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William Shakespeare

William Shakesperare

Hamlet

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Romero para los recuerdos

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Romero para los recuerdos
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Las sospechas de Hamlet respecto del villano proyecto del rey eran justificadas. Claudio no se atrevía a ejercer acto alguno de coacción contra el joven príncipe porque sabía cuan bien quisto era del pueblo. Se le mandó, pues, a Inglaterra, so pretexto que el viaje por mar había de serle bueno para la salud, en compañía de Rosencranz y Guildenstern, portadores de cartas en las que se mandaba que al llegar allí se le diese inmediatamente muerte.

Sospechando Hamlet la traición urdida contra él, dióse maña para apoderarse de aquellas cartas y substituirlas por otras, escritas de su puño y letra, en las cuales se suplicaba al gobierno de Inglaterra que entregase a la muerte a los portadores. De esta manera Rosencranz y Guildenstern fueron víctimas de su propia traición, cayendo en el lazo que armaran a su antiguo compañero de estudios.

Al día siguiente de haber cambiado Hamlet las cartas, fue el barco alcanzado por los piratas, y aunque más pesado que el que ellos conducían, logró salvarse tras obstinada resistencia. En medio de la refriega saltó Hamlet al barco enemigo, siendo el único prisionero que hicieron. Tratáronle los piratas muy bien, por saber quién era, esperando obtener un buen rescate, y así, poco después de haber salido Hamlet de Dinamarca, estuvo de vuelta. No anunció su regreso al rey y a la reina, sino que envió un mensaje privado a Horacio, quien al punto fue a verle.

Durante su ausencia había ocurrido un triste suceso. La pobre Ofelia, oprimida por el peso de los infortunios que sobre ella cayeran, había perdido la razón. Primero, la extraña conducta de Hamlet; después, la súbita muerte de su padre, por último, la partida de Hamlet a Inglaterra habían acabado de rendir aquella flaca naturaleza, y la inocente joven fue arrastrada por la corriente al abismo sin fondo de la demencia.

Conservó empero Ofelia, en medio de su locura, aquella
suavidad y aquel encanto que le eran naturales; en su dolencia moral no tuvo nunca arrebatos de violencia ni malicia. Era una verdadera víctima del destino: hablaba palabras incoherentes, pero, en sus ratos de lucidez vagaba inocentemente, sin otra rareza que cubrirse de flores y cantando dulces fragmentos de extraños y antiguos cantares.

Profundamente afligidos estaban el rey y la reina por el nuevo infortunio de que era víctima su joven favorita, pues la amaban cordialmente, en particular la reina. Por otra parte, no les faltaban a los soberanos, motivos de intranquilidad: hablábase mucho entre el pueblo de la muerte de Polonio, cuya verdadera causa ellos habían procurado ocultar, quizá con no muy buen acuerdo y a cuyo cadáver se había dado sepultura con gran precipitación y sin tributarle los honores que le correspondían por su rango. Además, Laertes, hijo de Polonio había llegado secretamente de Francia y no faltaban malas lenguas que habían soplado en sus oídos maliciosos informes respecto a la muerte de su padre. Finalmente hablábase de una tentativa de insurrección. Laertes, al llegar, fuese al palacio, acompañado de una turba de facciosos, gritando: «¡Laertes será rey! ¡Viva el rey Laertes!» Echaron abajo las puertas, desarmaron la guardia, y Laertes se presentó impávido ante el rey y la reina y dijo con gesto amenazador:

—¡Oh tú, villano rey, devuélveme mi padre!

—¡Apacíguate, querido Laertes!—decíale la reina mientras el rey, con su habitual y artero modo de hablar intentaba amansar al enfurecido mancebo y le preguntaba el motivo de su furor.

—Y ¿cómo es que ha muerto? ¡No voy a tolerar chanzas de nadie!—exclamó Laertes con furia, renegando de toda especie de sumisión y obediencia.—Venga lo que viniere (añadió), lo único que anhelo es vengar a toda costa la muerte de mi padre.

—¿Quién te lo podrá impedir?—preguntóle el rey sin inmutarse y con mansedumbre.

—Solo mi voluntad y nada más en el mundo. .—replicó bravamente Laertes;—en cuanto a los medios de que dispongo, yo sabré dirigirlos con tal arte, que, aunque pocos, irán muy lejos.

Apenas había el rey acabado de probar a Laertes que no era responsable de la muerte de su padre, cuando se oyó el tumulto de la plebe en la puerta, y en el mismo momento entró Ofelia. A la vista de la hermosa joven, su inocente hermana, con su sencillo traje bianco, sus largos y dorados rizos flotando en su espalda, sus suaves y azules ojos mirando vagamente en el vacio, quedó vencida como por un rayo, la furia del exasperado mancebo.

—iOh gentil rosa de Mayo, querida niña, dulce hermana
mía, amable Ofelia!...—murmuró, lleno de tierna compasión.

—¡Oh cielos!, ¿es posible que la razón de una tierna doncella sea tan deleznable como la vida de un anciano?

Ofelia pareció no oir las palabras de su hermano: entretúvose mirando las flores que llevaba en la mano y cantaba y se decía a sí misma:

En féretro y descubierto
el rostro, se lo llevaron;
Tra-ra-lá, tra-ra-lá.
Sobre su cadáver yerto
mil lágrimas derramaron;
Tra-ra-lá, tra-ra-lá

«¡Adiós palomito mío!»

— Si estuvieses en tu sano juicio y me incitaras a la venganza— dijo Laertes,—no me hubieras afectado tan hondamente. Ofelia entonces empezó a repartir las flores que llevaba, y el primero a quien dió, fue su hermano.

—Toma—díjole;—aquí tienes romero, que es para los recuerdos; acuérdate, querido; te lo suplico. Toma, aquí tienes trinitarias, que son para los pensamientos.

—Buen consejo para un loco, ¡pardiez!... pensamientos y recuerdos en harmonía—exclama Laertes.

—Aquí tiene Su Majestad—dice Ofelia, dirigiéndose al rey,—hinojo y palomillas.—El hinojo es el emblema de la adulación, y las palomillas, de la ingratitud.—Y para vos, amable señora—dijo mirando a la reina,—aquí traigo ruda: también guardo un poco para mí: nosotras podemos llamarla hierba de la gracia, los domingos. ¡Ah!, pero vos, habéis de llevar la ruda con una diferencia. Ahí va una bellorita. También os hubiera traído violetas; pero, ¡ay!, se marchitaron todas con la muerte de mi padre. Dicen que tuvo buen fin.

«Porque toda mi alegría
se cifra en el buen Robín»

—Tristes pensamientos, ansias, tormento, el infierno mismo; todo lo trueca ella en atractivo y encanto—dice Laertes. Ofelia riéndose, le besa la mano; la pobre loquilla vuelve a sus cantares.

A Laertes acometióle de nuevo la sed de venganza, y resolvió hacer pagar cara a quien la hubiese causado, la locura de su hermana. Prestó, pues, atento oído al decir el rey que la culpa de cuanto sucedía había que imputarla a Hamlet, añadiendo que no había creído prudente castigarle de momento, temiendo el gran favor de que el príncipe gozaba entre el pueblo y el gran cariño que le profesaba su madre. En esta conversación estaban, cuando se recibió una carta del propio Hamlet, que decía:

«Alto y poderoso Senor:

»Sabréis que me han lanzado desnudo en vuestro reino. Mañana solicitaré permiso para presentarme ante vuestra real persona y allí, con perdón vuestro, os expondré el motivo de mi inesperado y aun más extraño regreso.

»Hamlet.»

 

No podía ser mas oportuno el regreso del príncipe: apenas leída esta carta, propuso el rey a Laertes la manera de llevar a cabo su venganza sin peligro de ser notado. Durante la permanencia de Laertes en Francia, se había hablado mucho y con grandes alabanzas, de su destreza en la esgrima, y un hidalgo normando recién llegado a la corte de Dinamarca, había hecho gran relato de sus proezas en el manejo del florete. Este relato había excitado la envidia de Hamlet, pues se tenía a sí mismo por maestro en el arte de la esgrima y deseaba con ansia que Laertes regresase, para medir las armas con él. El plan, pues, que propuso el rey a Laertes fue que retase a Hamlet a un asalto.

—Él, confiado, como es, generoso y ajeno a todo ardid—díjole el rey—no examinará los floretes, y así con un poco de astucia, fácilmente podrás tú escoger un arma sin botón, y con una hábil estocada le darás su merecido por la muerte de tu padre.

Laertes no solo consintió en este cobarde plan, sino que
fue mas adelante y afirmó que untaría la punta del florete con un veneno tan activo, que no habría nada en el mundo que pudiese salvar de la muerte a cualquier ser viviente que lo tocara, aunque fuese solo de refilón. Untaría, pues, la punta de su espada con este veneno, de modo que Hamlet moriría, aunque le hiriese solo levemente. Además, para el caso en que Hamlet saliese ileso del combate, dijo el rey que tendría preparada una copa con vino emponzoñado, para que al pedir de beber, en el calor de la lucha, muriese envenenado con aquella pócima.

Sus maquinaciones fueron interrumpidas con la llegada de la reina, la cual trajo la triste nueva de que Ofelia se había ahogado.

—¡Ahogada!... ¿en dónde?—exclama Laertes.

—Allí, en aquel sauce que, inclinándose sobre el arroyuelo, refieja sus blanquecinas hojas en el cristal de la corriente— empezó la reina y prosiguió contando cómo Ofelia, llevando caprichosas guirnaldas de flores silvestres, trepando por el árbol para colgar sus guirnaldas en el lánguido ramaje, rompióse una rama, y Ofelia con sus trofeos cayo dentro del agua. Por un breve rato sus ropas huecas y extendidas la sostuvieron
flotando, pero antes que hubiese lugar a salvarla, el peso mismo de sus vestidos empapados de agua, la sumió en el abismo de la muerte.

No pudo Laertes contener las lágrimas al oir el relato de la muerte de su querida hermana. El rey previó que aquel inesperado acontecimiento sería un nuevo pábulo a su sed de venganza, y resolvió no perder de vista al mancebo hasta que no la hubiese realizado.

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