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Miguel de Unamuno en AlbaLearning

Miguel de Unamuno

"Nada menos que todo un hombre"

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Biografía de Miguel de Unamuno en Wikipedia

 
 
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Nada menos que todo un hombre
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¡Pobre Julial Era terrible aquel su nuevo hogar; tan terrible como el de su padre. Era libre, absolutamente libre; podía hacer en él lo que se le antojase, salir y entrar, recibir a las amigas y aun amigos que prefiriera. ¿Pero la quería, o no, su amo y señor? La incertidumbre del amor del hombre la tenía como presa en aquel dorado y espléndido calabozo de puerta abierta.

Un rayo de sol naciente entró en las tempestuosas tinieblas de su alma esclava cuando se supo encinta de aquel su señor marido. «Ahora sabré si me quiere o no», se dijo.

Cuando le anunció la buena nueva, exclamó aquél:

— Lo esperaba. Ya tengo un heredero y a quien hacer un hombre, otro hombre como yo. Le esperaba.

— ¿Y si no hubiera venido? — preguntó ella.

— ¡Imposible! Tenía que venir. ¡Tenía que tener un hijo yo, yo!

— Pues hay muchos que se casan y no lo tienen...

— Otros, sí. ¡Pero yo, no! Yo tenía que tener un hijo.

— ¿Y por qué?

— Porque tú no podías no habérmelo dado.

Y vino el hijo; pero el padre continuó tan hermético. Sólo se opuso a que la madre criara al niño.

— No, yo no dudo de que tengas salud y fuerzas para ello; pero las madres que crían se estropean mucho, y yo no quiero que te estropees: yo quiero que te conserves joven el mayor tiempo posible.

Y sólo cedió cuando el médico le aseguró que, lejos de estropearse, ganaría Julia con criar al hijo, adquiriendo una mayor plenitud su hermosura.

El padre rehusaba besar al hijo. «Con eso de los besuqueos no se hace más que molestarlos'-, decía. Alguna vez lo tomaba en brazos y se le quedaba mirando.

— ¿No me preguntabas una vez por mi familia? — dijo un día Alejandro a su mujer — . Pues aquí la tienes. Ahora tengo ya familia, y quien me herede y continúa mi obra.

Julia pensó preguntar a su marido cuál era su obra, pero no se atrevió a ello. «¡Mi obra! ¿Cuál sería la obra de aquel hombre?» Ya otra vez le oyó la misma expresión.

De las personas que más frecuentaban la casa eran los condes de Bordaviella, sobre todo él, el conde, que tenía negocios con Alejandro, quien le había dado a préstamo usurario cuantiosos caudales. El conde solía ir a hacerle la partida de ajedrez a Julia, aficionada a ese juego, y a desahogar en el seno de la confianza de su amiga, la mujer de su prestamista, sus infortunios domésticos. Porque el hogar condal de los Bordaviella era un pequeño infierno, aunque de pocas llamas. El conde y la condesa ni se entendían ni se querían. Cada uno de ellos campaba por su cuenta, y ella, la condesa, daba cebo a la maledicencia escandalosa. Corría siempre una adivinanza a ella atañedera: «¿Cuál es el cirineo de tanda del conde de Bordaviella?»; y el pobre conde iba a casa de la hermosa Julia a hacerle la partida de ajedrez y a consolarse de su desgracia buscando la ajena.

— ¿Qué, habrá estado también hoy el conde ese? — preguntaba Alejandro a su mujer.

— El conde ese..., el conde ese...; ¿qué conde?

— ¡Ese! No hay más que un conde, y un marqués, y un duque... O para mí todos son iguales y como si fuesen uno mismo.

— ¡Pues sí ha estado!

— Me alegro, si eso te divierte. Es para lo que sirve el pobre mentecato.

— Pues a mí me parece un hombre inteligente y culto, y muy bien educado y muy simpático...

— Sí, de los que leen novelas. Pero, en fin, si eso te distrae...

— Y muy desgraciado.

— ¡Bah; él se tiene la culpa!

— ¿Y por qué?

— Por ser tan majadero. Es natural lo que le pasa. A un mequetrefe como el conde ése es muy natural que le engañe su mujer. ¡Si eso no es un hombre! No sé cómo hubo quien se casó con semejante cosa. Por supuesto, que no se casó con él, sino con el título. ¡A mí me había de hacer una mujer lo que a ese desdichado le hace la suya...!

Julia se quedó mirando a su marido, y de pronto, sin darse apenas cuenta de lo que decía, exclamó:

— ¿Y si te hiciese? Si te saliese tu mujer como a él le ha salido la suya.

— Tonterías — y Alejandro se echó a reir — . Te empeñas en sazonar nuestra vida con sal de libros. Y si es que quieres probarme dándome celos, te equivocas. ¡Yo no soy de ésos! ¿A mí con ésas? ¿A mí? Diviértete en embromar al majadero de Bordaviella.

«¿Pero será cierto que este hombre no siente celos? — se decía Julia — . ¿Será cierto que le tiene sin cuidado que el conde venga y me ronde y me corteje como me está rondando y cortejando? ¿Es seguridad en mi fidelidad y cariño? ¿Es seguridad en su poder sobre mi? ¿Es indiferencia? ¿Me quiere, o no me quiere?» Y empezaba a exasperarse. Su amo y señor marido le estaba torturando el corazón.

La pobre mujsr se obstinaba en provocar celos en su marido, como piedra de toque de su querer, mas no lo conseguía.

— ¿Quieres venir conmigo a casa del conde?

— ¿A qué?

—¡Al te!

— ¿Al te? No me duelen las tripas. Porque en mis tiempos y entre los míos no se tomaba esa agua sucia mas que cuando le dolían a uno las tripas. ¡Buen provecho te haga! Y consuélale un poco al pobre conde! Allí estará también la condesa con su último amigo, el de turno. ¡Vaya una sociedad! ¡Pero, en fin, eso viste!

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