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Carlo Collodi en AlbaLearning

Carlo Collodi

"Las aventuras de Pinocho"

Capítulo 36

Biografía de Carlo Collodi en AlbaLearning

 
 
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Las aventuras de Pinocho

OBRAS DEL AUTOR
Biografía breve de C. Collodi

Las avenruras de Pinocho

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Luigi Pirandello
Marco Tulio Cicerón
Mateo Bandello
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Por fin Pinocho deja de ser un muñeco y se transforma en un muchacho.

Mientras Pinocho nadaba velozmente hacia la playa, notó que su padre, siempre a caballo sobre su espalda y con las piernas dentro del agua, temblaba sin cesar como si estuviese con fiebres tercianas.

¿Temblaba de frío o de miedo? ¡Vaya usted a saber! Quizás de las dos cosas. Pero Pinocho, creyendo que era solo de miedo, le dijo para animarle:

-¡Valor, papito! ¡Dentro de pocos minutos llegaremos a tierra y estaremos a salvo!

- Pero, ¿dónde está esa dichosa playa? - preguntó el viejecito, cada vez más inquieto y mirando por todas partes -. Yo no veo más que cielo y mar de frente, a derecha y a izquierda.

- Pues yo sí la veo - dijo el muñeco -. Te advierto que yo soy como los gatos: veo mejor de noche que de día.

El pobre Pinocho fingía buen humor y confianza, pero... Pero empezaba a perderla y a desazonarse. Estaba muy cansado, su respiración era cada vez más jadeante; en suma: veía que se le acababan las fuerzas y que la playa aún estaba muy lejos.

Siguió nadando, nadando; pero llegó un momento en que no pudo más, y volviendo la cabeza hacia su padre, le dijo con voz entrecortada:

-¡Papá!... ¡Papá!... ¡No tengo fuerzas!... ¡Me muero!...

Ya estaba casi desmayado, y empezaban a hundirse los dos, cuando oyeron una voz de guitarra desafinada que decía:

-¿Quién es el que se muere?

-¡Soy yo y mi pobre papá!

-¡Yo conozco esa voz! ¡Eres Pinocho!

-¡El mismo! Y tú, ¿quién eres!

- Yo soy el bacalao, tu compañero en la barriga del dragón.

-¿Cómo has conseguido escapar?

- He imitado tu ejemplo. Tú me has enseñado el camino, y yo no he hecho más que seguirte.

-¡Oh, querido bacalao; no has podido llegar más a tiempo! ¡Por nuestra amistad, por la salud de la respetable bacalada, tu mujer, y de tus bacalaítos, te ruego que nos ayudes, porque si no estamos perdidos!

-¡Pero, hombre! ¡Pues ya lo creo! ¡Con mil amores ¡Agarraros a mi cola y dejaos llevar! ¡En cuatro minutos os conduciré a la orilla!

Ya podéis suponeros que padre e hijo se apresuraron a aceptar la amable invitación del buen bacalao; pero en vez de agarrarse a la cola, creyeron mucho más cómodo sentarse encima de él, pues era un bacalao mucho mayor que los corrientes y con una fuerza tan grande, que era campeón de boxeo en su pueblo.

-¿Pesamos mucho? - le preguntó Pinocho.

-¡Hombre! ¡Absolutamente nada! ¡Me parece llevar encima dos conchas de almeja! - respondió el complaciente bacalao.

Al llegar a la orilla saltó Pinocho el primero, y ayudó a su papá a hacer lo mismo. Después, dirigiéndose al bacalao, le dijo con voz conmovida:

-¡Amigo mío, has salvado a mi padre, y mi agradecimiento es tan inmenso, que no puede expresarse con palabras! ¡No te olvidaré nunca, porque los ingratos son los más despreciables de los hombres! Ahora permíteme que te de un beso en señal de eterna gratitud.

El bacalao sacó la cabeza del agua, y Pinocho se acercó y le dio un cariñoso beso en la boca. Ante eta expresiva muestra de afecto, a la que no estaba acostumbrado, el pobre bacalao se conmovió de tal manera, que, avergonzándose de que se le viera llorar como un chiquillo, metió la cabeza en el agua y desapareció.

Mientras tanto se había hecho de día.

Entonces Pinocho ofreció el brazo a su padre, que apenas tenía fuerzas para ponerse en pie, y le dijo:

- Apóyate en mi brazo, querido papá, y vamos andando muy despacito, como las hormigas, y cuando estemos cansados nos sentaremos junto al camino.

-¿Y adónde vamos? - preguntó.

- En busca de una casa o de una cabaña donde nos den por caridad un pedazo de pan y un poco de paja donde dormir.

Aun no habían andado cien pasos, cuando vieron sentados en la linde del camino dos tipos muy feos, en actitud de pedir limosna.

Eran el gato y la zorra; pero apenas se les podía reconocer. El gato, a fuerza de fingirse ciego, había cegado de verdad; y la zorra, envejecida y desastrada, andaba con muletas y estaba sin cola, porque hallándose un día en la mayor miseria, se vio obligada a vender su magnífica cola a un buhonero, que la compró para hacer un limpiatubos.

-¡Oh, Pinocho! - gritó la zorra con voz plañidera -. ¡Una limosna para dos pobres enfermos que no lo pueden ganar!

-¡No lo pueden ganar! - repitió el gato.

-¡Ah, bribones! - respondió el muñeco -. Me engañasteis una vez, pero ya he escarmentado. ¡Adiós granujas!

-¡Créenos, Pinochito; que ahora es verdad que somos muy desgraciados y estamos en la miseria!

-¡En la miseria! - repitió el gato.

-¡Si sois pobres, bien empleado os está! ¡Quien mal anda, mal acaba! ¡Ahora pagáis las maldades que habéis cometido! ¡Adiós, granujas!

-¡Ten lástima de nosotros!

-¡De nosotros!

-¿La tuvisteis antes de mí? ¡Adiós, granujas!

Y Pinocho y su papá siguieron su camino tranquilamente. Unos cien pasos más allá vieron a lo lejos una preciosa cabaña de paja, con el techo cubierto de flores azules.

- En aquella cabaña debe de vivir alguien – dijo Pinocho -. Vamos allá, y llamaremos.

Así lo hicieron.

-¿Quién es? - dijo desde dentro una vocecita.

-¡Somos un pobre papá y un pobre hijo sin pan ni hogar! - respondió el muñeco.

-¡Empujad la puerta y entrad! - dijo la misma vocecita.

Pinocho abrió la puerta, y entraron; pero por más que miraron, no vieron a nadie.

-¿Dónde está el dueño de esta cabaña? - preguntó Pinocho admirado.

-¡Aquí arriba estoy!

Padre e hijo se volvieron hacia el techo, y vieron en una viga al grillo parlante...

-¡Oh, mi querido grillito! - exclamó Pinocho saludando graciosamente.

- Ahora me llamas «tu querido grillito», ¿no es verdad? Pero, ¿te acuerdas de cuando me tirabas un mazo para arrojarme de tu casa?

-¡Tienes razón, grillito! ¡Arrójame también a mí de tu casa, tírame otro mazo, pero ten compasión de mi pobre papá!

- Tendré compasión no sólo del pobre padre sino también del hijo; pero te he recordado la mala acción que cometiste conmigo, para enseñarte que en este mundo se debe ser cortés con todos si se quiere que tengan con nosotros igual cortesía.

-¡Tienes razón, grillito; tienes razón que te sobra, y no olvidaré nunca la lección que me has dado! Pero, oye: ¿cómo te has arreglado para comprarte esta cabaña tan bonita?

- Esta cabaña me la regaló ayer una linda cabrita que tenía el pelo de hermoso color azul turquesa.

-¿Y adónde se fue la cabrita? - preguntó Pinocho con grandísimo interés.

- No lo sé.

-¿ Y cuándo volverá?

- No volverá nunca. Ayer se marchó muy afligida, y balando parecía decir: «¡Pobre Pinocho; ya no volveré a verlo más! A estas horas lo habrá devorado el dragón».

-¿Dijo eso? ¡Entonces era ella, mi queridísima Hada! - gritó Pinocho llorando y sollozando desesperadamente.

Después de llorar un buen rato se secó los ojos, y preparando un buen lecho de paja, acostó en él al pobre viejo. Luego preguntó al grillo parlante:

- Dime, amable grillo: ¿dónde podría encontrar un poco de leche para mi padre?

- Ahí al lado vive el hortelano Juanón, que tiene vacas de leche, ve a su establo y encontrarás lo que buscas.

Pinocho fue a casa del hortelano Juanón, pero éste le dijo:

-¿Cuánta leche quieres?

-Un vaso lleno.

- Un vaso lleno cuesta diez céntimos. Dame primero los cuartos.

- Pero, ¡si no tengo un céntimo! - respondió Pinocho tristemente.

- Pues, hijo - replicó el hortelano -, si tú no tienes un céntimo, yo no tengo ni un dedo de leche.

-¡Todo sea por Dios! - dijo Pinocho haciendo ademán de marcharse.

-¡Espera un poco! - exclamó entonces Juanón -. Creo que aún podremos arreglarnos. ¿Quieres dar vueltas a la noria?

-¿Y qué es la noria?

- Pues mira: no es más que ir tirando de ese palo largo que ves ahí, y que sirve para sacar del pozo agua con que regar las hortalizas.

- Probaré.

- Si me sacas cien cubos de agua, te daré en cambio un vaso de leche.

-¡Está bien!

Juanón condujo a Pinocho a la huerta, y le enseñó la manera de sacar agua de la noria. Pinocho se puso en el acto al trabajo; pero antes de haber sacado los cien cubos de agua estaba ya bañado en sudor de la cabeza a los pies. Nunca había sentido tanta fatiga.

- Hasta ahora venía haciendo este trabajo mi borriquillo - dijo el hortelano -, pero el pobre animal se está muriendo.

-¿Podría verlo? - dijo Pinocho.

- Sin inconveniente. Ven conmigo.

Apenas hubo entrado Pinocho en la cuadra, vio un lindo borriquillo extendido sobre la paja; conocíase a primera vista que el hambre y el exceso de trabajo habían llevado a aquel pobre animal a tan desesperada situación. Después de mirar fijamente al burro, se dijo Pinocho:

-¡Yo conozco a este borrico! ¡Su cara no es nueva para mí!

Y arrodillándose al lado del animal, le preguntó en lenguaje asnal.

-¿Quién eres?

Al oír esta pregunta, abrió el borriquillo los moribundos ojos, y balbuceó en el mismo lenguaje:

-¡Soy Es... pá... rra... go!

Y, cerrando los ojos, expiró.

-¡Pobre Espárrago! - dijo Pinocho a media voz, y tomando un puñado de paja, se enjugó una lágrima que corría por sus mejillas.

- Mucho te conmueve la muerte de un burro que no te ha costado nada - dijo el hortelano -. Pues, ¿qué debía hacer entonces yo que lo he comprado con mi dinero contante y sonante?

- Le diré a usted. Era amigo mío...

-¿Amigo tuyo?

- Y compañero de escuela.

-¿Cómo? - exclamó Juanón soltando una carcajada -. ¿Has tenido burros por compañeros de escuela? ¡Valientes estudios haríais!

Mortificado por estas palabras, no respondió Pinocho; tomó su vaso de leche, aún caliente, y se fue a la cabaña.

Y desde aquel día en adelante, se levantó todas las mañanas antes del alba para ir a la noria, y ganar de este modo aquel vaso de leche que sentaba tan bien a su pobre padre. No se contentó con esto, sino que andando el tiempo se dedicó a fabricar cestas y canastos de junco, y con el dinero que ganaba atendía cuidadosamente a los gastos necesarios. Fabricó también, entre otras muchas cosas, un elegante carrito para llevar a su papá de paseo cuando hacía buen tiempo, para que tomase el aire y el sol.

Durante las primeras horas de la noche se ejercitaba en leer y escribir. Por unos cuantos céntimos había comprado en la población vecina un libro muy grande, al cual sólo le faltaban unas hojas del principio y el índice, y en este libro hacía su lectura. Para escribir se servía de una paja cortada a guisa de pluma; y como no tenía tinta, ni siquiera de calamares, mojaba su pluma en una jícara en la que había echado jugo de moras o de guindas.

Con su constante deseo de trabajar y su incansable actividad, no sólo conseguía atender cumplidamente a todas las necesidades de la vida, y especialmente a las de su padre enfermo, sino que había podido ahorrar hasta unas cuarenta perras chicas para comprarse un traje nuevo.

Una mañana dijo a su padre:

- Me voy al mercado vecino para comprarme una chaqueta, un gorro y un par de zapatos. Cuando vuelva a casa - agregó sonriendo -, estaré tan elegante, que no me cambiaré por un gran señor.

Y en cuanto salió de casa, comenzó a correr alegre y contento. Al poco oyó que pronunciaban su nombre, y al volverse vio un caracol que salía de entre un matorral.

-¿No te acuerdas de mí?

- Por un lado me parece que sí, y por otro que no.

-¿No te acuerdas de aquel caracol que estaba al servicio del Hada de cabellos azules? ¿No te acuerdas de aquella noche que bajé a abrirte la puerta y estabas con un pie sujeto entre las tablas?

- Me acuerdo de todo - interrumpió Pinocho -; pero contéstame en seguida, mi buen caracol. ¿Dónde has dejado a mi buena Hada? ¿Qué hace? ¿Me ha perdonado? ¿Se acuerda de mí? ¿Sigue queriéndome lo mismo? ¿Está muy lejos de aquí? ¿Dónde podría encontrarla?

A todas estas preguntas, hechas precipitadamente y sin tomar aliento, contestó el caracol con su acostumbrada calma:

- Pinocho mío, la pobre Hada esta en el hospital.

-¿En el hospital?

- Desgraciadamente. Perseguida por las calamidades y gravemente enferma, hoy no tiene ni para comprar un triste pedazo de pan.

-Pero, ¿es de veras? ¡Oh, qué pena tan grande! ¡Pobre Hada mía! ¡Si tuviera un millón, correría para entregártelo, pero no tengo más que cuarenta perros chicos! ¡Míralos! Era lo justo para comprarme un traje nuevo. ¡Tómalos, caracol, y corre a llevárselos a mi buen Hada!

-¿Y tu traje nuevo?

-¿Qué importa del traje nuevo? ¡Vendería hasta los harapos que llevo encima para poder ayudarla! ¡Anda, caracol, despacha pronto! Vuelve por aquí dentro de dos días, y espero que podré darte alguna otra perrilla. Hasta ahora he trabajado para mantener a mi padre; desde hoy en adelante, trabajaré cinco horas más para mantener también a mi buena mamá. ¡Vete ya, caracol, y hasta dentro de dos días!

Contra su costumbre, echó a correr el caracol como una lagartija durante los calores del verano.

Cuando Pinocho volvió a la cabaña, le preguntó su papá:

-¿Y el vestido nuevo?

- No he podido encontrar uno que me sentara bien. ¡Paciencia! ¡Otra vez lo compraré!

En vez de velar aquella noche hasta las diez, Pinocho estuvo trabajando hasta después de media noche, y en vez de ocho canastos hizo dieciséis.

Después se acostó, y se quedo dormido. Y mientras dormía, le pareció que veía en sueños a su Hada, bella y risueña, que le decía, después de haberlo besado cariñosamente.

-¡Muy bien, Pinocho! ¡Por el buen corazón que has demostrado tener, te perdono todas las travesuras que has hecho hasta hoy! Los muchachos que atienden amorosamente a sus padres en la miseria y en la enfermedad, merecen siempre ser queridos, aunque no se les pueda citar como modelos de obediencia ni de buena conducta. Ten juicio en adelante, y serás feliz.

En este momento terminó el sueño y despertó Pinocho.

Ahora imaginaos vosotros cual sería su estupor cuando, al despertar, advirtió que ya no era un muñeco de madera, sino que se había convertido en un chico como todos los demás.

Miró en torno suyo, y en vez de las paredes de paja de la cabaña, vio una linda habitación amueblada con elegante sencillez. Salió de la cama y se encontró con un lindo traje nuevo, una gorra nueva y un par de preciosos zapatos de charol.

Apenas se hubo vestido, sintió el natural deseo de registrar los bolsillos; y al meter la mano, encontró un portamonedas de marfil que tenía escritas las siguientes palabras: «El Hada de los cabellos azules devuelve a su querido Pinocho los cuarenta perros chicos, y le agradece mucho su buena acción». Cuando abrió el portamonedas, en vez de cuarenta monedas de cobre encontró otras cuarenta relucientes monedas de oro.

Luego, fue a mirarse al espejo, y le pareció ser otro. No vio ya reflejada en él la acostumbrada imagen del muñeco de madera, sino la imagen viva e inteligente de un lindo muchacho con los cabellos castaños, los ojos celestes y con un aire alegre y festivo como la pascua florida.

En medio de tan maravillosos sucesos, ya no sabía Pinocho si todo era realidad o estaba soñando con los ojos abiertos.

-¿Dónde está mi papá? - gritó poco después; y entrando en una habitación contigua, encontró al viejo Gepeto, sano, listo y con su antiguo buen humor, que habiendo vuelto a su oficio de tallista, estaba dibujando una preciosa cornisa adornada de hojas, de flores y de cabezas de diversos animales.

-¡Papá mío! Dime, por favor, ¿qué quiere decir todo esto?¿Cómo se explican estos cambios tan imprevistos? - le preguntó Pinocho, saltando a su cuello y cubriéndole el rostro de besos.

- Todos estos cambios imprevistos son debidos a tus méritos.

-¿Por qué a mis méritos?

- Porque cuando los muchachos se convierten de malos a buenos, tienen la virtud de dar otro aspecto nuevo y mejor a su familia y a todo lo que les rodea.

-¿Donde se habrá escondido el viejo Pinocho de madera?

- Helo ahí - contestó Gepeto, y le indicó un gran muñeco apoyado en una silla, con la cabeza inclinada a un lado, los brazos colgando y las piernas cruzadas y dobladas por la mitad, de tal forma que parecía un milagro que se pudiese sostener derecho.

Pinocho volvióse a contemplarlo y, cuando lo hubo observado un poco, dijo para sí con grandísima complacencia:

-¡Qué cómico resultaba yo cuando era un muñeco! ¡Y qué contento estoy ahora de haberme transformado en un chico como es debido!

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