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Amado Nervo

AMADO NERVO

"El héroe"

CUENTOS MISTERIOSOS

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AMADO NERVO

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Acababa de llegar aquella mañana a la línea de fuego.
 
Tenía el aspecto cansado; la fisonomía, grave y triste.
 
Aun cuando hablaba el francés sin acento, en su rostro, patinado por soles ardientes, traía el sello de su origen lejano.
 
Cuando el coronel pidió un hombre resuelto que se adelantara en pleno día hasta las trincheras enemigas y, por medio de un teléfono de campaña, le diese determinados informes (en aquel momento preciosos), él se ofreció, con cierta nerviosidad, antes que nadie.
 
Avanzó lentamente, reptando.
 
El llano interminable, escueto, glacial, sin accidentes, no ofrecía refugio ninguno.
 
Se concebía con pena que aquella desolación tan hosca escondiese en su seno más de dos millones de seres, jóvenes, robustos; más de dos millones de vidas, de actividades, de anhelos, ahora ocupados únicamente en destruirse.
 
Después de un interminable arrastrarse, el hombre aquel llegó al fin a las alambradas del enemigo. Nadie lo había visto. La niebla lo ayudaba.
 
Preparó el teléfono y púsose a comunicar sus observaciones.
 
Cumplida su misión, volvió hacia los suyos, con muchas menos preocupaciones, como si, hecho el deber, la vida no tuviese ya para él ninguna importancia.
 
Los alemanes lo habían visto y dispararon sobre él, inútilmente, muchas balas.
 
Sus compañeros lo felicitaron por el éxito pleno de la pequeña empresa.
 
Él fue a meterse silenciosamente en su agujero.
 
Desde aquel día, en cuantas comisiones había peligro, él se ofrecía, taciturno, pero con no sé qué resolución premiosa.
 
Muchas veces se le hizo el honor de enviarle a sitios donde era temeridad permanecer cada segundo.
 
Pero la muerte parecía desdeñarle. Al volver, se le felicitaba siempre, y en una ocasión le prendieron en el pecho la medalla del Mérito Militar.
 
Sin embargo, las enhorabuenas y los aplausos se hubiera dicho que le contrariaban, y que le pesaba en el alma aquella indemnidad milagrosa.

****

Un día, en cierto repliegue, después de reñido contraataque, el coronel de su batallón quedó herido, cerca de las trincheras alemanas.
 
Lo dejaron inadvertidamente en el campo. Se retorcía, con las piernas rotas, sin quejarse.
 
El hombre taciturno avanzó en medio de un chaparrón de proyectiles, impasible. Cogió al jefe en brazos y lentamente echó a andar hacia su trinchera.
 
Llegó con su carga adonde quería, pero con tres balas en el cuerpo.
 
Momentos después, moría apaciblemente. Antes de enterrarlo, un compañero, por orden del oficial, registró sus bolsillos, a fin de enviar a su familia papeles, recuerdos.
 
Se le encontró una carta de América, una carta breve, despiadada en su concisión.
 
«Amigo mío –decía la carta–: Tú me pediste siempre franqueza, aun cuando fuese brutal, según tus palabras. Ha llegado el momento de usarla.
 
»Hace tiempo comprendiste, con razón, que yo no te amaba, que me casé contigo obligada por circunstancias dolorosas. Pero ignorabas quizá que amo a otro hombre con toda mi alma, con todas mis fuerzas… Pienso que la distancia es oportuna acaso para amortiguar el golpe que te doy… llorando, porque no soy mala, pero impulsada por un destino todopoderoso.
 
No te pido que me perdones, porque yo en tu caso no perdonaría… pero sí que procures olvidar.»

****

El «héroe» había muerto de esa carta, desde antes que lo mataran las balas alemanas.
 
El propio día que la recibió, alistóse como voluntario, pidiendo instantemente que lo enviasen a la línea de fuego. Quería caer sirviendo a la tierra francesa, hospitalaria y bella.
 
Le costó trabajo lograr su deseo. Morir es a veces muy difícil. La inconsciencia perenne que solemos anhelar en nuestros momentos de cansancio y de tedio, es una formidable concesión del Destino, escatimada avaramente a los que la necesitan y no quieren recurrir a la vulgaridad del suicidio.
 
El dolor con plena conciencia, constituye quizá una colaboración misteriosa para los designios escondidos del Universo.

 

****

El oficial a quien entregaron la carta después de leerla él solo, la rompió en menudos pedazos.
 
–Es un papel sin importancia –dijo. Piadosamente había pensado, en un momento de lucidez cordial, que convenía dejar intangible aquella heroicidad falsa, aquella heroicidad que no había sido más que romántica desesperación, como tantas otras heroicidades, y propuso que, sobre la sencilla cruz a cuyo amparo iba a dormir el extranjero taciturno, se pusiese esta inscripción, que los soldados de la compañía encontraron enigmática:

«Amó y murió heroicamente»

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