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Enrique Gómez Carrillo

"La pantomima"

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La pantomima
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La pantomima
 

ESCRITORES DE GUATEMALA

Augusto Monterroso
Enrique Gómez Carrillo
Luis Cardoza y Aragón
 

 

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Cuando Luciano y Violeta llegaron a la Bodinniere, ya la representación había comenzado.

- ¿Hace mucho tiempo? - preguntó el poeta en la puerta.

- No; hará diez minutos; están en la conferencia.

La conferencia no tenía gran importancia, al menos para Luciano que en más de una ocasión se la había oído recitar a su amigo.

- ¿Entramos enseguida o esperamos el principio de la pantomima?

Violeta prefirió esperar en la sala de exposición, admirando una serie de retratos de Sara Bernhardt dibujados por el húngaro Muchá.

- ¿Le gusta a usted este artista? - preguntó Luciano a su compañera, después de haber visto todos los cuadros expuestos.

- Sí me gusta; pero prefiero, en el mismo género, a Marcel Lenoir.

- Lo que dice usted es muy justo desde un punto de vista personal. Yo también prefiriría verla a usted retratada por Lenoir que por Muchá. Este último es muy atormentado, muy onduloso, muy felino, mientras que el otro es enteramente hierático... como usted.

- Usted persiste en considerarme como una mujer muy seca y muy fría ...

Luciano no contestó. Los aplausos, resonando en el fondo de la sala le hicieron olvidar a los pintores a la moda, para pensar de nuevo en Pierrot.

- Entremos - dijo. - Ya la conferencia ha terminado.

Violeta dió el brazo a su amigo y ambos penetraron, entre la multitud que llenaba los pasillos.

- "iCuanta gente!" - Era la exclamación general. Todo el mundo estaba admirado de ver una concurrencia tan numerosa para asistir a una fiesta tan poco anunciada. "iCuánta gente!"- En las butacas, en efecto, los sombreros floridos de las mujeres abundaban tanto como las cabezas descubiertas de los hombres. La galería estaba llena y sólo quedaba aun libre el único palco del teatro, el palco obscuro, alto, profundo cual una alcoba, que Luis había preservado para el más íntimo de sus amigos.

Luciano y Violeta acomodáronse en sus sitios, muy satisfechos de ver el éxito de la velada.

- ¿Cuántos son los personajes de la pantomima? preguntó la actriz.

- Dos - repuso el poeta, Pierrot y Colombina. Colombina es una chiquilla de nuestro barrio que según creo está volviendo loco a nuestro amigo.

- ¿Es bonita?

- Sí; y además tiene talento. Se llama Sonia.

- ¡Ah! ya sé, una morenita que hace versos y que venía siempre a los cafés del Boulevard San Miguel con Amelia y con Matilde.

- ¿Conoce usted a Matilde, la de Montmartre?

- Sí; la conocí en otro tíempc, cuando yo era modelo..

Luciano ignoraba la historia de Violeta.

-¿Modelo?

- Sí; modelo.

Inconscientemente algo del respeto que siempre había tenido por la querida de Durán desapareció, como por encanto, del alma impresionable del poeta. "Había sido modelo... había conocido a Sonia y a Matilde... Luego no era hija de una princesa..." "Mejor!"...-pensó. Así podría hablarle con más confianza y tal vez ... tal vez ... El recuerdo del beso deseado y no obtenido, acentuóse en su memoria.

Al fin sonaron los tres golpes clásicos que anuncianen París el principio del acto, y el telón se levantólentamente, entre el murmullo de los espectadores que terminaban sus comentarios con cuchicheos definitivos.

***

.... Y apareció Pierrot, vestido de blanco, pintado de blanco, bañado por la blanca luz de la luna.

Colombina no está aún allí, a pesar de ser el instante de la cita... "¿En dónde estará Colombina?" Todas las suposiciones, buenas y malas, pasan por la mente del enamorado. Su rostro indica la confianza "debe de estar en su casa, vistiéndose, componiéndose, empolvándose, para llegar más bella que nunca..." Pero ¿y se no estuviese en su casa? ... La duda frunce el albo entrecejo del que espera... ¡Si estuviese en casa del marqués!... Dos chispas negras brillan en sus pupilas, entre los párpados blancos...

Transcurren cinco minutos durante los cuales Pierrot ve moverse las agujas de todos los relojes con una rapidez vertiginosa... ¿Cinco minutos?... Para su alma son cinco horas, cinco días, cinco siglos... ¡Es necesario llamarla!... La llama, la implora, la suplica, la amenaza... ¡Nada!... Con las manos devotamente unidas sobre sus labios hambrientos, ofrécela mil besos... ¡Nada!... Al fin saca de la faltriquera un collar de piedras preciosas que acaba de robar en un escaparate: lo hace brillar a la luz de la luna, se lo pone en la garganta, lo sacude, lo ofrece... ¡es para ella!

Atraída por el reflejo de las gemas, Colombina aparece, rosada de rostro, rosada de manos, toda rosada, en fin, en la rosa ligera de su traje ... "¿Son para ella, las joyas?" -Pierrot dice que no, con la cabeza ... "no, no, no" ... Ella se acerca, le acaricia, y sin hacer caso de sus negativas, le tiende el cuello desnudo, para que la ponga el collar ... "¿Besos?"... No... primero el collar ... después los besos ... " ¡Tus labios, Colombina!" ... "¡El collar, Pierrot!..." ... Luego los besos que él da con fervor místico y ardiente... que ella recibe como las gotas de una llovizna estival sonriendo con su sonrisa color de rosa.

La primera parte había terminado.

- iAdmirable! - exclamó Violeta, volviendo la cara hacia Luciano que se recostaba en el respaldo de su asiento, en ef fondo del palco.

- ¿Quién de los dos le gusta a usted más? - pregunt6le el poeta al oído.

- Los dos. Él es un artista verdadero y explica perfectamente las complicaciones de su alma atormentada. Pero ella, en la sencillez instintiva de su papel, se expresa con más claridad que él... ¿No le parece a usted extraordinaria la facilidad que tienen las parisienses para ser coquetas en las tablas?...

- No sólo en las tablas...

- Sí; pero fuera de las tablas, en la intimidad, todas las mujeres del mundo son iguales. Lo raro en las muchachas de París, es la confianza en sí propias que les permite moverse lo mismo en el escenario de un teatro, ante mi! personas, que en sus dormitorios, junto a un amante... Yo soy parisiense y me acuerdo de mi debut... ¿Por qué le he de negar que tenía miedo?... Sí lo tenía, muy grande... Pero al verme ante el público, el sentimiento de la coquetería pudo más en mí que el miedo de los espectadores... y fuí natural... Me acuerdo de un viejecito muy elegante, que estaba en el primer palco de la derecha y que parecía mirarme con interés. A mí se me figuró que no había más que él en el teatro: que él era la crítica, la prensa, la aristocracia... y durante toda la representación, no pronuncié una sola palabra sin fijarme en su rostro apergaminado. Cuando él aplaudía, yo estaba contenta, contenta, como si todo París me hubiese aplaudido...

- Es curioso...

***

Luciano seguía pensando que Violeta había sido modelo de pintor, en Montparnasse; que muchos hombres habían visto su cuerpo desnudo; que Matilde y Sonia habían sido sus amigas... tal vez sus compañeras... Eso era, para él, una revelación que le obligaba a reirse de sí mismo; de su antiguo respeto y de sus reverencias de la víspera... iHabía sido modelo!... ¡Todos la habían visto desnuda!... La visión del cuerpo fino de la actriz apareció, neta, ante su retina: la vió de pie sobre una mesa de estudio, muy alta, muy delgada, muy bella, levantando los brazos como Afrodita, o inclinándose como Diana, para atar los cordones de su sandalia...

De pronto, una vocecilla temblequeante le sacó de su sensual ensimismamiento. Era Blemont que le decía buenas noches al pie del palco.

- Buenas noches, Lucianito.

- ¿Tú aquí? Hace dos horas te dejé en una esquina, sin embargo...

Sí; pero al llegar a su casa el pobre bohemio había encontrado cuatro billetes para asistir a la pantomima. Su deseo era aplaudir a Luis... allí estaban todos los amigos... Y todos muy contentos... muy entusiastas... Pierrot tenía genio... Le harían una ovación al final.

El telón se levantó de nuevo... y Pierrot, más blanco todavía, blanco con la blancura cadavérica de los celos, blanco como la hostia de la comunión de los agonizantes, blanco cual un muerto, en su túnica color de sudario, apareció tras una puerta. Sus ojos brillaban, en la máscara de yeso, con resplandores lamentables de cirio. La contracción de sus labios tenía algo de macabro... Oía...

.... iPobre Pierrot!... Pegando el rostro contra la puerta cerrada, oía lo que pasaba en la alcoba... Oía los suspiros de Colombina; y oía las palabras del marqués... Su frente, su boca, sus manos, todo su ser, en fin, iba indicando las impresiones que producían en su alma doliente las escenas de la traición...

Cuando un beso sonaba dentro, Pierrot sentía el beso... cuando una risa llegaba hasta él, Pierrot reía.... cuando las manos de Colombina estrechaban las manos del marqués, Pierrot unía sus manos... Y ese simulacro de amor, indicando el amor de la muje ramada y del hombre aborrecido, tenía, en su elocuencia silenciosa, un aspecto trágico y alucinante.

Los ojos de Violeta estaban húmedos de lágrimas. Luciano se acercó a ella y sin decirle una palabra, impulsado por la pasión que flotaba en la atmósfera, le cogió una mano y la acarició largo rato entre las suyas. Sus ojos se encontraron y contempláronse tiernamente....

En el fondo de la sala, Pierrot seguía sufriendo. De pronto todo su cuerpo se irguió. iYa era bastante!

Con los puños crispados, precipitóse sobre la puerta y llamó, llamó con insistencia, hiriéndose las manos, apoyando las rodillas, la frente y el pecho contra la madera impasible... Llamó, llamó, llamó...

Cuando el telón comenzó a caer, Pierrot llamaba todavía...

***

Al oir los aplausos que saludaban al altísimo poeta mudo, Violeta retiró, en un ademán rápido, la mano que había abandonado durante el acto entre las manos del poeta. - Luego, con voz alterada por la emoción, dijo su entusiasmo artístico y su infinito goce sensitivo.

Luciano la dejaba hablar, sin interrumpirla, sin oirla casi, fijándose únicamente en la palpitación de sus labios sensuales... Cuando quiso responderla y ser elocuente como ella, no lo pudo. Su garganta tenía algo de anormal y su boca estaba seca. Cambió de sitio.

- ¿Se aleja usted de mí? - preguntóle su compañera mirándole dulcemente.

Él volvió a ocupar su silla detrás de Violeta, sin decir nada, sonriendo con una sonrisa de agradecimiento y de súplica.

Al fin el telón se levantó para dejar ver el último acto de la pantomima.

Allí estaba Pierrot, con una espada en la mano, nervioso, esperando a su rival. El rival llegó ... ¿en dónde estaba?... Allí, frente al amante de Colombina; y sin embargo nadie le veía... Allí estaba; Pierrot saludábale con seca cortesía... poníase luego en guardia... atacábale...

En la escena no había sino un mimo armado, resistiendo a ataques ideales, lanzándose furioso contra el aire, y saludando, de vez en cuando, a la izquierda... Era un duelo solitario, pero hecho con tal brillo, con tal pasión, con tal arte, que los espectadores llegaban a ver (visionarios tiranizados por el genio) las sombras del enemigo y de los testigos.

El duelo duró mucho tiempo. Al fin Pierrot soltó la espada, levantó los brazos para que las sombras de sus amigos le sostuviesen, comenzó a agonizar... Sus ojos se dilataron horriblemente haciendo dos manchas violáceas en la blancura del rostro; su nariz se adelgazó; su labio inferior agrandóse, ablandándose y contrayéndose en un gesto de precoz descomposición...

... Iba a caer, Pierrot; ya no tenía fuerzas; su sangre, escapándose por una herida invisible, vaciaba su cuerpo como una vejiga agujereada... Iba a caer, cuando Colombina apareció, despeinada y sin sombrero, vestida apenas con una enagua y un corsé... El marqués trató de agarrarla, pero ella resistió, colérica, precisada, y llegó hasta Pierrot que se precipitó sobre ella, ofreciéndole aún sus labios ya muertos pero llenos aún de besos funerales...

***

Al final de la escena, Violeta buscó la mano de su amigo y la acarició febrilmente durante un minuto. Luego se puso de pie, pálida, temblorosa, con las pupilas ahogadas en la humedad de sus lágrimas.

- ¿Nos vamos?- dijo.

Luciano repuso dominando su emoción:

- Luis nos espera... es imposible marcharnos sin felicitarle... iNos quiere tanto, el pobre!

- Es verdad - murmuró Violeta.

Entre bastidores fueron recibidos con entusiasmo por Pierrot y Colombina, que principiaban ya a limpiarse la pintura que cubría sus rostros.

Sonia estaba radiante de alegría con su primer triunfo, obtenido en un teatro verdadero, ante un gran público. Sus éxitos anteriores, en el concierto de los Decadentes, parecíanle puras niñerías. Lo que deseaba ahora, era seguir siendo aplaudida al lado de Pierrot por el todo París artístico de los estrenos del Boulevard.

Violeta le hizo muchos elogios.

- ¿De veras, te gusto?

Sus ojos negros indicaban la satisfacción orgullosa de su alma. Creíase una gran actriz, y la misma Violeta, en quien antes había visto una mujer superior que ni siquiera tenía derecho de envidiar, apareciólecomo una compañera suya, ni más ni menos grande que ella.

- ¿De veras, de veras, te gusto? - preguntó de nuevo.

- Eres admirable - repuso con convicción la querida de Durán.

- ¿Y Luis? ... ¿ Qué dices de Luis ? ... ¿No te parece genial?...

- Sí; soberbio ...

En Ia expansión de su dicha, Pierrot repartía abrazos a diestra y siniestra, ensuciando, con el blanco de su rostro la levita de Luciano, estrujando el talle de Violeta y magullando a Colombina.

Sonia, por su parte, ocupábase más de Pierrot que de ella misma, mojándole las toallas, arreglándole la camisa, sacudiendo sus vestidos, ayudándole, en fin, en su toilette, con una solicitud enternecedora. "iMi Luisito" - decía - "mi Luisito adorado!"... y con un impudor ingenuamente parisiense, acariciábale las manos y se frotaba contra él como una gata enamorada.

Mientras Pierrot y Colombina cambiaban de traje, Violeta y Luciano pasaron a un saloncillo mal alumbrado. Sentados en el mismo sofá, charlaron ... Dijéronse, sin notarlo y hablando a medias palabras, muchos secretos; descubriéronse algunos rincones de sus almas orgullosas; hiciéronse traición a sí mismos, abriendo más de lo que hubieran querido las puertas, generalmente selladas, de sus jardines secretos...

Desde que su amiga le había confiado su antigua profesión de modelo, Luciano sentía por ella un cariño casi compasivo. Sin saber por qué, la estimaba menos y la quería más. Ya no veía en ella frialdad ninguna, sino una gran melancolía y una resignación silenciosa que la obligaba a tolerar a René para no perder su posición y su tranquilidad...

Violeta, a su vez, comprendía que, al revelar suantiguo oficio y sus antiguas relaciones, había entregado algo de ella misma a su compañero de esa noche; y, resignada, decíase mentalmente que nadie hubiera podido merecer más que Gramont, su cariño y su confianza.

Después de un largo silencio pensativo, el poeta preguntó:

- ¿En qué piensa usted?

- En nada - repuso ella. - ¿Y usted?

- Yo ... en usted.

Sus manos se buscaron instintivamente, como antes lo habían hecho en la penumbra del palco, y sus miradas se confundieron de nuevo.

- iLucianol...

- ¡Violeta!...

Era la primera vez que ambos se llamaban por sus nombres, a pesar del deseo expresado por ella, desde un principio, de ser tratada con confianza.

De pronto, cuando menos lo esperaban, oyeron llamar a la puerta y simultáneamente dijeron: "adelante".

Un empleado del teatro, llevaba un sobre para Luis. Abriólo Luciano y leyó: "Producto de la velada... Butacas obsequiadas por el autor... 200.- Butacas vendidas... 102... Producto líquido ...306 francos".

En el mismo sobre iban tres billetes azules del Banco de Francia.

- Está bien - dijo el poeta dirigiéndose al empleado, después de enterarse de la cuenta.

- Necesito un recibo, caballero.

Fue indispensable llamar a Luis que llegó, ya "vestido de paisano", siempre nervioso y siempre contento, a firmar lo que le pusieron delante, sin fijarse en las cifras. "iUn recibo! - pensaba - es la primera vez que doy un recibo!... Mi vida nueva, rica y gloriosa, se inaugura brillantemente" - Luego preguntó al oído, a su amigo, cuánto le habían dado.

- Trescientos francos - repuso Luciano.

-.¿Nada más?

- Nada más.

- No importa; ya ganaremos muchos millares... Esta vez ha sido necesario regalar algunas butacas... Por lo pronto guárdate eso para ti.

- ¿Para mí? ... No seas tonto ... Tú tienes más necesidad que yo, con tu Colombina.

- Guárdate la mitad entonces.

Luciano se guardó cien francos y entregó los otros dos billetes a su amigo.

***

Violeta, viendo que ya era muy tarde, quería marcharse.

- Vámonos - dijo el poeta.

En el coche que los conducía, de nuevo hacia el Luxemburgo, la actriz y sb compañero hablaron con íntima ternura de Luis y Sonia.

- iQué dichosos son!

- Sí, muy dichosos.

Sus manos no se juntaban ya, para acariciarse; pero en cambio cada una de sus palabras era una caricia.

Al despedirse, en la puerta de la casa de Durán, sintieron una gran congoja, como si el adiós que se decían fuese el último.

- Adiós Violeta ...

- Adiós Luciano.

Por fin el poeta se llevó a los labios la mano· ardiente: de su amiga, rompiendo así, con la brusquedad de un beso sonoro, el dulce ensueño que mecíasilenciosamente sus almas ...

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