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Salvador Rueda en AlbaLearning

Salvador Rueda

"Idilio y tragedia"

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Idilio y tragedia

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Ahí va, ahí va - gritó a lo lejos un pelotón de chiquillos, corriendo pecho arriba por uno de los campos del pueblo, detrás de una bandada de perdigones.

En los peñascos de las cuencas y en el fondo de las gargantas del terreno, el eco repite desde cien sitios «iahí va, ahí va!», de un modo desvanecido y aéreo, como si otras cacerías se verificaran en diversos sitios del monte.

iQué vistosa y qué bizarra partida de cazadores!

El hijo de la Chirrina, Andrés, general en jefe del andante escuadrón que escasamente llega a los doce años, reparte, órdenes y pedradas en todas direcciones y anima al tropel con su actividad y lo dirige con su buen golpe de vista trapacera. Le ha prometido una buena su padre, pero sabe el muchacho que el hosco autor de sus días está en el pueblo inmediato, y al verse el rapaz libre, estalla de alegría, corno si fuera el graneado de un fuego de artificio. Le siguen pisándole los talones, Periquín, hijo de la Tarasca; Anselmo, nieto de la Cantimplora; Lorencillo, sobrino de la Porcuza; Jusepo, hijo de Trincacopas; Celedonio, ahijado de Matapenas; Robustiano, nieto de Orinaduros; Pantaleón, primo de Piernas combas, y hasta dos docenas de desarrapados, que, cuando llegan las postrimerías de Agosto, se lanzan a las cacerías de pájaros, y no dejan en todo el contorno árbol sin pedrada, huerto sin avería, lagarto sin ser acosado, culebra sin ser perseguida, y charco o poza sin que reciba sus cuerpos denegridos.

Congestionados los rostros bajo el potentísimo sol que cae de los cielos, descalzos de pie y pierna, sin montera ni cosa que resguarde el cráneo del calor, y reuniendo entre todos un traje hecho jirones; pues el que lleva un pernil, carece de lo demás, y el que enseña un tirante, no tiene calzones que sujetar, va comunicándose en atropelladísimos diálogos, rendidos ya y asfixiados por la carrera.

- ¡Por ayí se han metío, miales! - gritaba Andrés - ayí san acurrucao junta la aberca; vamos a eyos.

Y cautelosamente, inclinando los cuerpos para ofrecer menos blancos a las perspicaces miradas de los perdigones, se dirige la partida de chiquillos al boscaje que pone techo de greñas a la superficie del estanque.

¡Qué baho de frescura al entrar bajo aquella tupida bóveda! El enzarzado pabellón deja dibujarse en el suelo una azulada randa de sombra taladrada de lunares de oro, que se deslizan sobre el agua cuando el viento mueve mansamente el ramaje. Los chiquillos muestran, salpicados de esos lunares de luz, piernas, brazos, rostros, manos y cabezas. A veces, el fantástico encaje sacude su tapiz aéreo, y entonces los millares de pupilas oro corren sobre los cuerpos de los muchachos con precipitación deslumbrante y vertiginosa ...

Después de buscar inútilmente los perdigones, se ponen a mirar los rapaces, echados sobre los muros del estanque, la copia de los cielos, de las ramas, del musgo y de todo el bosque, allá en el fondo misterioso del agua. Sobre ésta, caen infinitas filtraciones babeando sus hilos sonoros, y cada gota, al caer, parece llevar el canto de una lírica orquesta. Un nutrido repicar de sones armoniosos halaga dulcemente los oídos con efectos de músicas extrañas. Los muchachos callan un momento, seducidos por esta sinfonía, y se ponen a contemplar los círculos, rayas, rizos y ondulaciones que arrugan la tez susceptible del agua. ¡Qué misterios! Allá abajo, en el hondo de aquella sima transparente, una violentísima mancha de fuego, un relámpago de vivas tremulaciones, ofusca y pincha los ojos con mil espadas de oro: es la copia del sol.

- ¡Mira, y no se apaga! - dice uno de los chiquillos al verlo lanzar sus llamas de triunfo.

- Porque está ma abajo del agua y no le yegan laz gota.

- ¿Y a cuántas brazas estará de nosotros, tú?

- ¡Anda! Lo menos a veinte.

- ¿Vamo a cogé una caña pa pincharle?

Los perdigones surgen de pronto, bruscamente del matorral, y dejan cortado el diálogo de los cazadores.

- ¡Ayí van, ayí van! - repiten de nuevo los chiquillos, lanzándose en polvoroso tropel, como dice Virgilio, y los peñascos de las gargantas y los pedruscos de las cuencas devuelven las sonoridades fantásticas y repiten muy débilmente: « ¡Ayí va! ... »

Ladera arriba los granujas huyen como demonios: uno tropieza, otro quita la vez al delantero, éste da una voltereta para caer de pie como los gatos. En un recodo, los perdigones se acoclan rimando el color de sus plumas con el de la tierra, y el escuadrón de cazadores pasa de largo.

Entonces los animales se remueven, inspeccionan el terreno alzándose sobre sus patitas, y viendo el campo libre, toman la ruta del monte.

Rendidos de nuevo los chiquillos por el sol y la carrera, dan en tierra bajo unos parrales, rojos los carrillos, las frentes sudorosas, el aliento jadeante y desollados manos y pies.

- ¿Sabei que pica bien el sol? - clama el revoltoso jefe con los ojos encandilados.

- Jaremos sombreros con las pámpanas.

- Bien pensao, miá tú.

Y las guirnaldas flotantes de la vid, los sarmientos vestidos de hojas, caen tronchados al suelo en haces hermosos. Un rapaz traza en un periquete una corona, y se la planta; otro combina un círculo de verdura y lo ajusta a sus sienes; el de más allá, teje una trenza de pámpanos y la rodea al cráneo hirviente; éste arregla la más graciosa diadema de Baco y engalana su cabeza con ella; todos se adórnan como dioses griegos, y son de ver las caras sucias, los carrillos dados de obscuras pinceladas, los torsos de color de bronce empavonados por el sol, bajo aquellas coronas egregias, bajo aquellos adornos clásicos.

Grita uno de los chiquillos «¡Por ayí van!», y las profusas figuras del cuadro, fijas en el suelo, se inclinan hacia un mismo punto: combínase una sucesión de perfiles, revuélvense de modo distinto los cuerpos, adoptan las manos diversas actitudes, y la riente plasticidad y la gracia más pura y fresca, seducen en el lienzo vivo y caprichoso.

El cuadro se descompone cuando se persuaden los chiquillos de que no pasan los perdigones.

- Puez eyo e que hay que buscarlos.

- Eso digo yo.

- Puez yo no. Yo digo que ez mejó ir a arcanzá el nío e cigüeña que hay e no arto e la atalaya.

- Mejó e jezo - clama la mayoría de las voces, y allá va la risueña partida entre las llamas vibrantes del sol, que arranca chispas de las piedras.

La atalaya era una torre en ruina, una altísima edificación de moros, un prodigio de vetustez con su manto de hilos de araña, sus anfractuosidades llenas de germinaderos de reptiles, sus matorrales a media obra, que no se sabe de qué jugo beben, y sus troneras por las que se veía la lista del mar azul y las arenas.

Una especie de espuerta de broza, un nido colosal hecho a trompicones, dejábase ver en la cima, y cerca de él, sostenida por milagroso equilibrio sobre un pie, una cigüeña castañeteó el largo pico al ver acercarse a la torre el tropel de libres muchachos, y se elevó a grande altura.

Se echó la china para ver a quién le tocaba hacer la ascensión al nido; hubo disputas, bulla, gresca, arreglos, desarreglos, y, por fin, Andrés, Andresillo, el más denodado, el más valiente, el más simpático, fue elegido para el caso.

- Bueno - dijo, - pero no matamoz los pájaro zi los tiene; ná más que velos, ¿eh?

Se remangó el único jirón de manga que tenía su camisón, lió en un estropeado papel un cigarro de pámpanas secas, describió varios brincos y zapatetas antes de aferrarse a la obra, y por fin se agarró, en actitud de rana, al edificio. Ascendió por aquella escala inverosímil; ganó, trazando culebreos, algunas varas de altura, arañó, sintió el escalofrío del riesgo varias veces, y en un huequecillo mayor que los demás, puso un instante el cigarro para hacer descansar a los pulmones. Fumó de nuevo, tornó a saltar la pajuela, hizo en el aire unos garabatos de alegría con una pierna libre, y apechugó de nuevo con la torre.

Ya estaba cerca del nido, y forcejeaba, cansado de la lucha a una altura vertiginosa. Aterrados los espectadores, ni proferían palabra siquiera. De pronto sintió Andrés un colosal aletazo en el rostro, a la vez que oyó un graznido feroz de ave furiosa; llevóse el rapaz ambas manos a la cara, perdió con el punto de apoyo el equilibrio, y cayó al espacio; volteó, rebotó, grieteándose el resonante cráneo contra una peña. La punta del cigarro tardó más en bajar, y por un capricho del aire fue a caer, encendida y humeante, en la desportillada boca del muchacho.

El idilio se había trocado pronto en tragedia, en tragedia imponente y horrible.

La primera idea de los chiquillos fue la de salir huyendo; algunos ni volvieron la cara atrás hasta entrar en el pueblo, yendo a refugiarse en el seno de sus madres; otros dieron parte de la desgracia entre espasmos de muerte y castañeteamiento de dientes, y la noticia voló como un río de pólvora por el pueblo. Salieron a recibir el cadáver, que era conducido en hombros, viejos, mujeres, niños y todo el vecindario en masa.

Un plañido fúnebre, compuesto por gritos de cien locos, por exclamaciones de pena de cien labios, y por los retorcimientos de dolor de la madre, llegaba al alma con el trágico aparato de las grandes desgracias.

- iiMira, mira!! - decían las mujeres a sus hijos. - Pa que te sirva de escarmiento, pa que no güervas a andá por ezos campoz.

Los niños veían con agrandamiento de ojos el cuerpo muerto, y retrocedían espantados. En la humilde casa de Andrés fue colocado el cadáver, y la noche cayó sobre el espíritu de la madre como un océano de sombra. Todos los vecinos del pueblo acudieron al velatorio; en el regazo de las mujeres, los niños; en grupos cabizbajos, los de igual edad a la de Andrés; los viejos, acostumbrados a los dolores, con una tranquila resignación al lado de otros viejos; las mujeres con el alma en cruz, clavada por la pena.

Cuando el padre de Andrés volvió del pueblo cercano, bien internada la noche, vió el pueblo de luto, gentes a la puerta de su casa, resplandores de cirios que salían de su habitación, y por último, como quien es presa de una pesadilla, a su hijo muerto. Hubo una explosión inmensa de lágrimas, un valiente triunfo del sentimiento.

Se tiró el padre contra el suelo, diciendo que quería morir como su hijo; pensó desgarrarse de pena, estallar.

La tensión del dolor lo redujo al cabo de algunas horas. En el velatorio imperaba un silencio absoluto, roto sólo por algún recrudecimiento de lágrimas.

En las profundidades del silencio, allí donde los seres que asisten a un velatorio oyen terribles músicas negras, palpitaciones de cajas destempladas, compases repetidos de duelo, andares de muerte y voces de visiones, el alma humana formula, traza la interrogación eterna, y espera con el oído puesto en la sombra. Todas aquellas músicas extrañas no pueden concretar una frase, no pueden cuajar una palabra.

Las armonías pasan y vuelven; tan pronto preludian marchas lúgubres, tan pronto imitan sollozos y rezos, ya remedan ruidos de mantos que se arrastran; los cirios restallan y dejan una línea de ceroso humo en el aire: las almas sienten inmovilidades de piedra; sólo el gran mecánico, el corazón, añade su música involuntaria a las misteriosas que pasan por el fondo tenebroso del silencio...

Amaneció, y vino una luz de muerte a manchar de palideces los rostros; las miradas parecían despertar de una noche eterna.

Durante el día vinieron los chiquillos compañeros de Andrés, a echar lágrimas y jazmines en su caja. Una niña, como de cinco años llegó con un brazado de rosas, las echó sobre otras rosas, se arrodilló y movió los labios corno vió que hacían las mujeres. iOh, divina oración la suya, tan pura como la luz de una aurora de Mayo!

Por la tarde, en medio de la quietud excelsa de los campos, se dió principio al entierro. El cura, revestido de negro, llegó con su acompañamiento sagrado a la puerta de los padres del muerto, y les pidió al hijo de su alma. La madre arrojó un inmenso grito de sorpresa que dejó rotas sus entrañas. El canto fúnebre lo pidió con nuevos clamores, escudriñando el corazón para estremecer sus más leves fibras.

Cogieron los que fueron amigos de Andrés la caja, y estalló esa sinfonía terrible, tremenda, de aullidos de almas que se retuercen y despedazan de dolor, de congojas que rompen en lágrimas, de voces profundas que entonan el canto de la muerte, de aroma de las rosas ajadas, de jazmines marchitos, de clamores, de besos, de llantos.

Es la inmensa frase de pena con que se despide al que fue: la tierra cae sobre la gracia segada en flor; las piedras insensibles retumban en la caja dando golpes de cólera; los ojos que quedan bajo tierra, no verán más los rayos melancólicos del día, los misteriosos simulacros de luz de la tarde, el ajamiento de tintas de los cielos, el mar azul que no lejos de la tumba canta su estrofa eterna.

Hay que decir adiós. al muerto. Pretendió subir donde los pájaros y cayó por falta de alas. Dios se las puso al cuerpo de las aves, y no quiso prenderlas al cuerpo de los niños, que son más bellos que los pájaros.

 

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