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Mary Shelley

"Frankenstein o el moderno Prometeo"

Capítulo 15

Biografía de Mary Shelley en Wikipedia

 
 

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Frankenstein
o el moderno Prometeo

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Frankenstein o el moderno Prometeo

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Capítulo 15
 

¡Maldito, maldito creador! ¿Por qué tuve que vivir? ¿Por qué no apagué en ese instante la llama de vida que tú tan inconscientemente habías encendido? No lo sé; aún no se había apoderado de mí la desesperación; experimentaba sólo sentimientos de ira y venganza. Con gusto hubiera destruido la casa y sus habitantes, y sus alaridos y su desgracia me hubieran saciado.

Cuando cayó la noche, salí de mi refugio y vagué por el bosque; y ahora, que ya no me frenaba el miedo a que me descubrieran, di rienda suelta a mi dolor, prorrumpiendo en espantosos aullidos. Era como un animal salvaje que hubiera roto sus ataduras; destrozaba lo que se cruzaba en mi camino, adentrándome en el bosque con la ligereza de un ciervo. ¡Qué noche más espantosa pasé! Las frías estrellas parecían brillar burlonamente, y los árboles desnudos agitaban sus ramas; de cuando en cuando el dulce trino de algún pájaro rompía la total quietud. Todo, menos yo, descansaba o gozaba. Yo, como el archidemonio, llevaba un infierno en mis entrañas; y, no encontrando a nadie que me comprendiera, quería arrancar los árboles, sembrar el caos y la destrucción a mi alrededor, y sentarme después a disfrutar de los destrozos.

Pero era una sensación que no podía durar; pronto el exceso de este esfuerzo corporal me fatigó, y me senté en la hierba húmeda, sumido en la impotencia de la desesperación. No había uno de entre los millones de hombres en la Tierra que se compadeciera de mí y me auxiliara. ¿Debía yo entonces sentir bondad hacia mis enemigos? ¡No! Desde aquel momento declararía una guerra sin fin contra la especie, y en particular contra aquel que me había creado y obligado a sufrir esta insoportable desdicha.

Salió el sol. Al oír voces, supe que me sería imposible volver a mi refugio durante el día. De modo que me escondí entre la maleza, con la intención de dedicar las próximas horas a reflexionar sobre mi situación.

El cálido sol y el aire puro me devolvieron en parte la tranquilidad; y cuando repasé lo sucedido en la casa, no pude por menos de llegar a la conclusión de que me había precipitado. Obviamente había actuado con imprudencia. Estaba claro que mi conversación había despertado en el padre un interés por mí, y yo era un necio por haberme expuesto al horror que produciría en sus hijos.

Debí haber esperado hasta que el anciano De Lacey estuviera familiarizado conmigo, y haberme presentado a su familia poco a poco, cuando estuvieran preparados para mi presencia. Pero creí que mi error no era irreparable y, tras mucho meditar, decidí volver a la casa, buscar al anciano y ganarme su apoyo exponiéndole sinceramente mi situación.

Estos pensamientos me calmaron, y por la tarde caí en un profundo sueño; pero la fiebre que me recorría la sangre me impidió dormir tranquilo. Constantemente me venía a los ojos la escena del día anterior; en mis sueños veía cómo las mujeres huían enloquecidas, y Félix, ciego de ira, me arrancaba del lado de su padre. Desperté exhausto; y, al ver que ya era de noche, salí de mi escondite en busca de algo que comer.

Cuando hube satisfecho mi hambre, me encaminé hacia el sendero que tan bien conocía y que llevaba hasta la casa. Allí reinaba la paz. Penetré con sigilo en el cobertizo, y aguardé en silenciosa expectación la hora en que la familia solía levantarse. Pero pasó esa hora; el sol estaba ya alto en el cielo, y mis vecinos no se dejaban ver. Me puse a temblar con violencia, temiéndome alguna desgracia. El interior de la vivienda estaba oscuro y no se oía ningún ruido. No puedo describir la agonía de esta espera.

De pronto se acercaron dos campesinos que, deteniéndose cerca de la casa, comenzaron a discutir, gesticulando violentamente. No entendía lo que decían, pues hablaban el idioma del país, que era distinto del de mis protectores. Poco después llegó Félix con otro hombre, lo cual me sorprendió, pues sabía que no había salido de la casa aquella mañana. Aguardé con impaciencia a descubrir, por sus palabras, el significado de estas insólitas imágenes.

––¿Ha pensado usted ––decía el acompañante–– que tendrá que pagar tres meses de alquiler, y que perderá la cosecha de su huerto? No quiero aprovecharme injustamente y le ruego, por tanto, que recapacite sobre su decisión algunos días más.

––Es inútil ––contestó Félix––, no podemos seguir viviendo en su casa. La vida de mi padre corre grave peligro, debido a lo que le acabo de contar. Mi mujer y mi hermana tardarán en recobrarse del susto. No insista, se lo suplico. Recupere su casa y déjeme huir de este lugar.

Félix temblaba mientras decía estas palabras. Entró en la casa con su acompañante, donde permanecieron algunos minutos, y luego salieron. No volví a ver a ningún miembro de la familia De Lacey.

Permanecí en el cobertizo el resto del día, en un estado de completa desesperación. Mis protectores se habían ido, y con ellos el único lazo que me ataba al mundo. Por primera vez noté que sentimientos de venganza y odio se apoderaban de mí y que no intentaba reprimirlos; dejándome arrastrar por la corriente, permití que pensamientos de muerte y destrucción me invadieran. Cuando pensaba en mis amigos, en la mansa voz de De Lacey, la mirada tierna de Agatha y la belleza exquisita de la joven árabe, desaparecían estos pensamientos, y hallaba en el llanto que me producían un cierto alivio; pero cuando de nuevo pensaba en que me habían abandonado y rechazado, me volvía la ira, una ira ciega y brutal. Incapaz de dañar a los humanos, volví mi cólera contra las cosas inanimadas. Avanzada la noche, coloqué alrededor de la casa diversos objetos combustibles; y, tras destruir todo rastro de cultivo en la huerta, esperé con forzada impaciencia la desaparición de la luna para empezar mi tarea.

Así que avanzaba la noche, se levantó un fuerte viento desde el bosque, y pronto se dispersaron las nubes que cubrían el cielo. La ventolera fue aumentando hasta que pareció una imponente avalancha, y produjo en mí una especie de demencia que arrasó los límites de la razón. Prendí fuego a una rama seca, y comencé una alocada danza alrededor de la casa, antes tan querida, los ojos fijos en el oeste, donde la luna comenzaba a rozar el horizonte. Parte de la esfera finalmente se ocultó y blandí mi rama; desapareció por completo, y, con un aullido, encendí la paja, los matorrales y arbustos que había colocado. El viento avivó el fuego, y pronto la casa estuvo envuelta en llamas que la lamían ávidamente con sus destructoras y puntiagudas lenguas de fuego.

En cuanto me hube convencido de que no había forma de que se salvara parte alguna de la vivienda, abandoné el lugar, y me adentré en el bosque para buscar cobijo.

Ahora que el mundo se abría ante mí, ¿a dónde debía dirigir mis pasos? Decidí huir lejos del lugar de mis infortunios; pero para mí, ser odiado y despreciado, todos los países serían igualmente hostiles. Finalmente, pensé en ti. Sabía por tu diario que eras mi padre, mi creador, y ¿a quién podía dirigirme mejor que a aquel que me había dado la vida? Entre las enseñanzas que Félix le había dado a Safie se incluía también la geografía. De ella había aprendido la situación de los distintos países de la Tierra. Tú mencionabas Ginebra como tu ciudad natal y, por tanto, allí decidí encaminarme.

Mas ¿cómo había de orientarme? Sabía que debía viajar en dirección suroeste para llegar a mi destino, pero el sol era mi único guía. Desconocía el nombre de las ciudades por las cuales tenía que pasar, y no podía preguntarle a nadie; pero, no obstante, no desesperé. Sólo de ti podía ya esperar auxilio, aunque no sentía por ti otro sentimiento que el odio. ¡Creador insensible y falto de corazón! Me habías dotado de sentimientos y pasiones para luego lanzarme al mundo, víctima del desprecio y repugnancia de la humanidad. Pero sólo de ti podía exigir piedad y reparación, y de ti estaba dispuesto a conseguir esa justicia que en vano había intentado buscarme entre los demás seres humanos.

Mi viaje fue largo, y muchos los sufrimientos que padecí. Era a finales de otoño cuando abandoné la región en la cual había vivido tanto tiempo. Viajaba sólo de noche, temeroso de encontrarme con algún ser humano. La naturaleza se marchitaba a mi alrededor y el sol ya no calentaba; tuve que soportar lluvias torrenciales y copiosas nevadas; vi caudalosos ríos que se habían helado. La superficie de la Tierra se había endurecido, y estaba gélida y desnuda. No encontraba dónde resguardarme. ¡Ay!, ¡cuántas veces maldije la causa de mi existencia! Desapareció la apacibilidad de mi carácter, y todo mi ser rezumaba amargura y hiel. Cuanto más me aproximaba al lugar donde vivías, más profundamente sentía que el deseo de venganza se apoderaba de mi corazón. Empezaron las nevadas y las aguas se helaron, pero yo continuaba mi viaje. Algunas indicaciones ocasionales me guiaban y tenía un mapa de la región, pero a menudo me desviaba de mi camino. La angustia de mis sentimientos no cejaba; no había incidente del cual mi furia y desdicha no pudieran sacar provecho; pero un suceso que tuvo lugar cuando llegué a la frontera suiza, cuando ya el sol volvía a calentar y la tierra a reverdecer, confirmó de manera muy especial la amargura y horror de mis sentimientos.

Solía descansar por el día y viajar de noche, cuando la oscuridad me protegía de cualquier encuentro. Sin embargo, una mañana, viendo que mi ruta cruzaba un espeso bosque, me atreví a continuar mi viaje después del amanecer; era uno de los primeros días de la primavera, y la suavidad del aire y la hermosa luz consiguieron animarme. Sentí revivir en mí olvidadas emociones de dulzura y placer que creía muertas. Medio sorprendido por la novedad de estos sentimientos, me dejé arrastrar por ellos; olvidé mi soledad y deformación, y me atreví a ser feliz. Ardientes lágrimas humedecieron mis mejillas, y alcé los ojos hacia el sol agradeciendo la dicha que me enviaba.

Seguí avanzando por las caprichosas sendas del bosque, hasta que llegué a un profundo y caudaloso río que lo bordeaba y hacia el que varios árboles inclinaban sus ramas llenas de verdes brotes. Aquí me detuve, dudando sobre el camino que debía seguir, cuando el murmullo de unas voces me impulsó a ocultarme a la sombra de un ciprés. Apenas había tenido tiempo de esconderme, cuando apareció una niña corriendo hacia donde yo estaba, como si jugara a escaparse de alguien. Seguía corriendo por el escarpado margen del río, cuando repentinamente se resbaló y cayó al agua. Abandoné precipitadamente mi escondrijo, y, tras una ardua lucha contra la corriente, conseguí sacarla y arrastrarla a la orilla. Se encontraba sin sentido; yo intentaba por todos los medios hacerla volver en sí, cuando me interrumpió la llegada de un campesino, que debía ser la persona de la que, en broma, huía la niña. Al verme, se lanzó sobre mí, y arrancándome a la pequeña de los brazos se encaminó con rapidez hacia la parte más espesa del bosque. Sin saber por qué, lo seguí velozmente; pero, cuando el hombre vio que me acercaba, me apuntó con una escopeta que llevaba y disparó. Caí al suelo mientras él, con renovada celeridad, se adentró en el bosque.

¡Esta era, pues, la recompensa a mi bondad! Había salvado de la destrucción a un ser humano, en premio a lo cual ahora me retorcía bajo el dolor de una herida que me había astillado el hueso. Los sentimientos de bondad y afecto que experimenté pocos minutos antes se transformaron en diabólica furia y rechinar de dientes. Torturado por el daño, juré odio y venganza eterna a toda la humanidad. Pero el dolor me vencía; sentí como se me paraba el pulso, y perdí el conocimiento.

Durante unas semanas llevé en el bosque una existencia mísera, intentando curarme la herida que había recibido. La bala me había penetrado en el hombro, e ignoraba si seguía allí o lo había traspasado; de todos modos no disponía de los medios para extraerla. Mi sufrimiento también se veía aumentado por una terrible sensación de injusticia e ingratitud. Mi deseo de venganza aumentaba de día en día; una venganza implacable y mortal, que compensara la angustia y los ultrajes que yo había padecido.

Al cabo de algunas semanas la herida cicatrizó, y proseguí mi viaje. Ni el sol primaveral ni las suaves brisas podrían ya aliviar mis pesares; la felicidad me parecía una burla, un insulto a mi desolación, y me hacía sentir más agudamente que el gozo y el placer no se habían hecho para mí.

Pero ya mis sufrimientos estaban llegando a su fin, y dos meses después me encontraba en los alrededores de Ginebra.

Llegué al anochecer, y busqué cobijo en los campos cercanos, para reflexionar sobre el modo de acercarme a ti. Me azotaba el hambre y la fatiga, y me sentía demasiado desdichado como para poder disfrutar del suave airecillo vespertino o la perspectiva de la puesta de sol tras los magníficos montes de jura.

En ese momento un ligero sueño me alivió del dolor que me infligían mis pensamientos. Me desperté de repente con la llegada de un hermoso niño que, con la inocente alegría de la infancia, entraba corriendo en mi escondrijo. De pronto, al verlo, me asaltó la idea de que esta criatura no tendría prejuicios y de que era demasiado pequeña como para haber adquirido el miedo a la deformidad. Por tanto, si lo cogiera, y lo educara como mi amigo y compañero, ya no estaría tan solo en este poblado mundo.

Azuzado por este impulso, cogí al niño cuando pasó por mi lado, y lo atraje hacia mí. En cuanto me miró, se tapó los ojos con las manos y lanzó un grito. Con fuerza le destapé la cara y dije:

––¿Qué significa esto? No voy a hacerte daño; escúchame.

––¡Suélteme! ––dijo debatiéndose con violencia––. ¡Monstruo! ¡Ser repulsivo! Quiere cortarme en pedazos y comerme. ¡Es un ogro! ¡Suélteme, o se lo diré a mi padre!

––Nunca más volverás a ver a tu padre; vendrás conmigo.

––¡Horrendo monstruo! ¡Suélteme! Mi padre es juez; es el señor Frankenstein, y lo castigará. No se atreverá a llevarme con usted.

––¡Frankenstein! Perteneces a mi enemigo, a aquel de quien he jurado vengarme. ¡Tú serás mi primera víctima!

La criatura seguía forcejeando y lanzándome insultos que me llenaban de desesperación. Lo cogí por la garganta para que se callara, y al momento cayó muerto a mis pies.

Contemplé mi víctima, y mi corazón se hinchó de exultación y diabólico triunfo. Palmoteando exclamé:

––Yo también puedo sembrar la desolación; mi enemigo no es invulnerable. Esta muerte le acarreará la desesperación, y mil otras desgracias lo atormentarán y destrozarán.

Mientras miraba a la criatura, vi un objeto que le brillaba sobre el pecho. Lo cogí; era el retrato de una hermosísima mujer. A pesar de mi maldad, me ablandó y me sedujo. Durante unos instantes contemplé los ojos oscuros, bordeados de espesas pestañas, los hermosos labios; pero pronto volvió mi cólera: recordé que me habían privado de los placeres que criaturas como aquella podían proporcionarme; y que la mujer que contemplaba, de verme, hubiera cambiado ese aire de bondad angelical por una expresión de espanto y repugnancia.

¿Te sorprende que semejantes pensamientos me llenaran de ira? Me pregunto cómo, en ese momento, en vez de manifestar mis sentimientos con exclamaciones y lamentos, no me arrojé sobre la humanidad, muriendo en mi intento de destruirla.

Poseído de estos pensamientos, abandoné el lugar donde había cometido el asesinato, y buscaba un lugar más resguardado para esconderme cuando vi a una mujer que pasaba cerca de mí. Era joven, ciertamente no tan hermosa como aquella cuyo retrato sostenía, pero de aspecto agradable, y tenía el encanto y frescor de la juventud. «He aquí––pensé––una de esas criaturas cuyas sonrisas recibirán todos menos yo; no escapará. Gracias a las lecciones de Félix, y a las leyes crueles de la especie humana, he aprendido a hacer el mal.» Me acerqué a ella sigilosamente, e introduje el retrato en uno de los pliegues de su traje.

Vagué durante algunos días por los lugares donde habían sucedido estos acontecimientos. A veces deseaba encontrarte, otras estaba decidido a abandonar para siempre este mundo y sus miserias. Por fin me dirigí a estas montañas, por cuyas cavidades he deambulado, consumido por una devoradora pasión que sólo tú puedes satisfacer. No podemos separarnos hasta que no accedas a mi petición. Estoy solo, soy desdichado; nadie quiere compartir mi vida, sólo alguien tan deforme y horrible como yo podría concederme su amor. Mi compañera deberá ser igual que yo, y tener mis mismos defectos. Tú deberás crear este ser.

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