todos felices? –preguntó S a la multitud de letras.
-Sííííí –gritaron casi al unísono casi todos.
-No –dijo secamente la M. Luego pensó un rato y dijo-. Bueno, como nunca estoy de acuerdo con nadie, ni conmigo mismo, sí voy a estar feliz aunque no quiera.
Entonces la F, la “i” y la “N”, casi pusieron fin a este cuento con la palabra FIN, cerraron la puerta y comenzaron a divertirse en la fiesta más alegre del mundo. En ese momento llegaron las letras faltantes: la señora W, muy guapa y sin su trapo secador de platos, y el señor X, ya bañado, perfumado y sin grasa de mecánico. Hasta el jefe de A, C, apareció con su mejor traje, acompañado por un maricahi de letras extranjeras:
-No queremos perdernos la fiesta más feliz del mundo –dijeron.
Y ahora sí cerraron la puerta, pusieron la palabra FIN al cuento y el cuento finalmente se terminó. No faltó ni una sola letra, e incluso los signos de admiración, de interrogación, las comas, los puntos y los tres puntos se colaron a última hora. Y entonces comenzó ahora sí definitivamente la fiesta más feliz del mundo. El punto final se sentó de espaldas a la puerta para estar seguro de que no entrara absolutamente nadie que echara a perder el final feliz y sobre todo, definitivo, de la fiesta de las letras.
©Marco Tulio Aguilera Garramuño
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