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Pedro Muñoz Seca

"Una noche triste"

Biografía de Pedro Muóz Seca en Wikipedia

 
 
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Una noche triste
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Subió Andrés trabajosamente hasta la cumbre del monte cercano, miró hacia el valle, que se abría a sus pies como una cóncava esmeralda, y gritó con todo su torrente de voz:

— ¡Eh...! ¡Menuítoooo!... Coge a la rubia y a la colorá, vete ar pueblo con eyas y entrégaselas

La rubia y a la colorá eran dos cabras de lustrosa piel; el amo de aquellas heredades era un respetable Canónigo de la Catedral de Córdoba, y Menuíto era un zagalillo, como de doce años, de carilla simpática y mirar ingenuo.

—¿Y me güervo deseguía?-pregunto el chicuelo como un eco.

—No, que la noche está ensima y n'ha de tarda en llové. Te vas a la posá e Mariquita, pasas allí la noche, y mañana ar clareá te vuelves a la sierra.

—Está muy bien.

Y Menuíto, saltando de gozo, separó, ayudado de su compañero Rafaelillo, las dos reses que le habían sido indicadas, y echó a andar con ellas, encaminándose a la populosa ciudad de los Califas.

Iba el chicuelo radiante de alegría. Aquellos viajes a Córdoba ofrecían para él no pocos encantos. Primero, el caminar libre, a sus anchas, lejos de la mirada escrutadora del viejo Andrés; después, y esto era lo principal, que Doña Rafaela, la madre del Canónigo, una ancianita toda corazón, sabía agasajarle de lo lindo; y gracias a su desinteresada protección, nunca faltaba a sus dientes de lobezno alguna chuleta empanada, con su roción de Montilla, alguna merenga grande como almena de albo castillo, y algunos cuartejos que repiqueteaban luego durante muchos días en las hondas faltriqueras de sus muy remendados pantalones.

Pero además este viaje improvisado ofrecía a Menuito un nuevo aliciente.

Iba a pasar una noche en Córdoba, ¡ahi es nada! ¡Pasearía por la población como un hombrecito! ¡Vería hasta hartarse aquellas vitrinas llenas de riquezas y de luz! Quién sabe si hasta tendría la fortuna de ver de cerca al héroe de quien oía contar tantas hazañas: a Machaquito.

Lloviznaba y era ya de noche, cuando el zagalillo, cayada al hombro y precedido de las dos reses, llegó a la vetusta casa del amo. Doña Rafaela lo recibió con el cariño de siempre.

—¡Ese Andrés!... ¡Haberte obligado a venir a estas horas y con este tiempo! ¡Jesús! ¡Pero si vienes empapado, criatura! ¡Válgame Dios! ¿Te ha dicho que vuelvas a la sierra esta noche?

—M’ha dicho que me vaya a la posá y que güerva mañana.

—De ninguna manera. |A la posada! ¡Solo por ahí! ¡Margarita! —llamó la bondadosa anciana—. Haz la cama del cuarto de arriba para que se acueste este diablillo y ven a darle de cenar.

Dolió a Menuíto el perder la libertad soñada; pero ante la idea grata de cenar opíparamente, lo dió todo por bien empleado.

¡Y vaya si comió! Como nunca: primero, dos chuletas de vaca que daban miedo; después, un gran plato de lomo, y, por último, y en clase de postre, una torta de aceite cuya sola vista hacía pensar en el bicarbonato.

—¡Ea! No creo que te lleve el viento—dijo Margarita al ver que el zagalillo daba por terminada la cena y se limpiaba con el dorso de la mano, despreciando la blanca servilleta—. Ahora, a dormir. ¡Vamos!

Y le condujo al amplio dormitorio que le habían destinado.

—¿Aquí voy yo a dormí?—preguntó maravillado ante aquellos muebles que le parecían fastuosos.

—Sí; anda, quítate ese traje para que se seque a la lumbre.

—¿Que me lo quite?—interrogó asombrado, boquiabierto—. Pero, ¿cómo voy a dormir desnúo, señora?

—Pues como duermen las personas; como duerme el mismísimo amo.

Y quieras que no, hizo que Menuíto se desnudara y lo zambulló entre las frías sábanas de aquel lecho blanducho y regalón.

—¡Josú, qué frío!

—¿Frío, y tienes dos mantas? iEa! Buenas noches.

Y llevándose el traje, apagó la luz, cerró la puerta y se fue tranquilamente, dejando al zagalillo tiritando de frío y de miedo.

En rigor de verdad, frío no hacía, pero como Menuíto no tenía costumbre de dormir sin su ropa ceñida, el roce de las sábanas le producía la más glacial de las sensaciones.

Se encogía, ajustaba la cobertera a su cuerpo y permanecía hasta sin respirar, pero movía luego un pie, y un airecillo siberiano que parecía brotar de sus propios talones le helaba la espalda y le hería la piel.

Y así una y otra hora, sin poder conciliar el sueño. Además, llovía, y el agua, al caer sobre el latón que recubría el alféizar de los ventanales, producía un tintineo extraño, lúgubre. Y por si todo aquello era poco, las dos chuletas de vaca que había engullido dos horas antes le estaban dando cornadas y más cornadas en el estómago.

Temblando, tosiendo y revolviéndose constantemente, pasó Menuíto aquella triste noche, sin poder pegar los ojos; y cuando al rayar el día entró con el traje la diligente Margarita, saltó de la cama, se lo arrebató de un tirón, vistióse rápidamente y sólo desplegó los labios para preguntar a la vieja criada con acento de duda:

—¿Y así duerme el amo toas las noches?

—Así.

—|Josú!... iJosú!...

Y sin añadir una palabra, sin despedirse de nadie, tomó la puerta y huyó a la sierra, como alma que llevan los demonios...

***

Pasaron muchos días; llegó el invierno con toda su crudeza, y una tarde, cuando Menuíto y su compañero Raíaelillo conducían su piara al caserío, una tormenta súbita les obligó a guarecerse con el ganado en una de las oquedades de la sierra.

Creyeron que el chubasco sería pasajero, pero cerróse el horizonte, y de tal modo comenzó a llover y a tronar, que decidieron pasar la noche en aquel estrecho refugio.

Los truenos, cuyo fragor centuplicaban las concavidades de la sierra, no dejaban dormir a los dos chicuelos, que, mudos de espanto, empapadas las ropas y tiritando de frío, oían con estupor el numerito de música que les brindaba la Naturaleza.

—iQué miedo, Menuíto! ¡Qué frío! ¡Josú, qué noche!

Menuíto se acordó de las horas terribles que pasó en Córdoba, en aquella cama blanducha; recordó el frío de su cuerpo, huérfano del traje ceñido amparador, y estremeciéndose horrorizado, dijo rebosante de piedad:

—¡Sabe Dios la nochecita que estará pasando er pobresito amo!

"Cuentos y cosas" 1919

     
 

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