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Salvador Rueda en AlbaLearning

Salvador Rueda

"El bautizo"

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El bautizo

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AL SEÑOR DON JOSÉ DE CASTRO Y SERRANO.

Confieso que esta vez me hallo dispuesto a echar una cana al aire, ya que se presenta la ocasión, no agarrándome a ella por un cabello, sino accediendo gustosísimo a la invitación del padre del niño, que si hemos de ver, es de lo mejorcito del pueblo, pues en tierras, Dios sabe las que posee, y todas plantadas de vid y de ciruelos, que ya tiran de largo arrojando al año cantidad de mosto y cajas de pasas.

Por supuesto que Lesmes supo ahorrar desde su juventud, y auxiliado después por aquel ejército de hijos que le dio su mujer (Dios la bendiga), su casa fue subiendo y subiendo como la espumita en el agua, y echó primero recua, luego compró una casita, después una dehesa, más tarde un molino, y héteme a Periquito hecho fraile, porque fraile y hasta arcipreste es eso de andar a suerte con los posibles, y no parar de echar rumbo, logrando llamarse don el que antes no era más que din , y recibiendo sombreradas de todo el mundo, como si se tratara del gran Tamorlán de Persia.

Es el caso, que Micaela no había querido colgar la espada, como dicen por allá, y á lo mejor la buena de la mujer se alcanzaba la barba con el vientre, y allá te va con otro nuevo retoño, por si habías querido decir algo.

Por lo demás, esta vez había salido mejor que nunca de su cuidado la fecunda Micaela, y siguiendo antigua costumbre, el bautizo debería ser sonado, no quedando en diez leguas a la redonda quien dejara de asistir á la fiesta, donde iría cada moza acompañada de su Don Cuyo, que a bailar la sacaría, concurriendo también todo el que quisiera mojar la garganta con un trago de aguardiente, o endulzarse el paladar con un tierno y delicado mostachón.

El lecho que Micaela se había hecho preparar para la noche del bautizo, mostraba todos los ringorrangos de ordenanza, y tras el embozo de la sábana, todo bordado por Micaela allá en sus mocedades, extendíase la pintoresca colcha salpicada de pajarracos, bajo la cual abría sus pliegues el andaluz roapié y a más de los encajes de las almohadas y los torneados palos del lecho, veíanse en la habitación cuadros y sillas, todo limpio y reluciente, esparciéndose por la estancia un leve y especial olorcillo de sahumerio, mezclado con otro no menos especial olor así como de parida o de cosa referente a tripotaje.

El dicho olorcillo de sahumerio, me atrevería yo a decir, pasando por la calle, cuándo venía de cuarto de parida y cuándo no.

Digo, pues, que no bien anocheció, hora en que se celebraban los bautizos en el pueblo, cuando los convidados, que entre todos no juntaban cuatro dedos de enjundia, fueron llegando a casa de Lesmes, bajo el amplísimo vuelo de sus capas, altas de cuello, si largas de faldamenta, luciendo en la pechera de la camisa las gracias y primores de tal o cual moza, que también feriando su talle, se iba apareciendo seguida de algún tocador o cantador; prueba esta última, de que no sólo lo empingorotado iba á verse junto en casa de Lesmes, sino que también estaría en el bautizo lo mejor del pueblo tocante a lo gañido, mayado y tañente.

Hombres de poca alfangía fueron, en verdad, los que no cesaron de llegar durante largo rato, sacando muy luego el padrino unas copitas de aguardiente, antes como comienzo de la fiesta que como fin y remate; a cuyo acto, y una vez enjuagada la garganta con este aperitivo, sacó la madrina el bicho mamante, o séase el niño , y terciándolo sobre sus brazos púsose en marcha, llevando en su seguimiento numeroso grupo de personas, todas las cuales llevaban el encargo de Micaela de que el cura cargara la mano en cuanto a la sal, pues no estaría bien que el niño no resultara a lo último gracioso.

Ello es que entre paso y paso llegaron a la iglesia, donde ya ardían las velas en los candelabros; hallábase engalanada la pila bautismal con un paño de seda rojo, y veíase asimismo en la puerta, y dentro de la iglesia, el más zumbador enjambre de chiquillos que puede imaginarse, no cesando cada cual de atolondrar los oídos con su interminable pelón padrino o su roña roña que el niño no tiene moña.

Salió el cura revestido con todos los adminículos, y empezando por un latín que hizo reir a los jóvenes, hallóse rodeado por la concurrencia, que deseosa de ver la cara inverosímil al muchacho, empinábase a más no poder, con la risa en los labios, mientras el niño no cesaba de dar su agudo mayido, que iba a perderse en las alturas de la iglesia, resonando antes en los muros.

Rodeando el banco de la justicia hizo el cura una segunda parada, acabada la cual, y mientras se llegaba á la tercera y última, hizo rezar a todos una Salve y un Padre nuestro, entrándose por fin en el bautisterio, que contenía en uno de sus lados un arcón lleno de velas y cirios, al que con grande algarabía subieron algunos muchachos para ver el desmoñamiento del recién nacido y al cura echándole el chorro de agua, formando tres cruces, con acompañamiento de lloriqueos y untos de óleo sobre la mollera.

Repicaba, en el ínterin, el monaguillo, tirando de los cordeles de las campanas, atento para cuando terminase la ceremonia; así es que con un ojo puesto en Dios y otro en el diablo, hacía vibrar la, gorda y la mediana, para que satisfecho el padrino del repique, le diera sus consabidos diez y siete cuartos, que, caso, y más que alguno, se dio , en que tras de tanto repicar, no pudo ni recoger el pelón.

Fue saliendo la comitiva de la iglesia, y pronto vióse otra vez en casa de Lesmes, donde la madre del niño recibiólo alborozada en sus brazos, dejándolo después agarrarse a la teta, con ese ciego instinto de los recién nacidos .

Templáronse inmediatamente los instrumentos, y luego que el tocador hubo ejecutado en la vihuela un punteo de recursos rompieron a una platillos, violines y guitarras, oyéndose en seguida el repicar de las castañuelas, que manejaba una linda muchacha, a la que ya aguardaba el bailador a que saliera sentado en el muslo de otro mozo crudo, que de vez en cuando estiraba el cuello, escupiendo con asco por el colmillo.

La pareja vióse por fin en medio de la concurrencia, y el acompasado chascarrás de los palillos dio la señal de que empezaba el fandango.

Mudanza va, mudanza viene, seguíanse los bailadores uno á otro con los brazos por el aire, arrancando á la concurrencia dulces piropos y gritos de entusiasmo. Tal iba la bailadora de bella sobre los pies, que quitaba la vista , y todos poníanse a atalayar con la mirada aquel trozo de almíbares y canela , que con el mayor recato, y siempre los ojos fijos en el suelo, dio al terminar, a cada mozo, un tocamiento en el hombro, en señal de abrazo, paga a que la bailarina se sometía de buen grado , siguiendo la costumbre establecida.

El padrino y la madrina deshacíanse ofreciendo aguardiente y bizcochos a los convidados, que después de templar el gaznate, perdieron la timidez, y empezaron a vaciar copas de firme.

Lesmes, animado por el ejemplo del baile, quiso echar también su cuarto á espadas, y allá te va con su porción de mudanzas, en las que dio cien encontronazos á la pareja, que arrancaron otras tantas carcajadas al auditorio.

— i Vaya una mijita ! — brindaba un convidado al apuesto tocador, el cual ponía la boca en forma de embudo, sin quitar las manos de las cuerdas , y el otro le echaba gaznate abajo la ración de aguardiente, que arrancaba dos lágrimas al bebedor,

- -¡ Por la de usted, compadre! — añadía Lesmes en tono jovial, dirigiéndose al padrino.

— i Moje usted esos labios, lucero! — decía un mozo a su novia, probando ésta apenas el licor con los labios, y no alzando los ojos del suelo ni por esas.

— ¡Ande la broma, ande la broma! — rezaba á cada instante el padrino.

Otra pareja de baile al centro; nuevas coplas de los mozuelos, y al terminar, un espantoso tiro, lanzado al aire, por el novio de la bailadora, cuya detonación apagó la luz, hizo dar un brinco a la parida, tiró los peroles de la chimenea, y la casa quedó apestada de humo de pólvora.

La aludida ruborizóse, llena de orgullo, a tiempo de sentarse, y fue mirada con envidia por las demás mozas.

Ya llena la casa de gente que fue llegando de todos lados, un hombre de recios pulmones dio desde el umbral el consabido grito de «¡fiesta, a la calle, que está el pueblo encima!» y una bocanada de gente salió por la puerta, siguiéndole otras y otras, hasta que ya en la calle todo el mundo, colocáronse de nuevo los asientos, y la fiesta volvió a arrellanarse bajo la techumbre del cielo, donde podía extenderse a sus anchas, sin temor de tropezar en las vigas.

Mas no hemos de salir nosotros también a los cuatro vientos, que por haber ido a cierta velada cursi, donde se dicen versos , estoy resfriado; y dejando a los mozos y mozas bailar el clásico fandango de mi tierra, que vale más que todas las farándulas y rigodones traídos de extranjís, enciérrome de nuevo en mi concha como el caracol, hasta que salga para trazar el cuadro de Noche-buena, que por anticipado, ya envía á mi olfato su olorcillo á tortillas y borrachuelos, y abre ante mis ojos el negro fondo de la chimenea con su enorme campana y su vivo fuego, que a cada restallido de los troncos, cúbrese de una brillante constelación de chispas de oro.

 

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