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Concha Espina en AlbaLearning

Concha Espina

"Ingratitud"

Biografía de Concha Espina en Wikipedia

 
 
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Ingratitud

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La puerta roja y carcomida del tío Cotera estuvo cerrada muchas horas y atrajo a las vecinas con la incitación de un párpado caído en guiño misterioso. Hasta que al crecer la noche, una trémula voz comenzó a soliloquear deshilvanados discursos dentro de la enana vivienda, y el coro de comadres escuchonas pudo comprender que el dueño de la casa estaba delirando.

 ‎Entonces se destacó del grupo femenil la más diligente de aquellas curiosas, para avisar en el Ayuntamiento, severa medida que, con la gráfica expresión de "dar parte", solemniza en los pueblos chiquitos las graves cuestiones de orden público y los tristes descubrimientos como el que se barruntaba detrás de la puerta roja del tío Cotera.
 
‎Mientras las autoridades decretaron el puntapié oficial a que se estaba haciendo acreedora la madera ruin, el viejo encerrado gemía con una vocecilla rota y angustiada:
 
‎— ¡Ave María Purísima! Hermanos: una limosna, por Dios, a este pobre vergonzante; que desde la semana pasada no he comido... Hermanos: ¡una caridad!
 
‎Y el tenue acento se perdía en un sollozo, en un hipo de llanto conmovedor.

‎Cuando cedió la puerta, a la intervención contundente de un municipal, aparecióse el infeliz anciano hundido en un flaco jergón que le servía de lecho: tenía demudado el rostro, sucia la ropa, frío y temblón el miserable cuerpecillo.
 
‎Miró vagamente a las personas que le rodearon y pidió con ansia un pedazo de pan, un vaso de licor; llevaba tres días herido de mal de muerte y al rebelarse a morir soñaba que tenía hambre y sed.
 
‎La casuca del tío Cotera se registraba de una mirada sola y lucía por único mueblaje la yacija, una cazuela, un baúl desocupado y un paraguas pendiente del techo.
 
‎El mísero hogar, apagado, y el pobre viejo, moribundo, se completaban en una imagen helada y dolorosa, toda desamparo y cuita. Pero la compasión transformó pronto la mezquina choza. Ardió en el llar la leña perfumada con romero, se le puso al paciente ropa limpia y se consoló en lo posible su debilidad y su sed, mientras un sacerdote se afanaba en ayudarle a bien sufrir el último dolor humano.
 
‎— ¡Está transido de abandono! — dijo una voz compungida.

‎— ¡Está acabando! — suspiraba otra.

‎— ¿No tiene una hija? — interrogó el cura.

‎— Sí, señor; anda sirviendo en la ciudad.

‎Un silencio triste cayó encima de estas palabras tan sencillas, reveladoras de un terrible dedito de ingratitud.
 
‎Aquel viejo abandonado tenía una hija, capaz de sostenerle y cuidarle; aquella casa fría y oscura tenía una moza ágil y dispuesta para enjalbegar las paredes sombrías, para encender el raso fogón. Y aquella mujer, joven y sana, había desertado cobardemente de la casa pobre, del padre senil, del llar humilde, abatido en la tierra.
 
‎Nunca le faltó a la moza un buen jornal en el pueblo, y hubiera contado fácilmente los escasos días del padre en la santa paz del deber cumplido; pero era hermosa de cara y dura de corazón; era codiciosa y egoísta.
 
‎Le pareció poca gala una chambra de percal para su busto garrido y poca finura la del calzado montañés, de madera; quiso un pechero de raso; unos zapatos de rejilla, medias caladas, blusa tornasol...
 
‎Cuando al moribundo le mentaron la muchacha se le atragantó la pena en un ronquido de agonía, y volvió el rostro, macilento, hacia la pared. Al poco rato expiraba, repitiendo con lengua estrapajosa:
 
‎— ¡Una lismonita para uno que se muere de hambre!

‎La piedad de los vecinos amortajó al viejo y encendió una vela a su lado; después, la puerta roja se volvió a cerrar.
 
‎Aquella noche despertó el ábrego dormido en los montes azules; despertó furioso, y sacudiendo la enana casuca del tío Cotera, amontonó contra el postigo colorado toda la seroja que pudo levantar en las campiñas y en los ansares.
 
‎Dentro de la choza, un ratoncillo roía la madera apolillada del baúl; el cirio se había apagado a impulsos del mismo soplo que balanceaba el paraguas enorme, removía el varillaje de la techumbre y, atacando con facilidad las numerosas rendijas de los muros, silbaba un cantar atroz en la misma cara dura y yerta del muerto.
 
‎Al amanecer el siguiente día, bajo pálidas nubes de otoño, doblan en posa de difuntos las campanas parroquiales y las hojas marchitas cubren de crespón amarillo el umbral silencioso donde la muerte reina.
 
‎Sube la tarde, se despliega la sombra y aquel hombre — ¡que tenía una hija! — va a salir por última vez del hogar desvalido, donde un gran paraguas, abandonado también por viejo y por inútil, cabecea sobre el ataúd, como si en patética despedida dijese: "¡Adiós... adiós!

 

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