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Pedro Muñoz Seca

"El sermón de las tres horas"

Biografía de Pedro Muóz Seca en Wikipedia

 
 
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Música: Albeniz - Espana - No. 3 - Malagueña
 
El sermón de las tres horas
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— ¿Pedimos otra ronda, compare?

—iCompare, que la vasté a cogé!

—¿Pero es que se me nota que he bebió?

—Hombre, ahora que estasté sentao, no señó; pero en cuantito se pone usté de pie, paese que tien’usté patas e meseora.

—Güeno, pues con to y con eso, a mí me píe mi cuerpo más vino, y quieo más vino; ¿usté s’entera? Y si la cojo mejón; y si se m’antoja dormirla en mitá e la caye, mejón. Casuarmente hoy es el único día que pue uno ajumarse libre de cachos.

—En eso llevasté la rasón.

—Siempre me lo desía el pobresito e mi pare que esté en gloria: «Bardomerillo, hijo mío, pa ajumarse, no hay como er Vierne Santo; porque un día cuarquiera sales a la caye con un vasito, y t’atropeya un coche o te jase porvo un atromovi; en cambio er Vierne Santo como no hay sirculasión de na de eso, techas a dormí sobre los mismísimos rieles der tranvía, y estás más seguro que en tu propio domisilio.

—Su pare d’usté era un tío mu largo.

—Probesito mío; me paese que lo estoy viendo cuando salió pa cumplí la úrtima condena. ¡Niño...!¡Manguita...! Dile al Argarrobo que t’eche otra convida pa nosotros.

—¿Será cosa que arrematemos malamente, compare?

—No s’apure usté, señó; ésta es ya la úrtima ronda; ahora mismo nos vamos d’aquí.

—Sí, señó; y nos vamos ar mueye, a busca er fresco.

—¿Ar mueye? Pero ¿no vamos a di ar sermón de las tres horas?

—Es verdá; no m’había yo acordaíto. Estasté en to, compare, y con lo que a mí me gusta oí pedricá. Porque, mire usté, yo seré avansao, porque lo soy, ¿estamos? Pero oigo mentá la mala faena que jisieron los judíos con nuestro padre Jesús, y me se sartan las lágrimas.

—¡Como que fue una faenita pa quitarle a uno las ganas e reí en to un año...!

—¡Josú!

—¡Compare, que se estasté bebiendo mi caña!

—Usté disimule. ¡Ea! ¿Vámonos?

—¡Vámonos! ¡Niño...! Ahí queda eso.

Y Baldomero Torregorda, el Bayonetas, uno de los mejores oficiales de alpargatería de Sevilla, y Ramón Garduña, alias Rastrojo, borracho de oficio y relojero por afición, salieron del bracete y dando tumbos, de la taberna de Emiliano el Algarrobo.

—¿A qué iglesia vamos, compare?

—A la de siempre, ar Sarvaó, que es aonde jasen mejón toas las cosas.

—¿Ar Sarvaó? Compare. Acuérdesusté del año pasao; esa iglesia tiene pa nosotros mu malita pata.

—Pos a esa va el hijo de mi mare.

—iEa! Pos no hay más que hablá.

—¡Misté que fué un gran invento er de las iglesias!— dijo Bayonetas parándose en seco y alterando el ya inestable equilibrio de su amigo Rastrojo—. ¿Aónde entrasté, y se sienta, y hasta oye tocá una mijita e música sin costarle asté na?

—Verdá es—repuso el Rastrojo muy convencido—, y además de to eso, se codeasté con gente fina.

—Aluego disen de los curas, compare.

—Calurnias, señó; más güenos son que er pan.

—Escuche usté, compare, ¿por qué alevantasté tanto los pies al andá? ¿Vasté jasiendo girnasia?

—Señó, lo que m’ocurre es que voy viendo escalones en tos laos. ¿Es que los hay o es mi fantesia?

—Su fantesia d’usté. ¿De cuándo acá ha habido escalones en la calle e la Sierpe? ¡Vamos! Aligere usté, que no es cosa de que nos quiten er sitio en la iglesia.

—Sí, señó; pero asujéteme usté bien, porque con este bullisio e gente m’he mareao un poquiyo.

—¿Y a mí quién m’asujeta, compare de mi arma?

Penosamente, dando traspiés y casi voltejeando llegaron Ramón Garduña y Baldomero Torregorda a la iglesia del Salvador.

El templo muy débilmente iluminado, estaba atestado de fieles, y en el alto púlpito un sacerdote, con voz conmovida, predicaba el sermón de Pasión.

Hubiérase podido oír el vuelo de una mosca; tal era el religioso recogimiento de los oyentes.

Rastrojo y Bayonetas entraron en la iglesia, y a codazo limpio, pisando a éste, estrujando el sombrero al de más allá y molestando a todo bicho viviente lograron colocarse en buen sitio.

—¿Sabusté que está esto una mijita oscuro, compare?

—¿Cómo quiere usté que esté, Bardomero?—repuso el Rastrojo—. ¿Como una casiya e la feria? ¿No sabe usté que está er Señó e cuerpo presente?

—¡Silencio!—dijo una voz a espaldas de Rastrojo.

—Para hablar, a la calle—añadió con cierta ira una viejecilla que sollozaba oyendo la palabra divina.

—Compare, vamos a cayarnos, porque esta gente tiene mal vino—expuso por lo bajo Bayonetas.

—Es verdá; vamos a escuchó lo que dise er cura, que pue que cuente argo nuevo.

Un instante volvió a reinar en la penumbra del templo el silencio de las grandes emociones.

El elocuente orador sagrado describía de un modo admirable y con vivísimos tonos la sublime tragedia del Calvario.

—¡Sed tengo!—decía modulando la voz y prestando a su acento la más triste de las inflexiones—.¡¡Sed tengo!!

—¡Uyuyuy, compare!—exclamó en voz alta Bayonetas—.¡Lo mismito que el año pasao...!

En la iglesia se produjo cierto revuelo; más de cien personas miraron con avidez hacia el sitio de donde había partido aquella irreverente exclamación.

—¡Cáyese usté, compare!—suplicó en voz baja Rastrojo.

—¡Sed tengol—continuaba el sacerdote—. Y ia soldadesca, hermanos míos, acogió con risotadas de júbilo aquellas frases, reveladoras del más intenso de los dolores. ¡Sed tengo...!

—¡Na; lo mismito que el año pasao!—exclamó de nuevo Bayonetas.

—¡Fuera, fuera!—zumbaron algunos fieles.

—¡A la calle ese borracho!—dijeron otros en tono poco tranquilizador.

—Entonces—seguía el orador—, uno de aquellos desalmados aplicó a los divinos labios del redentor una esponja empapada en hiel y vinagre.

—¡¡Lo mismito que el año pasao!!—volvió a repetir a voz en grito y en tono de chunga el tozudo borracho.

¡La que se armó entonces!

—¡A ver! ¡Un guardia!—gritaba uno.

—¡A la cárcel ese tío!—gritaba otro.

—¡Fuera, fuera!—gritaban muchos.

Interrumpió el orador su sermón y tranquilizó desde el pulpito a los que, ignorando lo que sucedía, pugnaban por salir del templo poseídos del más terrible de los pánicos.

Entretanto, y en medio de un soberano escándalo, fueron arrojados de la iglesia a empujones y a puntapiés Baldomero Torregorda y Ramón Garduña. Dos guardias de Orden público, que acudieron presurosos, se hicieron cargo de los alborotadores.

—|Ea! Vamos p’alante—dijo uno de ellos—. Y derechitos, o saco la hoja.

—¿Ande nos llevasté, amigo?—preguntó Bayonetas.

—Presos; a la Casilla.

—¿Presos? ¿También hoy? ¡Mardita sea mi sombra...!

Y Rastrojos, imitando la voz y el tonillo de chunga de su compañero Bayonetas, exclamó, ahogado de risa:

—¡¡Uyuyuy, compare!! ¡Lo mismito que el año pasao...!

"Cuentos y cosas" 1919

     
 

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