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Miguel de Unamuno en AlbaLearning

Miguel de Unamuno

"Nada menos que todo un hombre"

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Biografía de Miguel de Unamuno en Wikipedia

 
 
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Música: Schumann Album für die Jugend op.68, no. 1 "Melodie"
 
Nada menos que todo un hombre
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Pocos días después de haber vuelto Julia del manicomio, recibía el conde de Bordaviella, no una invitación, sino un mandato de Alejandro para ir a comer a su casa.

«Como ya sabrá usted, señor conde — le decía en una carta — , mi mujer ha salido del manicomio completamente curada; y como la pobre, en la época triste de su delirio, le ofendió a usted gravemente, aunque sin intención ofensiva, suponiéndole capaz de infamias de que es usted, un perfecto caballero, absolutamente incapaz, le ruego, por mi conducto, que venga pasado mañana, jueves, a acompañarnos a comer, para darle las satisfacciones que a un caballero, como es usted, se le deben. Mi mujer se lo ruega y yo se lo ordeno. Porque si usted no viene ese día a recibir esas satisfacciones y explicaciones, sufrirá las consecuencias de ello. Y usted sabe bien de lo que es capaz

Alejandro Gómez.»

El conde de Bordaviella llegó a la cita pálido, tembloroso y desencajado. La comida transcurrió en la más lóbrega de las conversaciones. Se habló de todas las mayores frivolidades — los criados delante — , entre las bromas más espesas y feroces de Alejandro. Julia le acompañaba. Después de los postres, Alejandro, dirigiéndose al criado, le dijo: «Trae el te.»

— ¿Te? — se le escapó al conde.

— Sí, señor conde — le dijo el señor de la casa — . Y no es que me duelan las tripas, no; es para estar más a tono. El te va muy bien con las satisfacciones entre caballeros.

Y volviéndose al criado: «¡Retírate!»

Quedáronse los tres solos. El conde temblaba. No se atrevía a probar el te.

— Sírveme a mí primero, Julia — dijo el marido — , Y yo lo tomaré antes para que vea usted, señor conde, que en mi casa se puede tomar todo con confianza.

— Pero si yo...

— No, señor conde; aunque yo no sea un caballero, ni mucho menos, no he llegado aún a eso. Y ahora mi mujer quiere darle a usted unas explicaciones.

Alejandro miró a Julia, y ésta, lentamente, con voz fantasmática, empezó a hablar. Estaba espléndidamente hermosa. Los ojos le relucían con un brillo como de relámpago. Sus palabras fluían frías y lentas, pero se adivinaba que por debajo de ellas ardía un fuego consumidor.

— He hecho que mi marido le llame, señor conde — dijo Julia — , porque tengo que darle una satisfacción por haberle ofendido gravemente.

— ¿A mí, Julia?

— ¡No me llame usted Julia! Sí, a usted. Cuando me puse loca, loca de amor por mi marido, buscando a toda costa asegurarme de si me quería o no, quise tomarle a usted de instrumento para excitar sus celos, y en mi locura llegué a acusarle a usted de haberme seducido. Y esto fue un embuste, y habría sido una infamia de mi parte si yo no hubiese estado como estaba loca. ¿No es así, señor conde?

— Sí, así es, doña Julia...

— Señora de Gómez — corrigió Alejandro.

— Lo que le atribuí a usted, cuando le llamábamos mi marido y yo el michino..., ¡perdónenoslo usted!

— ¡Por perdonado!

— Lo que le atribuí entonces fue una acción villana e infame, indigna de un caballero como usted...

— ¡Muy bien — agregó Alejandro — , muy bienl Acción villana e infame, indigna de un caballero; ¡muy bienl

— Y aunque, como le repito, se me puede y debe excusar en atención a mi estado de entonces, yo quiero, sin embargo, que usted me perdone. ¿Me perdona?

— Sí, sí; le perdono a usted todo; les perdono a ustedes todo — suspiró el conde más muerto que vivo y ansioso de escapar cuanto antes de aquella casa.

— ¿A ustedes? — le interrumpió Alejandro — . A mí no me tiene usted nada que perdonar.

— ¡Es verdad, es verdad!

— Vamos, cálmese — continuó el marido — , que le veo a usted agitado. Tome otra taza de te. Vamos, Julia, sírvele otra taza ai señor conde. ¿Quiere usted tila en ella?

— No..., no...

— Pues bueno, ya que mi mujer le dijo lo que tenía que decirle, y usted le ha perdonado su locura, a mí no me queda sino rogarle que siga usted honrando nuestra casa con sus visitas. Después de lo pasado, usted comprenderá que sería de muy mal efecto que interrumpiéramos nuestras relaciones. Y ahora que mi mujer está ya, gracias a mí, completamente curada, no corre usted ya peligro alguno con venir acá. Y en prueba de mi confianza en la total curación de mi mujer, ahí les dejo a ustedes dos solos, por si ella quiere decirle algo que no se atreve a decírselo delante de mí, o que yo, por delicadeza, no deba oír.

Y se salió Alejandro, dejándolos cara a cara y a cuál de los dos más sorprendidos de aqueila conducta. «¡Qué hombre!», pensaba él, el conde, y Julia: «¡Este es un hombre!»

Siguióse un abrumador silencio. Julia y el conde no se atrevían a mirarse. El de Bordaviella miraba a la puerta por donde saliera el marido.

— No — le dijo Julia — , no mire usted así; no conoce usted a mi marido, a Alejandro. No está detrás de la puerta espiando lo que digamos.

— ¡Qué sé yo...! Hasta es capaz de traer testigos...

— ¿Por qué dice usted eso, señor conde?

— ¿Es que no me acuerdo de cuando trajo a los dos médicos en aquella horrible escena en que me humilló cuanto más se puede y cometió la infamia de hacer que la declarasen a usted loca?

— Y así era la verdad, porque si no hubiese estado yo entonces loca, no habría dicho, como dije, que era usted mi amante...

— Pero...

— ¿Pero qué, señor conde?

— ¿Es que quieren ustedes declararme a mí loco o volverme tal? ¿Es que va usted a negarme, Julia...?

— ¡Doña Julia o señora de Gómez!

— ¿Es que va usted a negarme, señora de Gómez, que, fuese por lo que fuera, acabó usted, no ya sólo aceptando mis galanteos...; no, galanteos, no; mi amor...?

— ¡Señor conde...!

— ¿Que acabó, no sólo aceptándolos, sino que era usted la que provocaba y que aquello iba...?

— Ya le he dicho a usted, señor conde, que estaba entonces loca, y no necesito repetírselo.

— ¿Va usted a negarme que empezaba yo a ser su amante?

— Vuelvo a repetirle que estaba loca.

— No se puede estar ni un momento más en esta casa. ¡Adiósl

El conde tendió la mano a Julia, temiendo que se la rechazaría. Pero ella se la tomó y le dijo:

— Conque ya sabe usted lo que le ha dicho mi marido. Usted puede venir acá cuando quiera, y ahora que estoy yo, gracias a Dios y a Alejandro, completamente curada, curada del todo, señor conde, sería de mal efecto que usted suspendiera sus visitas.

— Pero Julia...

— ¿Qué? ¿Vuelve usted a las andadas? ¿No le he dicho que estaba entonces loca?

— A quien le van a volver ustedes loco, entre su marido y usted, es a mí...

— ¿A usted? ¿Loco a usted? No me parece fácil...

— ¡Clarol ¡El michinol

Julia se echó a reír. Y el conde, corrido y abochornado, salió de aquella casa decidido a no volver más a ella.

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