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Mary Shelley en AlbaLearning

Mary Shelley

"Frankenstein o el moderno Prometeo"

Capítulo 19

Biografía de Mary Shelley en Wikipedia

 
 

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Frankenstein
o el moderno Prometeo

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Frankenstein o el moderno Prometeo

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Capítulo 19
 

Una noche me encontraba sentado en mi laboratorio; el sol se había puesto, y la luna empezaba a asomar por entre las olas; no tenía suficiente luz para seguir trabajando y permanecía ocioso, preguntándome si debía dar por terminada la jornada o, por el contrario, hacer un esfuerzo y continuar mi labor y acelerar así su final. Al meditar sobre esto, allí sentado, se me fueron ocurriendo otros pensamientos y me hicieron considerar las posibles consecuencias de mi obra. Tres años antes me encontraba ocupado en lo mismo, y había creado un diabólico ser cuya incomparable maldad me había destrozado el corazón y llenado de amargos remordimientos. Y ahora estaba a punto de crear otro ser, una mujer, cuyas inclinaciones desconocía igualmente; podía incluso ser diez mil veces más diabólica que su pareja y disfrutar con el crimen por el puro placer de asesinar. El había jurado que abandonaría la vecindad de los hombres, y que se escondería en los desiertos, pero ella no; ella, que con toda probabilidad podría ser un animal capaz de pensar y razonar, quizá se negase a aceptar un acuerdo efectuado antes de su creación. Incluso podría ser que se odiasen; la criatura que ya vivía aborrecía su propia fealdad, y ¿no podía ser que la aborreciera aún más cuando se viera reflejado en una versión femenina? Quizá ella también lo despreciara y buscara la hermosura superior del hombre; podría abandonarlo y él volvería a encontrarse solo, más desesperado aún por la nueva provocación de verse desairado por una de su misma especie.

Y aunque abandonaran Europa, y habitaran en los desiertos del Nuevo Mundo, una de las primeras consecuencias de ese amor que tanto ansiaba el vil ser serían los hijos. Se propagaría entonces por la Tierra una raza de demonios que podrían sumir a la especie humana en el terror y hacer de su misma existencia algo precario. ¿Tenía yo derecho, en aras de mi propio interés, a dotar con esta maldición a las generaciones futuras? Me habían conmovido los sofismas del ser que había creado; sus malévolas amenazas me habían nublado los sentidos. Pero ahora por primera vez veía claramente lo devastadora que podía llegar a ser mi promesa; temblaba al pensar que generaciones futuras me podrían maldecir como el causante de esa plaga, como el ser cuyo egoísmo no había tenido reparos en comprar su propia paz al precio quizá de la existencia de todo el género humano.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo y me fallaban las fuerzas cuando, al levantar la vista hacia la ventana, vi el rostro de aquel demonio a la luz de la luna. Una horrenda mueca le fruncía los labios, al ver cómo llevaba a cabo la tarea que él me había impuesto. Sí, me había seguido en mis viajes, había atravesado bosques, se había escondido en cavernas o refugiado en los inmensos brezales deshabitados; y venía ahora a comprobar mis progresos y a reclamar el cumplimiento de mi promesa.

Al mirarlo, vi que su rostro expresaba una increíble malicia y traición. Recordé con una sensación de locura la promesa de crear otro ser como él, y entonces, temblando de ira, destrocé la cosa en la que estaba trabajando. Aquel engendro me vio destruir la criatura en cuya futura existencia había fundado sus esperanzas de felicidad, y, con un aullido de diabólica desesperación y venganza, se alejó.

Salí de la habitación, y, cerrando la puerta, me hice la solemne promesa de no reanudar jamás mi labor. Luego, con paso tembloroso, me fui a mi dormitorio. Estaba solo; no había nadie a mi lado para disipar mi tristeza y aliviarme de la opresión de mis terribles reflexiones.

Pasaron varias horas, y yo seguía junto a la ventana, mirando hacia el mar, que se hallaba casi inmóvil, pues los vientos se habían calmado y la naturaleza dormía bajo la vigilancia de la silenciosa luna. Sólo unos cuantos barcos pesqueros salpicaban el mar, y de vez en cuando la suave brisa me traía el eco de las voces de los pescadores que se llamaban de una barca a otra. Sentía el silencio, aunque apenas me daba cuenta de su temible profundidad; hasta que de pronto oí el chapoteo de unos remos que se acercaban a la orilla, y alguien desembarcó cerca de mi casa.

Pocos minutos después, oí crujir la puerta, como si intentaran abrirla silenciosamente. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza; presentí quién sería, y estuve a punto de despertar a un pescador que vivía en una barraca cerca de la mía; pero me invadió esa sensación de impotencia que tan a menudo se experimenta en las pesadillas, cuando en vano se intenta huir del inminente peligro y los pies rehusan moverse.

Al poco oí pisadas por el pasillo; se abrió la puerta y apareció el temido engendro. La cerró, y, acercándoseme, me dijo con voz sorda:

––Has destruido la obra que empezaste; ¿qué es lo que pretendes? ¿Osas romper tu promesa? He soportado fatigas y miserias; me marché de Suiza contigo; gateé por las orillas del Rin, por sus islas de sauces, por las cimas de sus montañas. He vivido meses en los brezales de Inglaterra y en los desérticos parajes de Escocia. He padecido cansancio, hambre, frío; ¿te atreves a destruir mis esperanzas?

––¡Aléjate! Efectivamente rompo mi promesa; jamás crearé otro ser como tú, semejante en deformidad y vileza.

––Esclavo, antes intenté razonar contigo, pero te has mostrado inmerecedor de mi condescendencia. Recuerda mi fuerza; te crees desgraciado, pero puedo hacerte tan infeliz que la misma luz del día te resulte odiosa. Tú eres mi creador, pero yo soy tu dueño: ¡obedece!

––La hora de mi debilidad ha pasado, y con ella la de tu poder. Tus amenazas no me obligarán a cometer tamaña equivocación; más bien me confirman en mi propósito de no crear una compañera para tus vicios. ¿Querrías que, a sangre fría, infectara la Tierra con otro demonio que se complaciera con la muerte y la desgracia? ¡Aléjate! Estoy decidido, y con tus palabras sólo acrecentarás mi cólera.

El monstruo vio la determinación en mi rostro y rechinó los dientes con rabia imponente.

––¿Encontrará todo hombre  ––gritó–– esposa, todo animal su hembra mientras yo he de permanecer solo? Tenía sentimientos de afecto, que el desprecio y el odio anularon en mí. Mortal, podrás odiar, pero ¡ten cuidado! Pasarás tus horas preso de terror y tristeza, y pronto caerá sobre ti el golpe que te ha de robar para siempre la felicidad. ¿Acaso piensas que puedes ser feliz mientras yo me arrastro bajo el peso de mi desdicha? Podrás destrozar mis otras pasiones; pero queda mi venganza, una venganza que a partir de ahora me será más querida que la luz o los alimentos. Podré morir, pero antes, tú, mi tirano y verdugo, maldecirás el sol que alumbra tus desgracias. Ten cuidado; pues no conozco el miedo y soy, por tanto, poderoso. Vigilaré con la astucia de la serpiente, y con su veneno te morderé. ¡Mortal!, te arrepentirás del daño que me has hecho.

––Calla, diablo, y no envenenes el aire con tus malvados ruidos. Te he comunicado mi decisión, y no soy un cobarde al que puedas convencer con tus amenazas. Déjame; soy implacable.

––Bien. Me iré; pero recuerda: estaré a tu lado en tu noche de bodas.

Abalanzándome sobre él, grité:

––¡Miserable! Antes de firmar mi sentencia de muerte asegúrate de que tú estás a salvo.

Hubiera querido atacarlo; pero me esquivó, y salió de la casa con rapidez. Al cabo de pocos instantes lo vi en la barca cruzando las aguas como una saeta, y pronto se perdió entre las olas.

Volvió a reinar el silencio; pero sus palabras seguían resonando en mis oídos. Me consumía el deseo de perseguir al asesino de mi tranquilidad y hundirlo en el océano. Inquieto y preocupado paseaba de un lado a otro de la habitación, mientras la imaginación me asediaba con mil ideas torturantes. ¿Por qué no lo había perseguido y entablado con él un combate a muerte? Le había permitido escapar y ahora se dirigía hacia el continente. Temblaba al pensar en quién sería la próxima víctima sacrificada a su insaciable venganza. De pronto recordé sus palabras: «Estaré a tu lado en tu noche de bodas.» Esa, pues, era la fecha en la que se cumpliría mi destino. Entonces moriría y, al tiempo, quedaría satisfecha y extinguida su maldad. Esto no me asustaba; pero la imagen de mi querida Elizabeth, derramando lágrimas de inconsolable dolor al ver que su marido le era arrebatado cruelmente, me hizo, por primera vez en muchos meses, prorrumpir en llanto, y decidí no sucumbir ante mi enemigo sin luchar.

Terminó la noche, y el sol se levantó por el horizonte. Empecé a tranquilizarme, si se puede llamar tranquilidad a aquello en lo que nos sumimos cuando la violencia de la ira deja paso a la desesperación. Abandoné la casa, horrible escenario de la contienda de la pasada noche, y paseé por la orilla del mar, que me parecía levantarse como una barrera insuperable entre mis semejantes y yo; tuve entonces el deseo de que aquello se hiciera realidad. Acaricié la idea de pasar el resto de mis días en aquella desnuda roca; sería una existencia penosa, cierto, pero al menos se vería exenta del miedo a cualquier repentina desgracia. Si me iba, era para morir asesinado, o para ver cómo perdían la vida, a manos del diablo que yo mismo había creado, aquellos a quienes más quería.

Vagué por la isla como un fantasma, alejado de todo lo que amaba, y entristecido por esta separación. Hacia mediodía, cuando el sol estaba en su cima, me tumbé en la hierba v me invadió un profundo sueño. No había dormido la noche anterior, tenía los nervios alterados y los ojos irritados por el llanto y la vigilia. El sueño en el cual me sumí me recuperó; y, al despertar, sentí de nuevo como si perteneciera a una raza de seres humanos como yo. Me puse a reflexionar con más serenidad, pero aún resonaban en mi oído, como un toque a muerto, las palabras del malvado ser; parecían lejanas, como un sueño, pero eran claras y apremiantes como la misma realidad.

El sol se encontraba ya muy bajo, y yo aún seguía en la playa, saciando el apetito con unas galletas de avena, cuando vi atracar una barca no lejos de mí. Se acercó uno de los hombres v me dio un paquete; contenía cartas de Ginebra y una de Clerval en la que me rogaba me reuniera con él. Decía que hacía casi un año que habíamos abandonado Suiza, y no habíamos visitado Francia. Me insistía, por tanto, en que abandonara mi isla solitaria y me reuniera con él en Perth, al cabo de una semana, y juntos hiciéramos planes para continuar nuestro viaje. Esta carta me hizo, en parte, volver a la realidad, y decidí que me iría de la isla a los dos días.

Pero, antes de partir, me esperaba una tarea que me producía escalofríos sólo de pensar en ello: tenía que empaquetar mis instrumentos de química, para lo cual era preciso que entrara en la habitación donde había llevado a cabo mi odioso trabajo, y tenía que tocar aquellos instrumentos, cuya simple vista me producía náuseas. Cuando amaneció, al día siguiente, me armé de valor y abrí la puerta del laboratorio. Los restos de la criatura a medio hacer que había destruido estaban esparcidos por el suelo y casi tuve la sensación de haber mutilado la carne viva de un ser humano. Me detuve para sobreponerme, y entré en el cuarto. Con manos temblorosas saqué los instrumentos de allí; pero pensé que no debía dejar los restos de mi obra, que llenarían de horror v sospechas a los campesinos. Por tanto, los metí en una cesta, junto con un gran número de piedras, y, apartándola, decidí arrojarla al mar aquella misma noche; en espera de lo cual me fui a la playa a limpiar mi material.

Desde la noche en que apareciera aquel diablo, mis sentimientos habían cambiado totalmente. Hasta entonces pensaba en mi promesa con profunda desesperación y la consideraba como algo que debía cumplir, cualesquiera que fueran las consecuencias. Pero ahora me parecía como si me hubieran quitado una venda de delante de los ojos y que, por primera vez, veía las cosas con claridad. Ni por un instante se me ocurrió reanudar mi tarea; la amenaza que había oído pesaba en mi mente, pero no creía que un acto voluntario por mi parte consiguiera anularla. Tenía muy presente que, de crear otro ser tan malvado como el que ya había hecho, estaría cometiendo una acción de indigno y atroz egoísmo, y apartaba de mis pensamientos cualquier idea que pudiera llevarme a variar mi decisión.

La luna salió entre las dos y las tres de la madrugada; metí el cesto en un bote, y me adentré en el mar unas millas. El lugar estaba_ completamente solitario; unas cuantas barcas volvían hacia la isla, pero yo navegaba lejos de ellas. Me sentía como si fuera a cometer algún terrible crimen y quería evitar cualquier encuentro. De repente, la luna, que hasta entonces había brillado clarísima, se ocultó tras una espesa nube, v aproveché el momento de tinieblas para arrojar mi cesta al mar; escuché el gorgoteo que hizo al hundirse y me alejé. El cielo se ensombreció; pero el aire era límpido aunque fresco, debido a la brisa del noreste que se estaba levantando. Me invadió una sensación tan agradable, que me animó y decidí demorar mi regreso a la isla; sujeté el timón en posición recta, y me tumbé en el fondo de la barca. Las nubes ocultaban la luna, todo estaba oscuro, y sólo se oía el ruido de la barca cuando la quilla cortaba las olas; el murmullo me arrullaba, y pronto me quedé profundamente dormido.

No sé el tiempo que transcurrió, pero cuando me desperté vi que el sol ya estaba alto. Se había levantado un viento que amenazaba la seguridad de mi pequeña embarcación. Venía del nordeste, y debía haberme alejado mucho de la costa donde embarqué; traté de cambiar mi rumbo pero en seguida me di cuenta de que zozobraría si lo intentaba de nuevo. No tenía más solución que intentar navegar con el viento de popa. Confieso que me asusté. Carecía de brújula, y estaba tan poco familiarizado con esta parte del mundo, que el sol no me servía de gran ayuda. Podía adentrarme en el Atlántico, y sufrir las torturas de la sed y del hambre, o verme tragado por las inmensas olas que surgían a mi alrededor. Llevaba ya fuera muchas horas y la sed, preludio de mayores sufrimientos, empezaba a torturarme. Observé el cielo cubierto de nubes que, empujadas por el viento, iban a la zaga unas de otras; observé el mar que había de ser mi tumba.

––¡Villano! ––Exclamé––, tu tarea está cumplida.

Pensé en Elizabeth, en mi padre, en Clerval; y me sumí en un delirio tan horrendo y desesperante, que incluso ahora, cuando todo está a punto de terminar para mí, tiemblo al recordarlo.

Así transcurrieron algunas horas, pero poco a poco, a medida que el sol caminaba hacia el horizonte, el viento fue remitiendo hasta convertirse en una suave brisa, y las olas se fueron calmando. Seguía habiendo una fuerte marejada, me encontraba mal, y apenas podía sujetar el timón, cuando de pronto divisé hacia el sur una franja de tierras altas. A pesar de lo agotado que estaba por la fatiga y la terrible emoción que había soportado durante algunas horas, esta repentina certeza de vida me llenó el corazón de cálida ternura, y las lágrimas empezaron a correrme por las mejillas.

¡Qué mudables son nuestros sentimientos y que extraño el apego que tenemos a la vida, incluso en los momentos de máximo sufrimiento! Con parte de mis vestidos confeccioné otra vela, y me afané por poner rumbo a tierra firme. Tenía un aspecto rocoso y salvaje, pero así que me acercaba vi claras muestras de cultivo. Había embarcaciones en la playa, y de pronto me encontré devuelto a la civilización. Recorrí las ondulaciones de la tierra y divisé al fin un campanario que asomaba por detrás de una colina. A causa de mi estado de extrema debilidad, decidí dirigirme directamente al pueblo como el lugar donde más fácilmente encontraría alimento. Afortunadamente llevaba dinero conmigo. Al doblar el promontorio vi ante mí un pequeño y aseado pueblo y un buen puerto en el que entré con el corazón rebosante de alegría tras mi inesperada salvación.

Mientras me ocupaba en atracar la barca y arreglar las velas, varias personas se aglomeraron a mi alrededor. Parecían muy sorprendidas por mi aspecto, pero en lugar de ofrecerme su ayuda murmuraban entre ellos y gesticulaban de una manera que, en otras circunstancias, me hubiera alarmado. Pero en aquel momento sólo advertí que hablaban inglés, y, por tanto, me dirigí a ellos en ese idioma.

––Buena gente ––dije––, ¿tendrían la bondad de decirme el nombre de este pueblo e indicarme dónde me encuentro?

––¡Pronto lo sabrá!  ––contestó un hombre con brusquedad––. Quizá haya llegado a un lugar que no le guste demasiado; en todo caso le aseguro que nadie le va a consultar acerca de dónde querrá usted vivir.

Me sorprendió enormemente recibir de un extraño una respuesta tan áspera; también me desconcertó ver los ceñudos y hostiles rostros de sus compañeros.

––¿Por qué me contesta con tanta rudeza? ––le pregunté––: no es costumbre inglesa el recibir a los extranjeros de forma tan poco hospitalaria.

––Desconozco las costumbres de los ingleses ––respondió el hombre––; pero es costumbre entre los irlandeses el odiar a los criminales.

Mientras se desarrollaba este diálogo la muchedumbre iba aumentando. Sus rostros demostraban una mezcla de curiosidad y cólera, que me molestó e inquietó. Pregunté por el camino que llevaba a la posada; pero nadie quiso responderme. Empecé entonces a caminar, y un murmullo se levantó de entre la muchedumbre que me seguía y me rodeaba. En aquel momento se acercó un hombre de aspecto desagradable y, cogiéndome por el hombro, dijo:

––Venga usted conmigo a ver al señor Kirwin. Tendrá que explicarse.

––¿Quién es el señor Kirwin? ¿Por qué debo explicarme?, ¿no es éste un país libre?

––Sí, señor; libre para la gente honrada. El señor Kirwin es el magistrado, y usted deberá explicar la muerte de un hombre que apareció estrangulado aquí anoche.

Esta respuesta me alarmó pero pronto me sobrepuse. Yo era inocente y podía probarlo fácilmente; así que seguí en silencio a aquel hombre, que me llevó hasta una de las mejores casas del pueblo. Estaba a punto de desfallecer de hambre y de cansancio; pero, rodeado como me encontraba por aquella multitud, consideré prudente hacer acopio de todas mis energías para que la debilidad física no se pudiera tomar como prueba de mi temor o culpabilidad. Poco esperaba entonces la calamidad que en pocos momentos iba a caer sobre mí, ahogando con su horror todos mis miedos ante la ignominia o la muerte.

Aquí debo hacer una pausa, pues requiere todo mi valor recordar los terribles sucesos que, con todo detalle, le narraré.

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