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Guy de Maupassant

GUY DE MAUPASSANT

"La cita - Le rendez-vous"

Biografía de Guy de Maupassant en Wikipedia 
LA CITA Audiolibro y libro en EspañolAudiolibro
GUY DE MAUPASSANT
 
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Amor
Carta que se encontró a un ahogado
Confesiones de una mujer 
El asesino
El ciego
El collar
El horla
El miedo
El velatorio
Encuentro
En el bosque  
La cita
La madre loca
La muerte
La noche 
La tumba 
Los suicidas 
Magnetismo
Nochebuena  
Sueños  
Una vendetta
Una viuda
Un extraño relato de Navidad
 
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LA CITA
LE RENDEZ-VOUS
Con el sombrero en la cabeza, el abrigo puesto, un velo negro sobre la nariz, otro en el bolsillo con el cual cubriría el primero cuando hubiera subido al coche culpable, ella golpeaba con la extremidad de su sombrilla la punta de su bota y permanecía sentada en su habitación, sin poder decidirse a salir para acudir a aquella cita. Son chapeau sur la tête, son manteau sur le dos, un voile noir sur le nez, un autre dans sa poche dont elle doublerait le premier quand elle serait montée dans le fiacre coupable, elle battait du bout de son ombrelle la pointe de sa bottine, et demeurait assise dans sa chambre, ne pouvant se décider à sortir pour aller à ce rendez-vous.
¡Cuántas veces, sin embargo, desde hacía dos años, se había vestido así, durante las horas de Bolsa de su marido, un agente de cambio muy mundano, para reunirse en su piso de soltero con el guapo vizconde de Martelet, su amante!    Combien de fois, pourtant, depuis deux ans, elle s'était habillée ainsi, pendant les heures de Bourse de son mari, un agent de change très mondain, pour rejoindre dans son logis de garçon le beau vicomte de Martelet, son amant! 
El reloj, a su espalda, marcaba los segundos con viveza; un libro semileído estaba entreabierto sobre el pequeño escritorio de palo de rosa, entre las ventanas, y un intenso perfume de violeta, exhalado por dos ramilletes metidos en dos graciosos jarrones de Sajonia sobre la chimenea, se mezclaba con un vago olor a verbena que despedía levemente la puerta del cuarto de aseo, que había quedado entornada. Sonó la hora -las tres- y se puso en pie. Se volvió para mirar la esfera, después, sonrió, pensando: «Me espera ya. Va a ponerse nervioso.» Entonces salió, advirtió al lacayo de que regresaría dentro de una hora, a lo sumo -una mentira-, bajó las escaleras y se aventuró por la calle, a pie.   La pendule derrière son dos battait les secondes vivement; un livre à moitié lu bâillait sur le petit bureau de bois de rose, entre les fenêtres, et un fort parfum de violette, exhalé par deux petits bouquets baignant en deux mignons vases de Saxe sur la cheminée, se mêlait à une vague odeur de verveine soufflée sournoisement par la porte du cabinet de toilette demeurée entr'ouverte. L'heure sonna-trois heures-et la mit debout. Elle se retourna pour regarder le cadran, puis sourit, songeant: «Il m'attend déjà. Il va s'énerver». Alors, elle sortit, prévint le valet de chambre qu'elle serait rentrée dans une heure au plus tard-un mensonge-descendit l'escalier et s'aventura dans la rue, à pied. 
Eran los últimos días de mayo, esa estación deliciosa en la cual la primavera del campo parece poner sitio a París y conquistarlo por encima de los tejados, invadir las casas, a través de los muros, hacer florecer la ciudad, y difundir una alegría sobre la piedra de las fachadas, el asfalto de las aceras y el pavimento de las calzadas, bañarla, embriagarla de savia como un bosque que verdea.    On était aux derniers jours de mai, à cette saison délicieuse où le printemps de la campagne semble faire le siège de Paris et le conquérir par-dessus les toits, envahir les maisons, à travers les murs, faire fleurir la ville, y répandre une gaieté sur la pierre des façades, l'asphalte des trottoirs et le pavé des chaussées, la baigner, la griser de sève comme un bois qui verdit. 
La señora Haggan dio unos cuantos pasos a la derecha con intención de seguir, como siempre, la calle de Provenza, donde llamaría a un coche, pero la suavidad del aire, esa emoción del verano que nos entra en la garganta en ciertos días, penetró en ella tan bruscamente que, cambiando de idea, cogió la calle de la Chausséed'Antin, sin saber por qué, atraída oscuramente por el deseo de ver árboles en los jardincillos de la Trinidad. Pensaba: « ¡Bah! Me esperará diez minutos, más.» Esta idea, de nuevo, la regocijaba, y mientras caminaba a pasitos cortos, entre el gentío, creía verlo impacientarse, mirar la hora, abrir la ventana, escuchar a la puerta, sentarse unos instantes, levantarse y, no atreviéndose a fumar, pues ella se lo había prohibido los días de sus citas, lanzar desesperadas miradas a la caja de los cigarrillos.    Mme Haggan fit quelques pas à droite avec l'intention de suivre, comme toujours, la rue de Provence où elle hélerait un fiacre, mais la douceur de l'air, cette émotion de l'été qui nous entre dans la gorge en certains jours, la pénétra si brusquement, que, changeant d'idée, elle prit la rue de la Chaussée-d'Antin, sans savoir pourquoi, obscurément attirée par le désir de voir des arbres dans le square de la Trinité. Elle pensait: «Bah! il m'attendra dix minutes de plus.» Cette idée, de nouveau, la réjouissait, et, tout en marchant à petits pas, dans la foule, elle croyait le voir s'impatienter, regarder l'heure, ouvrir la fenêtre, écouter à la porte, s'asseoir quelques instants, se relever, et, n'osant pas fumer, car elle le lui avait défendu les jours de rendez-vous, jeter sur la boîte aux cigarettes des regards désespérés. 
Marchaba despacito, distraída por cuanto encontraba, por las caras y por las tiendas, aflojando el paso cada vez más y tan poco deseosa de llegar que buscaba, en los escaparates, pretextos para detenerse.    Elle allait doucement, distraite par tout ce qu'elle rencontrait, par les figures et les boutiques, ralentissant le pas de plus en plus et si peu désireuse d'arriver qu'elle cherchait, aux devantures, des prétextes pour s'arrêter. 
Al final de la calle, delante de la iglesia, el verdor de los jardincillos la atrajo con tanta fuerza que cruzó la plaza, entró en el jardín, esa jaula de niños, y dio dos vueltas al estrecho césped, en medio de nodrizas rozagantes, llenas de cintas, abigarradas, exuberantes. Después cogió una silla, se sentó, y levantando los ojos hacia la esfera redonda como una luna del campanario, miró marchar la aguja.    Au bout de la rue, devant l'église, la verdure du petit square l'attira si fortement qu'elle traversa la place, entra dans le jardin, cette cage à enfants, et fit deux fois le tour de l'étroit gazon, au milieu des nounous enrubannées, épanouies, bariolées, fleuries. Puis elle prit une chaise, s'assit, et levant les yeux vers le cadran rond comme une lune dans le clocher, elle regarda marcher l'aiguille. 
En ese mismo momento sonó la media, y su corazón se estremecía de gusto al oír tañer las campanas del carillón. Media hora ganada, más de un cuarto de hora para llegar a la calle Miromesnil, y unos minutos más de callejeo - ¡una hora! -. ¡Una hora robada a la cita! Se quedaría apenas cuarenta minutos, y se habría acabado una vez más.    Juste à ce moment la demie sonna, et son coeur tressaillit d'aise en entendant tinter les cloches du carillon. Une demi-heure de gagnée, plus un quart d'heure pour atteindre la rue Miromesnil, et quelques minutes encore de flânerie,-une heure! une heure volée au rendez-vous! Elle y resterait quarante minutes à peine, et ce serait fini encore une fois. 
¡Cielos! ¡Cómo le aburría acudir allá! Al igual que un paciente que sube al dentista, llevaba en su corazón el recuerdo intolerable de todas las citas pasadas, una a la semana por término medio desde hacía dos años, y el pensamiento de que iba a producirse otra, dentro de nada, la crispaba de angustia de pies a cabeza. No es que fuera dolorosa, dolorosa como una visita al dentista, pero era tan aburrida, tan aburrida, tan complicada, tan larga, tan penosa, que todo, todo, hasta una operación, le habría parecido preferible. Y sin embargo acudía a ella, muy lentamente, a pasitos cortos, deteniéndose, sentándose, callejeando por todas partes, pero acudía. ¡Oh! Le habría gustado mucho faltar a ésta, pero había dejado plantado al pobre vizconde dos veces seguidas, el mes pasado, y no se atrevía a recomenzar tan pronto. ¿Por qué regresaba allí? ¡Ah! ¿Por qué? ¿Porque había cogido la costumbre, y no tenía ninguna razón que esgrimir con aquel infeliz de Martelet cuando quisiera conocer ese por qué? ¿Por qué había empezado? ¿Por qué? ¡No lo sabía! ¿Lo había amado? ¡Era posible! No con mucha intensidad, pero sí un poco, ¡hacía tanto tiempo! Él estaba bien, refinado, elegante, galante, y representaba estrictamente, al primer vistazo, el amante perfecto de una mujer de mundo. El cortejo había durado tres meses -tiempo normal, lucha razonable, resistencia suficiente-, después ella había consentido, y con qué emoción, qué crispación, qué miedo horrible y encantador, en aquella primera cita, seguida de otras muchas, en aquel pequeño entresuelo de soltero, en la calle Miromesnil. ¿Su corazón? ¿Qué experimentaba entonces su corazoncito de mujer seducida, vencida, conquistada, al cruzar por vez primera la puerta de aquella casa de pesadilla? ¡No lo sabía ya, de veras! ¡Lo había olvidado! Una se acuerda de un hecho, de una fecha, de una cosa, pero no se acuerda para nada, dos años después, de una emoción que se ha esfumado muy pronto, porque era muy ligera. ¡Oh!, por ejemplo, no había olvidado las otras, ese rosario de citas, ese vía crucis del amor, con sus estaciones tan fatigosas, tan monótonas, tan similares, que la náusea ascendía a sus labios en previsión de lo que pasaría dentro de un rato.    Dieu! comme ça l'ennuyait d'aller là-bas! Ainsi qu'un patient montant chez le dentiste, elle portait en son coeur le souvenir intolérable de tous les rendez-vous passés, un par semaine en moyenne depuis deux ans, et la pensée qu'un autre allait avoir lieu, tout à l'heure, la crispait d'angoisse de la tête aux pieds. Non pas que ce fût bien douloureux, douloureux comme une visite au dentiste, mais c'était si ennuyeux, si ennuyeux, si compliqué, si long, si pénible que tout, tout, même une opération, lui aurait paru préférable. Elle y allait pourtant, très lentement, à tous petits pas, en s'arrêtant, en s'asseyant, en flânant partout, mais elle y allait. Oh! elle aurait bien voulu manquer encore celui-là, mais elle avait fait poser ce pauvre vicomte deux fois de suite le mois dernier, et elle n'osait point recommencer si tôt. Pourquoi y retournait-elle? Ah! pourquoi? Parce qu'elle en avait pris l'habitude, et qu'elle n'avait aucune raison à donner à ce malheureux Martelet quand il voudrait connaître ce pourquoi! Pourquoi avait-elle commencé? Pourquoi? Elle ne le savait plus! L'avait-elle aimée? C'était possible! Pas bien fort mais un peu, voilà si longtemps! Il était bien, recherché, élégant, galant, et représentait strictement, au premier coup d'oeil, l'amant parfait d'une femme du monde. La cour avait duré trois mois-temps normal, lutte honorable, résistance suffisante-puis elle avait consenti, avec quelle émotion, quelle crispation, quelle peur horrible et charmante à ce premier rendez-vous, suivi de tant d'autres, dans ce petit entresol de garçon, rue de Miromesnil. Son coeur? Qu'éprouvait alors son petit coeur de femme séduite, vaincue, conquise, en passant pour la première fois la porte de cette maison de cauchemar? Vrai, elle ne le savait plus! Elle l'avait oublié! On se souvient d'un fait, d'une date, d'une chose, mais on ne se souvient guère, deux ans plus tard, d'une émotion qui s'est envolée très vite, parce qu'elle était très légère. Oh! par exemple, elle n'avait pas oublié les autres, ce chapelet de rendez-vous, ce chemin de la croix de l'amour, aux stations si fatigantes, si monotones, si pareilles, que la nausée lui montait aux lèvres en prévision de ce que ce serait tout à l'heure. 
¡Cielos! Esos coches que había que llamar para acudir allá no se parecían a los otros coches que una utiliza para las compras corrientes. Los cocheros adivinaban algo, con certeza. Por la simple forma en que la miraban lo notaba, ¡y esos ojos de los cocheros de París son terribles! Cuando una piensa que a cada momento, ante los tribunales, reconocen, al cabo de varios años, a criminales a los que han llevado una sola vez, en plena noche, de una calle cualquiera a una estación, y que tienen que vérselas con casi tantos viajeros como horas hay en el día, y que su memoria es lo bastante segura para que afirmen: «¡Se trata del hombre que cogí en la calle de los Mártires, y dejé en la estación de Lyon, a la una menos veinte de la noche, el 10 de julio del año pasado!», ¿no hay motivos de sobra para temblar, cuando una arriesga lo que arriesga, una joven casada yendo a una cita, al confiar su reputación al primer cochero que aparece? Desde hacía dos años ella habría empleado, para esa carrera a la calle Miromesnil, por lo menos cien o ciento veinte, contando uno a la semana. Eran otros tantos testigos que podrían declarar contra ella en un momento crítico.    Dieu! ces fiacres qu'il fallait appeler pour aller là, ils ne ressemblaient pas aux autres fiacres, dont on se sert pour les courses ordinaires! Certes, les cochers devinaient. Elle le sentait rien qu'à la façon dont ils la regardaient, et ces yeux de cochers de Paris sont terribles! Quand on songe qu'à tout moment, devant le tribunal, ils reconnaissent, au bout de plusieurs années, des criminels qu'ils ont conduits une seule fois, en pleine nuit, d'une rue quelconque à une gare, et qu'ils ont affaire à presque autant de voyageurs qu'il y a d'heures dans la journée, et que leur mémoire est assez sûre pour qu'ils affirment: «Voilà bien l'homme que j'ai chargé rue des Martyrs, et déposé, gare de Lyon, à minuit quarante, le 10 juillet de l'an dernier!» n'y a-t-il pas de quoi frémir, lorsqu'on risque ce que risque une jeune femme allant à un rendez-vous, en confiant sa réputation au premier venu de ces cochers! Depuis deux ans elle en avait employé, pour ce voyage de la rue Miromesnil, au moins cent à cent vingt, en comptant un par semaine. C'étaient autant de témoins qui pouvaient déposer contre elle dans un moment critique. 
Una vez en el coche, sacaba del bolsillo el otro velo tupido y negro como un lobo, y se lo aplicaba sobre los ojos. Eso le tapaba el rostro, sí, pero el resto, el vestido, el sombrero, la sombrilla, ¿no podían fijarse en ellos, haberlos visto ya? ¡Oh! ¡Qué suplicio en aquella calle de Miromesnil! Creía reconocer a todos los transeúntes, a todos los criados, a todo el mundo. Apenas se detenía el carruaje, saltaba de él y pasaba corriendo delante del portero, siempre de pie en el umbral de su portería. Ese era otro que debía de saberlo todo, todo -su dirección, su nombre, la profesión de su marido-, todo, ¡pues esos porteros son los más sutiles de los policías! Desde hacía dos años quería comprarlo, darle, arrojarle, un día u otro, un billete de cien francos al pasar delante de él. ¡Ni una sola vez se había atrevido a hacer ese pequeño movimiento de lanzar a sus pies el trocito de papel enrollado! Tenía miedo -¿de qué?-. ¡No sabía! ¿De que la llamara, si no comprendía? ¿De un escándalo! ¿De una aglomeración en la escalera? ¿Acaso de un arresto? Para llegar a la puerta del vizconde apenas había que subir medio piso, ¡y le parecía tan alto como la torre Saint-Jácques! En cuanto se adentraba en el vestíbulo se sentía cogida en una trampa, y el menor ruido, ante ella o detrás, le daba ahogos. Imposible retroceder, con aquel portero y la calle que le cerraban la retirada; y si alguien bajaba en ese preciso momento, ¡no se atrevía a llamar en casa de Martelet y pasaba ante la puerta como si fuera a otra parte! ¡Subía, subía, subía! ¡Habría subido cuarenta pisos! Después, cuando parecía imperar de nuevo la calma en el hueco de la escalera, volvía a bajar corriendo, con el alma angustiada por si no reconocía el entresuelo.    Aussitôt dans le fiacre, elle tirait de sa poche l'autre voile, épais et noir comme un loup, et se l'appliquait sur les yeux. Cela cachait le visage, oui, mais le reste, la robe, le chapeau, l'ombrelle, ne pouvait-on pas les remarquer, les avoir vus déjà? Oh! dans cette rue de Miromesnil, quel supplice! Elle croyait reconnaître les passants, tous les domestiques, tout le monde. A peine la voiture arrêtée, elle sautait et passait en courant devant le concierge toujours debout sur le seuil de sa loge. En voilà un qui devait tout savoir, tout,-son adresse,-son nom,-la profession de son mari,-tout,-car ces concierges sont les plus subtils des policiers! Depuis deux ans elle voulait l'acheter, lui donner, lui jeter, un jour ou l'autre, un billet de cent francs en passant devant lui. Pas une fois elle n'avait osé faire ce petit mouvement de lui lancer aux pieds ce bout de papier roulé! Elle avait peur.-De quoi?-Elle ne savait pas!-D'être rappelée, s'il ne comprenait point? D'un scandale? D'un rassemblement dans l'escalier? D'une arrestation peut-être? Pour arriver à la porte du vicomte, il n'y avait guère qu'un demi-étage à monter, et il lui paraissait haut comme la tour Saint-Jacques! A peine engagée dans le vestibule, elle se sentait prise dans une trappe, et le moindre bruit devant ou derrière elle, lui donnait une suffocation. Impossible de reculer, avec ce concierge et la rue qui lui fermait la retraite; et si quelqu'un descendait juste à ce moment, elle n'osait pas sonner chez Martelet et passait devant la porte comme si elle allait ailleurs! Elle montait, montait, montait! Elle aurait monté quarante étages! Puis, quand tout semblait redevenu tranquille dans la cage de l'escalier, elle redescendait en courant avec l'angoisse dans l'âme de ne pas reconnaître l'entresol! 
Allí estaba él, esperando con un elegante traje de terciopelo forrado de seda, muy coqueto, pero algo ridículo, y desde hacía dos años nada había cambiado en su manera de acogerla, ¡nada de nada, ni un gesto!    Il était là, attendant dans un costume galant en velours doublé de soie, très coquet, mais un peu ridicule, et depuis deux ans, il n'avait rien changé à sa manière de l'accueillir, mais rien, pas un geste! 
En cuanto había cerrado la puerta, le decía: «¡Déjeme besar sus manos, querida, mi querida amiga!» Después la seguía al dormitorio, donde, con los postigos cerrados y las luces encendidas, tanto en invierno como en verano, por distinción, sin duda, se arrodillaba ante ella mirándola de abajo arriba con aire de adoración. El primer día, ¡ese movimiento había sido muy amable, muy logrado! Ahora ella creía estar viendo a Delaunay interpretando por centésimo vigésima vez el quinto acto de una pieza de éxito. Era necesario cambiar de efectos.    Dès qu'il avait refermé la porte, il lui disait: «Laissez-moi baiser vos mains, ma chère, chère amie!» Puis il la suivait dans la chambre, où volets clos et lumières allumées, hiver comme été, par chic sans doute, il s'agenouillait devant elle en la regardant de bas en haut avec un air d'adoration. Le premier jour ça avait été très gentil, très réussi, ce mouvement-là! Maintenant elle croyait voir M. Delaunay jouant pour la cent vingtième fois le cinquième acte d'une pièce à succès. Il fallait changer ses effets. 
Y después, ¡oh!, ¡Dios mío!, ¡después! , ¡era lo más duro! No, no cambiaba de efectos, el pobre muchacho. ¡Qué buen chico, pero qué trivial!    Et puis après, oh! mon Dieu! après! c'était le plus dur! Non, il ne changeait pas ses effets, le pauvre garçon! Quel bon garçon, mais banal!... 
¡Cielos! ¡Qué difícil era desvestirse sin doncella! Por una vez, pase, ¡pero todas las semanas, resultaba odioso! No, de veras, ¡un hombre no debería exigir de una mujer semejante tarea! Pero si era difícil desvestirse, vestirse resultaba casi imposible y ponía los nervios de punta, era tan exasperante que daban ganas de abofetear al caballero que decía, girando a su alrededor con aire torpe: «¿Quiere usted que la ayude?» ¡Ayudarla! ¡Ah, sí! ¿A qué? ¿De qué era capaz? Bastaba verlo con un alfiler entre los dedos para saberlo.    Dieu, que c'était difficile de se déshabiller sans femme de chambre! Pour une fois, passe encore, mais toutes les semaines cela devenait odieux! Non, vrai, un homme ne devrait pas exiger d'une femme une pareille corvée! Mais s'il était difficile de se déshabiller, se rhabiller devenait presque impossible et énervant à crier, exaspérant à gifler le monsieur qui disait, tournant autour d'elle d'un air gauche:-Voulez-vous que je vous aide.-L'aider! Ah oui! à quoi? De quoi était-il capable? Il suffisait de lui voir une épingle entre les doigts pour le savoir. 
Quizá fue en ese momento cuando ella había empezado a tomarle tirria. Cuando decía: «¿Quiere usted que la ayude?», lo habría matado. Y, además, ¿era posible que una mujer no acabase detestando a un hombre que, desde hacía dos años, la había obligado más de ciento veinte veces a vestirse sin doncella?    C'est à ce moment-là peut-être qu'elle avait commencé à le prendre en grippe. Quand il disait: «Voulez-vous que je vous aide!» elle l'aurait tué. Et puis était-il possible qu'une femme ne finît point par détester un homme qui, depuis deux ans, l'avait forcée plus de cent vingt fois à se rhabiller sans femme de chambre? 
Cierto que no había muchos hombres tan inhábiles como él, tan poco despabilados, tan monótonos. Desde luego el baroncito de Grimbal no habría preguntado con pinta de bobo: «¿Quiere usted que la ayude?» La habría ayudado, él, tan vivo, tan gracioso, tan ingenioso. ¡Eso es! Era diplomático; había corrido el mundo, rodado por todas partes, desvestido y vestido sin duda a mujeres ataviadas con arreglo a todas las modas de la tierra...    Certes il n'y avait pas beaucoup d'hommes aussi maladroits que lui, aussi peu dégourdis, aussi monotones. Ce n'était pas le beau baron de Grimbal qui aurait demandé de cet air niais: «Voulez-vous que je vous aide?» Il aurait aidé, lui, si vif, si drôle, si spirituel. Voilà! C'était un diplomate; il avait couru le monde, rôdé partout, déshabillé et rhabillé sans doute des femmes vêtues suivant toutes les modes de la terre, celui-là!... 
El reloj de la iglesia dio los tres cuartos. Se levantó, miró la esfera, se echó a reír murmurando: «¡Oh! ¡Debe de estar agitado! » y después echó a andar con más viveza, y salió de los jardincillos.    L'horloge de l'église sonna les trois quarts. Elle se dressa, regarda le cadran, se mit à rire en murmurant «Oh! doit-il être agité!» puis elle partit d'une marche plus vive, et sortit du square. 
Aún no había dado diez pasos por la plaza cuando se encontró delante de un señor que se inclinó profundamente.    Elle n'avait point fait dix pas sur la place quand elle se trouva nez à nez avec un monsieur qui la salua profondément. 
-¡Vaya! ¿Es usted, barón?, dijo, sorprendida. Acababa justamente de pensar en él.    -Tiens, vous, baron?-dit-elle, surprise. Elle venait justement de penser à lui. 
-Sí, señora.    -Oui, madame. 
Se informó de su salud, y después, tras unas cuantas frases vagas, prosiguió:    Et il s'informa de sa santé, puis, après quelques vagues propos, il reprit: 
-¿Sabe usted que es la única de mis amigas (me permite que le dé ese nombre, ¿verdad?) que no ha venido aún a visitar mis colecciones japonesas?    -Vous savez que vous êtes la seule-vous permettez que je dise de mes amies, n'est-ce pas?-qui ne soit point encore venue visiter mes collections japonaises. 
- Pero, mi querido barón, ¡una mujer no puede ir así como así a casa de un soltero!    -Mais, mon cher baron, une femme ne peut aller ainsi chez un garçon! 
- ¿Cómo? ¿Cómo? ¡Gran error, cuando se trata de visitar una colección rara! 

 

-Comment! comment! en voilà une erreur quand il s'agit de visiter une collection rare! 
- En cualquier caso, no puede ir sola.    -En tout cas, elle ne peut y aller seule. 
- ¿Y por qué? ¡He recibido montones de mujeres solas, nada más que para ver mi galería! Las recibo todos los días. ¿Quiere usted que se las nombre? No, no lo haré. Hay que ser discreto incluso cuando no hay culpa. En principio, no es indecoroso entrar en casa de un hombre serio, conocido, de cierta posición, ¡salvo cuando se va por una causa inconfesable!    -Et pourquoi pas? mais j'en ai reçu des multitudes de femmes seules, rien que pour ma galerie! J'en reçois tous les jours. Voulez-vous que je vous les nomme-non-je ne le ferai point. Il faut être discret même pour ce qui n'est pas coupable. En principe, il n'est inconvenant d'entrer chez un homme sérieux, connu, dans une certaine situation, que lorsqu'on y va pour une cause inavouable! 
- En el fondo, tiene usted razón en lo que dice.    -Au fond, c'est assez juste ce que vous dites-là. 
- Entonces venga a ver mi colección.    -Alors vous venez voir ma collection. 
- ¿Cuándo?    -Quand? 
- Pues ahora mismo.    -Mais tout de suite. 
- Imposible, tengo prisa.    -Impossible, je suis pressée. 
- ¡Vamos, vamos! Hace media hora que está usted sentada en los jardincillos.    -Allons donc. Voilà une demi-heure que vous êtes assise dans le square. 
- ¿Me espiaba usted?     -Vous m'espionniez? 
- La miraba.    —Je vous regardais. 
- De veras, tengo prisa.    -Vrai, je suis pressée. 
- Estoy seguro de que no. Confiese que no tiene mucha prisa.    -Je suis sûr que non. Avouez que vous n'êtes pas pressée. 
La señora Haggan se echó a reír y contestó:    Mme Haggan se mit à rire, et avoua: 
-No..., no..., no mucha...»    -Non ... non ... pas ... très.... 
Un coche pasaba rozándolos. El baroncito gritó: «¡Cochero! » y el carruaje se detuvo. Después, abriendo la portezuela:    Un fiacre passait à les toucher. Le petit baron cria: «Cocher!» et la voiture s'arrêta. Puis, ouvrant la portière: 
—Suba, señora.    -Montez, madame. 
-Pero, barón, no, es imposible, hoy no puedo.    -Mais, baron, non, c'est impossible, je ne peux pas aujourd'hui. 
-Señora, es una imprudencia lo que está haciendo, ¡suba! Empiezan a mirarnos, va usted a hacer que se forme un grupo; creerán que la rapto y nos detendrán a los dos. ¡Suba, por favor!    -Madame, ce que vous faites est imprudent, montez! On commence à nous regarder, vous allez former un attroupement; on va croire que je vous enlève et nous arrêter tous les deux, montez, je vous en prie! 
Subió, asustada, aturdida. Entonces él se sentó a su lado, diciéndole al cochero: «Calle de Provenza.»    Elle monta, effarée, abasourdie. Alors il s'assit auprès d'elle en disant au cocher: «rue de Provence». 
Pero de repente ella exclamó:    Mais soudain elle s'écria: 
-¡Oh, Dios mío! Olvidaba un despacho muy urgente. ¿Quiere usted llevarme, antes de nada, a la primera oficina de Telégrafos?    -Oh! mon Dieu, j'oubliais une dépêche très pressée, voulez-vous me conduire, d'abord, au premier bureau télégraphique? 
El carruaje se detuvo algo más adelante, en la calle de Cháteaudun, y ella dijo al barón:    Le fiacre s'arrêta un peu plus loin, rue de Châteaudun, et elle dit au baron: 
-¿Puede usted comprarme una tarjeta de cincuenta céntimos? Prometí a mi marido invitar a Martelet a cenar mañana, y lo había olvidado por completo.»    -Pouvez-vous me prendre une carte de cinquante centimes? J'ai promis à mon mari d'inviter Martelet à dîner pour demain, et j'ai oublié complètement. 
Cuando el barón regresó, con su tarjeta azul en la mano, ella escribió a lápiz:    Quand le baron fut revenu, sa carte bleue à la main, elle écrivit au crayon: 
«Mi querido amigo, estoy indispuesta; tengo una neuralgia atroz que me mantiene en cama. Imposible salir. Venga a cenar mañana por la noche para que yo me haga perdonar. » «JEANNE.»    «Mon cher ami, je suis très souffrante; j'ai une névralgie atroce qui me tient au lit. Impossible sortir. Venez dîner demain soir pour que je me fasse pardonner. «JEANNE.» 
Humedeció la goma, cerró cuidadosamente, puso la dirección: «Vizconde de Martelet, calle de Miromesnil, 240», y después, devolviéndole la tarjeta al barón, le dijo:    Elle mouilla la colle, ferma soigneusement, mit l'adresse: «Vicomte de Martelet, 240, rue Miromesnil», puis, rendant la carte au baron: 
-Y ahora, ¿quiere usted tener la bondad de echar esto en el buzón de telegramas?»    -Maintenant, voulez-vous avoir la complaisance de jeter ceci dans la boîte aux télégrammes. 
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