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Darío Herrera en AlbaLearning

Darío Herrera

"Un beso"

Horas lejanas

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Un beso
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Un beso
 
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Los pasajeros abandonaron el comedor, y quedamos en la sala del Chile, los cuatro amigos de la misma mesa, siguiendo, entre las aspiraciones del humo de los cigarros y los sorbos del café, nuestra charla, mecida cadenciosamente por los tumbos suaves del barco. En el salón contiguo, Alicia, la linda limeña –cuya vivacidad adorable, en la gracia ingenua de sus diez y ocho años, alegraba la monotonía del viaje –tocaba en el piano un lie de Mendelssohn.

Estábamos a la altura de Arica. Al través de las ventanas aparecía, distante, el puerto cautivo. Su caserío se apiñaba sobre la cordillera costeña, cuya absoluta aridez, desde el comienzo del litoral peruano, se rompía ahora con frescos cuadros de verdura. Del otro Lado, la vista dilatábase por la planicie marina, de trepidaciones lentas y largas, sobre la cual un sol gozoso, en el cenit, dardeaba su luz rubia. En los flancos del vapor, el manso oleaje de la rada tenía sonoridades dulces.

Y como se hablara de las mujeres de Lima, Antonio, el joven santiaguino, que venía de concluir en un colegio de New–York sus estudios de ingeniero electricista, exclamó:

–Sí, convengo en que son encantadoras; pero pierden mucho cuando se las compara con las norteamericanas... A pesar de mi profesión no soy, en lo general, partidario de ese buen país yanquee. Me abruman –a mí, latino por esencia –sus maquinarias, sus puentes, sus edificios, sus diarios, sus réclames, todas sus creaciones enormes y desproporcionadas: ellas evidencian un don especial para lo inarmónico, para lo inartístico. Pero, en cambio, poseen algo encantador, algo de que guarda mi espíritu un recuerdo imborrable. ¡Ah, sus mujeres!... He besado mas bocas virginales que rayos luminosos está derramando el sol en el mar. En este ejercicio adquirí conocimientos profundos; y, como des Esseintes en la del perfume, soy un maestro en la complicada ciencia del beso. En ella reside el placer perfecto, por lo mismo que no se llega jamás a la saciedad del goce total, con su corolario de hastío. Y no creo nada tan delicioso como esos flirts –inofensivos farsas amorosas– en que ejecutáis, pianista hábil, músicas exquisitas sobre el teclado vibrante de una boca propicia, roja y aromada cual cereza madura!....

–No estamos de acuerdo, Antonio –dijo don Carlos, diplomático ecuatoriano– Las muchachas norteamericanas, con su educación y sus costumbres, me producen el efecto de las Semivírgenes. ¡Dar los labios al primer conocido con la impúdica facilidad de una cortesana vulgar! Eso será agradable para los galanteadores de oficio; pero es desilusionador para el amante sincero. Eso es la prostitución, la vulgarización del beso, convertido así en un acto tan estúpidamente maquinal como el de darse la mano, puesto que pierde todo el atractivo de lo difícil y prohibido.

–Tiene razón, don Carlos, –dijo Hernández, el emigrado venezolano. –Además, agregó palideciendo, tales besos serían profanadores para quienes saben que los hay mortales.

Y como si hablara consigo mismo, con voz sorda y trémula, en una evocación dolorosa, continuó diciendo:

–Yo amaba a aquella niña con todo el entusiasmo y toda la generosidad de mis veinte y cinco años. La amaba por su belleza aristocrática, por su inocencia absoluta, por su temperamento nervioso, hondamente sensitivo, que la sumergía a menudo en tristezas inconscientes y avasalladoras.

Sobre su existencia en flor, agitaba sus alas tenebrosas una enfermedad trágica: un aneurisma cardíaco. Tarde o temprano, no lo ignoraba, la fulminaría; pero esto, en lugar de aminorar mi cariño, lo acrecentaba, y hacíame amarla con más ternura, pues, a cada instante, me asaltaba el temor de que, por cualquier conmoción ruda, estallara el terrible mal..

Una noche, noche de trópico, esplendorosamente serena, suavemente tibia, fragante con todos los perfumes traídos por el viento desde las grandes selvas, quedamos solos los dos en el balcón de su casa. La anciana madre leía en el salón cercano. En lo alto flotaba la luna, solitaria, y radiante en el inmenso azul. Lejos, el océano tenía en sus aguas un tinte de plata. Y en tomo nuestro, en las casas vecinas, y abajo, en la calle, dormía la vida.

Mi novia, Elisa, vestía de blanco. Sus cabellos negros, recogidos sobre la cabeza, temblaban al soplo fugitivo de la brisa, circuyéndole La palidez de la frente como un raro nimbo de sombra. Y al resplandor cándido de la luna, bajo el casco azabachado de sus cabellos, en su vestido blanco, ella, tal linda, estaba maravillosa; parecíame colocada allí para una apoteosis.

Nos encontrábamos muy juntos; nuestros hombros se rozaban, nuestras manos se oprimían, y nuestras miradas cruzábanse, cargadas de reflejos húmedos. Fue aquél un momento de embriaguez, de locura, de delirio pasional, en que los labios callaban y las pupilas se decían cosas secretas y divinas. Y repentinamente, sin que ella, fascinada, hiciera resistencia alguna, la atraje, la aprisioné entre mis brazos, y nuestras bocas se confundieron en un beso, el primero, largo, sordo, quemante, supremo!

¡Supremo, sí, pero fatal! Porque de pronto la sentí estremecerse violentamente; con un movimiento brusco separó del mío su rostro, lívido, desencajada, y sus ojos, casi fuera de las órbitas, expresaron no sé qué atroz martirio, qué infinita angustia. Luego, un leve soplo surgió de su boca, serenáronse sus facciones... gravitó entre mis brazos inerte, pálida, espantosamente rígida como una estatua de mármol!

–Esperan a los señores para una partida de poker –dijo un sirviente, asomando su cara afeitada en la ventana.

Los cuatro amigos nos levantábamos pensativos:

Hernández conmovido aún por su narración, los demás perdidos en recuerdos de cariños lejanos, que venían envueltos en brumas de nostalgias. Al salir, una onda más fuerte de música, percutió alegre en nuestros oídos. Alicia atacaba la marcha nupcial de Lohengrin, y Antonio, en quien no perduraba ninguna impresión, me dijo quedo, confidencialmente:

–Es una suerte que ella no haya escuchado a Hernández, porque... imagínense que para esta noche, después de la comida, en nuestro paseo por la cubierta, me tiene prometido un beso...

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