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Mary Shelley en AlbaLearning

Mary Shelley

"Frankenstein o el moderno Prometeo"

Capítulo 12

Biografía de Mary Shelley en Wikipedia

 
 

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Frankenstein
o el moderno Prometeo

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Frankenstein o el moderno Prometeo

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Capítulo 12
 

Me aproximo ahora a la parte más conmovedora de mi narración. Contaré los sucesos que me han convertido, de lo que era, en lo que soy.

La primavera avanzaba con rapidez. El tiempo mejoró, y las nubes desaparecieron del cielo. Me sorprendió ver cómo lo que hacía poco había sido tan sólo desierto y tristeza nos regalara ahora las más preciosas flores y verdor. Gratificaban y refrescaban mis sentidos miles de aromas deliciosos y escenas bellas.

Fue uno de esos días, en los que mis vecinos reposaban de su trabajo ––el anciano tocaba su guitarra y los jóvenes lo escuchaban––, cuando observé que Félix parecía más melancólico todavía que de costumbre y suspiraba con frecuencia. En un momento su padre interrumpió la música, y deduje, por sus gestos, que le preguntaba a su hijo la razón de su tristeza. Félix respondió con tono alegre, y el anciano se disponía a reemprender su música, cuando alguien llamó a la puerta.

Era una señora a caballo, acompañada de un campesino que le servía de guía. La dama vestía un traje oscuro, y un tupido velo negro le cubría el rostro. Agatha le hizo una pregunta, a la cual la desconocida respondió pronunciando con dulzura tan sólo el nombre de Félix. Su voz era melodiosa, pero diferente de la de mis amigos. Al oír su nombre, Félix se acercó apresuradamente a la dama, que al verlo se levantó el velo, dejando ver un rostro de belleza y expresión angelical. Su brillante pelo negro estaba curiosamente trenzado; tenía los ojos oscuros y vivos pero amables, las facciones bien proporcionadas, la tez hermosísima y las mejillas suavemente sonrosadas.

Félix parecía traspuesto de alegría al verla; todo rasgo de tristeza desapareció de su rostro, que al instante expresó un júbilo del cual apenas lo creía capaz; le brillaban los ojos y se le encendieron de placer las mejillas, y en aquel momento me pareció tan hermoso como la extranjera. Ella a su vez experimentaba diversos sentimientos; secándose las lágrimas de sus hermosos ojos, le tendió la mano a Félix, que la besó embelesado mientras le llamaba, según pude entender, su dulce árabe. No parecía comprenderlo, pero sonrió. La ayudó a desmontar, y, despidiendo al guía, la condujo al interior de la casa. Tuvo lugar una conversación entre él y su padre. La joven extranjera se arrodilló a los pies del anciano, y le hubiera besado la mano, si éste no se hubiera apresurado a levantarla y abrazarla afectuosamente.

Pronto observé que aunque la joven emitía sonidos articulados, y parecía tener un idioma propio, los demás no la comprendían, del mismo modo que ella tampoco los comprendía. Hicieron muchos gestos que yo no entendí, pero vi que su presencia llenaba la casa de alegría, y disipaba su tristeza del mismo modo que el sol disipa las brumas matinales. Félix se mostraba especialmente feliz, y atendía a su árabe con radiantes sonrisas. Agatha, la dulce Agatha, cubría de besos las manos de la extranjera, y, señalando a su hermano, parecía querer indicarle por señas lo triste que había estado antes de su llegada. Así transcurrieron algunas horas, en el curso de las cuales manifestaron una alegría, cuya razón yo no alcanzaba a comprender. De pronto descubrí, por la frecuente repetición de un sonido, que la extranjera trataba de imitar, que intentaba aprender su lengua. Al instante se me ocurrió que yo, con el mismo fin, podía valerme de la misma enseñanza. La extranjera aprendió unas veinte palabras en esta primera lección, la mayoría de las cuales yo ya conocía.

Al caer la noche, Agatha y la muchacha árabe se retiraron pronto a descansar. Cuando se separaron, Félix besó la mano de la extranjera y dijo:

––Buenas noches, dulce Safie.

El permaneció despierto largo rato, conversando con su padre. Por las numerosas veces que repetían su nombre supuse que hablaban de la hermosa huésped. Me hubiera gustado entenderlos, y presté gran atención, pero me resultó del todo imposible.

A la mañana siguiente Félix marchó a su trabajo; y, cuando terminaron las tareas cotidianas de Agatha, la muchacha árabe se sentó a los pies del anciano, y, cogiendo su guitarra, tocó unos aires de tan conmovedora belleza, que al punto me hicieron derramar lágrimas de tristeza y admiración. Cantó, y su voz era modulada y rica en cadencias, como la del ruiseñor.

Cuando hubo terminado, le dio la guitarra a Agatha, que en un principio se mostró reacia a tomarla. Luego tocó una sencilla tonadilla. También cantó, con dulce voz, pero muy distinta de la maravillosa modulación de la extranjera. El anciano estaba embelesado, y dijo algo que Agatha intentó explicarle a Safie. Parecía quererle decir que con su música le producía un gran placer.

Los días pasaban ahora con la misma tranquilidad que antes, con la sola diferencia de que la alegría había sustituido a la tristeza en el rostro de mis amigos. Safie estaba siempre alegre y contenta. Ambos progresamos en la lengua con rapidez, de modo que al cabo de dos meses empecé a entender la mayoría de las cosas que decían mis protectores.

Entretanto, la oscura tierra se iba cubriendo de verdor, salpicado de innumerables flores de dulce aroma y maravillosa vista, como estrellas que brillaban con delicado color a la luz de la luna. El sol fue calentando más, y las noches se hicieron claras y suaves. Mis paseos nocturnos me causaban enorme placer, a pesar de que se vieron acortados por las tardías puestas de sol y el temprano amanecer. Nunca me atrevía a salir durante el día, temeroso de recibir el mismo trato que en la primera aldea en la que estuve.

Pasaba los días prestando la máxima atención, para poder dominar el idioma con la mayor brevedad posible. Puedo presumir de que aprendía a más velocidad que la muchacha árabe, que entendía muy poco y hablaba con acento entrecortado, mientras que yo comprendía todo y podía reproducir casi todas las palabras.

El libro con el cual Félix enseñaba a Safie era Las Ruinas, o Meditación sobre la Revolución de los Imperios, de Volney. No hubiera entendido la intención del libro, de no ser porque Félix, al leerlo, daba minuciosas explicaciones. Había elegido esta obra, dijo, porque su estilo declamatorio imitaba el de autores orientales. A través de este libro, obtuve una panorámica de la historia y algunas nociones acerca de los imperios que existían en el mundo actual. Me dio una visión de las costumbres, gobiernos y religiones que tenían las distintas naciones de la Tierra. Oí hablar de los indolentes asiáticos, de la magnífica genialidad y actividad intelectual de los griegos, de las guerras y virtudes de los romanos, de su degeneración posterior y de la decadencia de ese poderoso imperio; del nacimiento de las órdenes de caballería, la cristiandad, los reyes. Supe del descubrimiento del hemisferio americano y lloré con Safie la desdichada suerte de sus indígenas.

Estas maravillosas narraciones me llenaban de extraños sentimientos. ¿Sería en verdad el hombre un ser tan poderoso, virtuoso, magnífico y a la vez tan lleno de bajeza y maldad? Unas veces se mostraba como un vástago del mal; otras, como todo lo que de noble y divino se puede concebir. El ser un gran hombre lleno de virtudes parecía el mayor honor que pudiera recaer sobre un ser humano, mientras que el ser infame y malvado, como tantos en la historia, la mayor denigración, una condición más rastrera que la del ciego topo o inofensivo gusano. Durante mucho tiempo no podía comprender cómo un hombre podía asesinar a sus semejantes, ni entendía siquiera la necesidad de leyes o gobiernos; pero cuando supe más detalles sobre crímenes y maldades, dejé de asombrarme, y sentí asco y disgusto.

Ahora, cada conversación de mis vecinos me descubría nuevas maravillas. Fue escuchando las instrucciones que Félix le daba a la joven árabe como aprendí el extraño sistema de la sociedad humana. Supe del reparto de riquezas, de inmensas fortunas y tremendas miserias; de la existencia del rango, el linaje y la nobleza.

Las palabras me indujeron a reflexionar sobre mí mismo. Aprendí que las virtudes más apreciadas por mis semejantes eran el rancio abolengo acompañado de riquezas. El hombre que poseía sólo una de estas cualidades podía ser respetado; pero si carecía de ambas se le consideraba, salvo raras excepciones, como a un vagabundo, un esclavo destinado a malgastar sus fuerzas en provecho de los pocos elegidos. ¿Y qué era yo? Ignoraba todo respecto de mi creación y creador, pero sabía que no poseía ni dinero ni amigos ni propiedad alguna; y, por el contrario, estaba dotado de una figura horriblemente deformada y repulsiva; ni siquiera mi naturaleza era como la de los otros hombres. Era más ágil, y podía subsistir a base de una dieta más tosca; soportaba mejor el frío y el calor; mi estatura era muy superior a la suya. Cuando miraba a mi alrededor, ni veía ni oía hablar de nadie que se pareciese a mí. ¿Era, pues, yo verdaderamente un monstruo, una mancha sobre la Tierra, de la que todos huían y a la que todos rechazaban?

No puedo describir la angustia que estos pensamientos me causaban. Intentaba desecharlos, pero la tristeza me aumentaba a medida que me iba instruyendo. ¡Por qué no me habría quedado en mi bosque, donde ni conocía ni experimentaba otras sensaciones que las del hambre, la sed y el calor!

¡Qué extraña naturaleza la del saber! Se aferra a la mente, de la cual ha tomado posesión, como el liquen a la roca. A veces deseaba desterrar de mí todo pensamiento, todo afecto; pero aprendí que sólo había una manera de imponerse al dolor y ésa era la muerte, estado que me asustaba aunque aún no lo entendía. Admiraba la virtud y los buenos sentimientos, y me gustaban los modales dulces y amables de mis vecinos; pero no me era permitida la convivencia con ellos, salvo sirviéndome de la astucia, permaneciendo desconocido y oculto, lo cual, más que satisfacerme, aumentaba mi deseo de convertirme en uno más entre mis semejantes. Las tiernas palabras de Agatha y las sonrisas animadas de la gentil árabe no me estaban destinadas. Los apacibles consejos del anciano y la alegre conversación del buen Félix tampoco me estaban destinados. Desgraciado e infeliz engendro.

Otras lecciones se me grabaron con mayor profundidad aún. Supe de la diferencia de sexos, del nacer y crecer de los hijos; cómo disfruta el padre con las sonrisas de su pequeño, y las alegres correrías de los hijos más mayores; cómo todos los cuidados y razón de ser de la madre se concentran en esa preciada carga; cómo la mente del joven se va desarrollando y enriqueciendo; supe de hermanos, de hermanas, y los vínculos que unen a los humanos entre sí con lazos mutuos.

Pero ¿dónde estaban mis amigos y parientes? Ningún padre había vigilado mi niñez, ninguna madre me había prodigado sus cariños y sonrisas, y, en caso de que hubiera ocurrido, mi vida pasada se había convertido para mí en un borrón, un vacío en el que no distinguía nada. Me recordaba desde siempre con la misma estatura y proporción. No había visto aún ningún ser que se me pareciera o que me exigiera tener con él alguna relación. ¿Qué era entonces? La pregunta surgía una y otra vez sin que pudiera responder a ella más que con lamentaciones.

Pronto explicaré hacia dónde me llevaron estos pensamientos. Pero por el momento continuaré con mis vecinos, cuya historia me produjo sentimientos encontrados de indignación, alegría y asombro, pero que terminaron todos en un mayor respeto y amor hacia mis protectores (pues así me gustaba llamarles con un inocente y casi doloroso deseo de engañarme).

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